Estuve esta primavera en Quito. Aprendí más que enseñé. Invitado a participar en un congreso de escritores de habla hispana, se trataba de que cada uno diéramos nuestra visión de le literatura. Fue, como dije allí, presentando al alma del congreso, Leonor Bravo, un congreso de almas y no de nombres. Nos emocionamos unos a otros, entendimos que escribir es volver a vivir. Aprendimos que es bueno decir que cuando mentimos decimos la verdad, y no al revés.
He recibido no hace mucho los cuentos australes que Lelia Martínez leía en la radio, en las noches patagónicas. Ya escribí sobre su muerte, cuando esta llegó, tan de puntillas. Quiero, hoy, decir aquí lo que dije allí. E ir haciendo balance de un año en el que pasaron tantas cosas hermosas como espantosas. Apostemos por la belleza, por la verdad, por la libertad.
EL NIÑO QUE FUI, LA MUJER QUE SERÁ
Soy el niño que fui. Y también soy el hombre que fui, y el joven, y el adolescente. En mí están los recuerdos buenos, las incertidumbres. Las sonrisas, las risas y los llantos. Lo que hice bien cuando lo hice, y lo que hice menos bien. Cuando fui un verdadero amigo y cuando no lo fui. Cuando leí un cuento y me emocioné, cuando fue mi madre quien lo escribió y me lo leyó en la cama. Todo eso soy yo, el peso de mi tiempo, la espuma de mis días.
Y del mismo modo, cada niño es también el hombre, la mujer que será. Y el adolescente, y el joven, y hasta el hombre que un día se despedirá de la vida. En el niño que ahora deletrea en una escuela está el profesor que será, el poeta que atrapará a la mariposa en su vuelo fugaz para convertirlo en eterno entre las páginas de un libro.
No hay acto sin consecuencias. Si ahora cierro la tapa de este cuaderno, el futuro no será el mismo. Dicen los modernos sabios de la física cuántica que a cada instante se abren cientos, miles de futuros posibles, y que cada vez que elegimos tomar el vaso y beber o dejarlo y aguantar un poco más, transitamos uno de esos futuros posibles: solo uno. Y la vida es pues el tejido de tu futuro posible y el mío. Me lees o me escuchas, los dos dependemos del otro, y así hasta una combinación infinita.
Por todo eso, quiero hablar aquí, en Ecuador, de nuestros actos y sus consecuencias. De nuestras decisiones personales, que afectan a los que viven y a los que vivirán. Aquí, en este mismo foro, estuvo no hace mucho una buena amiga, Lelia Martínez. Ya no puede estar. Un triste día, sus hijos me escribieron para decirme que por desgracia, Lelia ya no podría seguir escribiéndome. Que esté hoy aquí, ha sido una consecuencia más de la vida y los actos de Lelia. Y esa es una buena paradoja: estoy aquí porque ella estuvo aquí, y estoy aquí porque ella ya no está. Entregó su vida a la literatura, convencida de que los niños de la Patagonia necesitaban a los libros, de que seguirán necesitándolos. De que son los niños que son, pero son también el hombre, la mujer que serán. Y por tanto, un libro más en sus vidas es una puerta abierta a un futuro que no es el mismo que con un libro menos. Como dijo Federico García Lorca en 1932 en la inauguración de la biblioteca pública de Fuentevaqueros, su pueblo, si un niño te pide pan, dale medio pan y un libro entero. La voz de Lelia se extendía desde San Carlos a Nauquén a través de la radio. Leía cuentos en las noches patagónicas, y esos cuentos enteros (y esa voz entera) cambiaban el futuro, el destino de los niños que escuchaban. Trabajaba en las escuelas de los barrios más humildes, llevaba la palabra hasta sus niños, y con ella les proporcionaba una linterna para alumbrar el camino más oscuro. No hay acto sin consecuencias, y si la vida de Lelia fue espléndida es porque sus actos generaron más hombres y mujeres liberados del yugo de la ignorancia, de la miseria intelectual, la peor de todas las pobrezas.
Y Lelia habría añadido en esta tribuna una simple, luminosa verdad, que digo yo en su nombre: cada niño que se incorpora a la cultura cambia su futuro personal, pero también cambia un poco el curso del río de la historia, altera el futuro. Es solo aparente la casualidad de que aquí, en Ecuador, quiera hablar de un nuevo ecuador. La raíz de la palabra me susurra su historia: el que hace iguales. A Lelia le gustaba esta idea, y así lo hablamos en nuestros correos: Tracemos un nuevo ecuador, démosle la vuelta al mundo, dibujemos una línea que no divida al mundo en Norte y Sur, sino que recorra todos los países por igual, sin arriba y abajo.
Cuando acaben estas jornadas, los bibliobuses, los burros con hombre y mochila cargada de libros volverán a salir a los caminos, a dotar a las escuelas rurales de cuentos para soñar el futuro de cada niño. Otras Lelia lo harán, seguirán sembrando. Si el bibliobús no logra salir al camino, un niño, diez, cien, no iniciarán su propio camino. Lelia ya no puede seguir sembrando, pero nosotros sí. Muchos de los presentes aquí cerrarán sus carpetas pronto y volverán a sus trincheras, donde las únicas armas que se pueden y se deben usar son las de la emoción, la ternura, el cariño.
En una de esas trincheras, la del Sáhara, donde estaba hace menos de un mes, encontré en el suelo de una tienda del mercado, un papel doblado, tan escaso allí. Lo recogí por si aún se podía usar, y al desdoblarlo leí unas letras infantiles que decían: “Ayer, Mariam y yo jugamos con las estrellas”. Todo acto, hasta el más nimio, tiene consecuencias. Si la niña no hubiera perdido su papel yo no lo habría encontrado. Y si vamos un poco más allá, como es obvio, si no lo hubiera escrito no lo habría podido perder. Pero es aún más allá donde quiero llevarles: al acto inicial, al que propició ese brevísimo pero bellísimo texto. Sin duda, antes de que la niña lo escribiera, hubo una Lelia, que se llamaría tal vez Enguía, o Kabara, o Daryalha, o Meimuna, o Adala. Alguien que trabajó con esa niña y con su amiga Mariam las emociones, la belleza de las cosas sencillas, como las estrellas, en medio de aquella vida durísima. Un poeta saharaui, Luali Lehsan, que escribe en castellano y pertenece a la Generación de la Amistad, dirigió allí un pequeño taller de poesía con niños de dos clubes de lectura. Y les dijo algo tan sencillo y tan fértil que merece la pena traerlo hasta aquí:
“Poesía –le dijo mirando a sus ojos- no es decir lo que ves ahí fuera. Poesía es contar lo que siente tu corazón cuando ves lo que hay ahí fuera”. Si no fuera por lecciones como esa, si no fuera por la ternura y la emoción, aquella niña no habría escrito que ella y Mariam, anoche, jugaron con las estrellas. Y yo no estaría, como lo estoy desde entonces, tan convencido de que merece la pena el esfuerzo de escribir para ellos con esa misma intención: decirles lo que siento cuando veo lo que hay ahí fuera, tenderles la mano para ayudarles a comprender los infinitos caminos que abre la palabra escrita hacia el futuro. Porque en esas dos niñas que jugaron con las estrellas están las mujeres que serán. Ojalá que plenas, libres y felices. Yo, apostaría por ello.
¿Y qué nos hace libres y felices, qué hace libres y felices a nuestros lectores? Hablo ya desde el complejo entramado que formamos escritores, ilustradores, editores y mediadores. No sé cómo nos recordarán a todos nosotros, en conjunto, dentro de treinta años. Sé muy bien cómo recordamos nosotros la década de los 80, en la que comenzó a existir este movimiento. Porque antes había solo el silencio, apenas roto por voces aisladas, auténticos precursores. Veníamos de un desierto, y al abrirse la puerta a mediados o finales de los 70, explotó la creatividad. No hablaré de nombres, porque siempre es injusto, pero en los 80 se vivieron dos fenómenos paralelos que se apoyaron el uno al otro: la libertad de escritura con busca de nuevos mundos para explorar, de nuevas verdades que gritar, tanto en texto como en ilustración, y la aparición de editoriales dispuestas a tomar un mercado naciente y potente. Y de esa conjunción nació una década prodigiosa, la más potente y fértil del último medio siglo.
Sin embargo, en los 90, poco a poco, sin ningún acontecimiento puntual, sin hacer ruido apenas, todo empezó a cambiar, sutilmente primero, y luego en forma torrencial. Y el resultado de ese torrente es una oferta cada vez más edulcorada, con menos mordiente, despojada casi del todo de cualquier carga subversiva: nada que pueda hacer pensar en un movimiento renovador, sino al contrario: tan conservador que incluso se revisan los clásicos limando sus aristas. Como me dijo un maestro que había montado con sus alumnos “El soldadito de plomo” de Andersen: “naturalmente”, había cambiado su final, evitando que el soldadito y la bailarina se fundieran en el fuego, algo demasiado crudo para sus pobres alumnos, a los que quería proteger, sin duda, de toda idea de sufrimiento y muerte como parte consustancial del gozo y de la vida. Pensé entonces, y por desgracia puede que tuviera razón, que Andersen no ganaría hoy el premio Andersen. Demasiado crudo, demasiado complejo, intranquilizador, raro y peligroso. O loco.
¿Qué pasó, qué ha pasado, qué nos está pasando? ¿Por qué, si hace poco más de veinte años se arriesgaba y se buscaba, de pronto se teme al riesgo y a la busca?
Es fácil aventurar razones en desorden, como si fueran un conjunto desarticulado: la corrección política, la busca de mercados seguros, la influencia de mediadores medrosos, la inercia de los autores, la decadencia de su potencia creadora y la falta de relevo, el oportunismo generalizado, el ambiente general de desánimo de la sociedad, la transversalidad de los temas, la avalancha de best-sellers infantiles y juveniles, pocos de ellos sinceros, la mayoría de ellos precocinados; y las modas, la carencia de un auténtica vanguardia en la literatura y el arte mundial, los mensajes tópicos y falsamente progresistas, la repetición, el hastío.
Sí, enumerar causas así es fácil, pero ¿qué fue antes, y que fue después? ¿En qué orden ponemos todo eso?
Me gustaría estar seguro de que no fuimos nosotros, los escritores, los que nos fuimos acomodando, los que dejamos de buscar y por tanto de arriesgar, los que encontramos lo lucrativo que era seguir y potenciar las modas, y que después las editoriales encontraron en ese cansancio y en ese oportunismo la excusa perfecta para pensar que ya no valía la pena apostar por cosas nuevas y dejaron de buscar entonces entre los jóvenes nuevas formas de escribir, nuevos mundos que explorar. Pero no estoy seguro de que ese no fuera el proceso. Y tampoco querría estar seguro de lo contrario, de que los culpables fueron los editores, de que empezaron a preferir los libros poco arriesgados, conformados al gusto ya existente, y no exploradores de nuevos caminos y alternativas. Y no querría porque tal vez decir eso fuera injusto. Y si dijera que fue el mercado el que a través de gustos edulcorados impuso reglas a los editores y estos a los escritores e ilustradores, y que estos dos obedecieron, puede que también lo fuera. Y aún podemos tratar de echarles la culpa a los mediadores, dispuestos a extraer el tema y el mensaje de cada libro, que tal vez exigieron a las editoriales que solo editaran libros clasificables y que “gustaran a todos”, esa imposibilidad tan extendida, y que fueron ellos quienes a su vez empezaron a exigir a los escritores que primero pensaran en el mensaje, después en el gusto general, luego en que no hubiera demasiado sufrimiento ni dolor, y solo después, en la historia.
No lo sé, y no creo que nadie pueda decir quién fue el primer culpable. Porque tal vez no lo hay, porque la especie humana vive en ciclos y se mueve en dualidades, y a una época de vanguardia siempre sucede otra de conservadurismo. Si fuera así, bastaría con sentarse a esperar a que el ciclo vuelva a cambiar.
Pero no basta. La historia no elige por sí misma su camino. Su avance o su retroceso depende de las fuerzas que se oponen. Dos fuerzas iguales, según me enseñaron en el bachillerato, producen la inmovilidad si se oponen en línea recta, o provocan un movimiento en círculos, si tiene direcciones distintas. Cada foro como este es una oportunidad para desequilibrar, para intentar cambiar la historia. Si en ocasiones así nos limitamos a mirarnos el ombligo con autocomplacencia, a decirnos lo guapos que éramos y lo lindos que son nuestros últimos libros, dejaremos el campo libre para los que quieren una literatura domesticada e inane. O aún peor: seremos parte de ellos. Movamos el árbol al menos. Nunca se sabe dónde se produce el pequeño suceso que puede llegar a provocar un gran cambio. Lelia lucharía por ello, y por eso hoy lo he querido decir con tanta crudeza.
Estos años de trabajo en el Sáhara he hecho descubrimientos personales que pueden parecer demasiado sutiles o aislados, pero que tal vez no lo sean. Creo que el mundo ya se ha comprimido casi del todo, y que nada de lo que sucede en un rincón del mundo es ajeno a lo que sucede aquí. Cuando decidimos llevar hasta el Sáhara Occidental una red de bibliobuses que den a los niños de los campos de refugiados libros para acceder a la cultura, pensamos que puesto que ellos viven una durísima realidad, llena de escasez y necesidades, los libros que teníamos que llevarles tenían que ser de fantasía, de evasión. Y nada hay más fácil hoy que buscar libros de fantasía sin compromiso con la realidad en los catálogos de las grandes editoriales. Aún así, en el cargamento de libros que llevábamos, se nuestras bibliotecarias embarcaron algunos que no tratan al niño como a un ser frágil al que hay que proteger del sufrimiento. Libros empapados de vida, de placer y gozo, pero en la misma humana medida también empapados de dolor. Flores raras tal vez, pero todavía no extinguidas. Pues bien, la sorpresa fue que aquellos niños que viven la vida dura, y que disfrutan de las lecturas más ligeras y fantásticas, también leen, e incluso prefieren, los libros duros que describen la dureza de otra vida dura, a veces lejana, y otras veces ni siquiera: su propia vida. Sin saberlo, sin poder saberlo siquiera, esos niños forman parte de una vanguardia silenciosa y casi invisible.
Lelia conocía a esos niños, y no había estado nunca en el Sáhara Occidental. Tantas veces me habló de ellos, sin embargo. Y es que en realidad son los mismos niños con los que ella trabajaba en La Patagonia, con los que se trabaja en los pueblos más alejados de Ecuador, de Bolivia, de Perú, de cualquier rincón del mundo donde alguien lucha por la palabra, para que no muera, para que muramos nosotros así como morimos, dejando huecos llenos de memoria y cariño, pero que no muera nunca aquello por lo que luchamos, aquello en lo que creemos. Casi voy a acabar con una cita de un escritor al que admiro, pero con el que en esta ocasión no estoy de acuerdo: dice en “De qué hablo cuando hablo de correr”: “Así es la escuela: lo más importante que aprendemos en ella es que las cosas más importantes no se pueden aprender allí”. Maestras como Leli,a como Yolanda, como, seguro, muchas de ustedes, lo desmienten: la escuela puede ser la de la emoción, la de la busca, la del amor.
Y ahora sí. Si les he convencido de que no hay acto sin consecuencias, si creen que son los adultos que son pero que también son los niños que fueron, si aceptan con la misma lógica que los niños son también los adultos que serán, si comparten conmigo la paradoja de que Lelia Martínez no esté aquí pero al mismo tiempo esté en tantos de ustedes que luchan para que la palabra los convierta en adultos libres, este tiempo que les he hecho gastar no habrá sido en vano. Muchas gracias.
Gonzalo Moure
La Fundación Ría del Eo me invitó a pronunciar una conferencia en Castropol el pasado sábado, para dar a conocer a Sancho Pardo de Donlebún, Almirante de la Mar Océana, que “mató de melancolía al piirata Francis Drake” en aguas de Puerto Rico hace más de cuatro siglos. Una figura casi ignorada, a pesar de la importancia de aquella batalla, que queda injustamente difuminada en la historia. Pero más sorprendente es que en su propia tierra pequeña, Donlebún, no tenga no ya un monumento como los muchos que tiene Drake en Inglaterra, sino al menos una calle, una placa, un roble con su nombre…
Sobre Pardo de Donlebún y Drake escribí hace diez años la novela, “Yo que maté de melancolía al pirata Francis Drake”, y ahora hice esta reflexión, desde la fascinación, la curiosidad, y también la melancolía… del olvido.
Fue una tarde intensa y emocionada, y también tensa, porque el linaje ha muerto por cuatro euros, enterrado, malbaratado, y los responsables estaban presentes en la Casa de Cultura de Castropol. Sentí ser duro, me dolió, pero la verdad, por amarga que pueda resultar, es inocultable, es simplemente la verdad. Nadie entre los descendientes de Sancho Pardo puede echar en cara la venta a quien legalmente podía hacerla, pero sí no haber tenido la oportunidad de optar a la compra de todo el legado arquitectónico y familiar, o a parte. O al menos a recuperar cartas familiares, fotografías de la infancia, algún pequeño recuerdo.
Pero nada de eso importa ya a nadie, salvo a los interesados, y no es más que una pequeña nota, casi a pie de página, del verdadero sentido de la reflexión: la asombrosa aventura de un almirante que supo hacer caer en la trampa al más brillante pirata que ha dado la historia. Podéis leer el documento completo en este PDF.

Ayer acabó la batalla de Antonio Pomares, mantenida duramente contra el cáncer en los dos últimos años. Duele, duele mucho. En la larga lucha de la sociedad española por el derecho del pueblo saharaui, Antonio ha sido uno de los mejores. Y no solo desde el derecho político, sino sobre todo desde la cultura. Él y su gente entendían esta lucha del mismo modo que el Bubisher: solo serán libres, al margen ya de su destino político, si son cultos. Su proyecto, “Sáhara habla español”, se dirige a los maestros, a los que reciclan en cursos en el 9 de Junio todos los años. El nuestro, a los niños y a los jóvenes: dos manos de un solo cuerpo. Y así le conocimos, cuando el Bubisher, alegre, optimista sin solución, desembarcó en el campamento del 27 sin más referencia que la que nos había dado Antonio: su jaima, un plato y unos vasos de té. Y él nos presentó a Yuri, a la ministra, y junto a él conocimos a Cristina, a Joaquín, a Enrique, a Gloria. Con dos de sus maestros, Cristina y Enrique, entramos por primera vez en una escuela, la del 27, momento que recoge el documental de Irene, “El pájaro de la buena suerte”. Y de su proyecto surgió Daryalha, una de las mejores en aquel curso, y ahora nuestra compañera. Nunca podremos saber lo que habría sido del Bubi sin Antonio. Y entre todas las posibilidades, hay una que nos evitó: quedar varado en la arena, como tantos proyectos llenos de buenas intenciones.Antonio Pomares (algunos siempre te llamaremos “Berikalla”, en nuestro corazón) era uno de los españoles que más sabían de los hombres del libro saharauis. Incluso acariciamos juntos el proyecto de traducir y editar “Al kitab el badía”, el libro de la badía de Chej El Maami, y él tenía la única gramática de hassanía, también de El Maami. Antonio conocía a sus descendientes, y acariciaba un millar de hermosas ideas para que el mundo conociera la riqueza de una cultura que quiso enriquecer dándole dimensión mundial a través del castellano.
Nos ha dejado muchas cosas, y el Bubi rueda con aquel primer impulso. Seguiremos, codo con codo con su proyecto, y en cada tropiezo invocaremos su fuerza y su bondad. No dejes de echarnos una mano, y luego nos fumaremos juntos un pitillo.
Llegamos tarde, Miguel. Hubiéramos querido que todos los que pasamos por Fuelabrada, donde conocimos muchos a Juan, le hubiéramos dado un homenaje. Lo hablamos hace pocas semanas: pues en la próxima edición. Pues no, porque Juan Farias no estará. Al menos en cuerpo y orejas.
He intentado que aquel periódico que creíamos un poco nuestro, El País, publicara al menos una nota por su muerte. O una triste carta triste al director. Pues no. Pues tampoco. Se acordarán como cada año de la LIJ en agosto, por las ventas. Y por navidad. Nos da igual, en el fondo. Sabemos, desde que otro gallego maravilloso y genial, Agustín Fernández Paz, lo dijera, que la LIJ es invisible. Para ellos. No para los miles de lectores, sobre todo para los que han formado su sensibilidad, su gusto por la lectura leyendo a Juan.
Le seguirán, le seguiremos leyendo. Y cada vez que un niño abra un libro de Juan Farias, su corazón volverá a latir, porque será el mismo instante en el que él escribía esas páginas. Que eran valientes, que eran limpias. Que no buscaban lectores, ni nada. Que salían del alma.
Visitad en facebook todas las entradas de muchos de los que quieren a Juan, más allá de la vida y la muerte: “Juan Farias, siempre”.
Hoy me ha mandado Ana Lavatelli una preciosa poesía para los que quisimos, le queremos y le querremos:
“Cuando un hombre muere
muere con él su primera nieve
y su primer beso y su primera batalla
todo esto él lo lleva consigo
Quedan los libros, los puentes
los aparatos, los lienzos de los pintores
Es cierto, mucho va a quedar
pero siempre algo desaparece.
Es la ley de un juego cruel
no son hombres, los que mueren. Mas bien mundos.”
Hace unos meses colaboré en el homenaje que le dio la OEPLI, con este texto. Va por ti, Juan. Va por ti, Miguel, que tanto le quieres.
Si fuera un niño le pediría a Juan que me cogiera de la mano
y me llevara a ver el mar. Y ya en la playa, o en el acantilado, le pediría que me contara un cuento. Que lo sacara de las nubes, de la espuma y las gaviotas. De la memoria.
Pero me basta con abrir cualquiera de sus libros para que ese milagro suceda, para sentir mi mano en la suya, porque cuando escribe es como si te llevara a ver el mar, o a bucear en sus recuerdos. Pocos lo logran: escribir tan recto como para que las palabras no sean más que notas musicales que te conducen a lugares o tiempos remotos, al corazón de otro que no fuiste pero que, de pronto, eres.
Hace unos años propuse a un grupo de amigos que pidiéramos a la Real Academia un sillón para Farias -nos bastaba con la f minúscula- como representante de la literatura infantil en castellano. Entendida como él la entendía: no literatura para niños, sino literatura sobre niños. Que ni es lo mismo ni tampoco es igual. Para que la defendiera del desprecio o de lo que otro gallego maravilloso, Agustín Fernández Paz, definió como “invisibilidad”. Como si lo que leen los niños no fuera decisivo, como si esa no fuera la literatura seminal que marca su futuro, que arraiga en su corazón, trepa por su mesilla de noche y florece en la biblioteca particular de cada uno.
Aquello no fue posible entonces: por lo obvio, por las pequeñas miserias, las que nos nublan a todos las vista. Y tal vez no sea ya ni siquiera oportuno. Y por eso lo hago, para seguir caminando un poco más de su mano, porque él nunca se pliega a lo oportuno ni a lo correcto, porque escribe con las entrañas, porque para él el compromiso es simple y diáfano: consigo mismo, con su memoria, con su mirada. Incapaz de fingir, de tratar de ser quien no es.
Por todo eso es por lo que, si fuera un niño y me llevara a ver el mar, le daría las gracias. Y como no lo soy, es también por todo eso por lo que abro las páginas de uno de sus libros, y las siento como dedos, nudosos y tibios, y le digo lo mismo: gracias.
Hace algunos meses me llamó María José, de Gijón, para “pedirme permiso” para bautizar una librería en Candás con el nombre de Palabras de Caramelo. Pedirme permiso! Como si no fuera un precioso regalo, una maravillosa noticia para mí, para Kori, para Caramelo, para Fatimetsu, para todos los que queremos a este relato (que ya no es mío).
Hoy he ido a visitarla. Está muy cerca del Museo Antón, en una calle tranquila e incitadora, la Valdés Pumarino, y huele a nuevo, a recién pintado, a reciente ilusión. Es preciosa, tiene rincón de té y lectura, zona infantil, y libros que apetece leer, hojear, tener.
Abrió ayer mismo, y ya vende libros. No es buena época esta para vender nada, pero los libros infantiles resisten, e incluso hacen que el sector editorial no acabe de hundirse.
Y se inaugurará el sábado 18. Ahí estaremos, buscando palabras que nos hagan más dulce la vida.Gracias, María José, Víctor, Aida, más Víctor.
Al sur del centro
(un congreso de almas)
Sé muy bien lo que son los congresos de escritores. O lo que suelen ser. Por eso no hablo mucho de ellos, porque lo sé. Porque no acostumbran a ser sino una acumulación de conferencias sesudas y (muchas veces, no siempre) aburridas, a mayor gloria de uno mismo, y unas sesiones llenas de talleres en los que se suele uno arrepentir de no haber ido al otro, cosa que también les pasa muchas veces a los del otro. Y no son así por voluntad de sus organizadores, sino porque cuando se trata de escritores, el Yo vence casi siempre al Nosotros, porque la presencia de gente silenciosa que nos escucha reverentemente inflama las glándulas vanidosas y las secreciones de “egotina” en ingentes cantidades. Pobre público.
Y por eso es más extraño que necesite tanto hablar del congreso del que vengo, en Quito, Ecuador. Ha sido organizado por Girándula, sección ecuatoriana del IBBY y la Academia Ecuatoriana de LIJ, bajo la coordinación de Leonor Bravo, y contó con la participación de ocho escritores locales y veintidós internacionales, la mayoría latinoamericanos, y unos pocos de Italia, Polonia y España. Y con gran asistencia (crítica y activa) de docentes, tanto indígenas campesinos como de urbanos.
Y necesito hablar de él porque no ha sido un congreso al uso. Se nos había pedido a los veintidós que trazáramos un mapa de nuestra escritura, pretextos. No había talleres, nos teníamos que escuchar todos a todos, nos teníamos que presentar unos a otros. Aún no sé si fue un “diabólico” plan de Leonor Bravo, o si los dioses quisieron que así fuera. Pero fue. Y fue un pequeño milagro, porque como alguno de nosotros dijo en la presentación de la exposición de la propia Leonor, fascinados ya con lo que estábamos escuchando, con lo que estábamos viendo en el interior de cada colega, con lo que nos estaba sirviendo para vernos a nosotros mismos, aquel era un congreso de almas, y no de nombres, una reunión de Nosotros, no una reunión de Yoes.
Una de las participantes, la polaca “lorquiana” Zofia Beszczyńska escribía en uno de sus poemas:
“El pez se esconde en el agua corriente/ la hormiga en la arena caliente/ el castaño bajo la piel espinosa/ el pajarito entre las hojas/ la manzana en el manzanal acaso/ o en la manzanilla./ Dónde puedo yo esconderme/ ¡No lo sé todavía!”
Seguramente lo descubrió en las largas sesiones de desnudos literarios: en el sur de Nosotros, en cada una de nuestras conciencias individuales, unidas por lazos invisibles desde antes de encontrarnos por primera vez en Quito. Lazos que ahora son más fuertes, porque nos conocemos, porque nos sabemos, porque nos hemos visto sin el insoportable disfraz de la fatuidad, del que tan difícil nos suele ser (al menos me es) despojarnos.
En Quito, en el primer sur del ecuador, hemos sido, durante unos días al menos, felices y un poco inconscientes, porque sin saberlo previamente, nos conocimos en los otros, nos reconocimos a nosotros mismos. Qué caminos tan parecidos, la abuela de Care Santos, nuestras madres, nuestros abuelos que pacientemente sembraban en nuestros corazones los cuentos que luego se volvieron frutos propios.
Y por eso, en el colofón del congreso, todos nos fuimos al maravilloso centro cultural de Itchimbía a compartir lo que habíamos aprendido con los niños de Quito. El maratón del cuento, en el que cada uno de nosotros contó cuentos ante un auditorio repleto y entregado al milagro de las historias que, lo sabíamos, ahora lo sabemos mucho mejor, no son de nadie y son de todos. Los creemos crear, pero en realidad los recogemos en las pupilas de los niños, en los caminos, en los nevados y en los desiertos. Nunca había estado tan preparado, creo que nunca habíamos estado tan preparados para entenderlo. Escuchaba a Ana Lavatelli, nada menos que premio Andersen, en el interior del Book Bus, contando su cuento del Cañón que no quería la guerra, miraba a los rostros de los niños ecuatorianos, y sabía que su cuento era también el de cada uno de los corazones que escuchaban. Y el mío.
Hubo más, claro, mucho más. Charlas, un desmayo en el Centro del Mundo que se convirtió en un momento de ternura infinita, fotos inolvidables, estupefacción al saber que en Estados Unidos están poco menos que prohibidos los cuentos con beso, eso ya lo sabíamos, pero también ¡Los cuentos de casas con piscina! Y de uno de nosotros, el venezolano Fanuel Henán, estudioso de la LIJ que nos reunía, ha nacido la divertida e indignada idea de escribir entre todos una antología de cuentos… De casas con piscina.
Y la idea de rememorar en Latinoamérica aquel ya lejano “Manifiesto contra la invisibilidad de la LIJ”, al constatar que lo que para docentes y niños ha sido un acontecimiento precioso y fértil, es casi indiferente para a la sociedad, o al menos para sus medios informativos, siempre pendientes de los nombres famosos tanto como ausentes de la cocina de los futuros lectores.
Muchos de los conmilitones, por si fuera poco, estamos implicados en proyectos para llevar la lectura allí donde no hay libros: en Bolivia, en Perú, en Argentina, en Cuba, en el Sahara, en Ecuador, en la Patagonia (con un recuerdo muy emocionado por Lelia Martínez), en toda la América del sur, sufriente y pujante. Y como tales, pensamos también en lograr un congreso de biblioteca móviles de habla española, para intercambiar experiencias y estrategias, para no dejar de soñar que un mundo que lea será un mundo mejor, más justo, más libre, más cerca de la belleza y la verdad.
Gracias, Leonor bravo, gracias, Ana Carlota González de Soria por tu cariño, gracias Gaby Vallejo, Juanita Neira, Francisco Delgado, Liset Lantigua, Edgar Allan García, Soledad Córdova, Alicia Barberis, Liliana Bodoc, Marina Colsanti, Estela Socías, ¡Alga Marina Elizagaray!, Irene Vasco, Francisco Hinojosa, Care Santos, Enrique Pérez Díaz, Mónica Brozon, Ana Lavatelli, Javier Arévalo, Zofia Beszczyńska, Fanuel Henán, Laura Antillano, Magdalena Helguera, Edna Iturralde, gracias también a Valeria, a Mary, a Camila por sus fotos, a Camiluna por tus abrazos, a Nata-Libertad por tu corazón, a Lelia por su memoria, a todos por vuestra emoción tan limpia, por dejarme aprender donde está el ecuador que nos hace iguales, el sur que nos convierte en nosotros.
Ya he vuelto. Han sido casi dos meses y otros cuatro kilos menos. En la tripa, porque en el corazón son muchos kilos más. El Sáhara es duro, y en dos meses se vive de todo: calor extremo (45 grados a la sombra, y sin sombra), frío, lluvia (y un arcoiris, “hatanet”, inolvidable), siroco y hasta una “tormenta roja”, la temible “guetma hamra”. Más duro aún cuando se está construyendo un edificio por la mañana. El Nido ya está casi listo. Más caro de lo que preveíamos, pero con la energía constante de ver por las rendijas que aquí, en España, se seguía trabajando en todos los frentes para que no falte dinero para acabarlo. Convivir con Clara y Roge, Hamida, Hassanna, Abdelahi, Bader, Skeirit, Mohammed, Zleima y Sidi ha sido una lección de vida. Vida muy temprano, cuando Clara y Roge se levantaban al amanecer, antes que nadie, para estar al pie del cañón, al pie de la carretilla, al pie del “volcán” en el que se templaba el cemento; trabajando como albañiles las más de las veces, vigilando cada línea recta siempre, inventando, innovando, mezclando sus conocimientos con la fuerza de la tradición, que no siempre es lo mejor.
Duro, sí, pero tierno también: así es el Sáhara. Con el calor del termómetro convive otro calor: el de los corazones. Los campamentos siguen en pie, y se lucha cada día por la dignidad, por la vida. Pero también es verdad que la educación (cada vez más niños y menos maestros) está en crisis. Por eso es aún más necesario el Bubisher, para contener la hemorragia, para que los niños que quieran leer y formar una verdadera cultura puedan hacerlo. Y cuando dejen la infancia atrás, tendrán el Nido, la red de bibliotecas que más pronto que tarde habrá en todos los campamentos. Las mañanas en las escuelas son una explosión de interés por lo libros, de deseo de saber. Y por las tardes, los clubes de lectura florecen llenos de fuerza. Lo hemos comprobado en este tiempo, casi incapaces de contener tanto deseo. Muchas tardes el Bubi tiene que cerrar las puertas, limitar el espacio a los mejores y sentarse a llorar por los que aún no pueden seguir el ritmo. Hacen falta más clubes, más monitoras, más voluntarios. Cuatro al mismo tiempo han sido muchos hasta ahora para que la convivencia sea fluida. Pero en las dos últimas semanas éramos ocho, y pese a todo se vivía, y sobre todo se luchaba por el futuro de cada niño.
Qué experiencias tan valiosas. No sé si estaba escribiendo, seguramente no, pero estaba “escriviviendo”. En la pasión de Zia por escribir una novela, de Tuttu susurrando sus soluciones para “El niño de luz de plata”, el cuento que editaremos este año con su firma y la de los demás niños del club de Farsía Barrio 1, entre los que me incluyo, socio, “seibani” de honor entre los niños de Enguíya. En la sed de poesía de los de Mahbés, Abdulláh al frente. En los cuentos en hassanía narrados con abrumadora profesionalidad por Niha, apenas una niña, pero con memoria digna de una anciana sabia. No hemos perdido el tiempo, no. Hemos sacado de la arena poesías, hemos afinado las gargantas para recomponer nuestro pequeño himno, el “Mano con mano (leid fi leid)”, hemos dado otra vuelta al “Lobito bueno” de José Agustín Goytisolo… Hemos visto las estrellas en una noche mágica con el telescopio de Juan Aldazoterena, hemos disfrutado de las poesías y los talleres de Luali, Chejdan, Mohamidi y Saleh.
La eterna duda, las dos maneras de ver la vida: dos meses menos, o dos meses más. Más, sin duda. Vividos entre dos calores, el del termómetro y el del corazón. Volveré. Qué digo: volveremos. No hay loco de ida sin loco de vuelta.
Me voy, casi dos meses, a Smara. A ayudar a Hamida, Hassana, Abdelahi, Clara, Roge, a los albañiles, electricistas, carpinteros (y hasta a los curiosos) acabar de construir la Biblioteca Pública de Smara, el Nido del Bubisher. Y a Daryalha, Memona, Larossi, Adala, Enguía, Hadjietu, Bachir, a todos quienes de un modo u otro trabajan en las escuelas y en los clubes de lectura, en el Bubi, a seguir con su trabajo, a hacerlo más sólido, más completo, más fértil. Y mucho más, esa porción mágica del azar que hace que cada viaje al Sáhara sea mejor que el anterior
Esta vez trataré de estar conectado, porque no vuelvo hasta finales de abril, pero a quien quiera saber algo, le pido paciencia, y también indulgencia: allí, las conexiones no son siempre seguras. Incluso sueño con hacer alguna videoconferencia desde Smara con algún colegio e instituto de la península, un auténtico sueño para mí. Podré ver el blog, y facebook, si no con la obsesión de aquí, sí con alguna asiduidad.
Y, si puedo, colgaré fotos de cómo va la obra, de los clubes, de las estrellas, de mi gente, de todos los voluntarios que voy a ver pasar en este tiempo, hasta finales de abril.
Esperadme por aquí.
Alguien lo ha rescatado, y aparece en el blog “cuentosdebrujasyotraszarandajas.blogspot.com“.
Es un delicioso (y sustancioso) discurso de Federico García Lorca en 1931, en la inauguración de la biblioteca de su pueblo, Fuentevaqueros.
¿O fue en febrero de 2011? Vosotros diréis.
“Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. ‘Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre’, piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión.
Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada.
No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.
Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?
¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: ‘amor, amor’, y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: ‘¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!’. Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.
Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: ‘Cultura’. Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz.”



