En apenas un mes, dos álbumes han venido a poner un poco de peso en el cada vez más ingrávido mundo de los álbumes. Ingrávido no por el peso de los textos y las ilustraciones, en muchos casos magníficos, sino por la desproporción que en ocasiones provoca cierto estupor: presentación exquisita, potente formato, producto caro, carísimo, para apenas un minuto de contemplación y escasa lectura. Un álbum que no se revisita, que no apetece volver a leer nunca más, es como aquellos platos de la “nueva cocina” de hace un par de décadas: precioso, aromático, pero, ¿cuándo viene la comida?
Hace un mes Thule publicó “Camino de mi casa”, delicado y terrible texto de Ana Tortosa y tan sugerentes ilustraciones de Esperanza León. Un libro que empieza de verdad cuando llegas al final, que gira tanto en tus manos como en tu alma, un libro sobre una guerra que es todas las guerras, sobre una niña que es todos los niños. Para ver y disfrutar en tres minutos, pero también para digerir despacio, para volver y volver.
Y ayer mismo se presentó en Madrid el álbum de Edelvives “El sueño de Lu Shzu”, texto de Ricardo Gómez e ilustración de Tesa González. Si el universo está lleno en dos terceras partes de una ignota pero decisiva materia oscura, también este libro es universal, y también remueve, conmueve, se mueve bajo las yemas de tus dedos y tus pupilas como algo vivo, destinado a crecer.
Ambos libros cuentan historias, ambos libros pesan, y los dos lo hacen con las palabras justas, dejando tanto sitio para la mirada de la ilustradora como para la mente del lector, sea niño o adulto. No quedará ninguno de ellos en el montón de la mesita de centro, el cementerio de los libros bellos.
Entonces sí, el trabajo de Thule y Edelvives, a cuál más delicado, a cuál más perfecto, tiene sentido. No buñuelos de viento, no un inasible arcoiris: la imagen al servicio del texto, el texto al servicio de la imagen, el editor al servicio del lector, del veedor, del acariciador de libros.
Gracias a los tres tríos. El álbum, así, tiene sentido.

Hace más de un año Irene Terrón, polifacética compositora, cantante, actriz y directora, me escribió para mostrarme su interés por El Síndrome de Mozart, tal vez para hacer una película. Finalmente, fue teatro. Desde hace meses preparaba una versión de la novela en teatro, y hace pocos días fue estrenada en Molins de Reis. Y fue un auténtico éxito. Se va a representar en varios lugares, y es posible también hacerlo en castellano, fuera de Cataluña. Ahora Irene nos manda un “making off”, “Entre cortinas”, de los últimos ensayos y el día del estreno. No he visto todavía la obra, pero lo que se vislumbra en esta especie de trailer es bueno, muy bueno. Los último planos, cuando el regidor ya ha dado la voz de “un minuto”, son especialmente conmovedores. Y los actores están perfectos: la madre de Tomi, el propio Tomi, Horacio, y por fin Irene.
Ayer hablé mucho, casi todo el día, del Síndrome, en el LIceo Francés de Villanueva de la Cañada, en Madrid. Lo hice con chicos de una enorme profundidad lectora. Mientras charlábamos, pensaba en Irene y su versión. Me hubiera apartado de muy buena gana y les hubiera dejado viendo la obra. Nos hubiéramos emocionado juntos.
Ojalá sirva para que la sociedad mire de otra forma a todos los afectados por el Síndrome de Mozart (científicamente de Williams), y empezara a pensar que en cierto modo no son afectados, sino “bendecidos”.
El teatro es maravilloso. Hace muchos, muchísimos años, creí que iba a ser mi mundo. Estrené una obra propia, “Los avidugerios”, que por desgracia se ha perdido. Bebía de Beckett y el teatro del absurdo, tan en boga entonces. También fui Pozzo en “Esperando a Godot”, y Krapp en “La última cinta”. Esta mañana, viendo este video, me he sentido ahí, entre ellos, con dieciocho años, compartiendo nervios y pasión. Gracias, Irene. Quién sabe, igual un día cumplimos sueños juntos y nos atrevemos a filmarla…
Si queréis ver el making off, http://www.youtube.com/watch?v=QgRHysDuSfw&feature=youtu.be
A los participantes en el foro de la Universidad Autónoma de Barcelona sobre “Colmillo Blanco”, de Jack London: si queréis añadir algún comentario a todo lo dicho en este mes, escribidme a mouregonzalo@telefonica.net, y hacemos un foro interno, o bien aquí en el apartado de foros, o en correos entre nosotros. Ha sido un placer, y lo sería aún más seguir charlando del libro, así como de “En la frontera” de Cormac McCarthy o “Las vidas de los animales” de J.M. Coetzee.
CINE DEL OCEJÓN. CONTRA LA CRISIS TOTAL, ACCIÓN LOCAL
Es fácil levantar una ceja, retirarse, esconderse, no hacer nada “puesto que nada se puede hacer”. Contra esa parálisis se ha levantado la indignación: llover hacia arriba, nevar copos blancos contra el gris y el negro pesimismo. Este fin de semana he estado en Majaelrayo, Campillo de Ranas, el Ocejón: los pueblos negros de Guadalajara, tan en el centro y tan lejos. Allí llegaron hace siete años María José y Álvaro. Compraron la casa de Paquito, el centenario que cocía pan, cuando el anciano ya hacía las maletas. Y la habitaron en relevo perfecto, la llenaron de retazos de vida abigarrada y sutil. Pero vieron que la comarca languidecía. Pusieron en marcha una biblioteca sin un euro pero con mucho cariño. Y se dijeron: puesto que lo nuestro es viaje, porque estamos aquí por azar y viaje, ¿qué tal un certamen de cine viajero? Por suerte, había otros “locos”. No sé si muchos, pero suficientes para poner en marcha todo un festival. De nuevo sin un euro, sin una subvención (tan fáciles son las subvenciones como duros sus nudos). Han pasado ya en las dos anteriores ediciones Arsuaga, Sebastián Álvaro, muchos otros nombres importantes. Y muchos otros nombres emergentes.
Como no podía ser de otro modo, el Bubisher llegó a Majaelrayo por los cruces de caminos. En los que coincidió Félix Albo. Y poco después allí estábamos, cargados de libros, con la maqueta del Bubi de Taquete, y con mucha ilusión. Estrenábamos el corto “Así ven los niÑos saharauis el Bubisher”. Estreno universal del proyecto más local, en un festival universal en el marco más local. Se puede, claro que se puede. Rendirse es morir. Hacer es vivir.
El Bubisher se ha sentido en casa, tan lejos de Smara, este fin de semana. La sociedad civil hace lo que la oficial ni hace ni le importa.
El festival del Ocejón es una delicia. Desde un corto hecho por los niños de la escuela del valle, hasta películas complejas y duras, pasando por cortos de animación, memorias de los viajes insólitos, ecos de la inquisición, y Sáhara, mucho Sáhara. Circoa presentaba también su documental sobre las mujeres saharauis, y cuánta emoción, qué largo escalofrío por las espaldas de los espectadores, algunos de los cuales ya sabían, pero en minoría frente a los que no, no sabían. Todavía, porque para eso está el cine, y las sillas colocadas en la “Casa del maestreo”, y los problemas técnicos resueltos, y tanto, tanto pequeño esfuerzo. Nuestro pequeño documental no podía tener mejor cuna. Al final, en el bar, todos cantaban “Mano con mano, buscando al Bubisher”.
Nos fuimos, pero nos quedamos. Nos despidieron, pero nos dijeron hola. Nos reconocimos los unos en los otros. No hacer nada es bendecir la nada. Hacer es derrotar a la derrota. María José, Álvaro: qué lección. Félix, gracias por viajar tanto.
Debía de andar últimamente pesimista, porque escribí uno de esos relatos de menos de veinte palabras que tanto me gustan, y me salió uno que decía “Antes de apagar la luz que se había dejado encendida, el ángel miró al mundo y dijo: qué pena.” Era la segunda versión, y la primera sonaba aún más terrible, aunque dijera lo mismo (misterios de la química de las palabras): “El ángel se acordó de que se había dejado una luz encendida. Volvió, y antes de apagarla miró al mundo y susurró: qué pena”. Veintitrés palabras para expresar el desánimo. Que me absorbió.
Y, de pronto, sonó el teléfono, y en unos segundos todo cambió: ha nacido Maga. Me lo dijo Limam, que un día cogió su cartera y vino a Rabuni a decirme que sería el encargado de llevarme a recorrer el Tiris y cambió mi vida. Tiempo después apareció Zahra en la suya, y también para cambiar. Nadie que no les conozca puede imaginar la suma que forman Zahra y Limam. Cuando allá por el mes de febrero anunciaron que iban a ser padres todos nos alegramos, claro. Como ahora me alegro tanto del segundo embarazo de Ana Moure, una hermana o un hermano para Carmen. Pero ahora es distinto, porque ya está aquí. Ayer todos los teléfonos y correos del Bubisher ardían. Maga, nada menos. Maga Boisha Abdalahi, a la española, y Maga Limam Boisha a la saharaui, aunque me gustaría más Maga mint Limam u Zahra: Maga, hija de Limam y Zahra. Un enjambre de nombres para, al fin y al cabo, uno solo: Maga. Como su tía, que estará muy orgullosa también. Maga verá el siglo XXII. ¿Verdad que da vértigo? Verá también el fin del exilio de su pueblo. Porque aunque crezca en España, será saharaui siempre, no hay quien lo dude. Maga nos ha hecho a todos los que queremos a sus padres, y sobre todo a los bubisheros, un poco abuelos, un poco tíos, un poco más compañeros. Maga y mi nueva sobrina jugarán juntas en la playa de Santa Gadea. Y el ángel, que sí, ya casi se estaba yendo, cambiará de idea. No pagará la luz. Encenderá dos velas. Por la vida, por la esperanza. El primer pase mágico de una niña que ha nacido con estrella. Bienvenida, y ojalá que nos bendigas y nos digas: bien hallados.

Una vez más, El Roto nos invita a pensar. No hace falta escribir mucho, es verdad. Basta con su viñeta. Pero no me resisto a dejar que mi mente se meta en ella y pasee. Una buena amiga me decía hace un par de días que hay que buscar un trocito de tierra cerca de un río limpio, plantar patatas y leer. Es hora de ir desempolvando las bibliotecas particulares, sí. Tal vez dentro de poco nos veamos así, leyendo al sol o junto al fuego, con la ayuda de una vela. Vivimos pendientes de un hilo. De 220. Y ese hilo sale de las cavernas del poder económico, donde no se sabe qué nos están cocinando: tal vez a nosotros mismos. Pero esa es solo una parte de la reflexión a la que nos lleva El Roto. La otra es tal vez más importante, y es que nos dejamos llevar. Por eso que tengo bajo mis dedos, por esta pantalla que, cuando se apaga la luz, está vacía. Se habla y no se para del libro electrónico. Los colegios privados ya invitan a sus alumnos a prescindir del libro impreso, (salvo en los de pago, claro, que algo queda siempre en sus bolsillos), les educan en la nada electrónica. Y hay escuelas públicas que siguen a ese flautista hacia el abismo. La inmediatez, la impermanencia, la ingravidez. ¿Y dónde está esa información, esa tantas veces bautizada como Moderna Biblioteca de Alejandría? Es verdad, aquella ardió, pero esta no existe, nos hacen creer que existe. Y hacia allí van todos los libros, una hilera de libros que sin sentirlo apenas se van convirtiendo en fantasmas de sí mismos, representaciones momentáneas de toda la sabiduría. Bradbury soñó (o “pesadilló”) un mundo de libros prohibidos, en el que la llama de la esperanza estaba en el bosque de los “Hombres Libro”, que aprendían de memoria a Cortázar, a Beckett, a Shakespeare. Ahora tal vez Bradbury volvería a escribir Farenheit, y en su bosque, en el corazón del bosque, habría una biblioteca. Porque el día en el que todo esté en los servidores (qué ironía, los servidores somos en realidad nosotros), bastará con un gesto para hurtar al hombre todo su conocimiento. Ahora que aprieta la industria para que nos conectemos, es tiempo de apostar por la biblioteca. La del olor a libro, la del roce de las páginas, la de la intimidad, la del amor por las palabras y el pensamiento, por la memoria y la especulación. Los bits no arden: los bits se extinguen. Los ratones de siempre roen los libros trabajosamente. Los modernos ratones nos pueden dejar aislados de toda la sabiduría con un click. No abandonéis las bibliotecas nunca. Si eso es lo que quieren, no se lo pongamos fácil. Hagamos de cada biblioteca un fuerte de palabras.

La editorial SM ha tenido a bien rescatar del semiolvido la novela, que fue Premio Jaén hace ¡trece años!. Acaba de salir en Gran Angular, en la colección propia que tengo ahí, un auténtico hogar para libros que quieren seguir viviendo, que se resisten a la tentación del sueño.
Para esta edición tuve que repasarlo, palabra por palabra, párrafo a párrafo. No sé si está bien o está mal. Creo que ahora un poco mejor. Me permití (y me lo permitió Berta Márquez, su maravillosa editora) ampliar algunas cosas. En ocasiones soy demasiado pudoroso cuando escribo. Dejar espacio al lector es una de mis obsesiones; pero a veces me paso, y es un espacio tan amplio el que dejo, que el lector se pierde. Esta vez he querido ser más explícito.
Para mí, no es un libro cualquiera. Nació en el mismo Camino de Santiago, paso a paso también. Pero el agua que lleva es agua que sale de dentro, muy de dentro. Hay tanto dolor en lo que mueve la intención del libro, que creo que no lo podré confesar públicamente nunca. Pero sí que nace de un error, de un enorme y penoso error. Todos los cometemos. Y eso es lo que contiene El Bostezo del Puma. Hubo un puma hace mucho, mucho tiempo. No supe si bostezaba o rugía hasta que fue tarde. Es todo lo que puedo desvelar. Lo demás, los personajes, los paisajes, son los que viví. Hay una divertida crítica en internet desde que se publicó en 1999: lo echa por tierra, de cabo a rabo. Pretende el crítico que el libro es oportunista, y escrito sin conocer el Camino. No lo sé, tal vez sea oportunista. Desde luego, no era mi intención, y sí que conocía el Camino. De hecho, lo escribí con el corazón, pero con los pies también, en compañía de gente maravillosa, y también en la cercanía de un tipo inquietante, un americano que me hacía pensar, y hasta lo parecía, en Holden, el de el Guardián entre el centeno. En una de sus etapas nació algo mucho menor, “El vencejo que quiso tocar el suelo”. Pero está bien, una crítica así te estimula, te hace querer escribir mejor, que la verdad se transparente aún más.
¿Sigue vigente? No lo sé. Supongo que lo sabré pronto, sobre todo cuando algún antiguo lector quiera releer esta nueva versión, porque casi lo es. ¿Lo volvería a escribir así?
Sí, seguro. Toda novela escrita con el corazón es un ajuste de cuentas. El Bostezo del Puma liberó buena parte del peso que llevaba dentro.
Y este es un fragmento del primer capítulo:
“No tengáis miedo de los colmillos del puma; solo está bostezando.”
Abram recordaba constantemente esa frase y ni siquiera sabía muy bien a quién pertenecía. O sí: al Camino. Para Abram era el resumen del Camino, la destilación de una conversación en el refugio de peregrinos de Azofra, una botella de vino blanco recién sacada de la nevera. ¿Quiénes estaban allí aquella noche? Los recordaba: sus voces, sus nombres, sus rostros, sus pares de botas polvorientas, colocadas en fila y con los cordones colgando, en una pequeña repisa de piedra del pasillo.
La frase acerca del puma era un eslogan, o tal vez el pie de la foto de un puma encontrada en una enciclopedia, o en una revista. Alguien se había acordado de la frase al ver el cuaderno de Abram, un cuaderno cuadrado y vulgar, en cuya portada se podía ver un puma con las fauces abiertas, en actitud amenazante. El cuaderno había sido de Lisa y conservaba algunas notas de ella, pocas. El resto eran anotaciones hechas por el propio Abram y una especie de diario sin días, páginas de escritura automática tratando de llegar al fondo del pozo en el que se había convertido su memoria.
No podía recordar quién había pronunciado la frase, ni tampoco importaba mucho. La frase del puma les pertenecía a todos ellos, no tenía más dueño que el Camino. Pensaba en el Camino de Santiago y las imágenes que acudían a su mente eran: las botas colocadas en la repisa del pasillo del albergue de Azofra, el puma de su cuaderno y aquellas palabras: «No temas; solo bosteza».
Abram tuvo que destrozarse los pies en el camino para descubrir todo lo contrario. Era una idea de ida y vuelta, de doble filo: «No confíes en el bostezo del puma; en realidad, no es un bostezo. Disimula para atacarte».
Abram lo escribió en la soledad de un pueblo dormido, en una página de su cuaderno pocos días antes de quemarlo:
«Los colmillos del puma me han destrozado. No sé si bostezaba o rugía, pero mi carne es ya su alimento, puedo escuchar los sonidos glotones, el rasgar de tejidos, el crujir de mis huesos, el borboteo de mi sangre, derramándose hacia la nada.»
Cerró el cuaderno y miró la imagen del puma, se adentró en su boca, hasta que se quedó dormido.”

Yo también estoy en Madrid, en Nueva York, en Lisboa, en Atenas y en Valencia. En las más de mil ciudades en las que hoy se manifiesta la indignación de una generación de generaciones. No creo que hoy haya otra esperanza. Durante muchos años me había ofuscado, esperando que hoy volviera a ser ayer. Y no, hoy es hoy y, en todo caso, mañana. Echaba de menos un filósofo, una corriente de pensamiento nuevo formulada por un pensador, por un líder que marcara un camino nuevo. Me parecía terrible aquella ausencia de pensamiento, aquella rendición ante la dictadura de los objetos y la tecnología, aquella falta de respuesta ante la entrega de la historia a la voluntad perversa, oscura y difusa de los bancos. Sin embargo, en cualquier lugar en el que apagaras la televisión y hablaras con otros, surgía un hilo de plata que revelaba que había una corriente de pensamiento que unía a unos con otros en la distancia sideral que habían creado, paradójica y sibilinamente, con la comunicación instantánea de móviles y redes sociales.
Nació en el Sáhara ocupado. Todos los movimientos de este último año, desde Túnez hasta la Puerta del Sol, nacieron con la acampada que unos pocos jóvenes saharauis iniciaron cerca de la ciudad de El Aaiun. Gdem Izik, Campamento Dignidad, tan cerca de Acampada de la Indignación. Solos, sin el amparo de nadie, sin más dirección que la de ellos mismos, y sin otra idea que el hastío. Cuando Rabat ordenó arrasar a sangre y fuego el mar de jaimas de El Aaiun, era ya tarde. A aquel campamento se habían unido ya todos los que pensaban lo mismo: se acabó. Jóvenes, adultos, ancianos y hasta niños.
Ahora ya no hay quien lo pare. Tampoco en el Sáhara, donde antes o después nacerán otros campamentos de la indignación. Y en todo el mundo. Por encima, o al margen de los políticos integrados en el sistema que les resulta tan cómodo, que les da tantos privilegios. Los que aún desconfían del movimiento indignado pueden mirar a su alrededor. La enseñanza pública se desmorona en todas partes, asediada por la banca. Cada sueldo de cada maestro que se deja de pagar o se recorta, va a parar a la banca que creó esta crisis para acabar con los avances sociales de dos siglos. Y no es demagogia, es la exacta descripción de la realidad. Lo que hoy se debate en la calle es si mandan los banqueros o si el poder reside en la gente, en la calle. Y lo hermoso del movimiento es que no hay un líder, que cada uno es, somos líderes. Que no hacía falta un pensador, sino millones. Que la filosofía no es cuestión de cátedra, sino de corazón. Nos equivocábamos esperando un salvador, cuando la salvación estaba en nosotros mismos.
Es imposible prever el futuro. Pero en estos momentos no se vislumbra otro. Crece, en una imagen que me asalta una y otra vez: llueve al revés, nieva hacia el cielo. Surgen gotas de cada centímetro, manan copos que ascienden lentos en el aire.
Pon tu gota en la nube, sopla tu copo hacia arriba. O resignado, o gritando también tu indignación. Por el Sáhara, por el maestro despedido, por la pensión congelada, por tus manos atadas, por el cinismo de quienes no, no nos representan.
¿Cómo? Lo diremos cada día, inventaremos caminos. Lloveremos hacia arriba.
“El cielo era un lamento de cuchillos:
así el desierto” (Javier Rerverte, “Poemas africanos”.
Eran las dos, y cada poco nos preguntábamos unos a otros. ¿Cuánto? 45. 45,5. 46,3. 49,8. Ahí se detuvo, pero el oxígeno se esfumaba. Recordábamos cuando alguien nos contaba que hace algunos veranos, pasando de 55 grados, acercándose a los 60 peligrosamente, los niños comenzaron a desmayarse. Después los ancianos. Algunas mujeres y hombres. No se caían, porque a nadie se le ocurría estar levantado. Sencillamente, se esfumaba la conciencia al mismo ritmo que el oxígeno. Porque esto es hammada.
Los viajeros del Bubisher ya no bajamos al mohayam solamente en los meses más frescos. Empezar y acabar el curso nos obliga a bordear el verano, y ahora empezamos a sospechar en qué consiste el infierno. Una décima más, es una tortura. Y es peor si se levanta el viento, que se convierte en un soplete, en un inmenso secador de pelo, de piel, de alma. Un soplete cargado de un polvo que traspasa los cuerpos sólidos, que se mete en todas partes. Porque esto es hammada.
Y los años del exilio. 35. 36. 36,1, 36,2. La paciencia es un pozo tan inagotable como del de Rabuni, pero hasta este tiene un final. Cunde el desánimo, la desorientación. La enseñanza va a menos, ya no aparecen maestros. Sus sueldos hacen que allí vuelva a regir nuestro viejo dicho: “más hambre que un maestro de escuela”. Los niños acuden cada mañana a la escuela, pero muchas veces, cada vez más, no hay maestro. Salen, vagan. Batas blancas entre las cabras.
En ese desolador paisaje se mueve, sin embargo, un pájaro de la esperanza. El Bubisher aletea contra corriente. Está acabando de construir su nido. “Ess Bubisher”. Palito a palito, adobe a adobe, colegio a colegio, céntimo a céntimo, sin apenas ayuda de ninguna institución de este estado malamadre del que, sin embargo, formamos parte. La biblioteca ya está lista. Amplias ventanas verticales que la llenan de la luz dulce de poniente. La curva que se puebla de niños a la caída del sol para escribir poesía y hablar de cuentos. El patio que pronto recibirá las acacias espinosas que cuidarán los niños de cada club, de cada escuela. Espacios silenciosos que pronto verán llegar las estanterías blancas, y después la lluvia de libros. Dos mil, dos mil quinientos. Llegarán a bordo del Bubisher II, donación del ayuntamiento de Málaga, que corre con todos los gastos del traslado. Caravana de más de diez días, rito de paso. Media docena de bibliotecarias han gastado el verano fichando y “tejuelando”. El ordenador llegará con la cartuchera llena. Cartuchos de esperanza para derrotar al calor, para aplacar la rabia. Y allí estarán ellas mismas, para recibirlos, para acunarlos, para darles un lugar en el que esperar la mano que los escojan, los ojos que los lean. Luego, allá por enero, el Bubi II partirá hacia Ausserd, y volverá a ser el principio. Pero llegaremos más sabios, más pacientes, más furiosos también. Somos más, cada vez más. Aquí, y allá. Esta pasada semana los estudiantes saharauis ya licenciados cogieron las brochas, encalaron, pintaron. Ya es vuestra también, les dijimos. Es nuestra, dijeron. Dejarán detrás de la cal sus tesis sobre el Sáhara, un albergue para peregrinos de la curiosidad y la investigación.
Y en el equipo saharaui, Memona, Kabara, Fanna, Hamida, Larossi, Bachir, Alghailani. Las mañanas en las escuelas, las tardes en los clubes de lectura de todas las dairas. La biblioteca regida por Fanna y Bachir, un horario fijo y seguro, todos los libros, todas las materias, una atención especial y llena de cariño a todos los libros sobre el Sáhara. Sección de árabe. Periódicos y revistas. Clubes de jóvenes, cursos, recitales. El Nido estará siempre en ebullición.
Ahora más que nunca. No nos equivocamos. Los saharauis necesitan el fusil de la cultura, la munición del castellano para ser alguien en el mundo, para gritar su presencia y su constancia. Ganará esta larga guerra de desgaste quien más culto sea. Y el Bubisher es una luz de esperanza. Y el Nido su nido. Los campamentos necesitan maestros y libros, más que nunca. En tiempos de crisis pedimos más y más voluntarios, inundar las escuelas de esperanza. Más y más socios para este proyecto descabellado que se va peinando paso a paso, día a día. Luchar contra el calor y la inmovilidad al calor de la rabia.

Hace unos días un chico me decía (fonéticamente): “¿Sabes que estoy leyendo?”. Contesté que no, que qué. Él replicó que no, que no decía qué, sino que. Cuestión de acentos. Lo que me quería anunciar es que ¡por fin! ¡milagro! estaba leyendo.
Hace más, unos meses ya, en la efervescente Comarca de la Sidra, en Nava, todo un colegio, padres y maestros incluidos, tuvo a bien vestir una camiseta con el título de una charla que di, no sé ya dónde: “Si no lees, no pasa nada”. La solución estaba en la espalda: “Pero si lees pasan muchas cosas”. He vestido la camiseta este verano, y muchos que han leído la leyenda del pecho se han sorprendido. ¿De qué? La respuesta estaba en la espalda, sí, pero no hacía falta: es así de simple: si no lees no pasa nada. Punto. En tiempos de crisis, tan profunda y tal vez histórica, más que nunca, la única respuesta está en la cultura. Ahora que las esperancitas (y los esperancitos) escalan la pirámide del poder (más aún), se recorta por dónde les interesa, por todo lo contrario: por la cultura, por la enseñanza. Se despide, se cierra, se cerca. Se busca.
La gente mayor que acudía a Sol en la ola del 15-M, se sorprendía, sobre todo, del nivel cultural de quienes allí tomaban la palabra: confundían las rastas con la ignorancia y la vagancia, y se encontraban con que habían leído mucho más que ellos, que creían que pertenecían a una generación culta y lectora. Pues no. Allí pasaban cosas precisamente porque la gente leía.
El colegio de Nava es el ejemplo, como lo son muchos otros que he tenido la suerte de sentir como cómplices en este curso pasado. Gente que educa en todo lo que pasa si lees, en las muchas cosas que suceden, empezando por el sujeto lector, y así en círculos concéntricos, en ese alrededor que llamamos sociedad.
Empieza un año nuevo, y por ejemplo quince centros de O Ferrol se han sumado al Bubisher y van a emprender una campaña de intercambio de investigación con los niños del Sáhara que sueñan con que pasen cosas, muchas cosas, a través de la lectura. En otro colegio (que sin embargo callaré), no quieren lecturas complicadas (y menos de pobreza y “esas cosas”) ni visitas de escritores que puedan escribir en la espalda de sus niños cosas tan peligrosas y perturbadoras. Ni leer, ni siquiera hablar.
Pedía Carlos Taibo en una asamblea indignada que estemos atentos al otoño del 15-M, en el que en vez de caer las hojas brotarán. Si seguimos leyendo, invitando a leer. Gracias, Nava.


