No conozco a Javier Sampedro. Pero le siento como un amigo, alguien con quien hablo sin hablar, con quien dialogo en silencio. Siempre me gusta lo que escribe. A veces me sorprende, a veces siento que dice lo que estoy pensando. Otras veces no le entiendo, pero intuyo que tiene razón. Siempre me admira.

Hoy también. Su columna en El País, O3b, puede no decir nada que no hayamos pensado todos, pero es una limpia cuchillada entre las costillas de lo viejo, un fogonazo de lo nuevo. Y como si fuera un diálogo imposible, me reservo un segundo turno, como consecuencia de lo que, ahora, dice Sampedro:

Más allá de tu estrategia represiva y de tu manipulación zafia, zafio césar, muy por encima de tus ejércitos de lujo y de tus guardias pretorianas compradas por el miedo y cuatro monedas sucias, fuera del alcance de tu violencia ciega consagrada por los siglos absolutos de dominación estéril, pobre autócrata, allí donde no llega tu mano de hierro ni tu imaginación de insecto, mucho más allá del alcance de tu mirada turbia va a propagarse una fuerza contra la que no sabes luchar y sobre la que no sabes nada ni lo sabrás nunca, pobre idiota elegido por la historia para ser el último de tu especie, qué pena das.

Una fuerza que ha costado 10 milenios generar desde la ignorancia y 4.000 millones de años construir desde la nada química, pero que solo va a costar una décima de segundo derramar como pez hirviente sobre tu cara rugiente, una fuerza que caerá desde 8.000 kilómetros de altura y penetrará sin resistencia en la cabeza sedienta de cada uno de tus súbditos, impermeable a tu tosca censura y a tu desinformación grosera. Es la fuerza del conocimiento, estúpido, y ya no vas a poder detenerla. Nunca más, ¿entiendes?

Así de ingenua y poderosa es la intención de un proyecto llamado O3b (‘other 3 billion’), tradúzcase por “otros 3.000 millones”, que es tanto como la mitad de este mundo de más de 6.000 millones de habitantes. La media humanidad a la que hoy no llega Internet, ni la línea de teléfono en muchos casos. Un enjambre de 20 satélites de bajos vuelos, que viajarán muy por debajo de la saturada órbita geoestacionaria preferida por las telecomunicaciones actuales. No es una utopía, ya no. Los primeros ocho satélites tienen ya fecha de lanzamiento a lo largo de 2013.

Producto de la iniciativa de la Sociedad Europea de Satélites –que muestra con ello, por cierto, mucha más agudeza política que nuestros representantes en Bruselas— y empresas como Google, Liberty Global y el banco SHBC, O3b puede convertirse en una trascendental herramienta de liberación. Cuando Internet –es decir, el conocimiento— alcance por satélite a las zonas de sombra del planeta, nadie va a poder convencer a la mitad oprimida del mundo de la conveniencia de permanecer sumisa, ni de las ventajas que ofrece la ignorancia. Un saber caído del cielo electrónico les hará libres. Así sea.

Amén. Sí, me reservo un turno: me gustaría cerrar diciendo que sí, que puede que de este tsunami democrático que recorre el norte de África, al que no es ajena ninguna tiranía, se salven algunos. Unos aplicando la fuerza bruta, otros la manipulación, la subvención de la pobreza, la inoculación de la ignorancia, con el cinismo y la hipocresía. Sobrevivirán, pero la fuerza imparable de la comunicación, aún sin O3b, les dejará aislados. Quienes se libren de esta quedarán como excepciones, y antes que después, les llegará el turno. Se transmutarán, o serán barridos. Aceptarán la nueva dirección del viento, o se irán al exilio. Cada barra de pan, cada litro de gasolina que compra alguien en Marruecos, es pagado a medias por el estado. POr el estado, no por quienes lo tiranizan. El día que M6 tenga que sacar dinero de Suiza para pagar el pan de Mohammed Cualquiera, le dirá: con tu 03b te lo comas. Y adiós, adiós. Así sea.

Desde hace un par de años, me gusta ir a los institutos en los que se va a leer “Tuva” antes de que esto suceda. Invito a los lectores a ser también escritores, con el sencillo procedimiento de saber cuáles son los ingredientes (reales, vitales, culturales, emocionales) que me sirvieron para escribir (“escrivivir”, más que nunca) este libro. Que podía haber sido un libro de viajes, pero que preferí volver a vivir desde el corazón de Marcos, un chico de 18 años capaz de ver y sentir lo extraordinario.

La experiencia siempre ha sido magnífica y, en efecto, los lectores han vivido el libro luego de otra manera.

Ahora lo he volcado en un video de poco más de 30 minutos que, dividido en tres partes, pongo a disposición de quien quiera, individual o colectivamente. No puedo ya seguir haciendo giras sin fin por todos los institutos, llega la hora de la jubilación de este viajante, aunque no de este viajero. Seguiré haciendo encuentros de vez en cuando, pero con herramientas como la que cuelgo aquí espero suplir mi ausencia en algunos institutos. Y con videocharlas como las que ya estoy realizando, por supuesto. Ayer mismo con un instituto de Sant Boi, en una experiencia más de cómo se convierte un medio frío en un camino caliente.

El video, por cierto, es obra de Jaime F. Pola, y estoy muy agradecido por lo que ha hecho.

Si lo queréis, aquí lo tenéis:

Rábago, El Roto, analiza como nadie. Invita a la reflexión. Sacude la pereza. Hoy nos dice en su implacable viñeta diaria que la quietud no es paz social, ni siquiera conformismo. Es, palabra de El Roto, pánico al futuro.

Hay quien dice que la crisis ha sido inventada por los más poderosos (que se siguen haciendo más y más ricos en medio de ella) para poder recortar así sueldos y derechos dura y largamente conquistados. Inventada o no, la crisis ha paralizado en nuestro país (y en todo occidente) la capacidad de protesta, la natural rebeldía de los jóvenes y los trabajadores. Y no es para menos, porque los que antes del tsunami de la crisis se quejaban por mileuristas ahora suspiran por el quinientoseurismo, por el cualquiereurismo. Sálvese quién pueda. Dónde está ya la solidaridad, la respuesta de los compañeros ante el despido o el maltrato laboral. Y en la Universidad se vive la incertidumbre más absoluta con respecto al futuro. Y en las entrevistas de trabajo se ocultan los títulos y masters que antes se exhibían, porque a mejor cualificación menos posibilidades de encontrar un contrato-basura.

Todos miramos ahora hacia Túnez. Estuve allí hace algunos meses. En sus calles se vivía otro miedo, se palpaba otro silencio: no por los efectos de la crisis (la renta es allí mejor que en Argelia, mucho mejor que en Marruecos), ni especialmente por la incultura, porque sus índices de alfabetización duplican los de Marruecos. No, el miedo allí era fruto de la censura y la represión, expresiones básicas de toda dictadura. Quise enviar allí algunos libros infantiles, pero no pasaron la censura de la frontera. Y, de pronto, en Túnez el miedo saltó por los aires. Ahora, los dictadores se palpan la ropa, saben que son vulnerables, intuyen su propia caída y sacan sus millones sucios a través de las manos dóciles de sus servidores. Nadie pudo prever dos semanas antes que Túnez fuera hoy lo que es. Como nadie pudo prever en su día la caída del Muro de Berlín. Como nadie parece prever hoy el fin de la ocupación marroquí en el Sáhara Occidental. Así caen las dictaduras crueles.

¿Y la nuestra, el fruto viscoso de la crisis? Lo advierte El Roto, sí: es pánico al futuro. Así que cuando el presente alcance al futuro, cuando se haga carne esa terrible hipótesis, se cruzará la Línea del Miedo. En el antiguo Sáhara solo cruzaban esa línea (Jat el Jauf) las tribus guerreras, los Ulad Delim. Tal vez haya que esperar a esa vanguardia que hoy duerme impotente en nuestras ciudades, mascullando sus quejas (como yo mismo) aquí, en la red. Pero, ¿y después? ¿Cuántos y con qué intensidad les seguirán, les seguiremos? El futuro no habla. Pero podemos soñarlo.

Todos venimos hablando de lo mismo. ¿Sirve, realmente, internet? Ayer mismo un buen amigo decía que internet es una herramienta de manipulación, que es una válvula de escape para que los que antes se agrupaban en asociaciones de todo tipo, ahora se pierdan en la red, indignados, rebeldes, pero estériles. Y cada uno en su casa, en realidad aislado, conectado con los demás solo de una manera virtual, a veces falsa.

Es difícil, por no decir imposible, hacerse una idea. ¿Cuánto de bueno, cuánto de malo o estéril? No lo sé, pero la iniciativa de Pablo y Javier para apoyar al Bubisher con la campaña “Letras en el Sáhara”, para recoger libros y fondos para poder ponerlos en las manos de los niños y los jóvenes saharauis, suena a positivo, es el camino. Conectarnos poco a poco, todos los que no nos limitamos a decir lo mal que están las cosas, los que queremos cambiarlas.Letras por el Sáhara es la puesta a prueba de la solidaridad. Cientos de personas han contestado ya positivamente, eligiendo un libro o mandando dinero a la cuenta del Bubi para su compra y traslado hasta Smara. Es inbcreíble, más de 500 comentarios, todos positivos, todos entusiasmados. Así, el Bubisher es más de todos y de nadie que nunca. Lo mismo me decñia Gabriel, de Cantabria por el Sáhara: los cántabros están haciendo suyo el proyecto. Si lo conseguimos así, cayendo las fichas del dominó de la generosidad, el Bubisher volará libre. Javier y Pablo lo habrán conseguido, y nosotros no será una palabra vacía. Y con esa palabra, internet tendrá un poco más de sentido. De internet han salido algunas de las personas más valiosas del proyecto, una cadena que empieza en Vigo y acaba en Farsía, en Tifariti, en Hauza, en las dairas de Smara, en los clubes de lectura. Es delicioso pensar que un día Mahyuba o Abduláh sostendrán un libro que salió de un rincón cualquiera, anónimo, de nuestra geografía. Hacer no es tan difícil, hacer es el verbo: como construir, como crecer, como unir. Los verbos de la solidaridad.

Visitad el blog de Javier, historiasdelahistoria.com. Sumaros a la ola de la red de la solidaridad.

Esta imagen dice más de lo que soy capaz de decir. Es del Bubisher, sí, y no está retocada con ningún programa. Es el ojo de Clara y Roge, simplemente, como es también el mío y el tuyo: cuestión de punto de vista. Es también la metáfora del balance de un año raro y maravilloso, y el deseo de un año igual de raro y de maravilloso. Es el Bubisher, pero también representa todo lo demás: lo escrito, lo publicado, lo soñado, lo proyectado. En esta foto hay algunas personas reales, pero también están las que quisiera tener también a mi lado siempre: todos los amigos, todos aquellos que creen que la realidad es algo que merece ser cambiado. Todos los niños y jóvenes a quienes he visitado en sus centros, y especialmente los de Yolanda y los de Rosa, por tanto cariño. Pero también los maítos de Leticia, con quienes compartí a ese pedazo de poeta y de persona que es Antonio. Y los de Canadá, y los de Suecia, y los de tantos colegios e institutos. Y, por supuesto, Mahyuba, y Abdulláh, y Fati, y todos y cada uno de los que están ahí, en el techo del Bubi, en persona o en espíritu. Mucho hecho, pero mucho más por hacer. En este año que está a punto de comenzar publicaré un libro con Inés, otro con Alicia, otro con Mónica, y otro con todos los niños de Farsía, y encuentro cada vez más placer en compartir, tanto casi como en buscar nuevas respuestas a mis preguntas más antiguas: ¿qué es escribir? Nada, si no se vive lo que se escribe, nada si tomo al lector como un simple receptor pasivo. El Bubi tiene sitio para muchos, para muchísimos más, y siento lo mismo con lo que escribo: el espacio está aún por descubrir. A todos, gracias por un año raro y maravilloso. A todos, mi deseo de rarezas y maravillas.

Nunca he hecho esto en la web. Colgar un comentario o una crítica positiva de un libro propio me parece patético. Pero lo voy a hacer una vez, porque lo que dice un chico (Héctor F. Sánchez en la página http://eltiramilla.com/el-alimento-de-los-dioses-de-gonzalo-moure/), me ayuda a reivindicar la reedición de uno de mis primeros libros, “El alimento de los dioses”. En efecto, fue descatalogado por Bruño hace ya casi diez años. La edición fue del inolvidable Miguel Ángel Diéguez, un editor como pocos que ya nos dejó, y que supongo que estará comiendo “Sky potato” y disfrutando de la literatura de los ángeles. Así quise titularla, Sky potato, en su día. Pero no fue posible por el anglicismo, mientras que “La patata del cielo” quedaba un poco pedestre. Entre Miguel Ángel y yo, casi a última hora, le pusimos el título con el que fue publicada. Solo un par de meses más tarde supimos que ya H.G. Wells había publicado una novela con el mismo título, y que incluso hay una película que también se llama así.

Publico la opinión de Héctor (gracias) con la esperanza de que algún editor se anime. Es verdad, salió fuera de modas, cuando este género literario estaba en horas (o décadas) bajas. Ahora, hasta podría ser considerado “oportuno”, lo que tampoco me gustaría demasiado. Pero quién sabe lo que sucede cuando se arroja una botella al agua.

La novela surgió de una discusión en la cocina (debía de ser el año 1990) con el músico y biólogo (y polemista) Antonio Resines: ¿qué pasaría en el mundo si apareciera un alimento perfecto? Antonio dibujó un panorama idílico. Yo opté por la opinión contraria. Y de la cocina salió mi promesa de novelar mi visión del mundo. Fue antes de las pateras, antes de que creciera la sensación de que se está armando un mundo occidental encastillado. Mucho antes de que el parlamento europeo debatiera la posibilidad de negar derechos laborales a los inmigrantes, de que el parlamento francés aprobara una ley por la que un ciudadano puede pasar cinco años en la cárcel por acoger en su casa a un inmigrante ilegal. Pero en fin, a “Sky potato” le di un final abierto a la esperanza: volver a empezar.

Esta es la reseña de Héctor. ¿Hay algún editor por ahí?

Libro independiente
Rama: distópica
Ficha de autor
Estado: Descatalogado.
Primera y última edición: Bruño, abril-diciembre 1996
Valoración: 4 sobre 5

Belatrix y Berenice –gemelas in vitro- realizan junto a su padre el mayor descubrimiento del siglo XXI: una patata que posee todos los nutrientes necesarios para la vida y que se puede cultivar prácticamente en cualquier sitio. ¡Genial!, podemos pensar, así se acabará el hambre en el mundo. Pues bien, trescientos años después conocemos a Skiopul, un joven de 14 años que trata de sobrevivir en las ruinas de un lugar llamado Ciudad, donde la escasez es la norma y hordas humanas rapiñan todo lo que pueden. ¿La única ventaja del chaval? Que sabe leer, y gracias a eso descubrirá en unos cuadernos la causa de su desgracia: la ambición de unos pocos que envenenaron el alimento milagroso y sumieron el planeta en el caos total. Acompañado de Saba, una avispada chica de su edad, viajará por medio mundo para conocerse a sí mismo y asistir en primera fila al escenario de las maravillas y atrocidades de las que es capaz el hombre. Motivados por el sueño de la esperanza, los dos son la viva muestra de que, como dice el propio Skiopul “la Historia siempre parece morir, pero, en realidad, siempre está naciendo”.

Esta novela es una de aquellas que se disfruta más tras cada relectura, que llama a tu conciencia para que reflexiones sobre lo que sucede a tu alrededor. Muy a mi pesar, se encuentra descatalogada desde hace más de diez años, que fue más o menos cuando la leí por vez primera. Gonzalo Moure sabe cómo entrelazar diversos momentos en el tiempo sin perder el hilo, dotando así a la trama de una solidez y coherencia muy atractivas. A pesar del desolador panorama al que asiste el lector, que contempla un retroceso mundial, el retrato de las vivencias de los protagonistas es ágil y mucho más optimista de lo que pueda parecer en un principio. Y este es otro aspecto muy efectivo, los personajes; las diferentes experiencias por las que pasan todos ellos reflejan perfectamente sus personalidades, cuyos matices y grises pueden conocerse sin necesidad de demasiados detalles. Pero hay un rasgo todavía más interesante que forma parte del propio mensaje de esta breve novela, y es el conocimiento de que a pesar de estar viviendo en épocas diferentes, los sueños y miedos de Brunn, Balath –dos cazadores de Próximo Oriente-, Skiopul, Saba y el resto de figurantes son muy similares. Además, un verbo ágil y sencillo nos transporta por el mundo de El alimento de los dioses sin centrarse demasiado en lo dramático, aunque posee cierto tono melancólico.

Considero esta obra un excelente ejemplo de narrativa sin ambiciones de estilo que debería rescatarse para el disfrute de todos. Aún más, visto desde el punto de vista comercial, nos encontramos ante una distopía, un género muy atractivo y exitoso en la actualidad: ojalá este factor sirva de aliciente para que la vuelvan a publicar. Tiramillote, si tienes un ejemplar considérate afortunado, pues posees una novela apasionante, aunque sin duda eso ya lo sabrás.

Vuelvo de Smara, mi pueblo. En un mes he adelgazado nueve kilos: son los kilos que aún nos sobran, la esencia lípida que separa, como en “El beso “de Limam, la boca hambrienta de África de los labios siliconados de Europa. He adelgazado y he sido feliz. Hemos comenzado a levantar la Biblioteca Pública de Smara, el Nido del Bubisher. Clara y Roge, nuestros arquitectos, siguen allí aplicando la imaginación  a la construcción de un complejo abierto y espacioso: humilde como todos los efímeros edificios de los campamentos, pero atractivo: será biblioteca, aula, cine, salón de lectura, jaima de los panes y los peces de la lectura. Hecho con adobe y entrega.

Pero estos días han sido mucho más. Nos hemos movido a bordo del Bubisher y en los escondidos puertos de los barrios de Smara hemos encontrado un silencioso ejército de niños que sueñan con el camino infinito de la cultura: Abdulláh, que nos sorprendió recitando los últimos versos del “Lobito bueno” de José Agustín Goytisolo, y que luego nos pedía “más poesía” en la fiesta de aniversario del Bubisher. Mahyuba, de once años apenas, con quien mantuve la más maravillosa conversación sobre literatura en la que he participado nunca. Alia, que en la escalera del Bubi entendió como nadie lo que significa leer, más allá de juntar sílabas, y que después lo demostró ante los niños de Farsía leyendo la primera página de Elmer desde el sentimiento más profundo. Zia, que devora libros en su jaima bajo la manta, con la linterna encendida alumbrando su futuro. Cheguali, el niño melancólico de Hausa que guarda como un tesoro las razones de su tristeza. Batah, el chaval del colegio de Abda que dibuja como un alumno de bellas artes sin que nadie le haya enseñado nada y sueña con ilustrar un libro. Kori, el niño que estuvo en verano en Asturias y que ha hecho suyo Palabras de Caramelo. Fatimetsu, la mujer que fue niña e inspiró hace 11 años ese mismo libro, y que ahora quiere ser, a pesar de su sordera, voluntaria del Bubi. Y Karkaza, y Hussein, y Rhim y Menina y el pequeño Hassana (al que podéis ver ahí arriba, pico en mano, bajo la protección de Hamida). Y todos los niños y niñas que han recibido como tesoros las cartas de los alumnos del Julio Caro Baroja de Málaga, y que han contestado inflamados de sueños. Y Tuttu, que marcó el camino para escribir en el aire “El niño de luz de plata”, que será uno de los primeros libros del Bubisher.

“El niño de luz de plata” es un cuento colectivo. A menudo, aquí en España, defendemos los libros y cuentos que hablen de la realidad, que digan a los niños de la meliflua Europa que debajo de la fantasía hay un suelo. “El niño de luz de plata”, que firmaremos todos los asistentes a esa inolvidable “Tarde del Bubisher” en el barrio 1 de Farsía (Memona, Enguía, y casi veinte niños del vecindario) es todo lo contrario: por encima del suelo de polvo y piedras de la Hammada, nos sobrevuela la fantasía. Y la luna, de la que Neshé es confidente nocturno. Y de la que una tarde empezó a bajar una escalera de plata.

Más que nunca, mientras luego contaba el cuento a chicos de otros colegios y barrios y Clara Bailo lo hacía aparecer como por arte de magia en un papel traslúcido instalado en el Kamishibai de Jóse, he comprendido el sentido de lo que unos cuantos locos estamos haciendo allí: enseñar que para soñar hay que elevar los pies del suelo, y que eso requiere un esfuerzo. Viajamos a los campamentos para enseñar, pero sobre todo aprendemos. Y ofrecemos el Bubisher, y ahora su Nido, a todos los que quieran aprender enseñando, a tener dando. Tanto, que debería ser obligatorio pasar allí unos meses (o en Guatemala, o en El Salvador) antes de dedicarse aquí a la enseñanza.

Vengo, he venido, pero aún estoy allí: aquella es mi patria, la de la fantasía, la que me hace libre entre el dolor del exilio y el polvo del siroco. Ese “Niño de luz de plata” será libro bilingüe, para que se pueda soñar desde los dos extremos, ricos y complementarios, para que sea de ellos pero también nuestro, lección viva para las clases de hassanía de Bachir, nuestro profesor. Lo ilustrará Batah y será su sueño de tinta y plata. Lo abriremos con orgullo, ni de izquierda a derecha, ni de derecha a izquierda: como el mundo inclinando su eje hasta ser igual, de todos, para todos.

He perdido nueve mil gramos. Quiero merecer nueve mil amigos.

Voy a estar un mes fuera. O dentro, según se mire. Me voy al Sáhara, me voy al Bubisher. Y en unos días pondremos todos juntos, saharauis y voluntarios de aquí, el primer adobe de El Nido del Bubisher, la biblioteca fija, casa de cultura, casa de libros y de sueños.

Y creemos que en estos momentos de tanta rabia y tanto dolor, es la mejor respuesta contra la barbarie. Queremos decirles a los niños y a los jóvenes del Sáhara que las palabras llegan más lejos que las piedras. Mucho más lejos.

Algunos de los pocos que leáis esta página sois ya amigos del Bubisher, o parte de nosotros. Sabed que llevo también vuestro aliento.

No podré recibir correo en un mes, ni tal vez leer vuestros mensajes aquí. Pero los sentiré. Un abrazo.

Le dedico este comentario a Luisa, que lucha todos los días y, por tanto, es imprescindible.

Hace ya quince años que viajé por primera vez al Sáhara. Esta mañana, en un colegio de Gran Canaria, trataba de explicarles a los niños por qué uno de mis libros se llama Los Gigantes de la Luna. Los Ben Hilaliyin, literalmente hijos de los gigantes de la media luna, vivieron en el Sáhara antes de la llegada de los árabes. Dejaron como huella sus tumbas, y poco más. Pero dejaron ese nombre: Gigantes de la Luna. En aquel libro quise rendir un homenaje a un pueblo que pese a todas las traiciones, todos sus sacrificios, todos los olvidos, todo el expolio de su suelo, de su mar y de su memoria, jamás se ha puesto de rodillas. Un pueblo que ni siquiera inclina la espalda para pedir lo que es justo. Por eso: porque es justo. Un pueblo generoso, hospitalario, compasivo con el enemigo, que sigue con la vista clavada en las estrellas, la frente alta, la jaima abierta. Soy saharaui, tanto como español, tanto como ciudadano del mundo. No creo en las fronteras: en ninguna, ni siquiera en la del Sáhara. Las tenemos que borrar. Pero desde la dignidad, desde el derecho a hollar el suelo de cada uno, a la memoria, a la cultura. Por eso quise llamarles así, Gigantes de la Luna, un título a añadir al de Hijos de la Nube que llevan con orgullo. Parte de mi orgullo.

Luché, lucharé, por sus derechos. Al mar, al suelo, al cielo. Daría mi vida por esos derechos en cualquier rincón del mundo, pero elegí al Sáhara a través de sus niños. Tantos: Fati, Kori, Nadirah, Fatma, Suleiman, Salma, Gonzalito, Salama, Salek, Naísma, Embarka, Aziza, Monna… Ellos me enseñaron a querer, a hablar, a nombrar a las estrellas, a ponerme el suave turbante, a beber el té de la amistad.

La solución a su problema es tan fácil que es dificilísima: basta con que la ONU cumpla con sus propios principios, que permita que los saharauis elijan su destino. No creo que los marroquíes sean sus enemigos. Su régimen invadió el Sáhara Occidental y se aprovecha de sus riquezas. Pero los ciudadanos de Marruecos, incluso los que creen que el Sáhara es suyo, son dignos de respeto. Y así responden los saharauis: como gigantes de la media luna, resistiendo en el peor desierto del mundo su exilio, o sufriendo en su propio suelo el expolio, y luchando con la paz, con la no violencia. Galia Yimmi lo dijo el otro día en Gijón. Ella estuvo años desaparecida en una mazmorra, violada, golpeada, con una venda en los ojos. Pero dijo que ha aprendido a amar la paz, a luchar con no violencia contra la violencia. Galia, gigante de la luna. Sin venganza ni revancha, pero sin olvidar su derecho, su historia, su cultura: su esencia. Lo escribió también Limam Boisha, el poeta, en un reciente artículo: ningún pueblo del mundo merece tanto como el saharaui llevar el estandarte de Gandhi: resistir, responder con las manos vacías a las balas, a las porras, a la intolerancia.

Hace un par de semanas, grupos de chicos desesperados a los que ni siquiera les es dada la patera, decidieron por su cuenta irse a un campamento improvisado, para protestar por la falta de posibilidades en su propio suelo, que sin embargo es rico. Y pronto les siguieron adultos, niños, y ancianos. Y llamaron al campamento Campamento Dignidad. Y allí están. Sitiados por hambre, por sed. Por falta de medicinas. Se han levantado campamentos semejantes incluso en el sur de Marruecos, Guleimin, Tam Tam… allí donde sufren y malviven los saharauis, como ciudadanos de segunda. Y uno de esos niños que querían unirse a la protesta ha muerto. La ONU se lava las manos. La ONU tiene allí un ejército de cascos azules, que son los únicos del mundo que no tienen competencia en derechos humanos. Bastaría con que la ONU asumiera esa responsabilidad para que todo ese sufrimiento cesara. Para que el invasor no pudiera matar impunemente, para que la familia del niño pudiera enterrar su hijo, a su hermano. Para que nunca más.

¿A qué esperan los poderosos del mundo, nuestro gobierno? Tal vez a que se desesperen y cojan un arma. Entonces serán arrasados. No les darán esa excusa. Son Gigantes de la Luna.

¿Y nosotros? En esta misma página te he pedido un beso. Que seas socio del Bubisher, para que los niños de los campamentos, y puede que los de los territorios ocupados, tengan acceso a la lectura, a la cultura, a su propio destino. Esa es nuestra mejor contribución, nuestro mejor mensaje de duelo por la muerte de Nayem, un pequeño de 14 años, inocente, sin culpa. Que habrá muerto sin ese libro en las manos.

Seguiré, seguiremos muchos. Hoy los niños no ríen en el Bubi. Seguro que lloran. Volveremos a reír juntos. Aprenderemos a esperar, a luchar con la paz. Intentaremos ser gigantes.

Ya ha empezado el curso en Smara. Con muchas, muchas novedades. El Bubisher crece, se hace cada vez más grande, y esconde cada vez más proyectos entre sus plumas. Han estado allí Ana, Raquel, Susana, Clara, Roge, Ricardo. Han hecho una fiesta en medio del calor, han disfrutado del cielo protector. Y han puesto la primera piedra de la que será la biblioteca fija, “El nido del Bubisher”. Y allí están aún Clara y Roge, arquitectos bubisheros, diseñadores del proyecto, rediseñándolo sobre la arena con la ayuda de Jamida, que dirigirá el fondo y las actividades del Nido. Y hoy ha llegado Aintzane, la primera voluntaria de turno, la primera de la larga lista de visitas de este año.

Todos vuelven felices, con entusiasmo nuevo. Son ya tres años de trabajo, de sueños que podían parecer irreales al principio, transformados en una realidad que, ahora, es más osada que cualquier sueño. El Bubisher ha ido más allá, y el horizonte es infinito. Hemos hecho mucho, paso a paso, equivocándonos, cayendo a veces, levantándose siempre. El Bubi es Memona, Daryalha, Larossi, Jamida, pero es ya muchos saharauis más, porque el curso de bibliotecas y promoción de la lectura que han dado Ana, Raquel y Susana, ha contado con más de 20 jóvenes que ya son amigos del Bubisher. Los necesarios, los imprescindibles: los propios saharauis.

Y ahora queremos un beso. El tuyo. No seremos nada si dependemos de subvenciones y premios (aunque no los rechazamos, y nos sirven para hacer atajos). No seremos nada si no contamos contigo. Queremos que seas amigo, socio del Bubisher. Que te comprometas con nosotros a la cantidad fija anual que desees, de 20 a 100 euros, lo que quieras, para saber con cuántos amigos y con cuánto dinero contamos cada curso nuevo. Con ese dinero tenemos que pagar los modestos sueldos del personal saharaui, edificar la biblioteca, comprar material, libros.

Nos está ayudando mucha gente: colegios, institutos. Y sobre todo, Librerías con Huella, que va a hacer posible este año la construcción de la primera fase de la biblioteca fija. El ayuntamiento de Fraga, que cada año nos da una importante subvención sin la que no podríamos haber empezado siquiera. El gobierno vasco que nos donó el primer camión y que ya estudia la donación de otros vehículos ligeros. Pero aún queremos más tu contribución, tu compromiso, que seas uno más en esta pequeña era que está devolviendo el mar al Sáhara: el de los libros, el de los sueños, el de la cultura, que es la única llave del futuro personal y colectivo.

DAME UN BESO. Dame tu mano. Y si no te puedes comprometer con una cantidad fija anual, este es el número de cuenta de la Asociación, en la que siempre puedes hacer un pequeño ingreso: 2100 3897 84 0200088962. Pero si lo que quieres es ser socio, escríbeme a mouregonzalo@telefonica.net y te diré cómo hacerlo. Y si lo que quieres es ir allá, de voluntario, dímelo también. O escribe a Luisa, <lsanchezmen@uoc.edu> La lista está ya espesa, pero Luisa encontrará el hueco.

Y recuerda esos bellos versos de Limam: Un beso, solamente un beso, separa los labios de África de la boca de Europa…

Y por si es la primera vez que te encuentras con la palabra Bubisher (aunque me extrañaría), significa pájaro de la buena suerte. El que traía la lluvia, la visita de su ser querido. Y ahora significa libros en las escuelas para que los niños de los campos de refugiados del Sáhara, nietos de españoles con carnet pero condenados al casi olvido puedan leer y querer aprender. En español, en árabe también. Y significa también biblioteca rodante, y dentro de poco biblioteca fija. Todo eso nos traes, bubisher, bubisher, ajbar eljer.