No me gusta la palabra perro. La hemos destrozado, como hacemos tantas veces con aquello a lo que más deberíamos querer. ¿Por qué tiene una connotación negativa la palabra que designa a alguien tan sincero, tan limpio en sus afectos, tan entregado? La primera vez que leí La Odisea me quedé una noche destrozado porque se había acabado, y porque en el último capítulo aparecía Argos, echado en un montón de estiércol, con nada menos que veinte años y todos los achaques de la vejez, pero recociendo a su amo, Ulises, como si no hubiera pasado un día desde su partida. El único que le reconocía, y el único que no se ponía a calcular lo que supondría su regreso. Después, cumplido su sueño de volver a oler a Ulises, moría.
Por aquel entonces mi Argos era Fango, el primero de mis perros. Lo habíamos sacado Antonio y yo de la madriguera que la madre había excavado en el inmenso estercolero municipal de Valencia, entre el parque de los Viveros y las Alquería de Palmereta. Antonio me enseñó todo lo que sé de perros. Él se llevó a Barro, y yo a Fango. Eran feos como demonios, pero Fango fue el mejor perro que he conocido. Algún día contaré sus historias, la de Fango y la de Antonio. He dicho que fue el mejor de los perros que he conocido, y lo mantengo. Y lo mantendría si hablara de los otros siete con los que he convivido: Tom, Kazan, Trompo, Woody, Buller, Granny… Y, por supuesto, también de Trancos. Al que dejamos descansar hace dos días, evitándole el dolor y la perplejidad de no poder moverse, él, que fue un auténtico atleta.
Vi nacer a Trancos. Junto a Pulga, Tristán, Osa, Oso, Crazy y otra de la que no recuerdo el nombre. Hijos de Granny, que quedó embarazada por poderes (veterinarios) de Truc, el espléndido gos d’atura de nuestro amigo Feliciano.
Le bautizamos con el nombre del montaraz, no el del rey secreto de Tolkien. Era como imaginábamos a Trancos: oscuro, misterioso, fuerte y rápido, sigiloso y amable. Por aquel entonces Tina y yo escribíamos La Puerta de Mayo, y su nacimiento quedó reflejado en un capítulo de extraña angustia e intranquilidad por la responsabilidad del alumbramiento. Ese capítulo era el envés de la hoja de la vida, porque no hubo en su vida, salvo cuando hace tres años murió su madre, una gota de angustia.
Fue un cachorro delicioso, y vivió siempre junto a su madre, y dormían enroscados de tal modo que no sabías donde empezaba uno y donde la otra. Ella le enseñó los misterios de la vida en los prados de Figueras: Arnela y su playa de piedras, el prao de Romanón, el camino del Covo, Las Torres, el camino de la Viuda… Ese, y nuestra casa, fue su mundo. Granny, como él descendiente de pastores de ovejas, necesitaba un trabajo. Me ayudaba con las yeguas cuando las sacaba al pasto, pese a las frecuentes malas pulgas de estas. Y buscaba las bolas que le lanzaba tan lejos como podía con un palo de golf a las zarzas y los artos. Lo hacía con dedicación minuciosa, profesional, y gozosa. A ella le había enseñado Trompo, así que ella hizo lo mismo con Trancos. Y cuando este aprendió a encontrarla y traerla, ella dejó de intervenir, salvo cuando Trancos no lo lograba. Era prodigioso cómo le enseñaba lo que había que hacer: sé sistemático, le decía, no des carreras en vano. Calcula la dirección y la distancia de la bola por la postura de Gonzalo. Ve eliminando, delimitando, déjate guiar por el olor, y cuando la tengas localizada sin lugar a error, horada la sebe, poco a poco, hasta llegar a la bola.
Todavía hace quince días, Trancos lo hacía así. Con 16 años, con cataratas en ambos ojos, casi sordo del todo, pero con las lecciones de su madre bien aprendidas y un olfato que muchas veces me ha hecho pensar en el prodigioso sentido que es para ellos, tan distinto del nuestro. Trazan las bolas, o los pies, o lo que sea, auténticos senderos en el aire.
En los buenos tiempos jamás se perdieron tampoco, ni Trancos ni su madre, un rato con las yeguas. Nos acompañaban a Tina y a mí, por lejos que fuéramos, a veces jornadas de varias leguas cruzando riachuelos y carreteras. Siempre entre las patas de las yeguas, sin molestar ni ser molestadas. Cada paso, cada tranco, un prodigio de cálculo y efectividad.
Otra de las satisfacciones profundas de Trancos era acompañarme por las mañanas mientras escribía. Esperaba gozoso y sonriente el final de las rutinas, al pie de la escalera. Subía conmigo con jadeos de felicidad, y cuando ya estaba sentado ante el ordenador se enroscaba entre mis pies. Mucho de lo que he escrito ha sido con su ayuda y su consejo. Cómo me miraba, cuando yo dudaba. Y, de verdad, muchas veces, el modo tan sencillo que tenía de comprender la vida, era una pista, o directamente la solución a mi problema: en línea recta, diciendo lo que se siente, como él hacía lo que sentía.
Estos últimos diez años Trancos ha sido el mejor amigo y compañero de Tina. En sus paseos, escribiendo con ella, leyendo, viendo una película en la tele. Amando, con la misma felicidad que Argos sintió cuando bajo los harapos olió, sin lugar a dudas, a su añorado Ulises, pero renovada la felicidad mañana tras mañana, tarde tras tarde, velada tras velada.
Ha llegado a su final y descansa ya en la huerta, su territorio sagrado, justo donde solía caer la bola que le lanzaba con el palo por encima del tejo y los sanjuanines. Junto al lugar también en el que hace tres semanas escuchaba, como nosotros, a Limam leyendo los poemas de su nuevo libro, al lado de una hoguera hecha con ramas de enebro. Tina va a plantar a su vera una mata de lavanda. Nos regalará su aroma, desde la tierra.
Estoy escribiendo un libro que comenzó a crecer este invierno, cuando los primeros achaques de Trancos llegaron, hice cálculos, y supe que apenas le quedaban unos meses de vida, como así ha sido. Estará dedicado a él, que sabía lo que no había que saber, y por eso era tan sabio: ni futuro, ni pasado, ni preocupación alguna: sólo ahora. Sólo sol en su piel, caricia en su cuello, cerca de los pies de aquellos a los que quiso. Yo lloraba porque intuía su muerte, pero él se limitaba a gozar de los primeros calorcillos del sol de primavera. En ese momento quise ser como él. Incluso ahora también. Quien no sabe lo que es la vejez ni la muerte, no muere, ni siquiera envejece: es.
Hace dos días, en los pocos minutos que tardaron sus músculos en aceptar la quietud, había reflejos en sus pezuñas y en sus patas de lo que sin duda era su último sueño: buscaba la bola, la encontraba, la devolvía y esperaba el ciclo, tan pequeño, tan inmenso: eterno.
Gracias Trancos, por tanto, por siempre, por cada segundo de tu vida sin principio ni final. Por tu lección de vida.
Este viernes viajé al pasado.
Al de mi corazón, al de otros 35 corazones.
Llegué hace casi 40 años a la Facultad de Ciencias Políticas, la única carrera que no había en Valencia y que me iba a permitir echar a volar. Pero la facultad, una escalera de cubículos junto al Palacio de la Moncloa, estaba ocupada por policías de gris que patrullaban por su interior con casco, pistola y porra. No traía más ideas en la cabeza que el deseo de un mundo en color, en el que el gris no cabía. Y me dije que vería la salida de aquellos uniformes de la facultad, de toda la universidad. Y lo conseguimos.
Para hacerlo me acerqué a los que más y más organizadamente luchaban. Tan jóvenes como yo, pero nimbados por un raro aire de santidad, de una seguridad en sí mismos que nunca había visto. Y de valentía. Santiago, Domingo, Fernando, Juan, Lorenzo, Chema… Los comunistas. La imagen que me ha acompañado siempre en mi vida es la de Santiago, puño en alto frente a los caballos, los cascos y las porras. Sin retroceder un metro. Nos citábamos antes del alba para ir a la puerta de las fábricas a decirles a los obreros que cabía la esperanza. Y llegábamos después a la facultad con la fe bailando en nuestros ojos. Nosotros veíamos la luz al final del túnel.
Esta noche de mayo miraba a mis camaradas de célula. Llegamos a ser 68, pero entonces éramos un puñado tan solo: Tina, Rafa Julia, Isabel, Marcel, Luis Miguel, Custodia, Javier, Matilde… Algunos, tan inolvidables como Custodia, han muerto en el camino, y de los vivos tampoco estábamos todos, pero estaba allí reunido un todo inconcreto y único al mismo tiempo. La biología nos ha trabajado a fondo, el tiempo ha pasado. Y durante unos minutos, mientras nos escuchábamos unos a otros, viajé en el tiempo, sí. Estábamos en la misma facultad en la que teníamos 20 años eternos, inacabables. Amábamos, queríamos, luchábamos, teníamos miedo, nos lo sacudíamos de encima. Y de pronto me di cuenta: cada uno de aquellos seres humanos por cuyo futuro en libertad habría dado entonces mi vida, sin pestañear, eran 36 futuros míos, era yo multiplicado por 36: en un futuro era periodista, en otro funcionario, en otro poeta. En uno había echado barriga, en otro había muerto, en uno resplandecía, en otro languidecía. Eran ellos, pero era yo también.
Y ninguno hablaba de sus éxitos o sus triunfos, al estilo de las reuniones de antiguos alumnos y nuevos ricos. No, cada uno hablaba de sus sueños de entonces y de los momentos compartidos, del miedo y la esperanza: eran recuerdos de cada uno, pero cada uno era el futuro de todos quienes fuimos.
Quise que se detuviera el tiempo. En el bar, en el aula 3, o abrazado a Santiago, el Capitán Carballo, como si acabara de salir de la cárcel, como si le abrazara aún ensangrentado al salir de sus 24 días de torturas en la DGS. No quiero que se acabe ese abrazo nunca, por tanto como le quise, por tanto como quiero a cada uno de ellos. Que no se acabe nunca, que cuando muramos el abrazo aún dure, el que nos dimos hace 40 años al confiar los unos en los otros, el que nos dimos esta noche de mayo, el abrazo que hacía que mágicamente hubiera desaparecido el miedo. Nadie miraba hacia la puerta, nadie temía el repiquetear de las botas por el pasillo. Juan Trías Bejarano, el valiente joven profesor que sabíamos que también era comunista, sonreía inacabablemente desde su asiento, y en sus ojos claros estaba el presente y el pasado: estaba yo, un joven barbudo que gritaba amnistía.
Les he pedido (os pido, si me leéis), que me mandéis vuestros recuerdos del miedo, porque quiero contarles a nuestros hijos que pagamos el precio del miedo a cambio de la libertad, en una novela que se llamará “Una verdadera historia de miedo”. Que será nuestra también.
Conté para acabar mi intervención algo de hoy, porque en el hoy de esos jóvenes está nuestro hoy de entonces, porque aunque sea de otra forma hay miles y miles de jóvenes que siguen sabiendo, como entonces, que el miedo se vence como lo vencía Santiago, que la libertad no cae del cielo, que se conquista aguantando día tras día en una oscura celda: que no, camaradas, que hace 40 años, que ahora y siempre, “por favor no dan”.
Gracias, Rafael y Agustín, por inventar esta maravillosa máquina del tiempo que nos ha permitido ser estos y ser aquellos en el mismo instante, que hará eterno el abrazo y que hará que muramos abrazando pasado, aquel futuro, al capitán Carballo, mi más valiente yo, capitán, mi capitán.
Todos hablamos, y nadie estaba arrepentido. En este 2010 era 1970, 71, 72, 73. Y todos volvíamos a “pedir la entrada”. Para alumbrar la libertad, para volver a pagar con el billete del miedo la luz de la libertad. Para ser eternamente felices.
Acaba de llegar a mi buzón, en el Día del Libro, “Karamellens ord”, la traducción sueca de “Palabras de Caramelo”. Dentro de un momento voy a conectar mi ordenador con la pizarra electrónica del colegio Obispos García Ródenas, de Bullas, Murcia, y esta tarde voy a leer en una librería de Oviedo un cuento sobre Miguel Hernández.
Tres maneras distintas de celebrar el Día del Libro, aunque ninguna tan plena y maravillosa como la del Bubisher, como la de Daryalha, Memona y la voluntaria de turno, Felicitas Rebaque, que del turno está haciendo un torno de sensaciones, descubrimientos y magia. El Bubi es uno de esos “monstruos” que produce el sueño de la razón, en positivo.
Claro que ha sido hermoso encontrarme en el aire con los niños de Bullas, con sus maestros. Algo tan frío como internet puede incendiarse, con un poco de aliento: he estado en su cole, han estado en mi casa. Y hemos entrechocado corazones.
“Karamellens ord” lleva también lejos el pensamiento. Pensar en que niños suecos están conociendo ahora mismo el Sáhara, su dignidad y su poesía, me estremece de emoción. Le debo todo mi agradecimiento a Monica Zak, una autora sueca que el año próximo verá publicado por Anaya “Hadara, el niño avestruz”, la emocionante crónica de un hecho real: un bebé, perdido en el Tiris durante una tormenta de arena, fue criado por los avestruces. LLegó a creerse uno de ellos. Raro, sin plumas, pero avestruz. A los doce años fue “cazado” y llevado a un campamento, donde recuperó su humanidad, se casó, tuvo hijos, nietos. Qué preciosa historia, que Monica fue conociendo de la mano de un buen amigo, Ahmed El Zein.
También hoy he sabido que Palabras de Caramelo se lee en escuelitas del Chile remoto, según me cuenta Valeria desde allá…
He conocido estos días un blog en el que poder reflexionar y beber reflexiones de otros: editarenvozalta.wordpress.com
No os lo perdáis. Es el espacio que ofrece Elsa Aguiar, una de las mejores editoras del momento, que sabe conciliar sus obligaciones con la cuenta de resultados y las no menos importantes con el arañazo en la conciencia, la conmoción, la busca de nuevos horizontes interiores y exteriores.
D eso va su última entrada, “¿Para quién se escribe?”, en la que ya han opinado voces rigurosas: Gemma Lluch, Palma Aparicio, Ricardo Gómnez, María Menéndez-Ponte, entre otros muchos. Algunos lo tenemos claro, otros también, aunque sea desde posiciones distintas. Escribir no para (al menos que sea para emocionar, para conmocionar, para arañar), sino escribir por, escribir con. Cuestión de preposiciones, pero mucho más. Hay dos equipos en el sueño de la razón: el de los que quieren abrir nuevos caminos, y el de los que solo quieren vender, y para ello adecuan su literatura a lo que ya está de moda, establecido. No os lo perdáis. Y no dejéis de opinar, si creéis que tenéis algo nuevo que decir. Que este día tenga algún significado o no sea más que una formalidad, depende de lo que seamos capaces de hacer. De arañar.
Y gracias a Esperanza León, que hoy también me ha hecho el regalo de esa “lectora” suya, una imagen deliciosa.
Le debo mucho a Ballobar, patria de los cuentos.
En Ballobar, por primera vez, descubrí que había alguna continuidad en lo que había escrito hasta entonces. Desde aquella noche mágica (Carmen y Merche saben mejor que yo en qué año fue) empecé a tomarme este trabajo (y a mí mismo) un poco más en serio.
Ballobar fue la cuna de los clubes de lectura Leer Juntos, y sólo por eso ya debería figurar en todas las guías culturales de este país. Y cada dos años se celebra allí uno de los congresos sobre Literatura Infantil y Juvenil con más sentido.
Y en Ballobar nació este librito, una mañana en la escuela, con Olga sentada en mis rodillas y otros muchos niños a nuestro alrededor. El pequeño drama de Olga era que su madre últimamente no le contaba cuentos. Allí mismo se me ocurrió una idea, una pequeña gamberrada que transformé en cuento. Le di vueltas durante meses, lo aparqué, lo saqué del garaje, hice alguna versión, lo volví a encerrar. No sé en qué otro colegio, una niña me dio la clave que le faltaba. Hablábamos de “En un bosque de hoja caduca”, y ella me decía cosas de parte de su madre, que también lo había leído. Y allí estaba, claro: este cuento fallaba hasta entonces porque sólo lo veía desde el prisma de la niña, pero ¿y la madre?
Y aquí está. Una vez más, no Literatura Infantil (o eso intento), sino literatura sobre la infancia, sobre la etapa de la infancia, tan pequeña en años, pero con tanto peso en nuestras vidas. En lo bueno y en lo malo.
Ni siquiera sé en qué momento hablan las dos, madre e hija, de cuando Malva aprendió a leer y se acabaron las noches de Cama y Cuento. Lo intuyo, pero como no lo he escrito, lo dejo al lector. Que él lo intuya, que lo sepa, o que no.
Y Lucía Serrano, claro. Me enternece cómo ha entendido lo que había en el texto. Lo ha ilustrado deliciosamente, no hay otra palabra. Es un gusto, Lucía, va por ti, por Malva, nuestra “hija”.
Y dos agradecimientos más: Palma, mi motor en estas cosas del escrivivir, ya que vivir a secas se me da bastante peor. Me empujó, me ayudó, me corrigió, me sugirió. Y Rocío, editora de verdad: no de “sí” o “no”, sino de venga, de las de “nos arremangamos, y a ello”.
Sólo falta algo: ¿cuándo acabamos con esa herida en los lomos del libro, ese “a partir de… años”? Me duele, cada vez: es como un clavo mal puesto en la herradura de un caballo: entra en la carne.
Y, en fin, ya estoy deseando que alguien lo lea, y podamos empezar a entenderlo: no es hasta que voy a un colegio para hablar de un libro que empiezo a comprender el sentido de lo que escribo. ¿Cuál será el de Cama y Cuento, más allá de las apariencias?
PARA VER Y DESCARGAR EL PRIMER CAPÍTULO:
http://www.anayainfantilyjuvenil.com/catalogos/capitulos_promocion/IJ00269301_9999991337.pdf
Peonza acaba de publicar un especial dedicado al Mundo Rural y el Universo Urbano.
Me pidieron un artículo sobre el tema. Que me interesa, o más bien me obsesiona. Comparto el este nº91 de Peonza con José Luis Polanco, Jesús Marchamalo, Julio Mateos, Aurelio González Ovies, Mercè Lloret, Mariano Coronas, Juan Martínez-Conde, Ainara Bezanilla, Carmen Segovia. Y es un honor, tanto como un placer.
Aquí os dejo mi obsesión, más bien pesimista. Me gustaría conocer vuestra opinión.
Seré radical. Naturaleza (me) obliga.
Vivo en el campo. En el entorno en el que disfruté la parte más importante (y más hermosa) de mi infancia. Queda apenas un rincón, sin embargo, en el que puedo sentirme como entonces. Una esquina del espacio, y también del tiempo. El resto es desolación, ausencia, pérdida. Y ficción, una bonita y ya artificial ficción. Nunca podría pretender que aquel campo amoroso y dadivoso –tal vez nada más que un sueño infantil- sea lo mismo para un niño de hoy que para el niño que fui(mos). Para mí, niño de ciudad al fin y al cabo, fue así: romántico, aromático. “Et in Arcadia, ego”. Para los niños del propio campo era libre, salvaje, misterioso, un territorio ajeno al desorden y la destrucción del progreso. Ninguna de esas dos visiones es posible ya para la vida, y si la literatura es la reflexión de la vida, los niños, reales y ficticios, se han quedado huérfanos de campo. Sólo es posible ya la nostalgia. Pero la nostalgia no es presente.
Dicen algunos personajes de “El síndrome de Mozart” cosas tan duras del campo que casi me ofenden. En el corazón. Pero las entiendo con la mente más fría, siento que las comparto: Irene, adolescente en tránsito: “Hay algo en el campo que me atrae con morbosidad. Es algo relacionado con la putrefacción, con la muerte.” Y luego Tesa, ángel negro de corazón pétreo: “En la ciudad el hombre se siente a salvo. Sus edificios son horribles porque él lo es. Sus humos, sus olores, no son más que la máscara de la fealdad. Y por eso le resulta hermosa. Me gusta la ciudad. Odio el campo, con su falsa armonía, con sus hierbecitas y sus bosques olorosos. Porque en el campo sé lo espantosa que soy, lo espantosos que somos todos. El campo es hipócrita. Me da asco, sólo de oler la hierba.” Y de nuevo Irene: “Pero aquella muerte lenta de Cansares, del campo, de sus viudas, era el prólogo de la muerte del hombre.”
Yo, no sé si lo odio. Más bien lo compadezco. Porque sí, está herido de muerte. Es el escenario de una comedia en la que el hombre, que lo va destruyendo cada segundo desde el coche y las tiendas, comprando sus despojos y pagando por sus contaminantes, aún lo canta en sus poesías, y da once meses de trabajo por vivir uno en su ficción: el turismo rural, durmiendo en el mismo espacio en el que dormían las vacas, paseando por los caminos de bueyes convertidos en pistas de ruidosos quads o voraces (y disparatados) todoterreno. Por todo eso, nunca sería hipócrita. Otro de mis protagonistas, el Silvestre de “A la mierda la bicicleta”, se queda aislado del mundo en su postura de coherencia y defensa sin condiciones de un campo agonizante, pero que aún cree posible, habitable. Vive en su carne todo el drama de esta sociedad hipócrita: retratar la naturaleza con el patrocinio de una empresa cuya consecuencia es la destrucción de la propia naturaleza. Es el progreso, sí, pero para Silvestre permitirlo es traicionar todo lo que ama. Es un pequeño héroe, sí, un radical, pero el precio que paga es dejar de ser parte de la especia humana, la renuncia. Y por tanto no resulta ni siquiera creíble, salvo si aún creemos que la individualidad es todavía posible. Años más tarde Lucía, en “En un bosque de hoja caduca”, se queda sentada en su refugio, “con el culo pegado al asiento”, incapaz de levantarse y dar un paso compasivo para evitar lo que sabe que, por más que natural, es un crimen: traiciona lo que sabe que es su pertenencia a la naturaleza, porque ella no es una heroína como Silvestre, se convierte más bien en su antítesis, y durante el resto de su vida arrastra la culpa de ese instante, en el que “se hizo mayor”, en el que en realidad se hizo parte del mundo hipócrita de los adultos, los que consideran que no forman parte de la naturaleza, sino que están por encima de ella.
No, aunque creí hace veinte años en Silvestre, ya no es posible, como antes dejaron de serlo Heidi, ni el chaval fascinado de “El gran Meaulnes”, ni ninguno de los niños que vivieron el campo infinito en las páginas de libros escritos por hombres y mujeres que aún no sospechaban el exterminio, la solución final para el campo: arrasarlo y regarlo con lágrimas de cocodrilo. Con falsas lágrimas de diseño. Cuando una niña decide ir a pasear por el campo con sus padres lo hace por un territorio falsificado y ya vacío de significado real. Viajé a lo más profundo del Sáhara, aparentemente idéntico al de siglos atrás, para constatar que hasta ese campo remoto, de cuevas prehistóricas y dromedarios estólidos, es ya una mentira: el Land Rover ha acabado con su esencia y se va “a la badía”, al campo, para reponerse y poder seguir viviendo después en la ciudad: buscan el eco de lo que fue esencial, han convertido lo esencial en folklore.
Y el niño de lo que aún llamamos “el campo” vive sin vivir ni en él ni en el campo, envidiando la ciudad, evadiéndose de la desolación a través del móvil e Internet, perplejo y trasplantado, convirtiendo los caminos de antaño en pistas de carreras o simplemente en nada.
Soy terco, y sigo queriendo mirar al campo, llevarlo hasta el dormitorio de los jóvenes y los niños, pero me cuesta cada vez más, porque ellos no lo quieren: como a Tesa, les parece algo tan ajeno como el programa escolar, empeños de los adultos en mantener una ficción vacía de significado dentro su mundo, que es el real. Y así ando enredado desde hace años en una novela que seguramente nunca acabaré, y de la que sólo siento como auténtico el título: “En tan oscura tierra”. Es la historia de un muchacho real que, siendo niño, se convirtió durante unos años en el último habitante del campo. Hasta que descubrió lo cerca que está ya, siempre, la otra vida, la de la ciudad. La única. En este muchacho lucharían Silvestre y Lucía para imponer cada uno su verdad, pero me duele pensar en escribir la derrota de la autenticidad, o más bien pensar en qué es en realidad “lo auténtico”. Como el Billy derrotado de “En la frontera”, de Cormac McCarthy, llevando a caballo hasta la carretera asfaltada el cuerpo sin vida de Boyd. Ya sin vida. “Se quitó el sombrero, lo dejó delante de él sobre el asfalto, inclinó la cabeza, se llevó las manos a la cara y lloró”. Todas las derrotas del mundo.
Tal vez sea verdad que todo son ciclos. Tal vez acabe el tiempo de la reglamentación y la prohibición. Tal vez vuelva el campo a cobrar sentido, algún sentido. Será de otra forma, pero en ese tal vez está el embrión de un niño que vuelva a sentir algo parecido a lo que sintieron otros niños que ya son polvo, o memoria. Y entonces, sí, tendrá sentido de nuevo escribir sobre ese idilio entre el cachorro y su cueva. Pero, hoy, 2009, fin del verano, sólo cabe decir que no hay agonía ninguna. Que ya no la hay. No, no está herido de muerte. Ese titular nunca se escribió, y ya es tarde: ahora, el campo no existe. Billy llora sobre el asfalto.
Ayer, empezando la noche, saltó la buena noticia: “Mujer mirando al mar”, de Ricardo Gómez, premio Gran Angular 2010.
He tenido la suerte de leer el borrador, casi definitivo, del libro. Y es una novela preciosa, nada complaciente, más bien dura, contra el olvido. La Guerra Civil, la no menos terrible postguerra. El amor, por encima del tiempo. La curiosidad intelectual, la busca de la verdad, que nada ha tenido ni tiene que ver con la venganza. Me alegro por Ricardo, amigo de los de verdad, de los no complacientes, en el origen, mano a mano, del Bubisher. Y escritor, por encima de todo. Grande, cada vez más maduro y más dueño de su estilo.
Hace algunos años, Ricardo podía haber titulado una novela de manera parecida: “Anciano mirando el cielo”. Lo tituló de manera aún más hermosa, casi paradigmática: “El cazador de estrellas”. Se basaba en este hombre que vemos en la foto, Jamida. Un hombre de palabra, fe y magia. Un hombre del desierto. Un luchador del Sáhara como pocos. Honrado, fiel a su pueblo y a la amistad, sabio. Y no anciano, por cierto. Daba igual, porque el hombre por dentro no tiene edad, y el Jamida que conocimos juntos bajo unas taljas, hace ya unos cuantos años, encerró desde la cuna la sabiduría de la ancianidad, es decir: la humanidad. Me alegro tanto por Ricardo como (y tal vez más) porque el premio Gran Angular haya sido concedido a una novela muy alejada de los falsos conceptos de la novela juvenil, de argumento facilón concebido más para “enganchar” (terrible palabra) que para hacer avanzar.
También el premio Barco de Vapor es una buena noticia: Jordi Sierra i Fabra lo ha ganado con una novela que transcurre en el Siglo XVIII, una historia de amor posible a través de las palabras. Y Jordi dona el premio a su propia Fundación, que trabaja en Medellín, a donde nos llevó un día a Ricardo, a Alfredo, a un grupo nutrido de escritores. De aquella visita a una ciudad paradójica en la que maravillosas bibliotecas instaladas en los barrios más pobres han dicho basta a la violencia y la incultura nacieron algunas ideas sobre el Bubisher que precisamente estos días debatimos. Gracias también, Jordi.
Y ha querido la fortuna que el mismo día, la foto de Luisa Sánchez, coordinadora de voluntarios del Bubisher , fuera proclamada como Mejor Fotografía del Concurso de Fotografía Artística del Círculo Mercantil e Industrial de Vigo.
Hay días que acaban así de bien, y así de crípticos. Ricardo, Luisa, Jamida, el Bubisher, la literatura, la fotografía, la memoria, el desolvido, la paciencia, la solidaridad, la belleza y la verdad. Todo eso unido por el destino y la valoración de dos jurados distintos que premiaban, en el fondo, la misma mirada. Una, a través de la pluma, otra a través del objetivo.
Días que acaban así llaman a otros que empiecen con fuerza, sin desesperanza.
Acabo ahora mismo. Cansado, pero feliz. Un encuentro a través de la cámara con los chicos y chicas del IES Miguel Durán, en Azuaga, Badajoz.
El dolor físico (da igual cuál, un dolor) me tiene inmovilizado en casa, y he tenido que renunciar a ir la semana que viene a Zaragoza y Huesca, mi otra casa, un rosario de centros y clubes de lectura en los que respiro la vida. Y posiblemente todo lo que resta de curso, ya.
Pero, por suerte, la tecnología ha llegado justo a tiempo. He hecho muchos ya, pero el videoencuentro es no solo una solución: es un hallazgo. Los chicos de Azuaga y yo hemos disfrutado, nos hemos reído. Les he enseñado una foto de mi madre cuando era joven, me he puesto un sombrero caló para hablar de Maíto. Les he enseñado mis libros y la playa de Tapia desde mi ventana: mi vida, que no es importante, aunque para ellos, esta mañana, sí.
Las preguntas han fluido, las respuestas creo que también. María José y Carmen se han emocionado, Roberto ha sufrido controlando la imagen y el sonido, pero también ha disfrutado. Todos han estrechado sus brazos en torno a ellos mismos para prometerme que sí, que hoy abrazarán a sus padres como Maíto abraza al suyo, Panduro, en el último capítulo del libro: un abrazo por sorpresa, sin más razón que porque sí: Porque Sí. Recolectemos abrazos, no nos dejemos ni uno, para que cuando llegue el invierno del querer, que es la muerte, los tengamos en la despensa de nuestra memoria. Como el Frederick de Leo Lionni recolectaba colores, rayitos de sol tibio y palabras-poesía.
De dónde el libro, cómo la inspiración: las preguntas. Y las respuestas, que nacían con facilidad desde mi corazón.
Y el Bubisher, claro. Inevitable. Como este era un encuentro fuera de programa y editoriales, les pedí que pagaran al Bubisher, directamente: nada menos que un mes de funcionamiento, por una hora de gozo compartido, por la vida.
Y los chicos me han prometido que van a hacer un rastrillo solidario de libros ya leídos y videojuegos ya aburridos, para comprar libros de los que hacen falta en el Bubisher. Los firmarán, los llenarán de cariño y de ganas de compartir, no de dar limosna. Qué bien.
Y les he propuesto la lectura de un libro “conmigo”: El Lobo, de Jospeh Smith. A ver qué nos parece.
Quiero más. Ahora que no puedo viajar, los videoencuentros. La semana que viene, alguno en Aragón. Inchaláh.
Gracias a María José, a Carmen, a Roberto, a Laura, a Carmen, Mari Carmen, Fernando, todos los chavales y chicas que me habéis hecho pasar un rato más de vida, de la que merece la pena.
Creo que la frase la pronunciaba Burt Lancaster (o el personaje) en la última película de Sam Peckinpah, la fallida “Clave Omega”. Pero corría el año 1984, una cifra llena de significados cabalísticos desde que Orwell escribiera su famosa (y nada fallida) antiutopía, “1984″, y quién sabe si no se puede establecer una conexión entre ambas. Es posible que la película que vimos no sea la película que Peckinpah dirigió. Y que esa frase, tan rotunda y aparentemente nihilista, no fuera sino el canto de esperanza de un director de cine que sabía que se moría.
Por ahí, por esas mentiras sin descubrir aún, va el prólogo y la intención de Fernando Marías al encargarnos a un puñado de escritores (la verdad, un grupo poco salvaje) 21 relatos centrados en el mundo de la educación.
El recuerdo del que arranca Fernando es semejante: acababa de ver una película de indios (nada menos que en 1968), y el profesor mantenía que “son” es la tercera persona del plural, mientras que el escolar sabía que “son” era en realidad un sonido rítmico que asociaba a rituales mágicos. Eso le llevó a cuestionarse todo, la razón que debe estar siempre en la base de cualquier escritor.
Dice Palma Aparicio que es una frase demasiado rotunda, que tal vez fuera mejor “La verdad es un error que aún no ha sido descubierto”. Sí, o no. Error es equivocación sin intención, mentira es mucho más. Suelo usar la frase en encuentros con estudiantes de cualquier edad. Hay que ver las caras de algunos maestros cuando sigo diciendo que todo lo que les enseñamos en la escuela o en la universidad será descubierto algún día como eso: un error, o una mentira. Y pongo el ejemplo más simple: cuando en la escuela se enseñaba que la Tierra era plana, o cuando más adelante, aceptada la primera mentira, se aseguraba que el sol giraba en torno a la Tierra, centro del universo. Y reto a los chicos: quién de vosotros será capaz de descubrir una mentira, por pequeña que sea.
No he podido leerlos todos aún, pero me encanta la compañía en la que me encuentro dentro del libro, sucesor de aquel “21 relatos sobre el acoso escolar” que ya dirigió Fernando y que ya va por la segunda edición (hay una entrada en esta web). Entre los que están Carlo Frabetti, Ricardo Gómez, Ricardo Menéndez Salmón, Blanca Gopegui, Ángeles González-Sinde, Agustín Fernández Paz, Care Santos, Ana Alcolea, Antonio Ventura, Joan Manuel Gisbert o Vicente Muñoz Puelles. Y en todos los relatos ya leídos laten a partes iguales la verdad y la mentira, pese a lo heterogéneo de la suma, que incluye a ilustradores como Federico Delicado, Tàssies o Claudia Ranucci.
Una vez más, mi mente se fue al Sáhara, donde estamos intentando reinventar la enseñanza de la lengua a través de un bibliobús, el Bubisher, dando más importancia al son de Fernando que al son de su profesor, don Teófilo. Es decir: no enseñar primero la lengua y la gramática para poder llegar a la lectura, sino dándoles la lectura para que los niños quieran acceder a la lengua, al aprendizaje. Qué es más importante, la cuchara o la sopa. La sopa, sin duda. A darles pues la sopa para que quieran aprender a usar la cuchara.
Y allí, en el Sáhara, mi corazón se situó junto al de Memona, la bibliotecaria del Bubisher. He inventado una situación para poder contar su historia, una historia terrible y maravillosa, a partes iguales.
“Creía que España era lo que yo había vivido, que todos los niños teníamos que pedir limosna por la calle. Por fin un hombre se compadeció; me recogió, me levantó, me preguntó. Pero yo sólo lloraba, aullaba.”
De ese engaño, de esos aullidos, surgió ella, que se levantó del suelo, física y metafóricamente.
La verdad, la mentira, quién lo sabe. La buena suerte, la mala suerte, quién lo sabe. La educación, el engaño, quién lo sabe.
“Solo quien ha vivido arrastrándose sabe de verdad lo que es ponerse de pie. Un rato en un agujero, no sirve.” (Tobillo de jilguero).
Gracias a Fernando, por tanto. Una ocasión más para dudar de todo lo que parece cierto.
Se lo acabo de decir: es un libro para confrutar, que es mejor palabra que disfrutar. Y os lo digo: es un libro para no aprender, porque la ESO no es esto, ni, por suerte, esto es la ESO.
Es el nuevo libro de Raúl Vacas.
Lo leí cuando era proyecto, cuando aún crecía. Y hasta lo acaricié como proyecto editorial. Pero no fue. Y ahora es. En Alandar, número 117. Enhorabuena a quienes han apostado por él. “Confrutarán” a Raúl como tallerista de poesía como, por cierto, los chicos del Sáhara le van a disfrutar muy pronto. A él y a Isabel Castaño.
Tendréis suerte, porque en el Sáhara se puede salir a ver las estrellas sin pisar más bosta que la de cabra, que es pequeña y poco pastosa.
Pero volviendo al libro:
Pasa, lector, y ocupa aquí tu asiento,
abre este libro, hojea sus materias,
siente del corazón las cosas serias,
prueba el remedio del conocimiento.
Será la geografía tu alimento,
sangre la nueva historia en tus arterias,
secundarias las fiestas y las ferias,
la biología tu mejor sustento.
Lee cada poema con paciencia,
estudia los idiomas de los besos,
las matemáticas de tu existencia,
y así, cuando conozcas tus excesos
y aprendas a vivir con otra ciencia,
podrás recomendarlo a estos y esos.
Pues… eso. Qué gusto.
Cuando tratas de galopar sin haber aprendido a trotar con un absoluto dominio del caballo, te caes. Irremediable. Algunos de los jinetes primerizos no son capaces de volver a montar: el miedo se lo impide. Otros vuelven a subir, empiezan de cero: esos son los auténticos caballistas.
Me escribe hoy un joven ya viejo amigo, desde un país remoto, en el que le conocí hace un par de años. Quiere ser escritor, y su voluntad es más fuerte que él mismo.
Durante este tiempo he querido que fueras más despacio. Pero seguramente no he sido capaz de dedicarte el tiempo necesario, y me siento culpable. Me dices que lo que has escrito le ha parecido torpe a alguien. Puede que tenga razón, pero también puede que no. Escribir y leer no son actos simétricos. Es posible, sí, que en lo que has escrito haya un galope, y que quien lo ha leído esperara un trote. No lo sé. Pero da igual.
Trotar bien no es llevar la espalda recta y hacer las flexiones correctas con las piernas. Ni llevar las riendas en el espacio exacto que hay entre el pomo de la silla y tu ombligo. Ni los pies en perfecto plano paralelo al suelo. Trotar bien es sentirte uno con el caballo, no tener que escindirse para tomar decisiones, no pensar en que vas a girar hacia la derecha, como tampoco lo piensas cuando caminas por la calle: giras, sin dar órdenes a tus pies, ni a tu cuerpo. Es más: para trotar bien es preciso haber tenido esa sensación antes, cuando cabalgas al paso. Sentirte uno con el caballo, aceptar su fuerza y conseguir que el caballo acepte tu voluntad.
Es decir: para escribir una novela es imprescindible ser capaz de dominar un relato breve. No importan las páginas, importa el valor de cada palabra, como en un conjuro cuenta cada una de sus partes: si la receta dice que hay que añadir patas de saltamontes, no se pueden sustituir por patas de escarabajo: entonces no convertirás a la niña en princesa, sino en rana.
La mejor poesía que conozco (lo he contado muchas veces) la escribió Miguel, un chaval de 10 años:
“Una campana que no suena,
Toca el silencio.”
Dos versos tan solo, pero en los que no se puede añadir nada, ni un artículo, ni un verbo, ni un adjetivo: ni siquiera una coma o un acento. Y que, precisamente por eso, por su precisión y su concisión, dice muchísimo, como pedía Gloria Fuertes: “Decir poco para que nos diga mucho”.
Hace poco le pedí a una amiga muy joven también (pero tremendamente enamoradiza) que escribiera una página en la que se sintiera el amor, pero sin usar la misma palabra Amor, ni Beso, ni ninguna de las que comúnmente se asocian a él. Y lo hizo. Y cómo lo hizo. Y qué inolvidable relato en el que tampoco faltaba ni sobraba nada, pero que hablaba de amor.
Escribir un libro no es acumular páginas. Es muy frecuente que alguien de diez o doce años me diga: estoy escribiendo, ya llevo… Tantas páginas. Y yo le replico: no eres capaz. A escribir un libro no me puedes ganar, pero sí que me puedes ganar escribiendo algo de quince, veinte palabras como máximo. Porque así tendrás que escoger cada una, y redondearás la frase, y nada sobrará, y nada faltará. A eso sí que me puedes ganar. Ya conté (creo) el relato que escribió una niña canadiense de once años, sólo con ocho palabras. Ocho.
“Reina quería a matar a Rico, pero le amaba”.
Ni la alianza de los últimos diez premios Nobel de Literatura podría superar a la niña canadiense. Igualarla, tal vez, seguramente. Pero superarla, imposible. Porque su relato de ocho palabras no puede tener menos, pero tampoco necesita tener más. En él hay misterio, amor, peligro, tensión. Y deja en quien lo lee sensaciones difíciles de explicar. Hablo de esto a menudo en los colegios a los que voy a dar charlas. Pero seguramente después el maestro les pide a los niños que hagan una redacción de dos páginas: galopar, antes de saber trotar.
He recibido estos días dos cartas de dos amigas a un personaje de uno de mis libros, Kori. Pensé incluso en colgarlas aquí, porque son cartas de nueve líneas. Pero nueve líneas certeras, directas al corazón de Kori y también al mío: cartas de cariño, de amistad. Bellamente escritas. Claudia y Cristina, amigas de Kori. Ya llegará para ellas el tiempo de galopar: de momento han probado ya la delicia de un trote sencillo, y han dicho tanto en sus nueve líneas como yo en las 100 del libro. Me han ganado, también.
Por eso, amigo remoto. Vuelve a subirte al caballo. Y empieza otra vez. No lo fuerces. Hazle sentir con el lenguaje imperceptible de tu cuerpo que quieres ir a la derecha, y él irá. Y cuando quieras frenar no le hagas daño con el bocado en la boca: detente tú, y se detendrá él. Seréis uno. Y una mañana sin viento, cuando todo invite a ello, ponte a galopar: con él, no a costa de él.
Preciosa foto de Andoni Canela, aportada por Alex: lo grande en lo pequeño, el todo en lo más humilde…






