26 de junio, 2014 | En Otras | 5 Comentarios

Musiki ya está en las estanterías, espero que en las de muchas bibliotecas. Editado tan primorosamente como siempre por SM.
Decía Ana María Matute que sus palabras mágicas eran “Érase una vez”.
Cuando escuchamos eso, sabemos que estamos en el inicio de un cuento, de una historia. Sabemos que es inventada, pero no nos importa, lo aceptamos, deseamos que nos “mientan”, y si nos emociona reiremos, lloraremos o temblaremos, aún sabiendo que lo que escuchamos no sucedió.
Ese es el reto que quise asumir. Toda novela es eso, pero no siempre esta presente en la acción. En “El árbol de las campanas azules”, de Tina Blanco (lo siento, inencontrable ya), había el mismo reto: es una historia imaginada, lo sabemos, pero la creemos.
Musiki surgió así, como relato en el arranque, y ese principio es lo único real del libro. ¿Y lo demás? Lo que decía hace poco: el laboratorio del hombre, lo posible.
Os dejo el arranque. Y el que quiera saber más…

La ciudad

no quería tragar más coches. O no podía. La ciudad padecía una monstruosa indigestión de coches. Llovía. Mi coche estaba parado y a mi alrededor veía rostros descompuestos por las gotas de lluvia y por la espera. Perfiles borrosos enmarcados en sus ventanillas. Se escuchaban bocinas impacientes, gritos. Miré el reloj y llegué a la conclusión de que no llegaba al ensayo. Me imaginé a mis compañeros afinando y tocando algunas piezas, pero mirando de reojo mi piano vacío.
Una de dos: o me sumaba a los gritos y los bocinazos, o me olvidaba del ensayo hasta que no hubiera más remedio que llamar y decir que no llegaba, cultivaba la paciencia, y aprovechaba el tiempo; o lo desaprovechaba, según quien lo juzgue. Elegí la segunda, o puede que la tercera opción. No lo sabía, aún no lo sabía.
Minutos después la gente comenzó a salir de los coches al asfalto mojado. Hablaban entre ellos, miraban hacia delante. Bajé la ventanilla, pregunté a un chico que volvía a su coche con el pelo revuelto. Me dijo que nadie sabía nada. Por hacer una broma, le pregunté si no habría caído un meteorito en el centro. Sonrió, entre perplejo e inocente, y no me atreví a decirle que era una broma. Cuando se iba se volvió y dijo que habría sido un accidente o una manifestación, nada más.
Puse la radio. Fui rastreando las emisoras, pero ninguna hablaba de accidentes ni de manifestaciones, ni mucho menos del atasco. Busqué entonces algo de música. Suelo huir de la música clásica de la radio: o demasiado sabida, o demasiado experimental. Pero oí un piano y detuve la búsqueda. No conocía lo que tocaba, pero me gustaba. Ni idea de quién sería el pianista. Mejor, los pianistas somos demasiado celosos del talento de los demás. La música era extraña. No era clásica, ni tampoco demasiado moderna. Sonaba bien, y en ella había rastros de todas las músicas, desde el romanticismo hasta las músicas africanas, pasando por el blues y el jazz.
Escuchaba el piano con placer cuando alguien se acercó a mi coche con un paquete de pañuelos en la mano.
Primero, el paquete en el cristal. Luego él. Su piel negra, su sonrisa blanca. Era joven, muy joven, y aún así parecía muy bajo para su edad: apenas sobrepasaba con sus ojos la ventanilla. Su sonrisa estaba a la altura de mis ojos. Tan blanca que al verla parecía que hubieran encendido una luz. Sus dientes sugerían las teclas de un piano, como si fueran las del que estaba escuchando en la radio. Qué extraña sugestión, en un segundo largo: miraba sus dientes y su sonrisa y escuchaba la música, el sonido que parecía surgir de aquellas teclas vivas.
Quité la radio unos segundos para bajar ventanilla, le compré el paquete al muchacho negro, pero no me atreví a decirle nada, salvo gracias, a lo que él contestó con la misma palabra y otra sonrisa. Y me hubiera gustado decirle, al menos, que sus dientes parecían las teclas de un piano. También hubiera querido preguntarle cómo se llamaba. Pero no hice nada de eso. Me quedé quieto, mirándole y volví a la música.
El chico se alejaba, de coche en coche, ofreciendo sus pañuelos. Y seguía lloviendo, sobre el asfalto, sobre los coches y… sobre él. Las gotas formaban pequeñas perlas en su pelo de rizos muy apretados y en la espalda de su chubasquero azul. Se movía entre los coches con agilidad. Como si bailara, como si la música le llevara en volandas, pese al atasco, al humo y a la lluvia.
Yo lo sentía, me dolía. Qué lejos de su tierra, de sus colores, de su aire, de su sol… aquí, envuelto en humo y en frío y en grisura. Sin sol, sin árboles, en la ciudad inhóspita y cerrada sobre sí misma, intentando entreabrir la celda de cada coche con sus pañuelos. Expulsado de su aldea, de su ciudad, de su país y de su continente por el hambre, la guerra o las plagas y las mentiras sobre lo que les aguardaba aquí, al otro lado del Estrecho.
Cerré los ojos, esperé. Los abrí. El chico seguía flotando de coche en coche, pero nadie más bajaba la ventanilla. Y así, mientras escuchaba la música y veía al muchacho negro que parecía bailar a su ritmo entre los coches del atasco, nació esta historia. Que existe en la extraña dimensión de un atasco, en ningún lugar y en todos. Puede que irreal, pero real al mismo tiempo. Al menos en mi mente. Allí estaba el chico negro, de pronto convertido en protagonista de una historia que crecía en mi cabeza, tan lejos, en África, y tan cerca, en la ciudad lluviosa y fría. ¿Cómo sería su vida de niño, habría crecido entre el detritus de una gran ciudad, o en una aldea? Su paso tan ágil me convenció: viene de la selva, me dije. Pensé en ella. ¿Cómo es en realidad? Árboles muy verdes, tierra roja. He viajado a África, pero solo a sus ciudades, para tocar en algún concierto. No conozco la selva. Conozco su música pero no su imagen, como un ciego. Un ciego capaz de imaginar.
Me recliné en el asiento. Cerré los ojos, hice fuerza con ellos, apretándolos hasta que del fondo de mi cerebro surgió un telón rojo. Rojo sangre, oscuro, en el que brotaban chispas luminosas. Y así empecé a entrever aquella selva, su luz, su sol, sus hombres y mujeres, sus niños…

Había una vez, entre aquellos niños, uno con el pelo rizado, de rizos muy
apretados y dientes blancos, que se llamaba…

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LA NOVELA ES EL LABORATORIO DEL HOMBRE

Nos leían de niños en el colegio los primeros pasajes de Don Quijote para demostrarnos lo peligroso que era leer: Mirad, a Don Quijote “se le reblandeció el cerebro” de tanto leer fantasías. Para ellos, el Quijote era eso, una crítica de la lectura.
Ahora buscan los huesos de Cervantes, cuando lo importante son las neuronas del Quijote. Somos lo que somos por lo que algún día escribieron otros. Hayas leído o no El Quijote, el Quijote está en ti. Porque Cervantes criticó ferozmente la sociedad de entonces, porque pensó un hombre distinto, el único cuerdo en una autopista de la historia en la que la mayoría circulaba en sentido contrario. Puede que haya tardado en ser entendido, puede que en los años cincuenta nos dijeran aún que Cervantes trataba de vacunarnos contra la locura de la lectura, pero poco a poco, capítulo a capítulo, sonrisa a sonrisa, el verdadero sentido de la gran novela de Cervantes se ha abierto paso hasta lo más profundo de nuestra mente. Queramos o no queramos.
Defiendo la novela, y cada vez con más fuerza, porque la novela es el laboratorio del hombre, una recreación de la vida que parte de lo que conocemos y se adentra en lo que aún no conocemos. Las distintas posibilidades del hombre, la especulación. El caos. Del inmenso caos de todas las novelas, unas mejores y otras peores, surge un hombre con un átomo distinto, poco a poco, verso a verso, aventura a aventura. Cuentan los genes de nuestros antepasados, pero cuentan aún más los de Ulises, Gilgamésh, Hamlet, Robinson, Guillermo, Sherlock, Peter Pan, Aureliano Buendía, Mafalda, Gregorio Samsa… Todos ellos nos han ido dando una forma nueva, un ADN hecho de ensayo y error, avanzando desde las sombras del pasado hasta las dudas del presente.
Un día el cazador James Oliver Curwood cambió el rifle por la pluma, y dejó de cazar osos para pasar a defenderlos, a escribir novelas tan maravillosas como “El oso” o “El rey oso”. Tan incomprendidas en su día como sustanciales hoy. Lo hayas leído o no, la visión compasiva de Curwood está en tus genes, estará mañana en la escuela, en el corazón del niño compasivo, sepa o no sepa.
Los que escribimos damos palos de ciego, porque “negra es la noche y alberga horrores”, pero avanzamos. Y cada nuevo libro es una luciérnaga revoloteando en círculos, pero dejando sus larvas un paso más allá, hacia una luz aún difusa.
Todo eso pienso cada vez que piso una biblioteca, en un colegio público de Vigo o en un campamento de refugiados. De aquella cantinela con la que trataban de adoctrinarme de niño, a esta realidad de hoy, en la que el libro tiene su lugar. Del humilde lugar de nuestro país al centro mismo de la escuela en Suecia, Noruega o Canadá. Nunca, nunca se ha leído tanto en la historia de la humanidad. España apenas tenía bibliotecas en los años 30. Porque ese era el primer derecho conculcado: el de la lectura. Y lo sigue siendo en gran parte del planeta. Nadie es libre si no conoce el destino de cada camino, y cada nuevo libro es un mapa trazado, una nueva ruta posible, hasta completar el gran plano de la libertad. Y así, lo que hoy se escribe en presente, es ya futuro también. Igual que somos el futuro de Cervantes, alguien cerca de mí está hoy escribiendo el futuro, ensayo y error, fracaso tras fracaso, pero con la esperanza latiendo en cada letra, en cada palabra.

CREATIVIDAD LITERARIA
… DISFRUTA DE TU IMAGINACIÓN
GONZALO MOURE: “ESCRIVIVIR”

On 3 diciembre, 2013 by Redacción Creatividad Literaria

Le doy opción a que se presente y así regatear las entradillas gemelas que suelen acompañanar a su nombre, Gonzalo Moure, y esto es lo que confiesa: Yo diría que Gonzalo siente una enorme curiosidad por la vida, por el ser humano como parte de la vida.

Ese espíritu le ha llevado a implicarse en los libros que escribe, con los que ha ido ganando casi todos los premios de literatura juvenil: Gran Angular, Barco de Vapor, finalista del Nacional de Literatura, Primavera, de la Crítica Ala Delta o varios White Ravens, el último el de este año, junto con otra estrella del género, Mónica Rodríguez, por la novela Esta, la vida.

A Gonzalo Moure no le faltan premios, editoriales, invitaciones a congresos, talleres, bibliografía y lectores, con el mérito añadido de que siempre ha sido fiel a su manera de entender la literatura: arriesgar, buscar nuevos caminos narrativos. Así que cuando recibo un premio por uno de esos libros me siento satisfecho por mí, claro, pero sobre todo por el pequeño avance que propongo.

Y sobre narrativa, escritura, educación, incluso de su barba blanca blanquísima “engatusaniños”, hemos hablado. Que lo disfrutéis:

¿Le pones algún límite a tu imaginación a la hora de escribir?

No creo ponerle imaginación, solo vida, “escrivida”. La novela no inventa una vida nueva, simplemente la reorganiza, hurga en la vida posible adentrándose en lo que somos, buscando lo que podemos ser. Y creo que no hay más límite que lo creíble, lo posible, todo lo posible.

¿Y en cuanto al formato, a la estructura?

No me lo planteo, dejo que la historia busque su forma, el punto de vista, el presente, el pasado… Y confieso que no soy capaz de hacer un esquema previo, ni de planificar nada. Seguramente es la consecuencia de lo anterior, de mi intención de “escrivivir”, de dejar que las cosas vayan pasando dentro del libro como si fuera la vida, para limitarme a irlo contando, para dejarme sorprender por “lo que pasa” tanto como quiero que se sorprenda el lector. Es verdad, se trata de algo simultáneo, y ya sé que es mejor cuando no lo tengo que meditar, solo dejarme sorprender y transcribir.

Vives en Asturias, donde la natalidad está por los suelos… ¿proyectas tus personajes desde la imaginación o te rodean habitualmente niños/jóvenes de los que extraer ideas?

Me gusta muchísimo la visión de la vida desde el punto de vista del niño. Por eso suelo decir que no escribo “para niños”, sino “sobre niños”. Que no es lo mismo. Y sí, aunque no he tenido hijos, siempre me he relacionado muy bien con ellos, intentando conversar con ellos con naturalidad, de persona a persona, no de adulto a niño, para poder entenderles. Porque sé que fui niño, y recuerdo lo que veía, lo que oía, pero no puedo ser otra vez aquel niño ni sentir como sentía entonces, y necesito estar con ellos para entenderlos. Por eso me gusta tanto ir a colegios, institutos, clubes de lectura.

¿De qué sueles hablar en tus conferencias? ¿Cuál es el mensaje principal que intentas trasladar?

De lo que te estoy hablando hasta el momento: de la literatura como reflejo y reorganización de la vida, de la literatura como banco de pruebas de la vida, de lo que me horroriza la ñoñería, la suposición de que los niños son lectores menores. ¡Si son los mejores! Cuando les tratas con ese respeto se motivan, sacan lo mejor de sí mismos.
Y también de que hay que huir del maniqueísmo, de la división del mundo en buenos y malos.

¿Y en tus historias? ¿Te interesa que haya moraleja?

¡No! No digo que no haya moraleja en las buenas historias, la puede haber, pero ese no es mi papel, ni menos mi intención. Escribo por la fascinación de la idea, de la misma historia, y acabo el libro (ni sé los que he empezado y han acabado por no interesarme), y le dejo el análisis al que lo lea, si lo quiere hacer. Aunque la verdad es que prefiero que no lo haga, que simplemente disfrute leyendo, viviendo la historia como si fuera la vida.

¿Por qué elegiste este género?

Fue bastante casual. Sabía que quería escribir, incluso “ser escritor”, pero no sabía qué. Y en mi primer libro, Geranium (1989), los protagonistas, porque esa fue la idea, eran dos niños a bordo de una nave espacial. Y me fascinó su mirada a través de la historia, las ventanas de la nave. Y seguí, cada vez más entusiasmado con esa visión infantil que tanto me interesa.

¿Dónde encuentras las historias que te llevan a escribir?

¡En la vida! Ya digo que trato de que mis libros sean simples desarrollos de algo que me encuentro por azar. En el fondo, soy una mezcla de periodista y escritor: encuentro cosas que contar, muchas veces sin buscarlas, y entonces soy periodista, quiero contarlo, para después convertirme en escritor, ver “qué pasa” a partir de eso que he encontrado. ¿Ejemplos? Mis caballos, mis perros, los niños que conozco por ejemplo en el Sáhara, los jóvenes…

¿Qué lecturas recomiendas a niños y jóvenes en los clubs de lectura?

Las que les gusten. No puedo recomendar un libro para todos los de un grupo, es imposible. Pero les pido que busquen lo auténtico, que huyan de la moda, de la literatura programada, de la de encargo: de la falsa, vaya. Da igual que sea fantasía, aventura, ciencia-ficción, lo que sea, pero que sea sincera, literatura que busque para que ellos, como lectores, también busquen.

Fuiste periodista, ¿sería posible un periodismo infantil? es decir, que su público objetivo fueran los niños.

Pues… No creo, no. Creo más bien que la literatura es el periodismo de los niños, porque les habla de una manera divertida y fresca (o seria y dura) de la realidad, aunque sea en forma de fantasía.

Te hago una pregunta que me han hecho, no te lo tomes a mal, pero ya que hay quien lo piensa te dejo a tí que lo respondas…¿es más fácil escribir para guajes? (cito literal)

Yo creo que ni más fácil ni más difícil. Pero es que hay excelentes escritores de literatura adulta que han sido tentados, o que se han aventurado a escribir para niños, y no les ha salido muy bien, o incluso les ha salido muy mal. Es entonces cuando suelen decir que es “muy difícil”. Y sin duda para ellos lo es. Para mí, para muchos colegas, es al contrario. Por eso, no creo que sea más fácil o difícil. Creo que es una cuestión de naturaleza, de aptitud, de talento para algo determinado.
Para decirlo de otra manera: yo escribo así, no cambio nada. El que siente que tiene que cambiar la voz, la forma de escribir, el que imposta su voz para “hablar a los niños”, fracasa casi siempre.

Cuando recibes tantos premios y tan importantes ¿cómo te afecta? ¿qué crees que tienen tus historias que las hacen ganadoras?

La verdad, casi siempre me he presentado a premios con libros difíciles, arriesgados. Algunos, después de ser rechazados por el editor, o por los editores. Pero un premio literario no debe premiar lo comercial, lo fácil, sino lo arriesgado, lo difícil. Y eso es lo que creo que he hecho siempre: arriesgar, buscar nuevos caminos narrativos. Así que cuando recibo un premio por uno de esos libros me siento satisfecho por mí, claro, pero sobre todo por el pequeño avance que propongo.

En las entradillas a tu nombre, la mayoría citan tus interés por lo social y los conflictos entre padres y adolescentes. Te doy la oportunidad de hacer esa entradilla ¿cómo sería?

Pues… no estoy de acuerdo. Yo diría que Gonzalo siente una enorme curiosidad por la vida, por el ser humano como parte de la vida. Eso muchas veces nos lleva a lo social, pero puede ser a muchos más destinos.

Esa barba tan blanca… ¿es marketing atrapa niños con ganas de que les cuenten cuentos? Apetece leer alguno de tus libros al ver la foto del escritor de barba tan blanca…

Jaja, sí, confieso que sé que tengo “pinta de escritor” (aunque, qué cosas, los niños más pequeños que no han visto a ninguno aún se imaginan al escritor con bigote, gafas y corbata). En mi defensa diré que llevé la primera barba de mi colegio, cuando apenas tenía 17 años, y que ya nunca, salvo por cosas puntuales, me la he afeitado. Y blanca… se ha ido haciendo. Me gustaría que siguiera siendo rubia, aunque eso me quitara esa imagen…

¿Qué cambiarías de la educación de Lengua y Literatura que reciben los niños y jóvenes españoles? ¿Qué sugieres?

Buf, lo cambiaría todo. No basaría la enseñanza en la gramática y la historia de la literatura, desde luego. Sería muy largo decir qué programa haría, pero en resumen empezaría por la lectura. En voz alta primero, compartiendo con los demás después, y privadamente por fin. Y buscando los textos actuales o modernos que llevan al ser humano ante las preguntas, ante la duda. Divirtiendo. Creo que es la lectura la que lleva a la teoría y a la historia, y no al revés. Es más, creo que la biblioteca del centro debe ser el motor de la curiosidad, del deseo de saber, en el sentido más amplio y en el más concreto: porque la gramática, la puntuación, la sintaxis, no son sino herramientas para poder comunicarse con los demás.
Vengo diciendo últimamente algo en lo que creo: si el siglo XX fue el de la socialización de la lectura (antes solo leían las élites), el siglo XXI probablemente será el de la socialización de la escritura (ahora solo escriben/escribimos las élites.)

¡Muchas gracias por esta oportunidad de decir tantas cosas que quería decir!

¡A tí Gonzalo!

Escribí hace ya veinte años “EL alimento de los dioses”, bajo la dirección editorial del inolvidable Migue Ángel Diéguez. El libro pasó entonces casi desapercibido, sobre todo para su público objetivo, los jóvenes, que en el paraíso artificial de los alegres 90 no podían o no quería entender lo que se anunciaba: el colapso del modelo de la abundancia y el despilfarro. El libro fue la consecuencia de un debate de cocina y cerveza con un biólogo superdotado, Antonio Resines, sobre lo que supondría la aparición en la Tierra de un alimento perfecto, que alargara la vida de los humanos y acabara con el hambre mundial. Antonio mantenía que sería el alumbramiento de una nueva era, del despegue definitivo del hombre hacia su destino (fuera el que fuera, pero siempre mejor). Por el contrario, me parecía que algo así (como lo puede ser en cualquier momento el hallazgo de una receta química que garantice una longevidad “eternamente” joven) agudizaría la avaricia de los más poderosos, abriría una dialéctica de pobres contra ricos, y acabaría llevando a la mayoría de los seres humanos hacia un retroceso a la Edad Media, las hambrunas y la más absoluta exclusión. Me basaba entonces en las consecuencias de la patata en Irlanda, que después de multiplicar por dos o tres a su población en unas pocas décadas desembocó en la plaga de la patata, el hambre, la muerte de millones de personas, el exilio forzoso y casi la desaparición.
Dos décadas después, la visión pesimista (aunque siempre esperanzada), se ha impuesto, y nadie duda ya de que el futuro de los jóvenes es peor para ellos que lo fue para sus padres: el retroceso. El abismo abierto entre pobres y ricos es cada vez más evidente, y la falta de soluciones o siquiera de alternativas enfrente de la propaganda de los poderosos, es evidente.
Ahora el libro es nuevamente publicado por “Gran Angular”, de la editorial SM, siempre atenta y despierta (gracias, Elsa, Berta, Gabriel). Y lo agradezco en el alma, porque si bien creo que el libro contenía alguna ingenuidad, esta representa para mí la necesidad de seguir apostando por la vida, la libertad, la solidaridad, la cultura y su primera (en importancia) expresión: la palabra escrita.
Confieso que me siento muy a gusto con su primera parte, en la Isla de Astrolaba, en compañía de buscadores de lo imposible y cazadoras de auroras boreales, junto a los delfines y sus misterios (aún no desvelados ni por ellos ni por los científicos). Y que me 1622590_10201410461686039_1535616094_nsiento horrorizado en la segunda y tercera parte, porque es lo que puede venir, lo que sucede en las vallas de Ceuta y Melilla, el muro marroquí en el desierto del Sáhara, la Isla de Lampedusa, la frontera norteamericana con México, la dinámica norte sur. En aquel tiempo nadie hablaba aún de pateras, pero algunos pasajes del libro hablan ya de ellas. No era profecía, era horror ante lo que venía, lo que ha venido; horror ante nuestra hipocresía, nuestra mirada hacia otra parte mientras hacemos realidad este modesto libro, que sin embargo es para mí una llamada a iniciar el contraataque, antes de que sea tarde.

El cierre a negro de Canal 9 es anticonstitucional, una verdadera canallada que deja apagada la información en valenciano a todo un pueblo. Los perjudicados son los valencianos, que según las encuestas ya habían abandonado el canal, dejándolo en cifras ridículas de audiencia, pero que a partir de ahora no cuentan siquiera con la posibilidad de tener una televisión propia y plural, un reflejo verídico de su propia sociedad. ¿Y los trabajadores? Es verdad, cobraban un sueldo mientras sabían que su televisión mentía, y no protestaban cuando eran obligados a mentir. ¿Pero es eso diferente a cualquier otro medio de comunicación? Prisa, por ejemplo, editora de El País, pertenece a un oscuro fondo económico que hace del periódico un instrumento al servicio de sus interesees económicos globales.
Ahora, (más vale tarde que nunca), los trabajadores de RTVV protestan en las calles, en los foros, en los medios, en su círculo familiar. Creo que es una oportunidad idónea para que todo el periodismo comience una regeneración. Si todos los periodistas asumieran una suerte de “Juramento de Hipócrates” al salir (y al entrar) de su facultad, jurando no manipular, no marginar opiniones, no silenciar noticias incómodas, esta enorme y monstruosa manipulación que ha hecho de los medios de comunicación una farsa, esta misma sería imposible.
Dejo como materia de reflexión un documento impresionante sobre la manipulación de la opinión pública internacional sobre la realidad de Venezuela. Es largo, pero merece la pena, y no creo que nadie deje de reflexionar (sea cual sea su conclusión) después de verlo. Recomiendo a todos que lo veáis si queréis, pero que si lo veis lo hagáis hasta el último instante. Os aseguro que merece la pena, que vuestro corazón se conmoverá escuchando las últimas palabras del reportaje.

http://www.youtube.com/results?search_query=cuarto+poder+los+medios+en+la+sociedad+de+la+informacion&sm=1

No escribo desde la necesidad o voluntad política. Creo que la mejor política de cada uno es hacer lo que uno sabe y puede hacer lo mejor que sabe y puede. En mi caso, escribir. Un hermoso oficio que recrea la vida, que le da la oportunidad a los hombres y a la naturaleza de ser mejores, o peores, o simplemente distintas. Creo firmemente que la novela, como el cine, la música, la pintura, el arte en suma, es el lugar en el que el ser humano va conformando, línea a línea, palabra a palabra, su identidad del futuro. El matraz de la evolución moral y ética.
Por eso escribo hoy de política, porque la política amenaza al libro, al pensamiento. Y lo hace atacando la raíz. La educación, la cultura, la universidad, la investigación. Reduce al mínimo la educación pública para las masas y fortalece la educación elitista de las élites (rizando el rizo). O no, más bien retrocediendo, borrando lo mejor del estado del bienestar: la igualdad en la educación, la socialización y democratización del futuro.
Miente el presidente del gobierno cuando dice que el final de la crisis está cerca, y que al otro lado del túnel estaremos por fin a salvo. No es verdad. O es mentira, que parece lo mismo pero no lo es. No verdad puede ser error, mentira es voluntad de engañar. No, al final del túnel hay otro mundo distinto al que habitábamos, al que queríamos habitar. Al final del túnel hay trabajo, sí, pero trabajo en condiciones mínimas, de subsistencia. Al final del túnel no hay solidaridad posible, hay una piscina llena de tiburones: supervivientes. Al final del túnel hay una sanidad envilecida para las masas, y una sanidad privada para las élites. Al final del túnel el talento de nuestros jóvenes se agota y se agosta en la lucha por pagar la matrícula, el piso, la vida. En ese retorno no hay retorno, hay una nueva realidad. Una realidad devastada y devastadora.
He estado en Chile recientemente. Chile sabe, los chilenos saben. Viven cada día sabiendo lo que perdieron en el golpe de estado: libertad, muchos vida, la mayoría futuro, los pobres refugio, los hambrientos ayuda. Todo, o casi todo. Pero no todos. El golpe fue bueno para unos pocos. Las élites. Para sus negocios, para su vida, para sus hijos. La Universidad de Chile se volvió inaccesible para los hijos de los demás. La enseñanza pública se redujo al mínimo, la cultura fue proscrita, y para ejemplificarlo cortaron las manos de Víctor Jara antes de quitarle la vida. Pero Chile, en un referéndum insólito, supo decir NO, se desembarazó de los golpistas de la manera más hermosa: con la voz, con la palabra. Con el voto. Pero el país aún no logra desembarazarse de los restos del naufragio, vive en su particular mar de los Sargazos, y los libros son caros, la enseñanza pobre, la universidad casi inalcanzable, la investigación anquilosada. Y la sanidad, la salud. Bolsas de pobreza. Desigualdad en el hoy y en las oportunidades. Por eso piensan, por eso dialogan y debaten, por eso avanzan, por eso votan, por eso eligen: porque todos, todos, quieren ver de verdad el final del túnel.
Allá, en Chile, escuchaba a los chilenos, tan conscientes de lo que habían perdido en los años de plomo, y de pronto me dije: ¿Y cuándo fue nuestro golpe de estado? Más allá de los símbolos y los uniformes, ¿no son los mismos objetivos? ¿Los mismos resultados, las mismas amputaciones, la misma discriminación, la misma e injusta desigualdad?
Somos afortunados, a nosotros no nos han fusilado. Pero España está llena de cadáveres simbólicos. Maestros, bibliotecarios y profesores en paro, investigadores acudiendo a concursos de televisión ramplones para seguir investigando, comedores sociales repletos, cincuentones rebuscando en los cubos de basura aún vestidos con sus viejas corbatas, jubilados reduciendo su medicación o renunciando a ella, parejas jóvenes enquistadas en casa de los padres o los abuelos, estudiantes resignados a dejar la universidad por no poder pagarla. Cadáveres simbólicos, si se quiere, pero auténticos muertos vivientes. Han fusilado a la esperanza, a la ilusión, eso es. Le han cortado las manos al futuro.
¿Cuándo ha sido el golpe de estado?
Más. Los chilenos van a votar, llenos de dudas humanas, pero van a votar. Nosotros no, qué dignos, qué desilusionados, qué indiferentes, mientras repetimos como loros un mantra importado, impuesto, implantado: son todos iguales, sontodosiguales, sontodoslomismo, daigualunoqueotro. Y no, no da igual. Quieren eso, quieren que lo creamos, que repitamos el mantra, que nos abstengamos. Y lo quieren porque ellos no lo harán, porque ellos sí que irán a votar, para poder seguir cortando las manos del futuro, de la esperanza, de la ilusión.
Esta vez no caeré en su juego. Esta vez, la que sea, voy a votar. Y todas las veces. Buscaré, leeré programas, escucharé, miraré a sus ojos. Y puede que me engañen, porque el ser humano está especialmente dotado para la mentira, pero si me equivoco seguiré leyendo, escuchando, mirándoles a los ojos. Y votaré por el que crea mejor, pero no recitaré nunca más su mantra, porque no es verdad y además es mentira. Porque sé muy bien cuándo se produjo el golpe de estado que masacra la cultura, a la educación, a la investigación, a los libros, maestros, profesores, enfermeras y doctores: el día en el que creí que eran todos iguales.

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Oral o escrita, da igual. Alguien me preguntaba nada más regresar de Esporles para qué había servido. Para lo mismo que el Bubisher en el Sáhara, le respondí. Me habían llamado para hablar de literatura, y quise hacerlo sobre cómo la vida influye en lo que escribimos, y lo que escribimos en la vida. O lo que contamos. Esporles, una pequeña localidad de poco más de tres mil habitantes en el noroeste de Mallorca, es después de este fin de semana mucho más que un lugar en el que vivir, porque ya es un entramado de gente convencida del poder de cohesión que tiene la literatura. Hablaba con Pep Durán, con Miquel Rayó y con Xabier Docampo de lo bonito que sería hacer un mapa de los pueblos que dan la palabra a la palabra, que se movilizan para que la gente se implique en la lucha de resistencia de la cultura, de la suya propia y de la universal. Ballobar en Huesca, Fuenlabrada en el cinturón industrial de Madrid, Los cuentos del Ocejón en la sierra de Guadalajara, Allariz en el corazón de Ourense, Arenas de San Pedro, o ciudades de gentes tan cercanas e implicadas que parecen pueblos, como la Guadalajara que se nuclea en torno a su biblioteca y sus decenas de clubes de lectura… O tantos otros pueblos, que si hiciéramos un mapa del estado marcando en rojo esos pueblos parecería un acerico. Y cada uno se acordaba de otro, y de otro, y el mapa crecía…
Lo más importante de “Contesporles” ha sido, y eso es lo sustancial, la implicación de todo un pueblo. El trabajo de todo un año de decenas de voluntarios, el ambiente popular de todas las horas del día, las cuatro mil personas que han pagado entradas para asistir a las sesiones de pago, las “nisesabe” que han acudido a las gratuitas, la atención adulta, juvenil e infantil a todo lo que teníamos que decir los invitados. Que no era nunca tanto como ellos mismos nos estaban diciendo.
Me llevo tesoros en el corazón. Tesoros nuevos, con rostro y nombre, como Kate Corkery, como la Fada Gina, como tantos y tantas que a veces ni tenías tiempo para ver y escuchar, porque a cada hora había tres o cuatro actividades en las casas de la gente, en los jardines mediterráneos, incluso en excursiones de cuento… El tesoro de Albert Catalá, el de Jaume i Carme, el de poner rostro a esa energía desatada que se llama Mar Rayó. Y el de los reecuentros: Xabier, Miquel, Gabriel, Pep Durán, Domingo y Marga, Horacio…
Pude explicar mi itinerario personal por el Sáhara, la fertilidad de la vida, hice de Fatimetsu Abdesalam un personaje más de Esporles, hablé de la influencia de ella en Palabras de Caramelo, y de este en el camino que elegí, y cómo ese camino devuelve cuentos a los niños saharauis desde el Bubisher. Pude profundizar en el hilo de plata que une la tradición oral con la literatura escrita (“·la sombra de la palabra”, en frase Borges), la importancia de los huevos de pingüino emperador como objetivo inútil y tan útil en la vida, la bendición de una madre que cuenta cuentos desde su tabla de planchar, su costurero o su cocina a un niño que un día será escritor.
Y mucho más, porque de cada charla, de cada cuento, de cada merienda, comida o cena se desprendían mil caminos nuevos.
¿Para qué? Para que un pueblo más crea firmemente en el poder de la palabra, pero sobre todo para que crea en su propio poder para cambiar las cosas, su propia capacidad de unión en torno a una idea hermosa.

Y cuando ya todo acabado tuve el privilegio de contar con Albert i Amalia como guías para hacer una pequeña ascensión por el encinar, para ver el mar (como un muro, Albert), y el pueblo que me había acogido, apiñado y solidario.
Contesporles, primer capítulo. Será una novela larga, muy larga. Seguro. Gracias.

Hace tiempo que un grupo de escritores, bibliotecarios y maestros o profesores decidimos que nuestra mejor aportación al drama del Sáhara, en la ocupación o en el exilio, era la cultura. De ahí nació, con la ayuda de ese inconsciente colectivo que representa la infancia, la creación del Bubisher. Así que deberíamos estar celebrando la inauguración de la nueva biblioteca pública, El nido del Bubisher en Ausserd, y la inminente llegada de 10.000 libros infantiles y juveniles en árabe.
Pero la última semana, que arrancó llena de esperanza porque Estados Unidos planteaba en la ONU que la Minurso vele por los derechos humanos en el Sáhara Occidental, y acababa en decepción, nos obliga a reflexionar y a denunciar.
Me siento avergonzado. Mi gobierno (no le voté, no le votaría nunca, pero es mi gobierno) se ha aliado con la mafiosa Rusia y la hipócrita Francia para bloquear la iniciativa norteamericana. Aunque creo que Estados Unidos no abogaba por ese cumplimiento por un repentino ataque de humanitarismo, sino por sus propios intereses (un Sáhara independiente de Marruecos, no implicado como el propio Marruecos en islamismos radicales), estoy seguro de que no se resignará. Y para que pueda volver a plantearlo, le toca ahora a la sacrificada, vejada población saharaui del Sáhara ocupado, demostrar la necesidad de esa vigilancia de los derechos humanos. Será un duro camino, como lo demuestra que en las últimas horas se haya reprimido toda manifestación de rechazo a la propia ONU, y que incluso a una mujer le hayan sido cortados dos dedos. Por desgracia, hay numerosas filmaciones en la red (benditos smartphones, al menos para eso) de cómo los saharauis corren peligro en la calle simplemente por vestir su propia ropa, resultando agredidos y detenidos. Cómo será ahora, envalentonadas las bandas de colonos fanatizadas (y financiadas) por Rabat.
No espero nada de Rusia, en manos de las mafias, ni de Francia, cínica e impasible en su supuesta “grandeur”, pero… ¿mi gobierno, que es además el culpable de este largo, insoportable martirio? Siento rabia, impotencia, indignación. Esos dos dedos cortados son un símbolo, y deberían aparecer en la bandeja del desayuno de Margallo, de Rajoy, de Felipe González.
Y no sé qué hacer, excepto seguir con el proyecto Bubisher, dando la oportunidad de la cultura a los niños y jóvenes de los campamentos. Denunciar que ni ni siquiera de ese derecho a la lectura de libros libres, en español o árabe, disfrutan los de los territorios ocupados. Denunciar que la Biblioteca española en El Aaiun ocupado tiene un férreo sistema de censura, mientras que a nosotros jamás se nos ha preguntado por los libros de nuestras bibliotecas y bibliobubishers en los campamentos. Y seguir adelante. Apretar los dientes, recordar cuantas torturas y detenciones ilegales sufrimos nosotros para salir de la dictadura hace cuarenta años, pedirles que no se rindan, estar aquí con nuestro apoyo, con nuestro cariño, con nuestro trabajo diario. Y con nuestra vergüenza, tanta como agradecimiento porque distingan de manera tan generosa al pueblo español de su gobierno. Porque ni siquiera es así, porque lo es con nuestros votos, nos duela lo que nos duela. Ojalá estas líneas lleguen por el aire hasta algún lector del Aaiun, de Smara o Dajla. Para que sepáis que nuestros dedos no sangran, es verdad, pero que nuestros ojos al menos también lloran.

FERNANDA FURIOSA

5 de abril, 2013 | En Otras | 5 Comentarios

Hoy hace 19 años que Kurt Cobain se quitó la vida. Escribí este relato breve, Fernanda furiosa, hace unos meses, pensando en este día, el del aniversario. Era para un libro colectivo que creo que ha naufragado en los escollos de la crisis, o algo así. Hoy me apetece compartirlo.

FERNANDA WALTZING MATILDA.

A Fernanda le ha despertado una mano. En su hombro. Y un chistido, dos. Aún así se ha resistido un rato a abrir los ojos.
¿Hola?
Ay, papáaaaa…
No soy tu padre.
Entonces, sí, los abre. Pero la luz está apagada y la las cortinas cerradas.
El corazón de Fernanda late mucho más fuerte de lo normal, y no se atreve a sacar la mano de debajo de la sábana para encender la luz. ¿Será posible?
¿Eres tú?
Sí, soy yo.
Pero no, no es “él”. Esa voz no es la suya. Entonces sí, Fernanda se asusta. Saca por fin la mano, encuentra a tientas el interruptor y enciende la luz de la lamparita.
La escena. Un joven de melena rubia, despeinado, de mirada y gesto doliente, de un tristeza difícil de medir, en cuclillas junto a una cama. En ella, una adolescente morena con los ojos muy abiertos y expresión aterrada. Solo la luz de la mesa de noche.
¿Quién eres?
Quiere gritar papá, mamá, pero no puede. El miedo se lo impide, le atenaza la garganta. Así que lo susurra tan solo: papá, mamá. Queda un poco ridículo, pero el joven no se burla.
No se van a despertar, aunque grites, dice.
Silencio. El joven de la melena rubia mira a su alrededor, un poco desconcertado, y dice:
¿No querías que viniera?
Fernanda sacude la cabeza. Negativamente.
El joven se deja caer hacia atrás, se sienta en el suelo, con las rodillas levantadas por delante, los codos en los muslos y las manos enlazadas.
Pero soy yo. Has pedido que viniera.
No, logra decir Fernanda.
¿No?
No. Quería que viniera él.
¿Y quién es él?
Justin.
¿Justin?
Bieber.
No le conozco. ¿Canta, toca la guitarra?
Sí, mejor que nadie en el mundo, en el universo.
Le conocería.
El joven apoya la mejilla en la mano y mira fijamente a Fernanda.
¿Cuándo murió?
¿Quién?
Justin. Ese Justin… ¿Beer?
Bieber. No ha muerto, ¡Dios, no!
Pero Fernanda se incorpora en la cama, sobresaltada.
¿Se ha muerto?
Eh, eh, eh. No lo sé. No sé quién es, y si canta y toca mejor que nadie en el universo debería conocerle. No, no creo que haya muerto.
Hace una pausa. Mira a su alrededor. La habitación de Fernanda es una habitación de adolescente. Colores pastel. Peluches, una estantería con libros infantiles y juveniles, enormes tomos de tapa plateada. Carteles. Hay varios muy parecidos, la misma cara, el mismo pelo relamido, saltitos en el escenario. Justin Bieber.
El joven se ríe, sin poder evitarlo, aunque parece que lo intenta, o lo finge.
¿Es ése?
Fernanda ni siquiera contesta. Echa una mirada rápida a los carteles, y luego vuelve a mirar al joven.
¿De qué te ríes?
Es un crío.
Fernanda despectiva:
Y tú un viejo.
Tienes razón.
El joven busca una silla. Tienes razón, vuelve a murmurar mientras se sienta en ella, cerca de la cama.
¿Me vas a violar?
El joven se ríe de nuevo, pero de un modo diferente. Agitando la melena rubia y lacia, sin asomo de maldad. Fernanda parece distinguir una risa malintencionada de una risa natural, sincera.
No.
Ahora, una sonrisa burlona.
¿Es lo que querías? ¿Qué te violara ese crío?
¡No!
Fernanda furiosa.
Ya, dice el joven. Que te acariciara la mano, un besito tal vez, que te cantara una balada. Supongo que canta baladas muy dulces.
¡No! Imbécil.
¿No, qué? ¿No canta baladas dulces, o no quieres un besito de tu Justin?
Sí, que eres imbécil.
El joven no replica. Fernanda piensa, se incorpora un poco. Ahueca la almohada detrás de su espalda.
¿Pero tú quién eres?
¿Yo?
Parece sorprendido de verdad. Una pequeña secuencia de gestos. De la extrañeza a la aceptación.
Claro, ni habías nacido.
¿Qué?
Cuando yo, en fin…
¿Cuándo qué?
El joven va a decir algo, pero no lo hace: se ríe, sacude la cabeza como si dijera no lo puedo creer. Ella le mira atentamente y dice:
¿Eres un ángel?
El joven suelta una carcajada, se lleva las manos a la cabeza. ¡Un ángel!, exclama.
¿Un demonio?
¡Tampoco!
Ella se impacienta y vuelve a preguntar pues quién eres entonces.
El joven se mesa un poco los cabellos, luego pasa el dedo índice entre el labio y la nariz, afirma con la barbilla y por fin dice:
Kurt Cobain.
¿Quién?, pregunta ella, sincera en su ignorancia.
Él vuelve a reír, otra carcajada incrédula, y prueba:
¿Nirvana?
¿Qué?
¡Nirvana! ¿Ni siquiera te suena?
Ah-ah, niega ella.
Kurt se derrumba teatralmente en la silla.
Ya, dice. Hace demasiado tiempo para ti. ¿Cuántos años tienes?
Quince.
Kurt ladea la cabeza, levantando una ceja y frunciendo la otra.
Catorce, concede ella.
¿Y te llamas?
Fernanda.
Fernanda. Así que no sabes nada de mí, ni tampoco de Nirvana.
No, lo siento.
Ya. Nada, tranquila. Me morí hace diecinueve años. Hoy, exactamente.
¿Estás muerto?
Es una manera de decirlo. Sí. Me quité la vida.
¿Te quitaste la vida?
Por primera vez ella no parece tener miedo ni sentirse furiosa. Tal vez apenada. De la sorpresa a la pena. Se nota porque se inclina ligerísimamente hacia él, aún apoyada en la almohada. Su mano inicia un movimiento en dirección a Kurt, pero cae sobre la cama.
¿Por qué?
¿Por qué no?
Ya.
Piensas en tu Justin.
Ella sonríe, baja la cabeza.
En si él se quitaría la vida, insiste Kurt.
No, imposible. Justin ama la vida.
¿Y yo no?
Te suicidaste, ¿no?
Kurt mira hacia el techo, luego hacia la ventana cegada, luego a sus manos, por fin a los ojos de Fernanda. Pero no dice nada, se nota que no es capaz, o que no sabe qué decir, o si merece la pena, porque deja caer los hombros.
¿Y por qué has venido?
Kurt se incorpora un poco.
Debe de ser un error. ¿Has pedido que viniera Justin a verte?
Ella no contesta.
Ya. Supongo que lo pides cada noche. Yo qué sé. Un error. En todas partes hay burocracia y funcionarios incapaces. Pero no insistas. Hasta que no se muera no vendrá a verte. Y, por cierto, reza para que no se quite la vida.
No lo hará.
Fernanda niega con vehemencia. Después mira con curiosidad hacia Kurt y pregunta por qué.
Porque no le verías por aquí en años, dice Kurt. Los que mueren pueden visitar de noche a quien lo pida. Una vez a la semana. Los que son asesinados lo pueden hacer cada noche. John Lennon, por ejemplo. Me cae bien, pero no hace más que presumir. Cada noche, ¡es que no te crees!
¿Y los que…?
Kurt levanta la mano, como si dijera no hace falta que lo digas.
Los que nos quitamos la vida, solo cuando se nos permite. Esta es mi primera visita, y ya hace diecinueve años que… Una especie de regalo de aniversario, supongo. Cuando vuelva reclamaré. Es indignante, tantos años sin una visita, y cuando por fin se me deja venir tú no quieres saber nada de mí.
Pero yo no había pedido que vinieras.
Ya, dice Kurt.
Habrá gente que pida que vayas, dice Fernanda.
O no. Igual es por eso.
Parece cansado, dolorido por algo que le llega desde muy dentro.
Fernanda se incorpora un poco más, ya está prácticamente sentada en la cama, con la almohada detrás de la espalda.
Sonríe.
Sí, hombre.
¿Sí, qué?
Que sí que quiero. No pareces mala persona.
Bah, pero no sabes nada de mí. Ni lo que era, ni lo que cantaba, ni lo que decía en mis canciones.
Fernanda duda, se mira las manos, un vistazo furtivo a Justin en la pared.
¿Por qué no me cantas una?
Kurt sacude la cabeza con desgana, la deja caer por delante de sus hombros, mirando al suelo. La melena queda en el aire, a pocos centímetros de la cama. Fernanda levanta la mano derecha, la extiende, roza el pelo. Cuando Kurt se mueve, ella retira la mano a toda velocidad.
Hace mucho que no canto. Toda una muerte. Y ríe su propia gracia.
Pero yo te lo pido.
No, imposible.
Por favor.
Kurt mira a su alrededor, entre los muebles.
¿No tienes una guitarra?
Ah-ah. Soy muy torpe.
Ya, pues no sé…
Venga, por favor.
Kurt mira a Fernanda, sonríe. Carraspea.
Comienza a cantar. I need an easy friend.
Se interrumpe, levanta la mano.
He empezado muy alto, no puedo.
Estaba bien.
Parece conmovida.
Sigue, sigue.
Kurt vuelve a carraspear. Golpea con las palmas en sus rodillas, como si tocara la batería, cierra los ojos, empieza más bajo, casi susurrando. I need an easy friend, I do, with an ear to lend, I do, think you fit this shoe, I do…
Fernanda lo entiende. Necesita una amiga que le escuche, que piense que es el indicado, pero no puede verla todas las noches libremente, lo sabe…
Su voz suena misteriosa y quebradiza en la noche. Tanto que Fernanda llora cuando la canción acaba.
No llores, dice Kurt.
No estoy llorando, dice Fernanda.
Pero se enjuga una lágrima indiscreta.
¿Te ha gustado?
Un niño. Es lo que parece ahora Kurt. Más pequeño que Fernanda, más pequeño que todas las cosas pequeñas. Casi suplicando: ¿te ha gustado?
Sí, mucho.
Silencio. Aún resuena su voz en la memoria de Fernanda.
Ven.
Da una palmada en la cama, se aparta un poco.
Kurt la mira, frunce el ceño. Fernanda se ha convertido en mujer. Sin un salto, sin una conmoción. Kurt duda, pero se levanta de la silla y se acuesta a su lado, encima de la colcha. Cierra los ojos.
Es distinto, susurra.
¿Qué?
Es distinto.
¿El qué?
Kurt apoya la cabeza en sus manos enlazadas, sobre la almohada. Tan cansado, dice.
Cántame otra, dice Fernanda.
Kurt abre los ojos, mira al techo. Habla de “allí”. Están muchos. Dice sus nombres con admiración.
Ellos cantan.
¿Y tú no?
No, me quité la vida. Es la primera vez que canto, desde aquel día.
¿Por qué no?
Creo que está prohibido.
¿Crees?
Supongo, no lo sé. Les escucho a ellos. John Lennon, Janis, Woody Guthrie, Jim Morrison, Edith Piaf, Django Reinhardt, Billie Holiday, Mississipi John Hurt… Y espero.
Fernanda no lo dice, pero solo le suena John Lennon. De los Beatles, sí.
¿A qué esperas?
A que vengan otros. Nick Cave, Tom Waits, Patti Smith, John Cale, Leonard Cohen, Mick.
Fernanda va a preguntar ¿Y Justin? Pero no lo hace. Frunce los labios. Mira a los posters de la pared.
Se vuelve hacia Kurt.
I need an easy friend, murmura. Vuélvela a cantar.
No, dice Kurt. Te voy a cantar “Waltzing Matilda”.
¿Matilda?
Eso parece sonarle. Lo ha leído.
¿El libro?
No. Matilda es un capote, un abrigo calentito. Como esta cama, pero en abrigo. Y “Waltzing Matilda” es vagabundear, andar por ahí con un Matilda. Es una vieja canción australiana. Sobre un vagabundo que robó una oveja y prefirió echarse al río y ahogarse que devolverle la oveja al terrateniente y sus policías. Es una historia de dignidad. Y de indignación. Se la escuché a Tom Waits una vez. En directo.
Silencio.
Cierra los ojos.
Ella obedece. Los cierra. Y al hacerlo siente que está más allá de su cama, de su habitación, de su ciudad, de la vida y la muerte. Mientras escucha.
Waltzing Matilda.
La voz de Kurt se ha vuelto ronca, parece que arrastra un millón de piedrecitas, waltzing matilda, waltzing matilda…
Se mece en la música, un dulce y melancólico vals.
Fernanda saca un brazo de debajo de las sábanas. Mira de nuevo los posters. Los ojos de Justin son ahora agujeros negros, vacíos. Cierra los suyos. Quiere abrazar a Kurt, mientras le escucha cantar, estira el brazo tímidamente.
Pero su brazo encuentra la cama vacía. Se incorpora, mira a su alrededor.
La voz aún se escucha, cada vez más lejos, un eco que se va desvaneciendo: 
You’ll come a-Waltzing Matilda, with me?
Fernanda casi grita, manda su voz tras él antes de que ya no se escuche nada:
¿Volverás?
Silencio.

Como tardará un tiempo en publicarse la memoria completa del CILELIJ de Colombia (magníficamente organizado por SM y El Banco de la República Colombiana), y por los muchos que en el congreso me han pedido el texto completo, cuelgo aquí mi breve ponencia. No es complaciente.

La poesía de Frederick y los pantalones de Beckett

La Literatura Infantil no es infantil nunca, y la Juvenil pocas veces es juvenil.
Es decir: somos los adultos, normalmente muy bien formados, poseedores de valores humanos y humanísticos firmes, quienes escribimos “para” ellos. Y ese “para” es el pecado original de la LIJ, el que nos hace casi invisibles a los ojos de buena parte de la sociedad y a los canonizadores de la literatura. ¿Inevitable? Posiblemente sí, porque en nuestra vida cotidiana pocas veces somos capaces de dirigirnos a los niños y los jóvenes desde una posición horizontal, sin intentar enseñar, dar lecciones, guiar. Con la mejor voluntad, por supuesto. Y si en nuestro trato diario, con palabras que se borran al instante, lo hacemos así, ¿cómo evitarlo al escribir “para” ellos?
Para decirlo con claridad: cuando nos quejamos de la invisibilidad de la LIJ, cuando vemos que sistemáticamente es considerada una literatura de segunda clase, un subgénero, o directamente se piensa que no es ni siquiera literatura, tenemos que reconocer que hay razones para ignorarla o marginalizarla.
Dividiría pues en dos grandes grupos a los escritores de LIJ: los que escriben con más voluntad de formar y enseñar que de hacer literatura, con textos cargados de tics moralizantes, y los que hacen lo mismo, pero involuntariamente. Sin duda, las últimas tres o cuatro décadas han sido muy buenas, y el primer grupo de escritores abiertamente moralizantes va extinguiéndose. Casi ninguno se atreve ya a escribir con la intención puramente educativa del siglo XIX. Pero muchos aún lo hacen con la intención “criptomoralizante” del siglo XXI. Porque han cambiado las formas, pero no el fondo. Ya no tratamos de infundir al niño miedo al mundo exterior, ni tratamos de convertirlos en “personitas” educadas. Pero queriendo o sin querer, tratamos de conformarlos a nuestra manera, o a la manera que consideramos correcta, como así lo consideraban nuestros “ancestros” del XIX. Solidarios, tolerantes, no sexistas, positivos, conscientes. Chicos con sensibilidad y cultura, y chicas feministas Así los queremos, y así son nuestros héroes de papel. Y si alguna vez escribimos sin conciencia de esas intenciones, pronto llegan los pedagogos y los mediadores, y se esfuerzan para encontrar transversalidad en nuestros libros, de manera que no hay uno que escape a su clasificación por conveniencia y pedagogía. No se pide pues un libro de tal autor, sino un libro receta para curar la insolidaridad, el racismo o el sexismo, o libros preventivos contra las drogadicciones, el machismo, la anorexia o el abuso escolar. El editor lo sabe, y de manera más o menos disfrazada o más o menos consciente publica libros que tengan esas “cualidades”, antes de buscar calidades. Y el escritor, que busca desesperadamente la manera de vivir de lo que escribe, más o menos conscientemente, se somete a esa tendencia, o más bien a ese dictado. Y la rueda sigue, y quién sabe ya qué es antes o después.
Voy a defender el caos. El caos de la creación, lo que creo que es la verdadera literatura.
La clave es lo que ya sabemos, y lo que aún no sabemos. Sirve para hablar de la educación. La enseñanza es eso: enseñar lo que ya sabemos. Y si enseñamos lo que ya sabemos conseguimos clones de nosotros mismos. La anécdota favorita de Samuel Beckett era aquella del sastre que recibía una queja furibunda por haber tardado meses en hacer unos pantalones, cuando Dios había creado el mundo en siete días tan solo. Y el sastre le replicaba al cliente: “Sí, pero mire el mundo… y mire mis pantalones.” Y si ese principio, enseñar a saber lo que aún no sabemos, debería servir para la educación, aún más debería de ser el principio de la literatura: los pantalones frente al mundo, es decir, la recreación de la vida frente a la vida misma.
Porque la verdadera literatura es el caos, y no responde a nada ni a nadie. El caos no es la creación, sino la recreación. Nadie crea de la nada, sino que tomando de aquí y de allá, tomando la conciencia humana como alma del relato, recrea el mundo, y entonces ya no importa si el resultado es correcto o incorrecto, si enseña o subvierte, o si solo divierte, asusta o entretiene. El hilo estaba, la tela estaba, las tijeras estaban, pero las manos del sastre hicieron unos pantalones nuevos: y mire mis pantalones.
En la literatura que nace del caos está la semilla de lo nuevo, mientras que en la literatura nacida del orden establecido, de lo que se cree correcto o conveniente está la semilla del conformismo. La literatura Infantil y Juvenil seguirá siendo un subgénero marginalizado y minusvalorado mientras en su inmensa mayoría mantenga las riendas de la corrección y la conveniencia, la transversalidad y el subsidio a la enseñanza. Lo seguirá siendo mientras mantenga la vigencia de tabúes, sean cuales sean, aunque resulte fácil decir por ejemplo el sexo o la religión. Y lo será para siempre si no se desprende del maniqueísmo imperante, la división del mundo entre buenos y malos que es la base de la justificación de todas las guerras, económicas o religiosas. El mundo de los orcos inmundos y los hobbits angelicales es el mundo que quieren hacernos aceptar los poderosos, los señores de la guerra de uno y otro lado. ¿Alguien duda de que “El señor de los anillos” es una obra maestra? Lo es, sin duda, pero quienes repetimos la fórmula una y otra vez, hasta la náusea, le estamos diciendo al niño y al adolescente que el mundo es así, y que lo que hemos hecho así es mejor que cualquier pantalón nuevo. Y no es verdad. La imaginación no es lo mismo que la fantasía. No basta con crear un mundo fantástico y exótico si lo que estamos describiendo por debajo de las formas es lo mismo de siempre, el mundo polarizado, el héroe frente al mal, el hombre frente a la naturaleza personalizada en el dragón. No tengo ni pretendo tener ninguna fórmula, porque creo que no la hay, salvo la fórmula sin fórmulas, sin objetivos ni intenciones: el caos creativo. Ni un modelo, ni un ejemplo, ni un principio ni un final: sin lectores siquiera, sin pautas. Nunca he creído que Kafka quisiera hacer ninguna parábola con “La metamorfosis”, ni tampoco que con el Michael Fury del relato “Los muertos”, helándose de frío hasta morir por amor, James Joyce quisiera enseñarnos nada. Pero de esa tormenta que ambos despiertan en nuestra mente/corazón nace un estado superior, creativo, altamente inflamable: la posibilidad de otro mundo. Simplemente paralelo, o posiblemente superior.
No, no creo que la LIJ tenga ninguna obligación distinta a la de cualquier otro género. Ni reflejar la realidad ni la irrealidad. Debe ser buena literatura, o al menos debe intentarlo. Mostrando respeto hacia los lectores, sean niños o adultos. Siempre que reflexiono sobre este tema me viene a la cabeza el poema de Frederick frente a sus laboriosos hermanos, “¿Quién hace brotar en junio la cuarta hoja de trébol?”. Lionni pulveriza todas las convenciones educativas de La Cigarra y la Hormiga, y tampoco enseña nada. “Tú eres un poeta, Frederick”. Y él se sonroja un poco y dice: “Ya lo sé”. Y solo le falta añadir: ¿Y qué?
Eso es literatura. La poesía inútil de Frederick frente a los granos nutricios de sus hermanos, Frederick frente a la hormiga, los pantalones de Beckett frente al mundo. El día que podamos decir que la LIJ es sobre todo eso, literatura, no tendremos que seguir debatiendo en foros y congresos por qué nos ignoran.

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