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Luchaba Aminetu en Lanzarote y luchábamos todos en todo el mundo. Palmo a palmo se peleó por la vida de la luchadora. Decenas de llamadas y mails se entrecruzaban cada hora. Y, de pronto, una voz del pasado. Hola, te llamo desde el aeropuerto, estoy cerca de Aminetu, ¿sabes quién soy? Era Nadira. La conocí cuando era una niña, en casa de Nicandro. Hace cerca de 15 años. Se parecía al Mowgli de El Libro de la Selva. Y ya era encantadora. Algún día diré por qué nos cayó tan simpática, pero pronto estaba en casa, montando a caballo y andando en bici. Se estrelló con una farola, en uno de esos paseos, de noche. Mientras le estaban cosiendo la barbilla en el hospital nos confesó que de noche no veía nada, por una dolencia de los ojos. Pero una tontería así no bastaba para que aceptara perderse un solo sorbo de vida.
Cuando se fue, dejó en la comarca un vacío extraño. Que llené con un sueño. Me levanté en plena noche con el recuerdo reciente y huidizo de algo como un cuento en el que Nadira era la protagonista. Empecé a escribir una novela con aquella historia, en la que suponía que una niña saharaui desearía con todas sus fuerzas cambiarse por cualquier niña española. Ni sospechaba lo equivocado que estaba, pero fue esa cadena de casualidades la que me llevó a los campamentos de Tinduf, para escribir aquella novela sabiendo de lo que hablaba. Fui acompañando a Nicandro, pero iba al Sáhara ciego y sordo. El sol de la hammada me abrió los ojos y, más paradojas, el siroco los oídos. Y la gente, claro. No encontré a Nadira en aquel primer viaje, pero estuve en su jaima haciendo fotos a sus amigos y otros niños vecinos. Y a Kori, a Naísma, a Fatimetsu, a Fatma. Fueron los niños los que me hicieron saharaui. Me enseñaron a decir sí chasqueando con la boca y a mirar “el nuyum”, a decir “leila sahída” y cumplirlo, alrededor de un té. A dar sin esperar nada a cambio. No recuerdo unos días más intensos en la carretera de la vida. No olvido un solo instante. Allí acabé “El beso del Sáhara”, y allí empecé a sentirme saharaui.
En otro viaje encontré a Nadira, con su madre, Fatimetu, su padre, el combatiente Lucháa, con su hermana Embarka, a la que le daba miedo la novela. De entonces es esta foto, Nadira con su cabrita. Y muchas otras, que guardo en el álbum y en el corazón.
Qué extraña es la vida. Esa sucesión de cruces de caminos no hubiera existido sin Nadira. Por eso, cuando hace un par de días recibí un correo suyo, sentí que el tiempo no existe, sólo el reloj biológico. Lo demás sucede simultáneamente: pasado, presente y futuro. Esa misma tarde me escribía Aurora, una chica de Barcelona que pronto sentirá el crujido del timón bajo la barca de la vida, cuando vaya con el Bubisher. Le decía: hay allí un niño que ni siquiera sospecha el cambio que supondrá que un día tú le leas un cuento. Y eso pasará también porque Nadira salía a la ventana de la casa de Nicandro a gritar, desinhibida y libre: ¡Tinaaaaaa! Pero eso… eso sólo lo puede entender un saharaui. Yo, por ejemplo.

Y esta es la Nadira de hoy. Al lado de Aminetu, al lado de su pueblo. Viva la vida.
Qué extraño es todo. Aquel libro que desencadenó Nadira era un auténtico despropósito. La Nadira de la novela no existía entonces. Pero ahora sí, por desgracia. Claro que hay chicas, y familias enteras, que se rinden, que se venden. Para eso, entre otras cosas, empujamos al Bubisher, para dar cultura y por tanto capacidad para decidir, y por tanto libertad. Para ser como Nadira, pero como esta de aquí al lado, la que lucha, la que no olvida, la que no se rinde ni prefiere un plato de lentejas a sus raíces y a su sangre, a la derramada y a la que está por crear. Imaginé en aquellas páginas un Rachid que cruzaba el mundo para besar los labios de una chica española buscando en el fondo de su boca el alma de Nadira. Y le decía: todo ha sido un sueño. Algún día será una doble verdad: un sueño, y también una pesadilla.
La literatura y la vida son un tejido, inacabable, misterioso, y en las páginas de un libro que habla en pasado muchas veces se adivina el futuro perfecto.
Ha muerto Rohmer. A los 89 años. Con 36 películas en nuestras retinas y en nuestra memoria. Comencé a ver su cine a finales de los años 60, en el cine Xerea de Valencia, que sólo daba películas en versión original. Ma nuit chez Maud, La genou de Claire… Lo más notable de Rohmer era la naturalidad. Parecía que no hubiera ni cámara ni dirección, ni guión, ni planificación. Los diálogos fluían como los nuestros, como los de la gente. No había más drama que la vida, en su compleja e inabarcable riqueza. Muchas de sus películas las vi sin respirar, como se bebe la vida. El rayo verde, sus Seis Cuentos Morales.

Cuando hace cuatro años decidí que quería hacer cine (estoy en ello, no desespero), soñaba con seguir la huella de Rohmer. Sin actores profesionales o al menos muy conocidos, en escenarios naturales, sin artificio alguno. Y sabiendo que quienes trataron de imitarle fracasaron, porque lo más sencillo suele ser lo más difícil. Y es que Rohmer abrió una puerta luminosa a otra clase de cine.
Ha muerto durmiendo. Es decir, soñando. Es decir: como si hiciera una más de sus películas. Eternas.
¿Para qué escribo? Ahora que el año se esfuma, puedo decir que para mí lo mejor ha sido descubrirlo por fin: nunca antes he sentido, como en Smara, cuál es el sentido de la literatura. Y lo he sentido siendo parte del torrente, leyendo para los niños saharauis los cuentos que no son de nadie. La literatura es la “libre” de García Calvo: libre te quiero, ni de mí, ni de Dios, ni de nadie, buena te quiero, como pan que no sabe su masa buena.
Y además lo he sentido en compañía de tantos que no podría nombrar a todos: pero sí a Memona y Daryalha, Larossi y Kabara, los bubisheros auténticos, los de todos los días, incluso el viernes, porque también son panes que no saben su masa buena.
La literatura es eso, caminar solo sin estarlo, ser zapato para cubrir el pie del otro, ser pie para ser protegido. No he escrito mucho, ya lo sé, y agradezco a quienes me riñen, especialmente a Palma y Ricardo, pero he estado cargando la mochila, porque no hay nada peor que escribir por oficio, por obligación y currículum: escribir con el corazón, escribir por, y nunca para. Y ahora siento que sí, que ya va siendo hora de volver a detenerme bajo una talha a ver lo que hay en la mochila, y compartirlo: sólo tengo que volver a encontrar el ritmo.
Y ha sido también el año de Aminetu, el triunfo de la vida sobre la muerte, de la esperanza sobre el desánimo: y no ya por el Sáhara, mi patria pobre, que siento mucho más en mi corazón que mi patria rica y reseca; no, Aminetu es universal, y nos ha demostrado a todos que el pensamiento puede más que el estómago, que desprendiéndose de la vida se da sentido a la vida, que tampoco la vida de Aminetu es de Aminetu, ni de mí, ni de Dios, ni de nadie: la vida es de todos.
¿Y el 2010? Le pido que nos sintamos orgullosos: de lo que hagamos cada día, de lo que escribamos cada día, de lo que llevemos a los ojos de otros, de lo que demos. Más bubisheros, desde aquí o desde allí. Aún resuena lo que me decía desde Smara hace un par de días Beatriz Navarro: “se nos queda pequeño, Gonzalo, cada día son más y más los niños que quieren entrar, leer…” El Bubisher, como metáfora de la vida.
A todos lo que alguna vez leéis esta página del mar de internet, gracias por compartir pequeños tramos de mi vida. Ya sé que hice una promesa: reflexionar cada noche, al menos un poco. Y que no he acabado de cumplirla. Lo iré haciendo, poco a poco, hasta convertirlo en una rutina más del día, tan lleno de pequeñas cosas.
Que un instituto de enseñanza media dedique el curso a hablar de caballos, libres en el monte, de libros sobre caballos, de la relación del hombre con los caballos, es poco convencional. Tan poco convencional como sorprendente y estimulante. Galicia tiene una relación telúrica con sus caballos, que en número próximo a 50.000, aún pueblan (y desbrozan, y cuidan, casi miman) buena parte de sus brañas. Allí puedes caminar entre caballos salvajes, vestigio y resistencia de una naturaleza que agoniza. Puedes observar los comportamientos sociales de la manada, sus relaciones de poder, sus lazos de sangre. En un lugar muy distante, pero no muy distinto, Tuva, asistí una noche a un suceso emocionante: había nacido un potrillo, y aunque para no dejar a los caballos al alcance de los lobos se los mete en un cercado de noche, allí se ofició una ceremonia misteriosa y reveladora: el potrillo iba a pasar la noche acostado y, por tanto, objetivo fácil para cualquier depredador. La lógica maternal nos indicaba que la madre velaría su sueño, y así fue. Pero al situarse a su lado, con la cabeza casi encima de su aún débil hijo, reclamó algo con un relincho largo, dirigido a la manada. Y a su llamada respondieron cinco o seis yeguas, que se colocaron también con la cabeza sobre el potro, formando con sus cuerpos una compacta estrella de siete puntas. O de siete grupas, con un pie apenas apoyado en el suelo, listo para repeler de una coz a cualquier invasor hambriento. Pero más sorprendente aún fue que Ular Ool (Hombre Pájaro), el guardián de la manada, nos dijera que las seis yeguas que habían respondido a la llamada de la madre tenían lazos directos de sangre con ella: hermanas o hijas, todas. Le pregunté si alguna vez venía otra que no fuera familiar de la madre. Negó con la cabeza, con una sonrisa orgullosa: nunca.
Que un instituto dedicara el año a los caballos, a los “ceibes no monte”, es algo insólito, salvo que la mayoría de sus alumnos vengan precisamente de esas brañas en las que la complicidad entre hombre y caballo tiene miles de años. Y allí estuve esta semana, en compañía de Eva Moreda, una joven escritora astur-gallega, autora de un precioso libro: O país das bestas. En él, a través de la memoria y un oscuro presente, Eva habla de esa relación tan antigua como el fuego.
El Instituto es el “Terra de Turonio”. Y no sólo ha hecho posibles lecturas y encuentros, sino que se ha esforzado para montar una exposición en el Museo do Pobo Galego de Gondomar (qué hermoso nombre) titulada así: Ceibes no monte.
Ni que decir tiene que los encuentros con los chicos de Turonio (es el nombre clásico de la comarca cuya capital es Gondomar, al sur de la provincia de Pontevedra), fueron apasionantes, porque sabían mucho más que yo de caballos. Habían leído mis contribuciones a la “literatura de caballos”, y, como es lógico, desconfiaban (algunos) un poco de mi visión romántica del caballo. El intermediario entre el hombre y la naturaleza, como me dijo aquel chamán en Tuva.
Ya por la tarde, en una sala ocupada por hombres curtidos por el viento de las brañas y el roce cotidiano con los caballos, Eva y yo compartimos mesa con Santi Veloso, el profesor entusiasta que siempre hace falta para hacer algo extraordinario e inolvidable, y nada menos que Xosé Luis Méndez Ferrín. Un hombre a caballo. Y un hombre de cuerpo entero, comprometido y valiente: irredento galleguista, preso político, poeta, narrador, pensador. Propuesto alguna vez para el Nobel de Literatura, director de A Trabe de Ouro. Pocos como él conocen la geografía de Turonio, y no sólo su geografía física, sino también su geografía humana y equina. Fue una charla inolvidable, trufada de reivindicaciones de los besteiros que llenaban la sala, y fruncían el ceño ante el retroceso inequívoco de sus tradiciones caballares. De equinofobia habló Ferrín. Y de olvido: del que han practicado los intelectuales gallegos, puesto que la novela de Eva Moreda es la primera en su historia que ha tocado el tema tan de frente.
Qué privilegio, compartir mesa con todos ellos. Y qué aroma a monte, a estiércol, a vida, llegaba hasta aquella sala. No había caballos: había caballistas. Viva la vida.
Una mujer. Una manifestación, hace ya muchos años. Los golpes, las vejaciones. Y una promesa: no me robaréis la dignidad. Golpearon a una mujer que tanteaba en la penumbra de una causa perdida, y esos golpes forjaron a una luchadora incansable.
Hoy no hace falta foto alguna, porque Aminetu no es una imagen: es una idea. La causa saharaui es mi causa también, pero esta noche no pienso en eso, porque Aminetu no ha luchado sólo por su pueblo. Cuando ella insistía en que había dejado su juventud y casi su vida por la dignidad de su pueblo, pero ahora luchaba por la suya propia, estaba dando un mensaje universal. “La sal de la tierra” es una película que dirigió en plena Caza de Brujas norteamericana Herbert Biberman, para contar cómo las mujeres de unos mineros en huelga formaron los piquetes que lograron el triunfo final. La huelga fue en 1951. Nadie recuerda qué mina era, ni dónde estaba, ni mucho menos el nombre del explotador, del tirano: lo importante fue el coraje de las mujeres. Y su victoria, frente a todo y frente a todos.
Ahora, Aminetu ha logrado, con sus manos vacías y el corazón lleno de fe, lo que nadie había logrado antes: un agujero en un muro de 2.600 kilómetros, erizado de fusiles y radares, poblado por miles de soldados. Y lo ha logrado poniendo de su parte a los mismos países que ayudaron a la construcción del muro: Estados Unidos de América y Francia. Ha derrotado a sus carceleros, a sus torturadores, a miles de policías secretos y de uniforme. A esta hora avanza seguramente bajo la mirada helada de esos mismos sicarios para abrazar a sus hijos, que van a vivir con Madre y con Dignidad, pero que habrían vivido sin madre, pero con dignidad.
Si Aminetu se hubiera rendido, habría muerto la esperanza. Si Aminetu hubiera muerto, la esperanza se habría rendido. Esta noche he escuchado a través del teléfono los ezgarit de las mujeres de los campamentos, las cubas convertidas en miles de tambores: es su primera victoria en la paz. No será la última. Todos los muros acaban por caer. Sólo hace falta que una mano arranque el primer adobe. Ahora quedan seis hombres y una mujer en una cárcel tenebrosa. Y tampoco necesitan imagen para ver la luz: sólo una idea. Aminetu. La sal de la tierra.
Hoy me ha escrito una amiga. Una compañera. De vida, de aliento, de mañana, de hoy, de ayer. Me ha dicho, con cariño, pero con firmeza,que tengo muy abandonada esta página. Tiene razón. La urgencia me llama a otras páginas: a la del Bubisher, donde hay que seguir. A los innumerables foros en los que gente de buena voluntad lucha por la vida de Aminetu Haidar. A los innumerables foros en los que desalmados insultan y vejan a Aminetu, se burlan de los que la apoyan. De los humildes, de los humanos.
Qué lejos queda la literatura en esta larga veintena de días. La literatura se nutre de la vida, no tiene ningún otro sentido. Y la vida pasa estos días por la lucha de una mujer sin más armas que la suya. dispuesta a ofrecerla por su dignidad, pero también por la mía, por la tuya.
Te lo prometo, amiga: reflexionaré cada noche en esta página sobre literatura y vida, o al revés: sobre vida y literatura.
Y pego ahora tus preciosas palabras, tu lucha de palabras contra la muerte y el olvido. Sé que querrías que no lo firmara, que no pusiera tu nombre. Lo respeto. Y, además, es así: la literatura no tiene dueño, es de todos.
Hoy, lleno de rabia, prometo seguir escribiendo, porque es lo que mejor sé hacer para luchar por la vida que nos une, por la raíz común que me obliga a ser hermano del que se burla de la lucha de Aminetu, de sus carceleros españoles y marroquíes, de sus torturadores también.
Ahora mismo entra en mi bandeja de entrada la firma de otro escritor, de un grande verdad, para una carta al Rey, desesperada, casi desesperanzada. Eso es también la vida.
Y estas, las palabras de mi amiga. No pases de largo, ayúdanos a seguir reflexionando.
MUROS
De la vergüenza, del olvido, de la sinrazón. Muros de piedra y de espinos, muros de minas antipersonas, de alambradas, muros de fuego. Fronteras que destruyen, que separan, que matan.
El cielo y el mar, espacios abiertos, símbolos de la libertad, son hoy muros de aire infranqueables que separan Lanzarote del Aaiún. Barrera de media hora de distancia, de 21 días de angustia, de inexplicables actuaciones políticas y diplomáticas.
Y en esa cárcel de muros invisibles, aeropuerto, lugar de idas y venidas, de despedidas y encuentros, un ser humano se está muriendo por defender su dignidad, por pedir, qué gran crimen, que la dejen regresar a su hogar, con sus hijos, con su madre.
Muros de silencio, de ojos cerrados, de palabras que hieren, de mentiras que deforman la realidad.
Y frente a tantos muros, las voces que se alzan pidiendo que no muera la esperanza, que no se apague la luz de la razón. Porque la vida no vale nada si el miedo la amputa, si el individualismo la ciega, si la dignidad deja de ser digna.
Por Aminetu Haidar, y por todos los que hoy luchan por un mundo más digno, hoy te nombro LIBERTAD.
A toda velocidad, porque la situación así lo requiere, estamos recabando firmas de escritores españoles y saharauis (y del mundo) que quieran mostrar su solidaridad con Aminetu Haidar, así como su exigencia a nuestro gobierno para que de fin a su calvario haciendo que Marruecos le devuelva su pasaporte, y permita que viva en su casa, en El Aaiun.
Si alguien que lea esta página conoce a algún otro escritor, por favor: remítesela, no importa si ya la ha recibido. Es urgente.
Queridos amigos:
Hace algún tiempo os pedimos la firma y la voz para llamar la atención de la sociedad sobre la injusta y larga situación del pueblo saharaui en el exilio y en el olvido.
Hoy volvemos a pediros lo mismo, firma y voz, para lo que creemos justo: ponernos al lado de Aminetu Haidar, la luchadora pacifista saharaui que, como sabéis, se ha declarado en huelga de hambre “hasta la muerte” si entre los gobiernos español y marroquí, culpables de su situación, alejada de su patria y su familia, no le devuelven el pasaporte, y le permiten poder viajar libremente.
Por favor, adjuntad el número del DNI, como única formalidad.
Os pedimos rapidez en la firma, puesto que Aminetu necesita nuestra solidaridad y nuestro apoyo sin tardanza, dada su mala situación de salud.
El viernes 27 daremos por finalizada la recogida de firmas, puesto que en esta ocasión la celeridad es más importante que la cantidad.
Con la misma celeridad os pedimos que la reenviéis a vuestros amigos y colegas de profesión que creáis oportuno.
Os recordamos que en la anterior carta abierta contamos con la firma de escritores como José Saramago y Eduardo Galeano que en esta ocasión ya han escrito sus propias cartas.
Gracias.
Por Escritores por el Sáhara:
Ana Rossetti, Ricardo Gómez y Gonzalo Moure.
Texto de la carta:
Los escritores saharauis y españoles queremos manifestar nuestro apoyo y solidaridad con Aminetu Haidar, actualmente en huelga de hambre en el aeropuerto de Lanzarote.
Creemos que el papel jugado por España es inadmisible, al aceptar el encargo de Marruecos para que Aminetu entrase en nuestro territorio sin pasaporte, colocándola en una situación por la que no puede regresar a su casa, en El Aaiún, Sáhara Occidental.
Queremos manifestar nuestra admiración por la figura de Aminetu Haidar, que pese a haber pasado cuatro años en cárceles marroquíes, volvió a su patria sabiendo que iba a ser nuevamente detenida, lo que sucedió hace cuatro años. Tras su detención fue golpeada y torturada y no recibió asistencia médica durante meses. Por su incansable y su pacífica lucha por los Derechos Humanos, ha recibido durante este tiempo numerosos premios, como el “Juan María Bandrés” y el “Robert Kennedy”.
Ahora, consciente del peligro que corre, Aminetu reclama a través de su huelga de hambre su derecho a residir en su patria sin aceptar que el Sáhara Occidental sea Marruecos, que es lo mismo que mantiene la ONU a través de numerosísimas resoluciones desde 1976.
Nuestro gobierno, que colabora en frentes económicos, sociales y culturales con Marruecos, debe exigir de este país que cumpla sus obligaciones en el respeto a los derechos humanos, entre los que figura destacadamente el de residencia.
En consecuencia, pedimos al gobierno de España que haga todo lo necesario para que Marruecos acepte su regreso a su patria sin represalias y sin aceptar recortes en sus derechos, en cumplimiento de los compromisos adquiridos libre y repetidamente por el Parlamento de España, en apoyo al derecho a la autodeterminación de los saharauis.
Hacemos notar que la vida de Aminetu corre verdadero peligro si nuestro gobierno no actúa en justicia, deshaciendo su error inicial de aceptar la irregular maniobra de Marruecos.
Fdo:
Gonzalo Moure
Ricardo Gómez
Ali Salem Iselmu
Remitid vuestra firma al correo: mouregonzalo@telefonica.net
O al correo: poemariosahara@telefonica.net
Llego de Canadá agotado por el larguísimo viaje y me encuentro con Aminetu Haidar retenida por los gobiernos marroquí y español, en clara connivencia, en el aeropuerto de Lanzarote. ¿De qué debo hablar?
Hace un par de años, la última vez que Aminetu viajó a El Aaiun para compartir la suerte de sus compatriotas, escribí este texto que alguien ha recuperado para hacerlo correr por internet:
“Una mujer sola, con sus manos desnudas y su melfa engalanada, puede más que el estado invasor y los estados cómplices, más que la cobardía española y la vesania francesa, más que el petróleo que quieren robar y que los fosfatos que ya han robado: la hidra de cien cabezas no puede nada frente a la sonrisa de Aminetu, el recuerdo sagrado de Gandhi, la protesta de las manos abiertas: caerán si la vuelven a encarcelar, y si no la encarcelan manarán rosas de sus huellas y cuando esparzan su aroma, también caerán. Rendíos: Aminetu está en El Aaiún.”
Ahora que está en Lanzarote, habría que cambiar algo: “Ríndete, Moratinos, Aminetu está en Lanzarote”.
En facebook, en la página de Sáhara-Bubisher, hay varios frentes abiertos para soludarizarse en la lucha pacífica -y pacifista- de Aminetu.
¿Y Canadá? Invitado por los ministerios españoles de educación y cultura, y por Alberta Education, he tenido la suerte de visitar ocho colegios de educación bilingüe inglés-español, dos reuniones con profesores de español en Calgary y Edmonton, y una reunión con universitarios en la Universidad de Alberta.
Muchas cosas a destacar, pequeños y preciosos detalles, y grandes líneas. Entre estas: una enseñanza mucho más abierta y relajada. No tan basada en la memorización como en la nuestra, sino en el estímulo del conocimiento. Y, por lo que he visto, de mucho mejor resultado. Segundo, buena implicación de los maestros y profesores. La reunión de la Universidad, a última hora de un viernes, fue una maravilla de asistencia y participación.
En cuanto al nivel de la enseñanza bilingüe, ya quisiéramos algo así en nuestro sistema. Sólo una vez tuve que ser traducido a una niña por un maestro. E intervenían sin cesar, desinhibidos y felices.
Una anécdota: hice un taller sobre la escritura desnuda, con el mínimo de palabras, y propuse una “novela” de once palabras que con sólo nueve es aún más inquietante. Una niña, canadiense, me respondió en un rato con otra de ocho, que firmaría Monterroso sin dudarlo:
“Reina quería matar a Rico, pero le amaba.”
Pero en fin, a la vuelta me encuentro con nuestro inefable gobierno haciendo el trabajo sucio de Marruecos, con Aminetu Haidar, la Gandhi saharaui, sin pasaporte y en Lanzarote. En estos momentos todos nos estamos movilizando para solidarizarnos con ella y con los demás luchadores pacíficos de los territorios ocupados por Marruecos con la complicidad de España, o mejor de sus sucesivos gobiernos.
Siento tanta vergüenza como admiración por Aminetu, capaz de ofrecer su vida por su pueblo, teniendo dos hijos de corta edad. ¿Qué hacer? Una chica negra, en Canadá, alumna de la Universidad, me dijo: “Mi papá dice que las palabras son más duras que las balas”. Pues eso: escribiendo, por ejemplo, YO TAMBIÉN SOY AMINETU.
Y mientras nosotros nos deslizamos por esta vida cómoda, o la vida por nosotros, mientras nos quejamos de la conexión, del precio del gasóleo, de la lluvia que no nos deja caminar fuera de las aceras, el Sáhara se hace lejano, cada vez más lejano.
Allí, aún es verano. Un horno para cada uno, que lo rodea y lo asfixia. Hemos estado en otoño, pero las horas del mediodía, desde las 12 hasta las 6, son insoportables. Pensar en el verano, cuando el termómetro no baja durante el día de los 50, ni de noche de los 30, duele, se hace aún más duro.
Insoportable también pensar que a la escuela Brahim el siroco se le llevó el techo, que los niños de la escuela Brahim beben agua cuando la hay, que la ayuda internacional apenas llega para darles un trozo pequeño de pan a media mañana.
Insoportable pensar que escriben en pizarras de letras ya invisibles. Sin libros de texto, a veces sin esperanza. Que el Bubisher es una gota de agua en un desierto sediento.
Los saharauis, antes de la invasión, cuando vivían junto al mar, cuando su tierra era suya, tenían una maldición: ojalá te destierren a la hammada. Tierra tan estéril, dura, ausente de belleza ni de caridad, no he visto nunca. Las caravanas que iban de Smara a Tombuctú ni siquiera se detenían en aquella hammada maldita. Dormían en sus monturas, los camelleros: ni poner el pie en su suelo de víboras y escorpiones, les gustaba.
Y allí están. Alguien en su despacho confía en que un día mueran abrasados, o que huyan hartos. Pero allí la vida. No se sabe por qué, allí la esperanza, allí la paciencia. Que se agota. Y nos ofendemos si les oímos hablar de guerra. Cuánta hipocresía, cuánta ignorancia del verdadero sufrimiento.
Escribí este mes de octubre en una tarde de hierro. Nada se movía en el campamento. Hacerlo era peligroso. Mover la mano con el bolígrafo cansaba.
El ángel de la hammada. Casi una blasfemia.
El ángel de la hammada
descansa a esta hora larga.
Nada se mueve en el laberinto
de adobe, duermen los niños
en los pliegues de la mehlfa,
hierven las piedras
entre la arena.
El ángel de la hammada
afloja la garra de la condena,
contempla a sus presos
y siente pena.
Por el niño que hierve
bajo las moscas.
Por la mujer que llora
la fiebre de la carne
de su carne.
Por el soldado que carga
su fusil con balas vacías.
Por el maestro que enseña
con lápices rotos.
El ángel de la hammada
ya se despereza, aleja
la compasión como a las moscas.
Afila el cuchillo,
aviva los hornos bajo la arena,
seca los pozos con aliento de fuego.
Termina la siesta,
el anciano mumura
una plegaria, ruega a los cielos
que venga pronto y les ayude…
El ángel de la hammada.
El 30 de junio del año pasado reseñaba aquí el libro de Alfredo Gómez Cerdá, Barro de Medellín, un retrato magnífico del fenómenos cultural más asombroso de los últimos años, en todo el mundo: que media docena de macro-bibliotecas, instaladas en los barrios más conflictivos de Medellín hubieran dado la vuelta a la ciudad convirtiéndola en capital cultural de América. Estuve con Alfredo en Medellín, en aquel viaje asombroso del que nació Barro de Medellín, y me siento orgulloso de compartir con él la misma fascinación.
Carmen Carramiñana había sido jurado del premio Aladelta, y nada más darle el premio al libro ya me había dicho que estábamos ante una preciosa novela. Y así es. Enhorabuena a Alfredo, que supo captar el orgullo de los niños de Medellín por sus bibliotecas, y ahora lleva ese sentimiento los corazones aturdidos y atiborrados de nuestros escolares para, ojalá, despertar en ellos el eco.
Si aún no la habéis leído, a por ella.



