Oral o escrita, da igual. Alguien me preguntaba nada más regresar de Esporles para qué había servido. Para lo mismo que el Bubisher en el Sáhara, le respondí. Me habían llamado para hablar de literatura, y quise hacerlo sobre cómo la vida influye en lo que escribimos, y lo que escribimos en la vida. O lo que contamos. Esporles, una pequeña localidad de poco más de tres mil habitantes en el noroeste de Mallorca, es después de este fin de semana mucho más que un lugar en el que vivir, porque ya es un entramado de gente convencida del poder de cohesión que tiene la literatura. Hablaba con Pep Durán, con Miquel Rayó y con Xabier Docampo de lo bonito que sería hacer un mapa de los pueblos que dan la palabra a la palabra, que se movilizan para que la gente se implique en la lucha de resistencia de la cultura, de la suya propia y de la universal. Ballobar en Huesca, Fuenlabrada en el cinturón industrial de Madrid, Los cuentos del Ocejón en la sierra de Guadalajara, Allariz en el corazón de Ourense, Arenas de San Pedro, o ciudades de gentes tan cercanas e implicadas que parecen pueblos, como la Guadalajara que se nuclea en torno a su biblioteca y sus decenas de clubes de lectura… O tantos otros pueblos, que si hiciéramos un mapa del estado marcando en rojo esos pueblos parecería un acerico. Y cada uno se acordaba de otro, y de otro, y el mapa crecía…
Lo más importante de “Contesporles” ha sido, y eso es lo sustancial, la implicación de todo un pueblo. El trabajo de todo un año de decenas de voluntarios, el ambiente popular de todas las horas del día, las cuatro mil personas que han pagado entradas para asistir a las sesiones de pago, las “nisesabe” que han acudido a las gratuitas, la atención adulta, juvenil e infantil a todo lo que teníamos que decir los invitados. Que no era nunca tanto como ellos mismos nos estaban diciendo.
Me llevo tesoros en el corazón. Tesoros nuevos, con rostro y nombre, como Kate Corkery, como la Fada Gina, como tantos y tantas que a veces ni tenías tiempo para ver y escuchar, porque a cada hora había tres o cuatro actividades en las casas de la gente, en los jardines mediterráneos, incluso en excursiones de cuento… El tesoro de Albert Catalá, el de Jaume i Carme, el de poner rostro a esa energía desatada que se llama Mar Rayó. Y el de los reecuentros: Xabier, Miquel, Gabriel, Pep Durán, Domingo y Marga, Horacio…
Pude explicar mi itinerario personal por el Sáhara, la fertilidad de la vida, hice de Fatimetsu Abdesalam un personaje más de Esporles, hablé de la influencia de ella en Palabras de Caramelo, y de este en el camino que elegí, y cómo ese camino devuelve cuentos a los niños saharauis desde el Bubisher. Pude profundizar en el hilo de plata que une la tradición oral con la literatura escrita (“·la sombra de la palabra”, en frase Borges), la importancia de los huevos de pingüino emperador como objetivo inútil y tan útil en la vida, la bendición de una madre que cuenta cuentos desde su tabla de planchar, su costurero o su cocina a un niño que un día será escritor.
Y mucho más, porque de cada charla, de cada cuento, de cada merienda, comida o cena se desprendían mil caminos nuevos.
¿Para qué? Para que un pueblo más crea firmemente en el poder de la palabra, pero sobre todo para que crea en su propio poder para cambiar las cosas, su propia capacidad de unión en torno a una idea hermosa.

Y cuando ya todo acabado tuve el privilegio de contar con Albert i Amalia como guías para hacer una pequeña ascensión por el encinar, para ver el mar (como un muro, Albert), y el pueblo que me había acogido, apiñado y solidario.
Contesporles, primer capítulo. Será una novela larga, muy larga. Seguro. Gracias.

Hace tiempo que un grupo de escritores, bibliotecarios y maestros o profesores decidimos que nuestra mejor aportación al drama del Sáhara, en la ocupación o en el exilio, era la cultura. De ahí nació, con la ayuda de ese inconsciente colectivo que representa la infancia, la creación del Bubisher. Así que deberíamos estar celebrando la inauguración de la nueva biblioteca pública, El nido del Bubisher en Ausserd, y la inminente llegada de 10.000 libros infantiles y juveniles en árabe.
Pero la última semana, que arrancó llena de esperanza porque Estados Unidos planteaba en la ONU que la Minurso vele por los derechos humanos en el Sáhara Occidental, y acababa en decepción, nos obliga a reflexionar y a denunciar.
Me siento avergonzado. Mi gobierno (no le voté, no le votaría nunca, pero es mi gobierno) se ha aliado con la mafiosa Rusia y la hipócrita Francia para bloquear la iniciativa norteamericana. Aunque creo que Estados Unidos no abogaba por ese cumplimiento por un repentino ataque de humanitarismo, sino por sus propios intereses (un Sáhara independiente de Marruecos, no implicado como el propio Marruecos en islamismos radicales), estoy seguro de que no se resignará. Y para que pueda volver a plantearlo, le toca ahora a la sacrificada, vejada población saharaui del Sáhara ocupado, demostrar la necesidad de esa vigilancia de los derechos humanos. Será un duro camino, como lo demuestra que en las últimas horas se haya reprimido toda manifestación de rechazo a la propia ONU, y que incluso a una mujer le hayan sido cortados dos dedos. Por desgracia, hay numerosas filmaciones en la red (benditos smartphones, al menos para eso) de cómo los saharauis corren peligro en la calle simplemente por vestir su propia ropa, resultando agredidos y detenidos. Cómo será ahora, envalentonadas las bandas de colonos fanatizadas (y financiadas) por Rabat.
No espero nada de Rusia, en manos de las mafias, ni de Francia, cínica e impasible en su supuesta “grandeur”, pero… ¿mi gobierno, que es además el culpable de este largo, insoportable martirio? Siento rabia, impotencia, indignación. Esos dos dedos cortados son un símbolo, y deberían aparecer en la bandeja del desayuno de Margallo, de Rajoy, de Felipe González.
Y no sé qué hacer, excepto seguir con el proyecto Bubisher, dando la oportunidad de la cultura a los niños y jóvenes de los campamentos. Denunciar que ni ni siquiera de ese derecho a la lectura de libros libres, en español o árabe, disfrutan los de los territorios ocupados. Denunciar que la Biblioteca española en El Aaiun ocupado tiene un férreo sistema de censura, mientras que a nosotros jamás se nos ha preguntado por los libros de nuestras bibliotecas y bibliobubishers en los campamentos. Y seguir adelante. Apretar los dientes, recordar cuantas torturas y detenciones ilegales sufrimos nosotros para salir de la dictadura hace cuarenta años, pedirles que no se rindan, estar aquí con nuestro apoyo, con nuestro cariño, con nuestro trabajo diario. Y con nuestra vergüenza, tanta como agradecimiento porque distingan de manera tan generosa al pueblo español de su gobierno. Porque ni siquiera es así, porque lo es con nuestros votos, nos duela lo que nos duela. Ojalá estas líneas lleguen por el aire hasta algún lector del Aaiun, de Smara o Dajla. Para que sepáis que nuestros dedos no sangran, es verdad, pero que nuestros ojos al menos también lloran.

FERNANDA FURIOSA

5 de abril, 2013 | En Otras | 2 Comentarios

Hoy hace 19 años que Kurt Cobain se quitó la vida. Escribí este relato breve, Fernanda furiosa, hace unos meses, pensando en este día, el del aniversario. Era para un libro colectivo que creo que ha naufragado en los escollos de la crisis, o algo así. Hoy me apetece compartirlo.

FERNANDA WALTZING MATILDA.

A Fernanda le ha despertado una mano. En su hombro. Y un chistido, dos. Aún así se ha resistido un rato a abrir los ojos.
¿Hola?
Ay, papáaaaa…
No soy tu padre.
Entonces, sí, los abre. Pero la luz está apagada y la las cortinas cerradas.
El corazón de Fernanda late mucho más fuerte de lo normal, y no se atreve a sacar la mano de debajo de la sábana para encender la luz. ¿Será posible?
¿Eres tú?
Sí, soy yo.
Pero no, no es “él”. Esa voz no es la suya. Entonces sí, Fernanda se asusta. Saca por fin la mano, encuentra a tientas el interruptor y enciende la luz de la lamparita.
La escena. Un joven de melena rubia, despeinado, de mirada y gesto doliente, de un tristeza difícil de medir, en cuclillas junto a una cama. En ella, una adolescente morena con los ojos muy abiertos y expresión aterrada. Solo la luz de la mesa de noche.
¿Quién eres?
Quiere gritar papá, mamá, pero no puede. El miedo se lo impide, le atenaza la garganta. Así que lo susurra tan solo: papá, mamá. Queda un poco ridículo, pero el joven no se burla.
No se van a despertar, aunque grites, dice.
Silencio. El joven de la melena rubia mira a su alrededor, un poco desconcertado, y dice:
¿No querías que viniera?
Fernanda sacude la cabeza. Negativamente.
El joven se deja caer hacia atrás, se sienta en el suelo, con las rodillas levantadas por delante, los codos en los muslos y las manos enlazadas.
Pero soy yo. Has pedido que viniera.
No, logra decir Fernanda.
¿No?
No. Quería que viniera él.
¿Y quién es él?
Justin.
¿Justin?
Bieber.
No le conozco. ¿Canta, toca la guitarra?
Sí, mejor que nadie en el mundo, en el universo.
Le conocería.
El joven apoya la mejilla en la mano y mira fijamente a Fernanda.
¿Cuándo murió?
¿Quién?
Justin. Ese Justin… ¿Beer?
Bieber. No ha muerto, ¡Dios, no!
Pero Fernanda se incorpora en la cama, sobresaltada.
¿Se ha muerto?
Eh, eh, eh. No lo sé. No sé quién es, y si canta y toca mejor que nadie en el universo debería conocerle. No, no creo que haya muerto.
Hace una pausa. Mira a su alrededor. La habitación de Fernanda es una habitación de adolescente. Colores pastel. Peluches, una estantería con libros infantiles y juveniles, enormes tomos de tapa plateada. Carteles. Hay varios muy parecidos, la misma cara, el mismo pelo relamido, saltitos en el escenario. Justin Bieber.
El joven se ríe, sin poder evitarlo, aunque parece que lo intenta, o lo finge.
¿Es ése?
Fernanda ni siquiera contesta. Echa una mirada rápida a los carteles, y luego vuelve a mirar al joven.
¿De qué te ríes?
Es un crío.
Fernanda despectiva:
Y tú un viejo.
Tienes razón.
El joven busca una silla. Tienes razón, vuelve a murmurar mientras se sienta en ella, cerca de la cama.
¿Me vas a violar?
El joven se ríe de nuevo, pero de un modo diferente. Agitando la melena rubia y lacia, sin asomo de maldad. Fernanda parece distinguir una risa malintencionada de una risa natural, sincera.
No.
Ahora, una sonrisa burlona.
¿Es lo que querías? ¿Qué te violara ese crío?
¡No!
Fernanda furiosa.
Ya, dice el joven. Que te acariciara la mano, un besito tal vez, que te cantara una balada. Supongo que canta baladas muy dulces.
¡No! Imbécil.
¿No, qué? ¿No canta baladas dulces, o no quieres un besito de tu Justin?
Sí, que eres imbécil.
El joven no replica. Fernanda piensa, se incorpora un poco. Ahueca la almohada detrás de su espalda.
¿Pero tú quién eres?
¿Yo?
Parece sorprendido de verdad. Una pequeña secuencia de gestos. De la extrañeza a la aceptación.
Claro, ni habías nacido.
¿Qué?
Cuando yo, en fin…
¿Cuándo qué?
El joven va a decir algo, pero no lo hace: se ríe, sacude la cabeza como si dijera no lo puedo creer. Ella le mira atentamente y dice:
¿Eres un ángel?
El joven suelta una carcajada, se lleva las manos a la cabeza. ¡Un ángel!, exclama.
¿Un demonio?
¡Tampoco!
Ella se impacienta y vuelve a preguntar pues quién eres entonces.
El joven se mesa un poco los cabellos, luego pasa el dedo índice entre el labio y la nariz, afirma con la barbilla y por fin dice:
Kurt Cobain.
¿Quién?, pregunta ella, sincera en su ignorancia.
Él vuelve a reír, otra carcajada incrédula, y prueba:
¿Nirvana?
¿Qué?
¡Nirvana! ¿Ni siquiera te suena?
Ah-ah, niega ella.
Kurt se derrumba teatralmente en la silla.
Ya, dice. Hace demasiado tiempo para ti. ¿Cuántos años tienes?
Quince.
Kurt ladea la cabeza, levantando una ceja y frunciendo la otra.
Catorce, concede ella.
¿Y te llamas?
Fernanda.
Fernanda. Así que no sabes nada de mí, ni tampoco de Nirvana.
No, lo siento.
Ya. Nada, tranquila. Me morí hace diecinueve años. Hoy, exactamente.
¿Estás muerto?
Es una manera de decirlo. Sí. Me quité la vida.
¿Te quitaste la vida?
Por primera vez ella no parece tener miedo ni sentirse furiosa. Tal vez apenada. De la sorpresa a la pena. Se nota porque se inclina ligerísimamente hacia él, aún apoyada en la almohada. Su mano inicia un movimiento en dirección a Kurt, pero cae sobre la cama.
¿Por qué?
¿Por qué no?
Ya.
Piensas en tu Justin.
Ella sonríe, baja la cabeza.
En si él se quitaría la vida, insiste Kurt.
No, imposible. Justin ama la vida.
¿Y yo no?
Te suicidaste, ¿no?
Kurt mira hacia el techo, luego hacia la ventana cegada, luego a sus manos, por fin a los ojos de Fernanda. Pero no dice nada, se nota que no es capaz, o que no sabe qué decir, o si merece la pena, porque deja caer los hombros.
¿Y por qué has venido?
Kurt se incorpora un poco.
Debe de ser un error. ¿Has pedido que viniera Justin a verte?
Ella no contesta.
Ya. Supongo que lo pides cada noche. Yo qué sé. Un error. En todas partes hay burocracia y funcionarios incapaces. Pero no insistas. Hasta que no se muera no vendrá a verte. Y, por cierto, reza para que no se quite la vida.
No lo hará.
Fernanda niega con vehemencia. Después mira con curiosidad hacia Kurt y pregunta por qué.
Porque no le verías por aquí en años, dice Kurt. Los que mueren pueden visitar de noche a quien lo pida. Una vez a la semana. Los que son asesinados lo pueden hacer cada noche. John Lennon, por ejemplo. Me cae bien, pero no hace más que presumir. Cada noche, ¡es que no te crees!
¿Y los que…?
Kurt levanta la mano, como si dijera no hace falta que lo digas.
Los que nos quitamos la vida, solo cuando se nos permite. Esta es mi primera visita, y ya hace diecinueve años que… Una especie de regalo de aniversario, supongo. Cuando vuelva reclamaré. Es indignante, tantos años sin una visita, y cuando por fin se me deja venir tú no quieres saber nada de mí.
Pero yo no había pedido que vinieras.
Ya, dice Kurt.
Habrá gente que pida que vayas, dice Fernanda.
O no. Igual es por eso.
Parece cansado, dolorido por algo que le llega desde muy dentro.
Fernanda se incorpora un poco más, ya está prácticamente sentada en la cama, con la almohada detrás de la espalda.
Sonríe.
Sí, hombre.
¿Sí, qué?
Que sí que quiero. No pareces mala persona.
Bah, pero no sabes nada de mí. Ni lo que era, ni lo que cantaba, ni lo que decía en mis canciones.
Fernanda duda, se mira las manos, un vistazo furtivo a Justin en la pared.
¿Por qué no me cantas una?
Kurt sacude la cabeza con desgana, la deja caer por delante de sus hombros, mirando al suelo. La melena queda en el aire, a pocos centímetros de la cama. Fernanda levanta la mano derecha, la extiende, roza el pelo. Cuando Kurt se mueve, ella retira la mano a toda velocidad.
Hace mucho que no canto. Toda una muerte. Y ríe su propia gracia.
Pero yo te lo pido.
No, imposible.
Por favor.
Kurt mira a su alrededor, entre los muebles.
¿No tienes una guitarra?
Ah-ah. Soy muy torpe.
Ya, pues no sé…
Venga, por favor.
Kurt mira a Fernanda, sonríe. Carraspea.
Comienza a cantar. I need an easy friend.
Se interrumpe, levanta la mano.
He empezado muy alto, no puedo.
Estaba bien.
Parece conmovida.
Sigue, sigue.
Kurt vuelve a carraspear. Golpea con las palmas en sus rodillas, como si tocara la batería, cierra los ojos, empieza más bajo, casi susurrando. I need an easy friend, I do, with an ear to lend, I do, think you fit this shoe, I do…
Fernanda lo entiende. Necesita una amiga que le escuche, que piense que es el indicado, pero no puede verla todas las noches libremente, lo sabe…
Su voz suena misteriosa y quebradiza en la noche. Tanto que Fernanda llora cuando la canción acaba.
No llores, dice Kurt.
No estoy llorando, dice Fernanda.
Pero se enjuga una lágrima indiscreta.
¿Te ha gustado?
Un niño. Es lo que parece ahora Kurt. Más pequeño que Fernanda, más pequeño que todas las cosas pequeñas. Casi suplicando: ¿te ha gustado?
Sí, mucho.
Silencio. Aún resuena su voz en la memoria de Fernanda.
Ven.
Da una palmada en la cama, se aparta un poco.
Kurt la mira, frunce el ceño. Fernanda se ha convertido en mujer. Sin un salto, sin una conmoción. Kurt duda, pero se levanta de la silla y se acuesta a su lado, encima de la colcha. Cierra los ojos.
Es distinto, susurra.
¿Qué?
Es distinto.
¿El qué?
Kurt apoya la cabeza en sus manos enlazadas, sobre la almohada. Tan cansado, dice.
Cántame otra, dice Fernanda.
Kurt abre los ojos, mira al techo. Habla de “allí”. Están muchos. Dice sus nombres con admiración.
Ellos cantan.
¿Y tú no?
No, me quité la vida. Es la primera vez que canto, desde aquel día.
¿Por qué no?
Creo que está prohibido.
¿Crees?
Supongo, no lo sé. Les escucho a ellos. John Lennon, Janis, Woody Guthrie, Jim Morrison, Edith Piaf, Django Reinhardt, Billie Holiday, Mississipi John Hurt… Y espero.
Fernanda no lo dice, pero solo le suena John Lennon. De los Beatles, sí.
¿A qué esperas?
A que vengan otros. Nick Cave, Tom Waits, Patti Smith, John Cale, Leonard Cohen, Mick.
Fernanda va a preguntar ¿Y Justin? Pero no lo hace. Frunce los labios. Mira a los posters de la pared.
Se vuelve hacia Kurt.
I need an easy friend, murmura. Vuélvela a cantar.
No, dice Kurt. Te voy a cantar “Waltzing Matilda”.
¿Matilda?
Eso parece sonarle. Lo ha leído.
¿El libro?
No. Matilda es un capote, un abrigo calentito. Como esta cama, pero en abrigo. Y “Waltzing Matilda” es vagabundear, andar por ahí con un Matilda. Es una vieja canción australiana. Sobre un vagabundo que robó una oveja y prefirió echarse al río y ahogarse que devolverle la oveja al terrateniente y sus policías. Es una historia de dignidad. Y de indignación. Se la escuché a Tom Waits una vez. En directo.
Silencio.
Cierra los ojos.
Ella obedece. Los cierra. Y al hacerlo siente que está más allá de su cama, de su habitación, de su ciudad, de la vida y la muerte. Mientras escucha.
Waltzing Matilda.
La voz de Kurt se ha vuelto ronca, parece que arrastra un millón de piedrecitas, waltzing matilda, waltzing matilda…
Se mece en la música, un dulce y melancólico vals.
Fernanda saca un brazo de debajo de las sábanas. Mira de nuevo los posters. Los ojos de Justin son ahora agujeros negros, vacíos. Cierra los suyos. Quiere abrazar a Kurt, mientras le escucha cantar, estira el brazo tímidamente.
Pero su brazo encuentra la cama vacía. Se incorpora, mira a su alrededor.
La voz aún se escucha, cada vez más lejos, un eco que se va desvaneciendo: 
You’ll come a-Waltzing Matilda, with me?
Fernanda casi grita, manda su voz tras él antes de que ya no se escuche nada:
¿Volverás?
Silencio.

Como tardará un tiempo en publicarse la memoria completa del CILELIJ de Colombia (magníficamente organizado por SM y El Banco de la República Colombiana), y por los muchos que en el congreso me han pedido el texto completo, cuelgo aquí mi breve ponencia. No es complaciente.

La poesía de Frederick y los pantalones de Beckett

La Literatura Infantil no es infantil nunca, y la Juvenil pocas veces es juvenil.
Es decir: somos los adultos, normalmente muy bien formados, poseedores de valores humanos y humanísticos firmes, quienes escribimos “para” ellos. Y ese “para” es el pecado original de la LIJ, el que nos hace casi invisibles a los ojos de buena parte de la sociedad y a los canonizadores de la literatura. ¿Inevitable? Posiblemente sí, porque en nuestra vida cotidiana pocas veces somos capaces de dirigirnos a los niños y los jóvenes desde una posición horizontal, sin intentar enseñar, dar lecciones, guiar. Con la mejor voluntad, por supuesto. Y si en nuestro trato diario, con palabras que se borran al instante, lo hacemos así, ¿cómo evitarlo al escribir “para” ellos?
Para decirlo con claridad: cuando nos quejamos de la invisibilidad de la LIJ, cuando vemos que sistemáticamente es considerada una literatura de segunda clase, un subgénero, o directamente se piensa que no es ni siquiera literatura, tenemos que reconocer que hay razones para ignorarla o marginalizarla.
Dividiría pues en dos grandes grupos a los escritores de LIJ: los que escriben con más voluntad de formar y enseñar que de hacer literatura, con textos cargados de tics moralizantes, y los que hacen lo mismo, pero involuntariamente. Sin duda, las últimas tres o cuatro décadas han sido muy buenas, y el primer grupo de escritores abiertamente moralizantes va extinguiéndose. Casi ninguno se atreve ya a escribir con la intención puramente educativa del siglo XIX. Pero muchos aún lo hacen con la intención “criptomoralizante” del siglo XXI. Porque han cambiado las formas, pero no el fondo. Ya no tratamos de infundir al niño miedo al mundo exterior, ni tratamos de convertirlos en “personitas” educadas. Pero queriendo o sin querer, tratamos de conformarlos a nuestra manera, o a la manera que consideramos correcta, como así lo consideraban nuestros “ancestros” del XIX. Solidarios, tolerantes, no sexistas, positivos, conscientes. Chicos con sensibilidad y cultura, y chicas feministas Así los queremos, y así son nuestros héroes de papel. Y si alguna vez escribimos sin conciencia de esas intenciones, pronto llegan los pedagogos y los mediadores, y se esfuerzan para encontrar transversalidad en nuestros libros, de manera que no hay uno que escape a su clasificación por conveniencia y pedagogía. No se pide pues un libro de tal autor, sino un libro receta para curar la insolidaridad, el racismo o el sexismo, o libros preventivos contra las drogadicciones, el machismo, la anorexia o el abuso escolar. El editor lo sabe, y de manera más o menos disfrazada o más o menos consciente publica libros que tengan esas “cualidades”, antes de buscar calidades. Y el escritor, que busca desesperadamente la manera de vivir de lo que escribe, más o menos conscientemente, se somete a esa tendencia, o más bien a ese dictado. Y la rueda sigue, y quién sabe ya qué es antes o después.
Voy a defender el caos. El caos de la creación, lo que creo que es la verdadera literatura.
La clave es lo que ya sabemos, y lo que aún no sabemos. Sirve para hablar de la educación. La enseñanza es eso: enseñar lo que ya sabemos. Y si enseñamos lo que ya sabemos conseguimos clones de nosotros mismos. La anécdota favorita de Samuel Beckett era aquella del sastre que recibía una queja furibunda por haber tardado meses en hacer unos pantalones, cuando Dios había creado el mundo en siete días tan solo. Y el sastre le replicaba al cliente: “Sí, pero mire el mundo… y mire mis pantalones.” Y si ese principio, enseñar a saber lo que aún no sabemos, debería servir para la educación, aún más debería de ser el principio de la literatura: los pantalones frente al mundo, es decir, la recreación de la vida frente a la vida misma.
Porque la verdadera literatura es el caos, y no responde a nada ni a nadie. El caos no es la creación, sino la recreación. Nadie crea de la nada, sino que tomando de aquí y de allá, tomando la conciencia humana como alma del relato, recrea el mundo, y entonces ya no importa si el resultado es correcto o incorrecto, si enseña o subvierte, o si solo divierte, asusta o entretiene. El hilo estaba, la tela estaba, las tijeras estaban, pero las manos del sastre hicieron unos pantalones nuevos: y mire mis pantalones.
En la literatura que nace del caos está la semilla de lo nuevo, mientras que en la literatura nacida del orden establecido, de lo que se cree correcto o conveniente está la semilla del conformismo. La literatura Infantil y Juvenil seguirá siendo un subgénero marginalizado y minusvalorado mientras en su inmensa mayoría mantenga las riendas de la corrección y la conveniencia, la transversalidad y el subsidio a la enseñanza. Lo seguirá siendo mientras mantenga la vigencia de tabúes, sean cuales sean, aunque resulte fácil decir por ejemplo el sexo o la religión. Y lo será para siempre si no se desprende del maniqueísmo imperante, la división del mundo entre buenos y malos que es la base de la justificación de todas las guerras, económicas o religiosas. El mundo de los orcos inmundos y los hobbits angelicales es el mundo que quieren hacernos aceptar los poderosos, los señores de la guerra de uno y otro lado. ¿Alguien duda de que “El señor de los anillos” es una obra maestra? Lo es, sin duda, pero quienes repetimos la fórmula una y otra vez, hasta la náusea, le estamos diciendo al niño y al adolescente que el mundo es así, y que lo que hemos hecho así es mejor que cualquier pantalón nuevo. Y no es verdad. La imaginación no es lo mismo que la fantasía. No basta con crear un mundo fantástico y exótico si lo que estamos describiendo por debajo de las formas es lo mismo de siempre, el mundo polarizado, el héroe frente al mal, el hombre frente a la naturaleza personalizada en el dragón. No tengo ni pretendo tener ninguna fórmula, porque creo que no la hay, salvo la fórmula sin fórmulas, sin objetivos ni intenciones: el caos creativo. Ni un modelo, ni un ejemplo, ni un principio ni un final: sin lectores siquiera, sin pautas. Nunca he creído que Kafka quisiera hacer ninguna parábola con “La metamorfosis”, ni tampoco que con el Michael Fury del relato “Los muertos”, helándose de frío hasta morir por amor, James Joyce quisiera enseñarnos nada. Pero de esa tormenta que ambos despiertan en nuestra mente/corazón nace un estado superior, creativo, altamente inflamable: la posibilidad de otro mundo. Simplemente paralelo, o posiblemente superior.
No, no creo que la LIJ tenga ninguna obligación distinta a la de cualquier otro género. Ni reflejar la realidad ni la irrealidad. Debe ser buena literatura, o al menos debe intentarlo. Mostrando respeto hacia los lectores, sean niños o adultos. Siempre que reflexiono sobre este tema me viene a la cabeza el poema de Frederick frente a sus laboriosos hermanos, “¿Quién hace brotar en junio la cuarta hoja de trébol?”. Lionni pulveriza todas las convenciones educativas de La Cigarra y la Hormiga, y tampoco enseña nada. “Tú eres un poeta, Frederick”. Y él se sonroja un poco y dice: “Ya lo sé”. Y solo le falta añadir: ¿Y qué?
Eso es literatura. La poesía inútil de Frederick frente a los granos nutricios de sus hermanos, Frederick frente a la hormiga, los pantalones de Beckett frente al mundo. El día que podamos decir que la LIJ es sobre todo eso, literatura, no tendremos que seguir debatiendo en foros y congresos por qué nos ignoran.

Fernando Llorente, saharaui de honor desde que fuera profesor en la antigua provincia española, autor de Bálsamos y heridas, de Encuentros en la badía, fue el encargado de presentar La zancada en la Librería Gil, de Santander (cuyos clientes fueron parte de la construcción del Nido, la Biblioteca Pública de Smara). El texto es precioso e intenso, un auténtico lujo, que se une a todas las maravillosas deudas que tengo con Fernando.

Este es el texto completo:

Cartel zancada 22 de febrero de 2013, 19:30 horas.
Librería GIL. Santander

No hace muchas semanas presentábamos en este mismo lugar el libro “Ritos de jaima”, del poeta saharaui, que escribe en español, Limam Boisha. Fue inevitable referirme entonces a Gonzalo Moure, autor del libro que presentamos hoy, “La zancada de deyar”. Y fue inevitable por cuanto Limam, en calidad de traductor e intérprete, enseguida y hasta hoy amigo, acompañó a Gonzalo durante el tiempo que les trasladó a otro tiempo, no porque no sea de este mundo, sino porque tiene sus propios, y que es el que marca los trabajos y los días, los trabajos de los días, en un espacio que es también otro espacio, no porque no sea de este mundo, sino porque tiene sus propias unidades de medida. Espacio y tiempo otros, que se ajustan a patrones propios de vida, que Gonzalo va aprendiendo mientras los atraviesa y le atraviesan. Tiempo y espacio otros, en los que los ritmos vitales de sus gentes se compadecen con los latidos profundos de la tierra, o al revés, porque es su tierra. Tiempo y espacio otros en los que la intromisión de algunos productos del progreso no han corrompido la relación identitaria entre una naturaleza, la del desierto, y una cultura, la de los beduinos saharauis. Espacio y tiempo otros en los que se funden la ética y la estética del modo de ser y de estar en el mundo un pueblo nómada, el pueblo saharaui. “Ritos de jaima” y “La zancada del deyar” son dos productos espirituales de ese espacio y ese tiempo, como las taljas y los lagartos a rayas amarillas y negras son dos productos naturales. Limam es un producto humano de ese espacio. En él nació, y hacia él dirige a Gonzalo, y con Gonzalo nos dirige a nosotros en busca de sus entrañas, pasando por sus rostros y sus corazones, es decir en busca de una elevación del espíritu hacia dentro. Rostros de sus gentes, que miran confiados a lo alto; rostros de la tierra, tan duros como acogedores. Corazones de sus gentes, depósitos de tradiciones vivas, sueños esperanzadores y esperanzas necesarias; corazones de la tierra, los galabba, negras y altas montañas, que preservan los secretos de los que se nutren esperanzas y sueños. Entrañas de sus gentes, en las que bullen impulsos de libertad y justicia; entrañas de la tierra, en las que el fuego se libera en aire sanador y resistente, que respiran los rostros, aspiran los corazones y mantiene ardiente el fuego de las entrañas de sus gentes, en especial de los que habitan permanentemente ese espacio misterioso, místico, mítico, que es la badía saharaui, ya está dicho, el territorio liberado del Sahara Occidental, en guerra, aún no concluida, contra el invasor y ocupante reino de Marruecos a lo largo de 15 años, desde 1976 hasta 1991, en cuyo setiembre se firmó un lamentable alto el fuego, lamentado por los saharauis, por casi todos los saharuis. Tierra separada de su tierra, gentes separadas de sus gentes por un muro de más de 2700 kms. que parte el país de los saharauis de norte a sur. Pero son también los rostros, los corazones y las entrañas de los saharauis que estacionalmente, atraídos por la lluvia o en su seguimiento, salen de los campamentos de refugiados para alimentar sus rebaños de camellos y cabras, que a ellos alimentan con su carne y su leche. Y también son los rostros, los corazones y las entrañas de los saharauis que padecen persecución, encarcelamiento, tortura, desaparición y muerte en sus ciudades ocupadas, y que en la medida de sus posibilidades se acogen temporalmente a los beneficios del aire sanador de una tierra, la suya, que, por más que seca, o quizá por eso, fortalece sus corazones y endurece sus entrañas, que el poderoso espíritu del desierto, por libre, engrandece el de sus habitantes,
Cuando presentamos “Ritos de jaima” escribí: “la badía es el santuario de la cultura saharaui; la jaima es el cofre en el que se atesoran los ritos, tan familiares, que la componen; los beduinos saharauis son sus centinelas”. En otro lugar describí la badía como un lugar de bellezas, soledades y silencios, con toda la carga de bondades, también de inquietudes, para el espíritu que tal combinación de acompañantes íntimos comporta. Hace justamente 14 años, en febrero de 1999, Gonzalo emprendió un viaje a la badía, a sus profundidades, de las que manan, como de pozos desbordados, silencios, soledades y bellezas, y también voces y palabras, compañías y miradas, zozobras y espejismos, de cuyos hallazgos, ensoñaciones y enseñanzas nos hace partícipes en “La zancada del Deyar”, libro del que hoy celebramos su tercera edición, tras haberse agotado la otras dos hace ya años. Una aventura de ascendencia quijotesca, de la que no voy a apurar sus paralelismos, ya lo harán otros lectores, si así lo ven también. En cualquier caso, un quijote que se va a encontrar, no con gigantes que son molinos, sino con gigantes que son gigantes, por más que desaparecidos, a los que el viajero llega cuerdo para experimentar fugaces e inquietantes desvaríos oníricos, quizá premonitorios. Gigantes que ocuparán sus sueños y le mostrarán que todo en la badía es fantástico a fuerza de ser real, o al revés. Dos son sus escuderos: uno, Habub, el conductor, práctico y vitalista, sanchopancesco, práctico, con la lucidez de quien sabe el terreno que pisa, y con buena mano al volante para orientarse en caminos sin camino, y para sortear baches evitando saltos desorientadores a los viajeros en el interior del vehículo, tales son las honduras de los, a veces socavones, zanjas, a veces. Y también con la misma buena mano para elaborar en los fogones de la arena, al fuego de ramas de talja o tallos de askef, gustosos guisos, sin ingredientes casi. Conocedor de su tierra, en la que permaneció durante los años de guerra, quizá no deba ser considerado Habub como “hombre del fusil”, pero sí como hombre de decisión y de acción, que ve en la poesía de los “hombres del libro” enseñanza de habilidades para sobrevivir con las mejores garantías en el desierto, cómplice, pero también adversario. Poesía, la del desierto, que, junto a los componentes épico, combativos, y líricos, bucólicos y amorosos, contiene también componentes enciclopédicos, como una Ilíada de las dunas, que aporta modos de actuación ante situaciones, tanto de paz como de guerra. El otro escudero, ya está dicho, fue Limam, escudero también quijote, si bien menos expuesto a encantamientos, ya nació encantado. Nacido en la badía, se alejó de ella, más bien le alejaron, a temprana edad, casi niño, y sin haber visto nunca sus propias costas, se vio en las las del Caribe, para en Cuba, tras largos años de estudios secundarios y superiores licenciarse en periodismo, y regresar para, superada la extrañeza, sumergirse en las honduras de una cultura en la que se asientan sus señas de identidad, personal y nacional, y mostrarlas al mundo a través de su depurada poesía, situándose así en la estela de los hombres del libro, hombre del libro él, depositario de las raíces espirituales de un pueblo, el suyo, en la tierra que le vio nacer. Con escuderos así, al caballero solo le faltaban las aventuras, por más que aventuradas para su cuerpo y para su espíritu. Y las tuvo. Y las vivió intensamente. Y nos las cuenta con tanto apasionamiento como ternura.
Lo que Gonzalo quiere rastrear, y así lo declara, es lo que al modo ontológico llama la saharauidad del pueblo saharaui, lo que le hace ser el pueblo que es y no otro, las raíces, mejor la madre de todas las raíces, de las que crecen y permanecen en el mundo y en la historia los saharauis, un pueblo al que se le ha querido, y se le quiere, expulsar de espacio y del tiempo. “La zancada del deyar” da por supuesto que se puede hablar de una naturaleza saharaui, que subyace e impulsa la condición de los saharauis, a través de las vicisitudes, muy pocas felices, por las que ha transcurrido su historia. Esa naturaleza permanente, ese ser saharaui es lo que quiso conocer Gonzalo, después de saber de su estar, sea en el refugio, en la ocupación, en la diáspora. Para lograr ese objetivo no podía sino dirigirse allí donde ese ser tiene su voz, y hacerse eco de ella; allí donde se instalaron “los hombres del libro”, tras ser desplazados por los “hombres del fusil”, al sur, que como todos los sures es reserva espiritual; a Tiris, donde resuena eterna la voz poética, la palabra hablada que, generación a generación, ha mantenido vivo el ser saharaui, y que habría degenerado en mera palabra si no se hubiera encarnado en la existencia de todos y cada uno de los saharauis.
Y Gonzalo va y nos lleva hasta esa palabra fundacional, dicha más que escrita, pero que no se la lleva el viento, pues está, no escrita, pero sí inscrita en el código genético saharaui. Pero hasta llegar a ella y escucharla, indirectamente, pero como si estuviera dicha solo para él, pues es palabra que se deja encontrar por quien la busca, tiene que cubrir un recorrido con estancias en jaimas, jiam –minicampamento de dos jaimas-, fergam –agrupaciones de más de tres jaimas, donde están organizados los trabajos cotidianos, que giran en torno a los camellos, a los que el Land Rover, a pesar de las reticencias que suscita, solo ha sustituido para acortar distancias, pero nada más. De igual modo, también están organizados los descansos, que giran en torno a la elaboración y degustación del té, de los tés, que perderían su sustancia si no los animara la conversación, en la que cabe lo trivial, lo profundo, lo ritual, lo material, lo espiritual, lo proverbial, lo legendario, lo fantástico…alimentos de los que se nutre “La zancada del deyar”, donde Gonzalo nos hace partícipes del festín. En su recorrido Gonzalo se encuentra con más de un centinela de las esencias saharauis, de su saharauidad, pero solo a uno reconoce como “el guardián del desierto”, así distingue a Muhammad Bujari, en el que la naturaleza se humaniza y la humanidad se naturaliza, guardián celoso que vela por la integridad de un espíritu, cuya savia corre por costumbres, creencias, ritos, supersticiones, que alimentan y son alimentadas por leyendas, proverbios, poesía, relatos, que a su paso, reciben, acogen y confían al viajero, y que el viajero acepta y en ellas se sumerge sin condiciones, asumiendo la dignidad del transmisor, de lo que es prueba el libro que nos ha reunido hoy aquí. En él Gonzalo nos traslada los temores del “guardián del desierto” de que, si es verdad que es mucho lo que se conserva vivo de la cultura ancestral saharaui, que conlleva un modo de vivir intransferibles, también lo es que los avatares históricos recientes, que han dividido al pueblo saharaui en espacios ajenos a la badía, unido al uso de los avances del progreso, que se simbolizan en la parabólica y el Land Rover, han contribuido a que lo que quedan son restos. Incluso un falso guardián del desierto, por traidor a su cultura, llega a entonar ante Gonzalo un réquiem por una cultura desaparecida.
Pero, no, no son restos, mucho menos cultura desaparecida. Que del refugio y las zonas ocupadas los saharauis acudan, porque lo necesitan, a la badía, es prueba de que en ella se encuentran consigo mismos, con lo suyo, con lo que son. En el refugio, con parabólicas, que les abren al mundo, y con vehículos, que les llevan a la badía, ¿a dónde, si no?, la saharauidad está vigente, ese componente esencial que Gonzalo buscaba, y encontró. En el designado “guardián del desierto” se encarna y personifica el nervio de una cultura inasequible al desfallecimiento, por más que se la quiera menoscabar. Los elementos están con ella, para bien y para mal. Es tanta la fuerza del espíritu cultural saharaui que una saharauiya de avanzada edad, Mamia Amrabih Labed, ante mi sospecha sobre la suerte del espíritu de la badía, me dijo en su jaima de Mheiriz, ocho días después del desmantelamiento del campamento de protesta de Gdeim Izik: “si el mar es inmenso es porque siempre admite una gota de agua más”, aunque la gota sea a veces amargo aguacero como el de la sentencia, al margen de toda legalidad y justicia, que por la que hace cuatro días se han impuesto condenas criminales a 24 saharauis que, pacíficamente protestaron en aquel campamento contra la ocupación marroquí y la constante violenta violación de los derechos humanos del pueblo saharaui. Las novedades, incluso las dolorosas, son gotas de agua en la arena de un desierto que la necesita y toma sin dar nada a cambio, pues la cultura de la badía es libre y está libre de complejos, por más que pretendan humillarla los enemigos o seducirla el progreso. “La zancada del deyar” deja constancia de que el saharaui es el que es esté donde esté, más si está donde Gonzalo le encuentra, en esa parte del mundo que le corresponde, cuya profundidad tiene su fondo en la enseñanza transmitida por “los hombres del libro”, sus enseñanza inaugurales, cuya palabra, bajo las estrellas, al cobijo de la jaima y al calor de las brasas sobre las que hierve el té, se dicen en las voces de los nómadas, y que Gonzalo ha escuchado para compartirlas con nosotros en su libro.
Una noche llegó al frig en el que pernoctaba Gonzalo un deyar, un buscador de camellos perdidos, al que Gonzalo no pone nombre, pero que sí nos presenta en la portada y contraportada del libro, fotografiado por él mismo. Un deyar del que importa su paso, su zancada como unidad de medida de la inmensidad del desierto, superando en su tenacidad en la búsqueda a la tozudez de los camellos en perderse, pues sin ellos el desierto sería otro, y el beduino saharaui quizá no sería. Un deyar es el símbolo de carne y sangre de la saharauidad del pueblo saharaui, que lejos de ser una entidad metafísica, tiene el color de la arena, la hondura de los pozos, la altura de las estrellas, la dureza de las taljas, el calor de la jaima, el aroma del té….una saharauidad modelada con el barro de su tierra mojada cuando llueve, y secada al sol
Antes de terminar, y contraviniendo mi costumbre de no contar nada de lo que el libro cuenta, limitándome a señalar, como lector, las coordenadas en las que se sitúa lo contado, sin embargo ahora quiero resaltar uno de los momentos vividos por Gonzalo en su viaje hasta las inmediaciones del espíritu de la badía, hasta los ámbitos de la saharauidad de los saharauis. Un momento de tristeza, en el que se añadió emoción a la emoción. Una noche Gonzalo acertó a conectar el transistor y se enteró de que el poeta José Agustín Goytisolo acababa de morir. Al contrario de su hermano Juan, novelista acomodado en Marrakesh, favorecido y favoreciendo al rey de Marruecos, José Agustín fue amigo del pueblo saharaui y abogó por su justa causa, habiendo visitado los campos de refugiados, casi en sus albores, y colaborando en su resistencia con lo que mejor sabía hacer, escribir. En el frig el ambiente era festivo entre los más jóvenes. Gonzalo se apartó de la música y los bailes para, como se dice, rumiar su tristeza, al tiempo que seguía escuchando palabras emocionadas de recuerdo y cercanía por parte de amigos de Goytisolo, el poeta. Un joven soldado se acercó y, callado, supo que a Gonzalo le embargaba un pesar, enseguida supo también el motivo. Se acercaron más personas y en silencio permanecieron al lado de Gonzalo, compadecidos con su tristeza. Después la fiesta continuó. Si lo resalto es por mostrar que la generosidad, la solidaridad, la compasión, son actitudes de las que el lector encontrará más muestras siguiendo el relato de Gonzalo. Actitudes forjadas en la badía y que han configurado la saharauidad, a la vez que son garantía de resistencia y supervivencia frente a las adversidades del desierto y las agresiones de los hombres. Entreviendo las honduras de la saharauidad del pueblo saharaui, Gonzalo supo algo más de su mismidad, y me pongo yo también ontológico, dicho sea igualmente en el buen sentido. La tristeza se tornó consuelo: “Todas las noches muere un poeta, pero nace otro”, pensó y escribió Gonzalo. Pensaba en Limam Boisha, tan cercano, que en aquellos días compuso algunos de los versos que después formarían parte del poemario “Los versos de la madera”, y que hoy tenemos el privilegio de que también nos acompañe.
Termino, si bien Gonzalo y Limam lo dirán con más fundamento: esta tercera edición de “La zancada del deyar” está íntimamente ligada al hermoso proyecto Bubisher, que se va extendiendo por los campamentos de refugiados, proyecto de lectura y otras actividades en torno al libro, y que cuenta con bibliobuses y una biblioteca estable en el campamento de Smara, logro al que no es ajena esta librería. Los derechos de esta edición están destinados al mantenimiento y ampliación del proyecto, como al mismo fin están destinados los derechos de “Ritos de jaima”, de Limam Boisha.
Ambos libros dan fe de que la cultura saharaui está a salvo, no solo porque la cuentan, sino porque la cuentan con la emoción que palpita en los corazones de los beduinos saharauis, fuertes y hospitalarios, y en los corazones de la badía, las gabbala, por más que de piedra, también palpitantes. GRACIAS

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Un día muy lejano Pablo Amargo y yo entramos al patio de las Torres de Donlebún por una ventana rota, a través de una red de telas de araña de todas las épocas. “El tío José” no estaba, y Pablo necesitaba ver los cactus que crecían en los más diversos objetos para empezar a ilustrar lo que después fue “El movimiento continuo”. Pablo, dotado por la naturaleza con una mirada única para las cosas, las formas y los contenidos ocultos de todas ellas, se quedó sin habla. Lo que veía superaba todo lo que con mi tendencia a la hipérbole le había contado. Desde aquel primer momento nos conjuramos para que aquello no cayera un día en el olvido, cuando llegara la muerte del artista secreto, José Trenor. Para Pablo Amargo la silenciosa obra de Trenor era una de las mayores contribuciones al arte contemporáneo en el siglo XX. Y había que darle continuidad, presencia más allá del tiempo. De ahí surgió la exposición, Captus, las imágenes congeladas de los cactus que capturaban objetos de desecho para darles una nueva oportunidad de vida. No sé cuánto tardamos, pero Tina Blanco, Pablo Amargo y yo, lo conseguimos. Con la ayuda de Jaime F. Pola y por fin de Alejandro Braña, que pusieron la mejor técnica fotográfica al servicio de aquel prodigio.
La muestra tuvo su primera exposición en el Museo Evaristo Valle de Gijón, cuyo director, Guillermo Basagoiti, quedó de inmediato igual de atrapado que todos nosotros. De eso hace ya cinco años, unos meses después de la muerte del tío José. Desde entonces, mientras su obra viva desaparecía, la exposición “Captus” ha hecho una gira por diversas salas de España. Estuvo en Figueras y Vegadeo, y ha acabado su periplo en el Jardín Botánico de Gijón, donde hubiera habido una muestra permanente y una sala dedicada a la conservación de muchas de sus esculturas vivas, hasta donde fuera posible, si no hubiera sido por la oposición familiar. Una lástima, acrecentada con la venta de Las Torres. A través de las ranuras del portón, cuando los que amamos aquella maravilla superamos el dolor, se puede ver el caos, la nada, un torbellino congelado de zarzas y cascotes. Ni rastro de los amorosos Captus.
No es Las Torres, pero está cerca. Tina Blanco ha albergado las 26 fotos de Alejandro Braña ya para siempre en La Fábrica de La Senra, aquella fábrica de conservas que se llamaba “La idea” y que levantó hace un siglo José Reigada. La fábrica, en la que se puede ver el último resto de arqueología industrial de una remota Figueras, se ha convertido en una sala de exposición permanente para los Captus. Un rumor de plantas quietas, de objetos capturados para siempre.
Quien quiera visitarla puede escribirme, mouregonzalo@telefonica.net. O a Tina: tinablanco@wanadoo.es. Y siempre, siempre, se abrirán las puertas. Contemplaremos juntos los Captus; con fondo de canto gregoriano, como quería Trenor. O en silencio, que es otra forma de música.
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Lo de los prólogos es inacabable: siempre escribirías un prólogo del prólogo. Y esta edición necesitará una nueva el día que los saharauis vuelvan a su tierra en libertad. Pero de momento, puede valer. Aunque, como siempre, dudo. Sobre todo, por el papel que juega tanto en el libro como en este texto Amehdu Sueilem, que de manera incomprensible, es el actual embajador de Marruecos en España. Es verdad que su papel se ha desvanecido, lo que indica que algo fue mal en los cálculos iniciales. Pero su presencia en el libro duele, y seguramente a él más que a nadie. Si es que su conciencia no tiene una vacuna milagrosa.

Prólogo
Viajé al Tiris en febrero de 1999. Escribí este libro con la inestimable ayuda de Limam Boicha durante el verano del mismo año, siguiendo fielmente las notas tomadas durante el viaje, desechando muchas de ellas, aunque algunas sobre los camellos las llevé a otro libro, Palabras de Caramelo.
Para esta edición, toda vez que las dos anteriores se agotaron y la colección en la que fue editado entonces desapareció, he optado por dejar el original intacto. Contiene por tanto alguna ingenuidad sobre el futuro, y sobre alguno de los personajes que aparecen en el libro. Especialmente Amehdu Sueilem, de quien había guardado estos años un buen recuerdo. Ahora, es parte de la corte del rey marroquí. Naturalmente, sopesé la posibilidad de suprimir su aparición en el libro, o la de darle un nombre ficticio. Las deseché ambas, en aras de la verdad. Incluso es posible que lo que entonces vi y escribí sirva para entender y valorar de manera más exacta la magnitud de su acción. Una acción que no quiero calificar. Alguien dirá que se califica por sí sola, y no le voy a llevar la contraria. Pero tal vez sea el mismo Amehdu el que mejor pueda juzgarse a sí mismo. Dejó atrás, abandonado y condenado a un cruel exilio que él mismo vivió, a su pueblo. Y dio cobertura a la situación, bastante más desesperada, de los saharauis que residen en su tierra y no abandonan sus señas de identidad, pese a la represión sufrida por parte del invasor al que ahora sirve. Una seña de identidad cultural que en este libro representa él mismo. Tiene que ser el propio Sueilem quien valore esta contradicción. Como, por ejemplo, que fuera él quien me hablara con admiración reverente de los poemas de Chej el Maami en los que se refería a Marruecos como «el mal», que vendría para los saharauis del Norte. Él representa ahora a ese «mal» en España. Lo siento.
Que yo sepa, solo ha fallecido en estos trece años Buni, el hermano de mi compañero imprescindible en este viaje, Habub. Por casualidad he encontrado este año pasado a Minettu, hija de Buni, en un club de lectura de Farsía, en Smara. Ella tiene la luz de su padre en la mirada, y ha sido una de las que más han aportado a un libro que hemos escrito juntos, «El niño de luz de plata», que espero ver publicado próximamente.
He querido respetar también la narración de dos sueños premonitorios que tuve en el enclave mágico de Leyuad. Uno se cumplió, el otro no. Los hubiera intercambiado muy gustosamente, porque se cumplió el más personal, sin trascendencia, y no se cumplió el que sin duda mi corazón deseaba: que el 2000 fuera el último año del martirio. Y van doce más.
Por lo demás, creo que el libro conserva su frescura de entonces, incluso cierta ingenuidad. Lo que quería era averiguar en qué punto se encontraban las seculares tradiciones del desierto. Saber, por un lado, cuáles eran los cimientos de la personalidad saharaui, tan honesta y limpia como generosa y hospitalaria, y evaluar su grado de supervivencia ante la presión de la tecnología y el transporte y el acortamiento sin preceden- tes de las distancias del desierto. No creo que haya habido en este decenio un cambio cualitativo, aunque por desgracia sí que se han producido cambios cuantitativos. La vida tradicional del desierto, el nomadismo, fue condenada a muerte por la aparición de los vehículos a motor. Es, también por desgracia, cuestión de tiempo. Pero perdura. Con su magia y su misterio casi intactos.
Quería entonces que los miles de personas que viajan a los campamentos como cooperantes o reciben en sus casas a los niños de Vacaciones en Paz, pudieran viajar conmigo, a través de estas páginas, al Tiris del que tanto oyen hablar, a la badía fértil que está debajo de la raíz de cada sonrisa y cada mirada suya.
Conozco ahora mucho mejor el Sáhara, su realidad y su gente. En este libro hay una conversación con Limam Boicha que me emociona, en la que hablamos de la necesidad de preservar la cultura mestiza saharaui, en la que el castellano es tan importante. Esa fue una de las semillas del Bubisher, la que va siendo y va a ser una pequeña flotilla de bibliobuses, cada una con su «nido», una red de bibliotecas fijas que hagan posible que niños, jóvenes y adultos saharauis tengan acceso a la lectura en pie de igualdad con los españoles. Me siento orgu- lloso de haber contribuido con tanta gente a que aquella utopía se fuera convirtiendo en realidad. El primero, Ricardo Gómez, con quien compartí utopía y ahora comparto trabajo, y del duro. Pero sobre todo, gracias a todos los saharauis que están colaborando activamente en el vuelo del «pájaro de la buena suerte», y en especial a Daryalha, Memona, Larossi, Hamida, Fanna, Kabara, Alghailani, Bachir, Salka, Mariam, Zahra y Limam. Me gustaría que todos ellos comprendieran cuánto les quiero, cuánto les queremos todos los «bubisheros» españoles, cuán necesarios eran para encarnar un sueño, aunque alguno de ellos ya no esté en el equipo.
Todos quienes me han pedido que reedite este libro me han dado la misma razón: que les ayudé a comprender muchas cosas, que les sirvió para soñar al menos un viaje casi imposible en la realidad. Otros incluso lo han logrado seguir por la badía, lo que me llena de orgullo y placer. A todos ellos, en especial a Fernando Llorente, que tan generosamente cita este libro en «Encuentros en la badía», y a todo el que esté empezando a leer el libro por primera vez en este instante, gracias.

Febrero de 2012

Lo ha publicado “La Nueva España” hace unos días. Pero por razones que no entiendo, no aparece en versión digital. Por eso, porque los políticos prometen sin plazos, porque se echan la patata caliente (y maloliente) de unas manos y siglas a otras, propongo un pacto: ciudadano y, cuando lo sea, político (porque hay que seguir creyendo en ella a riesgo de caer en manos de los liberticidas). Que suelen ser los mismos que los asesinos de la naturaleza. Y de la belleza.

RÍA DEL EO: DELITO DE LESA BELLEZA.

Quién sabe lo que nos quedará después de este cataclismo. Poco, probablemente. Pero como antes todo parecía basado en lo que no teníamos, lo más seguro será que lo que nos quede sea lo que tenemos, lo que es verdaderamente nuestro. La tierra, por ejemplo.
Vivo en Figueras, a orillas de la Ría del Eo. Y se muere, se está muriendo desde 1985. La postal es la misma, o lo parece; pero por dentro, por debajo de la superficie, no hay más que putrefacción, cieno y mierda. Las heridas son muchas: la contaminación, potenciada por las columnas del Puente de los Santos, que además fueron rellenadas hace pocos años para su desdoblamiento, las escolleras de uno y otro lado. Decía el geólogo gallego Isidoro Asensio, gran combatiente contra la escollera de Ribadeo, que “un obstáculo en una ría, por pequeño que sea, acaba convirtiéndose en un obstáculo absoluto”. Y así está sucediendo. El nivel de sedimentación de lodo en sus orillas hace que las aves limícolas ya no alcancen con su pico el alimento, y éste a su vez disminuye por la cantidad de detergentes y residuos orgánicos que recibe cada día. El Tesón de la Berlinga, que no hace tanto poseía un tesoro de berberechos y aguillolos, ya no posee nada. Y aún peor es lo que le espera: decía el mismo Isidoro Asensio que un día aparecería un junco creciendo en el Tesón. Y que sería el principio del fin, porque imparablemente se convertiría en una marisma. El término científico se llama “eutrofización”, y la lectura de la entrada en Wikipedia no es recomendable para espíritus ecológicos sensibles. Terrible.
La ría se ha estrechado, se está colmatando, se está envileciendo. No es difícil imaginar una ría convertida en un juncal, con estrechos canales de navegación, y solo con pleamar, sin un ave que no sea carroñera, sin una almeja que no sea artificial, sin un pez que no sea un muhil. Eutrofización.
Hace apenas veinte años la ría era un paraíso armónico. Todavía. Miles de aves migratorias invernaban en ella, y bañarse en cualquiera de sus rincones era una delicia. Ya no, cada año hay menos: eran no hace mucho veinte mil, hace un año tan solo tres mil, este año… En verano es frecuente ver decenas de pequeñas embarcaciones de recreo en la Linera o frente al Molino de las Aceñas con muchos bañistas a su alrededor. Lo que no saben es que se bañan en unas aguas que están recibiendo todo el caudal de las alcantarillas de Barres, porque la estación de bombeo no funciona prácticamente desde su inauguración. La ensenada de las Aceñas (“O mar pequeno”), era aún en la década de los ochenta un paraje inmaculado, en el que incluso había nutrias. Ahora, el lecho de detritus orgánicos crece cada día, y nada, nada sano vive en sus aguas. Ni puede vivir.
En los últimos meses se han alzado muchas voces para denunciar los constantes vertidos de aguas fecales de Castropol frente al Tesón de la Berlinga, en el centro de la ría. El emisario revienta, y si se repara vuelve a reventar en otro punto. El alcalde lo reconoce, se declara impotente y se remite al proyecto de Estación Depuradora. Pero no hay visos de que el proyecto vaya a llevarse a cabo en un plazo previsible, y en las esferas políticas se echan la culpa unos a otros dejando mes tras mes la ría sin sanear.
La ría es un tesoro para todos sus ribereños. Por belleza, por memoria, por significado. Y, por qué no, en estos tiempos de pobreza programada, por potencial turístico y económico. No hacer nada para evitar su muerte es un pecado frente a los que nos precedieron y sobre todo frente a los que nos sucederán. Y en estos tiempos en los que la política se ve tan devaluada me atrevo a pedir en nombre de todos los perjudicados (los seres humanos, los pescadores, pero también los peces, los moluscos y las aves), un gran pacto sobre la ría. Ribadeo ya depura sus aguas, pero no así Castropol, Vegadeo, Figueras, Barres. Si todos se unieran, olvidaran sus campanarios y apostaran por la limpieza de su propia casa, lo conseguirían, y de paso dignificarían su profesión.
Y si después de pedirlo viéramos que todo seguía igual, que del géiser del Tesón de la Berlinga siguiera manando mierda a todas horas, ¿no nos atreveríamos a poner una denuncia por delito de lesa naturaleza, de lesa belleza? Lento Exxon Valdez, inexorable Prestige. Como la Shell, que tiene la desvergüenza de llevar una concha en su logo y ahora ha sido denunciada ante el Tribunal de La Haya por cuatro valientes (y desesperados) pescadores de las poblaciones nigerianas de Goi, Oruma e Ikot Ada Udo, porque los vertidos de petróleo “han matado la pesca”. Y la Shell va a tener que comparecer. Los moluscos y los peces no saben firmar una denuncia, pero sus pescadores y recolectores sí. La ría (que la pobre ni siquiera está segura de su nombre), tampoco sabe firmar. Nosotros sí. Aquellos cuyos padres y abuelos vivían de su riqueza, y todos los que añoramos su infinita belleza, hoy mancillada, estercolada y grasienta. Eutrofizada.

Gonzalo Moure.

 

Post scriptum: Ya publicado, parece que algo se mueve. Los políticos locales andan revolucionados, y hablan y hablan y hablan. Esperemos que pronto hagan, hagan y hagan. El presupuesto de la depuradora es de seis millones. Me parece mucho, pero al lado del coste de las escolleras y otros horrores, hasta es poco. Un plazo, por favor, una fecha de inicio, una de final. Una de regreso de la Ría a lo que fue. Y que no es solo depurar lo próximo, sino dragar los anterior, hacer que la Ría no se convierta en un recuerdo, en añorada belleza.

ÉRASE UNA VEZ UN PARQUE

28 de octubre, 2012 | En Otras | 5 Comentarios


Ésta es una extraña historia, y su mejor final es que no lo tenga, que genere una catarata de historias. Y que éstas se conozcan, o que queden en la penumbra de una habitación, o debajo de las sábanas, a medias entre la linterna y la imaginación de un niño.
“El arenque rojo” es una imagen oriental que equivale a lo que Hitchcock inventó para sus películas: un elemento de distracción que logra que lo que de verdad importa en la historia te sorprenda.
Hace ya tres años me metí en el coche para conocer a Alicia Varela, una estupenda ilustradora y diseñadora que me había escrito para ver la posibilidad de hacer algo juntos. Vi sus dibujos en su blog, me gustaron, y decidí encargarle la ilustración de una vieja idea muy visual. Pero poco antes de salir hacia Gijón sucedió una de esas cosas que podían figurar en aquella vieja historia, “Mala suerte, buena suerte… quién lo sabe”: me quedé sin historia que ofrecerle, por una razón larga de contar. Iba de malhumor, pensando en lo que le diría a Alicia. Pero de pronto, en la carretera, recordé que acababa de leer en un largo viaje de avión una novela de Murakami en la que explicaba lo del arenque rojo, el viejo McGuffin oriental.
Bien, ya tenía al arenque. Lo imaginé. Supongo que por encima de las vacas, en algún prado. Distraería, claro que sí: cualquiera se fijaría en él, y no en lo que hicieran las vacas, un perro y el vaquero, por ejemplo.
Mmm, ¿y por qué no un parque? ¡Sí, en un parque de ciudad suceden mil pequeñas historias simultáneamente, pero no las vemos!
Cuando llegué al sitio en el que nos habíamos citado me senté y le dije: Verás, el álbum se llamaría “El arenque rojo”, y… Le hablé de algunas historias que ya se me iban ocurriendo, y ya de vuelta empecé a mandarle todas, hasta seis o siete.
Muy poco después, en un encuentro casual, se lo conté a Elsa, la estupenda editora de SM, que sin dejar que el balón cayera al suelo me dijo “·adelante”.
Lo demás es ya libro, álbum. Éste.
Y en esa intrahistoria de trabajo, Alicia me dijo que le gustaría que hubiera algunas otras cosas en el parque, pequeñas historias. También le dije adelante, y de la mayoría no he sabido nada hasta que hace una semana y poco abrí el álbum por primera vez. Y se ha enriquecido tanto que ahora el resultado es un laberinto inacabable, fecundo. Como lo demuestra la página que SM ha abierto en internet, http://www.literaturasm.com/El_arenque_rojo.html
En ella los lectores pueden ir contando lo que ellos ven en el parque. Y así es un álbum de muchísimos álbumes, tantos como lectores. Algunos, como María de Álvaro (por citar la última), han hecho una aportación realmente buena, casi increíblemente buena. Y Alicia y yo no nos podemos sentir más orgullosos.
Al final del álbum, hay un sobre. En él están las historias originales. Uno puede acudir a ellas, o no. Porque lo que se descubre enseguida es que lo importante no es lo que pasa en el parque, sino en el que todos llevamos dentro. Todos somos, siempre, en una ciudad, el arenque rojo.

Escrivivir

28 de septiembre, 2012 | En Otras | 2 Comentarios

En el Diario Electrónico “El Tiramilla”, el primer diario español de novela juvenil, me pidieron un artículo. Curiosamente, porque el pensamiento es fluido, resume muy bien lo que aporté a las jornadas de Verines, así que lo publico aquí también, para seguir buscando kafkas desde esta perspectiva.

RENGLONES PROPIOS

ESCRIVIVE
(La diferencia entre escribir por cálculo y escribir por convicción)
Por Gonzalo Moure

Decía Corín Tellado que muchos de los que trataban de imitar sus novelas escribían mejor que ella. Inundaban su propia editorial, incluso tenían calidad, pero no eran publicadas, o si eran publicadas luego no se vendían.

Coincidimos una vez en una entrevista telefónica en Radio Nacional, y su explicación del fenómeno me impresionó ya para siempre:

–Eran mejores que mis libros, pero no estaban escritos desde el corazón. No se daban cuenta de que fingían, mientras que yo veo el mundo, el amor, la vida, de esa manera. Mis “novelitas rosas” son auténticas. Y los lectores se daban cuenta, y elegían, me elegían. Elegían lo auténtico.

Esa es la diferencia entre escribir por cálculo y escribir por convicción. Entre escribir y “escrivivir”. Sin duda es posible escribir por cálculo y triunfar, y hay cientos de ejemplos magníficos. Incluso obras de encargo han sido luego libros casi canónicos. Y al contrario, muchos libros escritos desde el corazón, desde la autenticidad, son muy malos. No quiero hablar de eso en realidad, sino del inmenso gozo que supone vivir lo que se escribe, y sobre todo de la necesidad que el hombre tiene de que eso suceda.

He defendido en el pasado que la opción de la lectura es personal, y ni siquiera imprescindible. Se puede gozar de una vida plena y útil sin siquiera leer un libro, y las culturas más pegadas a la naturaleza atesoran miles de ejemplos al respecto. Ahora ya no. Ahora, en plena crisis de pensamiento, cuando los grandes cerebros pacen en las multinacionales o sobreviven como pueden en el naufragio de una civilización sin referentes, creo más que nunca que el rumbo está escondido en la novela. Ahora es cuando creo más importante leer narración en busca de lo sustancial.

Por eso, hay que potenciar la escritura, y hay que potenciarla desde la verdad de cada uno. En la novela está el caos, una especie de caos primigenio del que puede salir la primera célula de una nueva cultura. Pero si la literatura nace del cálculo, de la fórmula o la receta ya previamente probada, el avance es imposible, es un constante caminar en círculos.

Escribir con autenticidad es internarse en lo más profundo y aún desconocido del ser humano. Por ejemplo, en su relación con la naturaleza, o en el verdadero sentido de la Ciencia. Enseñar la historia de la literatura en colegios e institutos es enseñar lo que ya sabemos, y que ha conducido a este inmenso atasco de pensamiento que estamos viviendo. La enseñanza de la literatura debe ser, más que nunca, la enseñanza de la creación, la busca de la potencia oculta en cada ser humano. Enseñar literatura tiene que ser invitar a escribir lo que todavía no sabemos, a formular las preguntas para las que no tenemos aún las respuestas. Y no con grandes planteamientos filosóficos para los que un adolescente no está preparado, sino con el misterio profundo de las pequeñas cosas. De las cosas aparentemente insignificantes.

Escribir no es solo novela o cuento. Escribir, en estos tiempos, es también hacer cine con un teléfono móvil, es hacer el guión o el dibujo de una novela gráfica, es la letra de una canción, de un rap. Creo que hay más pensamiento en los márgenes de la escuela que en la escuela misma. Por eso creo también que la búsqueda de nuevas líneas de pensamiento pasa necesariamente por ensanchar el círculo de la escuela y el instituto, por que seamos capaces de rescatar para el aula lo que sucede fuera. Prolongar el radio del aula hasta abarcar en ella el alma de los alumnos. Invitarles y enseñarles a compartir la radicalidad adolescente, la crítica absoluta que subyace en su pensamiento hacia el mundo adulto, para encontrar soluciones compartibles.

Y no por necesidad académica, sino por necesidad vital. Porque es maravilloso “escrivivir”, como tantas veces hemos dicho que lo es leer. El viejo tópico de que el lector vive miles de vidas antes de morir no tiene mucho sentido si seguimos leyendo las vidas que ya fueron creadas, hasta el infinito y hasta la náusea.

Si un adolescente me leyera ahora le diría: te necesito. Escribe para vivir, haz que tus personajes hablen para hacerte oír, describe el mal que conoces y el que temes para que juntos podamos saber cómo hacerle frente, cómo hacer que la vida tenga sentido. Es decir: recrea el mundo, recrea la vida, márcanos un nuevo mapa para compartir tu indignación por cinco minutos de telediario, un nuevo itinerario para ir a comprar el pan de cada día, una nueva forma de entender mejor el amor o la amistad. Escrivive.

 

http://eltiramilla.com/escrivive/

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