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Esta imagen dice más de lo que soy capaz de decir. Es del Bubisher, sí, y no está retocada con ningún programa. Es el ojo de Clara y Roge, simplemente, como es también el mío y el tuyo: cuestión de punto de vista. Es también la metáfora del balance de un año raro y maravilloso, y el deseo de un año igual de raro y de maravilloso. Es el Bubisher, pero también representa todo lo demás: lo escrito, lo publicado, lo soñado, lo proyectado. En esta foto hay algunas personas reales, pero también están las que quisiera tener también a mi lado siempre: todos los amigos, todos aquellos que creen que la realidad es algo que merece ser cambiado. Todos los niños y jóvenes a quienes he visitado en sus centros, y especialmente los de Yolanda y los de Rosa, por tanto cariño. Pero también los maítos de Leticia, con quienes compartí a ese pedazo de poeta y de persona que es Antonio. Y los de Canadá, y los de Suecia, y los de tantos colegios e institutos. Y, por supuesto, Mahyuba, y Abdulláh, y Fati, y todos y cada uno de los que están ahí, en el techo del Bubi, en persona o en espíritu. Mucho hecho, pero mucho más por hacer. En este año que está a punto de comenzar publicaré un libro con Inés, otro con Alicia, otro con Mónica, y otro con todos los niños de Farsía, y encuentro cada vez más placer en compartir, tanto casi como en buscar nuevas respuestas a mis preguntas más antiguas: ¿qué es escribir? Nada, si no se vive lo que se escribe, nada si tomo al lector como un simple receptor pasivo. El Bubi tiene sitio para muchos, para muchísimos más, y siento lo mismo con lo que escribo: el espacio está aún por descubrir. A todos, gracias por un año raro y maravilloso. A todos, mi deseo de rarezas y maravillas.

Nunca he hecho esto en la web. Colgar un comentario o una crítica positiva de un libro propio me parece patético. Pero lo voy a hacer una vez, porque lo que dice un chico (Héctor F. Sánchez en la página http://eltiramilla.com/el-alimento-de-los-dioses-de-gonzalo-moure/), me ayuda a reivindicar la reedición de uno de mis primeros libros, “El alimento de los dioses”. En efecto, fue descatalogado por Bruño hace ya casi diez años. La edición fue del inolvidable Miguel Ángel Diéguez, un editor como pocos que ya nos dejó, y que supongo que estará comiendo “Sky potato” y disfrutando de la literatura de los ángeles. Así quise titularla, Sky potato, en su día. Pero no fue posible por el anglicismo, mientras que “La patata del cielo” quedaba un poco pedestre. Entre Miguel Ángel y yo, casi a última hora, le pusimos el título con el que fue publicada. Solo un par de meses más tarde supimos que ya H.G. Wells había publicado una novela con el mismo título, y que incluso hay una película que también se llama así.

Publico la opinión de Héctor (gracias) con la esperanza de que algún editor se anime. Es verdad, salió fuera de modas, cuando este género literario estaba en horas (o décadas) bajas. Ahora, hasta podría ser considerado “oportuno”, lo que tampoco me gustaría demasiado. Pero quién sabe lo que sucede cuando se arroja una botella al agua.

La novela surgió de una discusión en la cocina (debía de ser el año 1990) con el músico y biólogo (y polemista) Antonio Resines: ¿qué pasaría en el mundo si apareciera un alimento perfecto? Antonio dibujó un panorama idílico. Yo opté por la opinión contraria. Y de la cocina salió mi promesa de novelar mi visión del mundo. Fue antes de las pateras, antes de que creciera la sensación de que se está armando un mundo occidental encastillado. Mucho antes de que el parlamento europeo debatiera la posibilidad de negar derechos laborales a los inmigrantes, de que el parlamento francés aprobara una ley por la que un ciudadano puede pasar cinco años en la cárcel por acoger en su casa a un inmigrante ilegal. Pero en fin, a “Sky potato” le di un final abierto a la esperanza: volver a empezar.

Esta es la reseña de Héctor. ¿Hay algún editor por ahí?

Libro independiente
Rama: distópica
Ficha de autor
Estado: Descatalogado.
Primera y última edición: Bruño, abril-diciembre 1996
Valoración: 4 sobre 5

Belatrix y Berenice –gemelas in vitro- realizan junto a su padre el mayor descubrimiento del siglo XXI: una patata que posee todos los nutrientes necesarios para la vida y que se puede cultivar prácticamente en cualquier sitio. ¡Genial!, podemos pensar, así se acabará el hambre en el mundo. Pues bien, trescientos años después conocemos a Skiopul, un joven de 14 años que trata de sobrevivir en las ruinas de un lugar llamado Ciudad, donde la escasez es la norma y hordas humanas rapiñan todo lo que pueden. ¿La única ventaja del chaval? Que sabe leer, y gracias a eso descubrirá en unos cuadernos la causa de su desgracia: la ambición de unos pocos que envenenaron el alimento milagroso y sumieron el planeta en el caos total. Acompañado de Saba, una avispada chica de su edad, viajará por medio mundo para conocerse a sí mismo y asistir en primera fila al escenario de las maravillas y atrocidades de las que es capaz el hombre. Motivados por el sueño de la esperanza, los dos son la viva muestra de que, como dice el propio Skiopul “la Historia siempre parece morir, pero, en realidad, siempre está naciendo”.

Esta novela es una de aquellas que se disfruta más tras cada relectura, que llama a tu conciencia para que reflexiones sobre lo que sucede a tu alrededor. Muy a mi pesar, se encuentra descatalogada desde hace más de diez años, que fue más o menos cuando la leí por vez primera. Gonzalo Moure sabe cómo entrelazar diversos momentos en el tiempo sin perder el hilo, dotando así a la trama de una solidez y coherencia muy atractivas. A pesar del desolador panorama al que asiste el lector, que contempla un retroceso mundial, el retrato de las vivencias de los protagonistas es ágil y mucho más optimista de lo que pueda parecer en un principio. Y este es otro aspecto muy efectivo, los personajes; las diferentes experiencias por las que pasan todos ellos reflejan perfectamente sus personalidades, cuyos matices y grises pueden conocerse sin necesidad de demasiados detalles. Pero hay un rasgo todavía más interesante que forma parte del propio mensaje de esta breve novela, y es el conocimiento de que a pesar de estar viviendo en épocas diferentes, los sueños y miedos de Brunn, Balath –dos cazadores de Próximo Oriente-, Skiopul, Saba y el resto de figurantes son muy similares. Además, un verbo ágil y sencillo nos transporta por el mundo de El alimento de los dioses sin centrarse demasiado en lo dramático, aunque posee cierto tono melancólico.

Considero esta obra un excelente ejemplo de narrativa sin ambiciones de estilo que debería rescatarse para el disfrute de todos. Aún más, visto desde el punto de vista comercial, nos encontramos ante una distopía, un género muy atractivo y exitoso en la actualidad: ojalá este factor sirva de aliciente para que la vuelvan a publicar. Tiramillote, si tienes un ejemplar considérate afortunado, pues posees una novela apasionante, aunque sin duda eso ya lo sabrás.

Vuelvo de Smara, mi pueblo. En un mes he adelgazado nueve kilos: son los kilos que aún nos sobran, la esencia lípida que separa, como en “El beso “de Limam, la boca hambrienta de África de los labios siliconados de Europa. He adelgazado y he sido feliz. Hemos comenzado a levantar la Biblioteca Pública de Smara, el Nido del Bubisher. Clara y Roge, nuestros arquitectos, siguen allí aplicando la imaginación  a la construcción de un complejo abierto y espacioso: humilde como todos los efímeros edificios de los campamentos, pero atractivo: será biblioteca, aula, cine, salón de lectura, jaima de los panes y los peces de la lectura. Hecho con adobe y entrega.

Pero estos días han sido mucho más. Nos hemos movido a bordo del Bubisher y en los escondidos puertos de los barrios de Smara hemos encontrado un silencioso ejército de niños que sueñan con el camino infinito de la cultura: Abdulláh, que nos sorprendió recitando los últimos versos del “Lobito bueno” de José Agustín Goytisolo, y que luego nos pedía “más poesía” en la fiesta de aniversario del Bubisher. Mahyuba, de once años apenas, con quien mantuve la más maravillosa conversación sobre literatura en la que he participado nunca. Alia, que en la escalera del Bubi entendió como nadie lo que significa leer, más allá de juntar sílabas, y que después lo demostró ante los niños de Farsía leyendo la primera página de Elmer desde el sentimiento más profundo. Zia, que devora libros en su jaima bajo la manta, con la linterna encendida alumbrando su futuro. Cheguali, el niño melancólico de Hausa que guarda como un tesoro las razones de su tristeza. Batah, el chaval del colegio de Abda que dibuja como un alumno de bellas artes sin que nadie le haya enseñado nada y sueña con ilustrar un libro. Kori, el niño que estuvo en verano en Asturias y que ha hecho suyo Palabras de Caramelo. Fatimetsu, la mujer que fue niña e inspiró hace 11 años ese mismo libro, y que ahora quiere ser, a pesar de su sordera, voluntaria del Bubi. Y Karkaza, y Hussein, y Rhim y Menina y el pequeño Hassana (al que podéis ver ahí arriba, pico en mano, bajo la protección de Hamida). Y todos los niños y niñas que han recibido como tesoros las cartas de los alumnos del Julio Caro Baroja de Málaga, y que han contestado inflamados de sueños. Y Tuttu, que marcó el camino para escribir en el aire “El niño de luz de plata”, que será uno de los primeros libros del Bubisher.

“El niño de luz de plata” es un cuento colectivo. A menudo, aquí en España, defendemos los libros y cuentos que hablen de la realidad, que digan a los niños de la meliflua Europa que debajo de la fantasía hay un suelo. “El niño de luz de plata”, que firmaremos todos los asistentes a esa inolvidable “Tarde del Bubisher” en el barrio 1 de Farsía (Memona, Enguía, y casi veinte niños del vecindario) es todo lo contrario: por encima del suelo de polvo y piedras de la Hammada, nos sobrevuela la fantasía. Y la luna, de la que Neshé es confidente nocturno. Y de la que una tarde empezó a bajar una escalera de plata.

Más que nunca, mientras luego contaba el cuento a chicos de otros colegios y barrios y Clara Bailo lo hacía aparecer como por arte de magia en un papel traslúcido instalado en el Kamishibai de Jóse, he comprendido el sentido de lo que unos cuantos locos estamos haciendo allí: enseñar que para soñar hay que elevar los pies del suelo, y que eso requiere un esfuerzo. Viajamos a los campamentos para enseñar, pero sobre todo aprendemos. Y ofrecemos el Bubisher, y ahora su Nido, a todos los que quieran aprender enseñando, a tener dando. Tanto, que debería ser obligatorio pasar allí unos meses (o en Guatemala, o en El Salvador) antes de dedicarse aquí a la enseñanza.

Vengo, he venido, pero aún estoy allí: aquella es mi patria, la de la fantasía, la que me hace libre entre el dolor del exilio y el polvo del siroco. Ese “Niño de luz de plata” será libro bilingüe, para que se pueda soñar desde los dos extremos, ricos y complementarios, para que sea de ellos pero también nuestro, lección viva para las clases de hassanía de Bachir, nuestro profesor. Lo ilustrará Batah y será su sueño de tinta y plata. Lo abriremos con orgullo, ni de izquierda a derecha, ni de derecha a izquierda: como el mundo inclinando su eje hasta ser igual, de todos, para todos.

He perdido nueve mil gramos. Quiero merecer nueve mil amigos.

Voy a estar un mes fuera. O dentro, según se mire. Me voy al Sáhara, me voy al Bubisher. Y en unos días pondremos todos juntos, saharauis y voluntarios de aquí, el primer adobe de El Nido del Bubisher, la biblioteca fija, casa de cultura, casa de libros y de sueños.

Y creemos que en estos momentos de tanta rabia y tanto dolor, es la mejor respuesta contra la barbarie. Queremos decirles a los niños y a los jóvenes del Sáhara que las palabras llegan más lejos que las piedras. Mucho más lejos.

Algunos de los pocos que leáis esta página sois ya amigos del Bubisher, o parte de nosotros. Sabed que llevo también vuestro aliento.

No podré recibir correo en un mes, ni tal vez leer vuestros mensajes aquí. Pero los sentiré. Un abrazo.

Le dedico este comentario a Luisa, que lucha todos los días y, por tanto, es imprescindible.

Hace ya quince años que viajé por primera vez al Sáhara. Esta mañana, en un colegio de Gran Canaria, trataba de explicarles a los niños por qué uno de mis libros se llama Los Gigantes de la Luna. Los Ben Hilaliyin, literalmente hijos de los gigantes de la media luna, vivieron en el Sáhara antes de la llegada de los árabes. Dejaron como huella sus tumbas, y poco más. Pero dejaron ese nombre: Gigantes de la Luna. En aquel libro quise rendir un homenaje a un pueblo que pese a todas las traiciones, todos sus sacrificios, todos los olvidos, todo el expolio de su suelo, de su mar y de su memoria, jamás se ha puesto de rodillas. Un pueblo que ni siquiera inclina la espalda para pedir lo que es justo. Por eso: porque es justo. Un pueblo generoso, hospitalario, compasivo con el enemigo, que sigue con la vista clavada en las estrellas, la frente alta, la jaima abierta. Soy saharaui, tanto como español, tanto como ciudadano del mundo. No creo en las fronteras: en ninguna, ni siquiera en la del Sáhara. Las tenemos que borrar. Pero desde la dignidad, desde el derecho a hollar el suelo de cada uno, a la memoria, a la cultura. Por eso quise llamarles así, Gigantes de la Luna, un título a añadir al de Hijos de la Nube que llevan con orgullo. Parte de mi orgullo.

Luché, lucharé, por sus derechos. Al mar, al suelo, al cielo. Daría mi vida por esos derechos en cualquier rincón del mundo, pero elegí al Sáhara a través de sus niños. Tantos: Fati, Kori, Nadirah, Fatma, Suleiman, Salma, Gonzalito, Salama, Salek, Naísma, Embarka, Aziza, Monna… Ellos me enseñaron a querer, a hablar, a nombrar a las estrellas, a ponerme el suave turbante, a beber el té de la amistad.

La solución a su problema es tan fácil que es dificilísima: basta con que la ONU cumpla con sus propios principios, que permita que los saharauis elijan su destino. No creo que los marroquíes sean sus enemigos. Su régimen invadió el Sáhara Occidental y se aprovecha de sus riquezas. Pero los ciudadanos de Marruecos, incluso los que creen que el Sáhara es suyo, son dignos de respeto. Y así responden los saharauis: como gigantes de la media luna, resistiendo en el peor desierto del mundo su exilio, o sufriendo en su propio suelo el expolio, y luchando con la paz, con la no violencia. Galia Yimmi lo dijo el otro día en Gijón. Ella estuvo años desaparecida en una mazmorra, violada, golpeada, con una venda en los ojos. Pero dijo que ha aprendido a amar la paz, a luchar con no violencia contra la violencia. Galia, gigante de la luna. Sin venganza ni revancha, pero sin olvidar su derecho, su historia, su cultura: su esencia. Lo escribió también Limam Boisha, el poeta, en un reciente artículo: ningún pueblo del mundo merece tanto como el saharaui llevar el estandarte de Gandhi: resistir, responder con las manos vacías a las balas, a las porras, a la intolerancia.

Hace un par de semanas, grupos de chicos desesperados a los que ni siquiera les es dada la patera, decidieron por su cuenta irse a un campamento improvisado, para protestar por la falta de posibilidades en su propio suelo, que sin embargo es rico. Y pronto les siguieron adultos, niños, y ancianos. Y llamaron al campamento Campamento Dignidad. Y allí están. Sitiados por hambre, por sed. Por falta de medicinas. Se han levantado campamentos semejantes incluso en el sur de Marruecos, Guleimin, Tam Tam… allí donde sufren y malviven los saharauis, como ciudadanos de segunda. Y uno de esos niños que querían unirse a la protesta ha muerto. La ONU se lava las manos. La ONU tiene allí un ejército de cascos azules, que son los únicos del mundo que no tienen competencia en derechos humanos. Bastaría con que la ONU asumiera esa responsabilidad para que todo ese sufrimiento cesara. Para que el invasor no pudiera matar impunemente, para que la familia del niño pudiera enterrar su hijo, a su hermano. Para que nunca más.

¿A qué esperan los poderosos del mundo, nuestro gobierno? Tal vez a que se desesperen y cojan un arma. Entonces serán arrasados. No les darán esa excusa. Son Gigantes de la Luna.

¿Y nosotros? En esta misma página te he pedido un beso. Que seas socio del Bubisher, para que los niños de los campamentos, y puede que los de los territorios ocupados, tengan acceso a la lectura, a la cultura, a su propio destino. Esa es nuestra mejor contribución, nuestro mejor mensaje de duelo por la muerte de Nayem, un pequeño de 14 años, inocente, sin culpa. Que habrá muerto sin ese libro en las manos.

Seguiré, seguiremos muchos. Hoy los niños no ríen en el Bubi. Seguro que lloran. Volveremos a reír juntos. Aprenderemos a esperar, a luchar con la paz. Intentaremos ser gigantes.

Ya ha empezado el curso en Smara. Con muchas, muchas novedades. El Bubisher crece, se hace cada vez más grande, y esconde cada vez más proyectos entre sus plumas. Han estado allí Ana, Raquel, Susana, Clara, Roge, Ricardo. Han hecho una fiesta en medio del calor, han disfrutado del cielo protector. Y han puesto la primera piedra de la que será la biblioteca fija, “El nido del Bubisher”. Y allí están aún Clara y Roge, arquitectos bubisheros, diseñadores del proyecto, rediseñándolo sobre la arena con la ayuda de Jamida, que dirigirá el fondo y las actividades del Nido. Y hoy ha llegado Aintzane, la primera voluntaria de turno, la primera de la larga lista de visitas de este año.

Todos vuelven felices, con entusiasmo nuevo. Son ya tres años de trabajo, de sueños que podían parecer irreales al principio, transformados en una realidad que, ahora, es más osada que cualquier sueño. El Bubisher ha ido más allá, y el horizonte es infinito. Hemos hecho mucho, paso a paso, equivocándonos, cayendo a veces, levantándose siempre. El Bubi es Memona, Daryalha, Larossi, Jamida, pero es ya muchos saharauis más, porque el curso de bibliotecas y promoción de la lectura que han dado Ana, Raquel y Susana, ha contado con más de 20 jóvenes que ya son amigos del Bubisher. Los necesarios, los imprescindibles: los propios saharauis.

Y ahora queremos un beso. El tuyo. No seremos nada si dependemos de subvenciones y premios (aunque no los rechazamos, y nos sirven para hacer atajos). No seremos nada si no contamos contigo. Queremos que seas amigo, socio del Bubisher. Que te comprometas con nosotros a la cantidad fija anual que desees, de 20 a 100 euros, lo que quieras, para saber con cuántos amigos y con cuánto dinero contamos cada curso nuevo. Con ese dinero tenemos que pagar los modestos sueldos del personal saharaui, edificar la biblioteca, comprar material, libros.

Nos está ayudando mucha gente: colegios, institutos. Y sobre todo, Librerías con Huella, que va a hacer posible este año la construcción de la primera fase de la biblioteca fija. El ayuntamiento de Fraga, que cada año nos da una importante subvención sin la que no podríamos haber empezado siquiera. El gobierno vasco que nos donó el primer camión y que ya estudia la donación de otros vehículos ligeros. Pero aún queremos más tu contribución, tu compromiso, que seas uno más en esta pequeña era que está devolviendo el mar al Sáhara: el de los libros, el de los sueños, el de la cultura, que es la única llave del futuro personal y colectivo.

DAME UN BESO. Dame tu mano. Y si no te puedes comprometer con una cantidad fija anual, este es el número de cuenta de la Asociación, en la que siempre puedes hacer un pequeño ingreso: 2100 3897 84 0200088962. Pero si lo que quieres es ser socio, escríbeme a mouregonzalo@telefonica.net y te diré cómo hacerlo. Y si lo que quieres es ir allá, de voluntario, dímelo también. O escribe a Luisa, <lsanchezmen@uoc.edu> La lista está ya espesa, pero Luisa encontrará el hueco.

Y recuerda esos bellos versos de Limam: Un beso, solamente un beso, separa los labios de África de la boca de Europa…

Y por si es la primera vez que te encuentras con la palabra Bubisher (aunque me extrañaría), significa pájaro de la buena suerte. El que traía la lluvia, la visita de su ser querido. Y ahora significa libros en las escuelas para que los niños de los campos de refugiados del Sáhara, nietos de españoles con carnet pero condenados al casi olvido puedan leer y querer aprender. En español, en árabe también. Y significa también biblioteca rodante, y dentro de poco biblioteca fija. Todo eso nos traes, bubisher, bubisher, ajbar eljer.

Vengo de Suecia. Torturado por las compañías aéreas, pero feliz por lo encontrado y lo vivido. Paradójicamente viajé no hace mucho a Túnez y no encontré nada allí, porque la dictadura consentida (y bendecida) por Europa no deja que entre siquiera un libro por la frontera/censura. Pero aquel viaje me llevó a este, y aquí sí, en la primera penumbra del otoño escandinavo, he visto luz, mucha luz. Y eso que las elecciones no auguran un futuro inmediato demasiado halagüeño para la solidaridad. Pero será algo pasajero, porque Suecia es inmensamente rica en cultura, en generosidad, en calor humano. Leía en el avión la magnífica historia de Mónica Zak, “La hija del puma”, en la que se cuenta la contribución de suecos casi anónimos a la redención de Guatemala en los años 80, cuando aldeas enteras eran aniquiladas por los soldados por el simple hecho de aprender a leer. Una ayuda en la que Mónica siguió colaborando hasta hoy. Un gran personaje, a pesar de su apariencia frágil: de aquí para allá, hoy en Göteborg, dentro de poco en Kurdistán, siempre en Centroamérica, la primavera que viene en Smara, con el Bubisher. Periodista, escritora de “escrivivencias”, autora de “Hadara, el niño avestruz”, que leeremos en castellano la próxima primavera en Anaya. Hemos compartido estos días muchas cosas: en Estocolmo, la preciosa actuación de Silvia y Mónica en el Cervantes. Y en Göteborg una feria del libro que me ha emocionado. Una feria dedicada a África: “África tiene la palabra”. Y un formato participativo, comunicativo, casi frenético. Los expositores van a vender sus libros, cómo no, pero cada pequeño espacio está ocupado por un pequeño foro en el que ininterrumpidamente unos y otros hablan de libros, de experiencias, de bibliobuses, de países que buscan en la cultura la semilla de la libertad. En uno de esos foros, Rabab Amidane. Encarcelada en su patria, el Sáhara, torturada, con su hermano El Uali encarcelado. Ahora vive en Suecia gracias a la solidaridad, y emociona escuchar de sus labios la historia de su pueblo, tanto como llena de esperanza su fe en su gente, su fe en el futuro. El Bubisher estuvo en Göteborg, y hablé para la gente, ayudado por Mónica y por Lena, la directora de la revista Västsahara, de lo que soñamos y de lo que hacemos, de lo que seguimos soñando y de lo que haremos. Juntos, además, porque el futuro es siempre la consecuencia de un paso bien dado.

Conocí también a Eva Alander, traductora de Palabras de Caramelo, “Karamellens ord”, editado por Topal, Es la primera vez que hablo con alguien que ha traducido uno de mis textos, y es algo inolvidable. Dos corazones que han latido juntos, y que se estremecen pensando que los niños de los renos, los de Laponia, leen estos días la historia de la amistad de un niño con un camello.

Me olvido de muchas cosas, porque a veces cinco días son un año de vida. Pero ni me olvido ni me olvidaré de Suecia, donde la gente no usa cortinas ni contraventanas, donde cruzarse con cualquiera en la calle es una mirada franca a los ojos y una sonrisa, donde el frío del aire es derrotado cada día por el calor de los corazones. No sé si volveré, pero estaré siempre.

Ya tengo en mis manos, gracias a la generosidad de Javier Sobrino, un ejemplar de “El hombre que entraba por la ventana”. Y estoy emocionado por la valentía de su editor, Felipe Samper, y de la editorial, SM, y maravillado con el trabajo, ya visto en papel, de su ilustrador, Gabriel Pachecho. A él le cuadraría mejor la palabra con la que alguna vez sugerí designar a su profesión: Imaginador.

Gabriel ha hecho posible que un enorme barco navegue por las calles de Lisboa, una transustanciación del tranvía “marelo” que muchos conocéis. No estaba muy seguro de que la protagonista de la historia, María Luces, debiera aparecer en las “imaginaciones”, pero Gabriel lo ha hecho de tal modo que ahora sí, estoy seguro. De verdad, id a una biblioteca, y mirad cada una de las imágenes como si estuviérais en El Prado. Y después, si os apetece, leed la historia. Porque otra de las apuestas de la editorial ha sido atreverse con un álbum que tiene texto. Mucho, y muy denso. Y nada complaciente, desde luego.

Nació este libro hace ya algunos años en Alicante, escuchando a un buen amigo a corazón abierto. Y de tanto dolor, nació esta historia. Que se sustanció por fin una mañana, en un barrio de Lisboa, en casa de Paco Faraldo. Paco no canta fados: o sí: los canta con un saxo en sus labios, en tabernas lisboetas en las que se oficia la misa triste del “Fado Vadío”. La gente de la calle, los obreros y comerciantes, y mucho más, sacando fados del alma. Entonces comprendí que aquella historia que esbocé para José  Luis sobre una servilleta, era en realidad un fado.

Y aquí está, por fin. Para ti, para mí, para todos.

Lo más pequeño, lo más inútil.

Cuando el tiempo erosiona la pradera solo quedan los corazones sólidos como mojones de la carrera del tiempo. Así los Captus, la síntesis de las palabras cactus y captura que durante más de treinta años llevó a cabo, con paciencia contemplativa, José Trenor en Las Torres de Donlebún . Él mismo fue un cactus, espinas alrededor de la ternura. Y él mismo se convirtió en Captus, a medida que fue capturando con su obra y su aura el antiguo patio de armas, indiferente –y hasta divertido- ante el hundimiento de sus muros.

Nadie sabrá ya nunca si en su silencioso quehacer era consciente de la trascendencia artística de su obra. Para él, seguramente, no era más que humilde reflexión sobre la paradoja de los objetos, que en sus manos cobraban su verdadero sentido, lejos de la vulgar utilidad para la que fueron construidos. El triunfo de la naturaleza, que todo lo devuelve a su seno, antes o después. Había grabado en una piedra, a cien metros de Las Torres, esta frase: “La tierra es una madre que nunca muere”. Y que vuelve, antes o después, a por lo que fue suyo. Ahora que el moho ha ahogado la última raíz de su familia bajo los cimientos de la casa de sus antepasados, es una hermosa paradoja que de tantos almirantes y señores no quede más que el reflejo, captado por un objetivo, de estos asombrosos Captus.

Nos lo temimos, hace diez o doce años, y por suerte Pablo Amargo llegó a tiempo para dar forma a nuestro deseo de salvar al menos este testimonio. Los Captus reales, tras la muerte de José Trenor, agonizaron, murieron por falta de riego y cariño. Nada, salvo esta colección de fotografías, queda ya de ellos.

Captus es una mirada, sí, la de Pablo Amargo y la nuestra, a través del objetivo de Alejandro Braña. Una mirada desnuda y austera, sin referentes, sin búsqueda de lo bonito ni de lo circense.  Captus es la demostración de que muchas veces lo más pequeño, lo más inútil, es lo único que merece la pena, lo único que vence al tiempo.

Tina Blanco y Gonzalo Moure

Si queréis visitar la exposición, estará el 11 y el 12 en el recinto ferial de Vegadeo, y del 14 al 28 de septiembre, en la sala de exposiciones de la Casa de Cultura de Vegadeo.

El domingo, a las 12,30, habrá una charla sobre Captus en la Sala Polivalente del Parque Ferial. Nos encantaría encontrarnos con vosotros.

No me gusta la palabra perro. La hemos destrozado, como hacemos tantas veces con aquello a lo que más deberíamos querer. ¿Por qué tiene una connotación negativa la palabra que designa a alguien tan sincero, tan limpio en sus afectos, tan entregado? La primera vez que leí La Odisea me quedé una noche destrozado porque se había acabado, y porque en el último capítulo aparecía Argos, echado en un montón de estiércol, con nada menos que veinte años y todos los achaques de la vejez, pero recociendo a su amo, Ulises, como si no hubiera pasado un día desde su partida. El único que le reconocía, y el único que no se ponía a calcular lo que supondría su regreso. Después, cumplido su sueño de volver a oler a Ulises, moría.

Por aquel entonces mi Argos era Fango, el primero de mis perros. Lo habíamos sacado Antonio y yo de la madriguera que la madre había excavado en el inmenso estercolero municipal de Valencia, entre el parque de los Viveros y las Alquería de Palmereta. Antonio me enseñó todo lo que sé de perros. Él se llevó a Barro, y yo a Fango. Eran feos como demonios, pero Fango fue el mejor perro que he conocido. Algún día contaré sus historias, la de Fango y la de Antonio. He dicho que fue el mejor de los perros que he conocido, y lo mantengo. Y lo mantendría si hablara de los otros siete con los que he convivido: Tom, Kazan, Trompo, Woody, Buller, Granny… Y, por supuesto, también de Trancos. Al que dejamos descansar hace dos días, evitándole el dolor y la perplejidad de no poder moverse, él, que fue un auténtico atleta.

Vi nacer a Trancos. Junto a Pulga, Tristán, Osa, Oso, Crazy y otra de la que no recuerdo el nombre. Hijos de Granny, que quedó embarazada por poderes (veterinarios) de Truc, el espléndido gos d’atura de nuestro amigo Feliciano.

Le bautizamos con el nombre del montaraz, no el del rey secreto de Tolkien. Era como imaginábamos a Trancos: oscuro, misterioso, fuerte y rápido, sigiloso y amable. Por aquel entonces Tina y yo escribíamos La Puerta de Mayo, y su nacimiento quedó reflejado en un capítulo de extraña angustia e intranquilidad por la responsabilidad del alumbramiento. Ese capítulo era el envés de la hoja de la vida, porque no hubo en la suya, salvo cuando hace tres años murió su madre, una gota de angustia.

Fue un cachorro delicioso, y vivió siempre junto a su madre, y dormían enroscados de tal modo que no sabías donde empezaba uno y donde la otra. Ella le enseñó los misterios de la vida en los prados de Figueras: Arnela y su playa de piedras, el prao de Romanón, el camino del Covo, Las Torres, el camino de la Viuda…  Ese, y nuestra casa, fue su mundo. Granny, como él descendiente de pastores de ovejas, necesitaba un trabajo. Me ayudaba con las yeguas cuando las sacaba al pasto, pese a las frecuentes malas pulgas de estas. Y buscaba las bolas que le lanzaba tan lejos como podía con un palo de golf a las zarzas y los artos. Lo hacía con dedicación minuciosa, profesional, y gozosa. A ella le había enseñado Trompo, así que ella hizo lo mismo con Trancos. Y cuando este aprendió a encontrarla y traerla, ella dejó de intervenir, salvo cuando Trancos no lo lograba. Era prodigioso cómo le mostraba lo que había que hacer: sé sistemático, le decía, no des carreras en vano. Calcula la dirección y la distancia de la bola por la postura de Gonzalo. Ve eliminando, delimitando, déjate guiar por el olor, y cuando la tengas localizada sin lugar a error, horada la sebe, poco a poco, hasta llegar a la bola.

Todavía hace quince días, Trancos lo hacía así. Con 16 años, con cataratas en ambos ojos, casi sordo del todo, pero con las lecciones de su madre bien aprendidas y un olfato que muchas veces me ha hecho pensar en el prodigioso sentido que es para ellos, tan distinto del nuestro. Trazan las bolas, o los pies, o lo que sea, auténticos senderos en el aire.

En los buenos tiempos jamás se perdieron tampoco, ni Trancos ni su madre, un rato con las yeguas. Nos acompañaban a Tina y a mí, por lejos que fuéramos, a veces jornadas de varias leguas cruzando riachuelos y carreteras. Siempre entre las patas de las yeguas, sin molestar ni ser molestadas. Cada paso, cada tranco, un prodigio de cálculo y efectividad.

Otra de las satisfacciones profundas de Trancos era acompañarme por las mañanas mientras escribía. Esperaba gozoso y sonriente el final de las rutinas, al pie de la escalera. Subía conmigo con jadeos de felicidad, y cuando ya estaba sentado ante el ordenador se enroscaba entre mis pies. Mucho de lo que he escrito ha sido con su ayuda y su consejo. Cómo me miraba, cuando yo dudaba. Y, de verdad, muchas veces, el modo tan sencillo que tenía de comprender la vida, era una pista, o directamente la solución a mi problema: en línea recta, diciendo lo que se siente, como él hacía lo que sentía.

Estos últimos diez años Trancos ha sido el mejor amigo y compañero de Tina. En sus paseos, escribiendo con ella, leyendo, viendo una película en la tele. Amando, con la misma felicidad que Argos sintió cuando bajo los harapos olió, sin lugar a dudas, a su añorado Ulises, pero renovada la felicidad mañana tras mañana, tarde tras tarde, velada tras velada.

Ha llegado a su final y descansa ya en la huerta, su territorio sagrado, al lado de donde yace su madre, justo donde solía caer la bola que le lanzaba con el palo por encima del tejo y los sanjuanines. Junto al lugar también en el que hace tres semanas escuchaba, como nosotros, a Limam leyendo los poemas de su nuevo libro, cerca de una hoguera hecha con ramas de enebro. Tina va a plantar a su vera una mata de lavanda. Nos regalará su aroma, desde la tierra.

Estoy escribiendo un libro que comenzó a crecer este invierno, cuando los primeros achaques de Trancos llegaron, hice cálculos, y supe que apenas le quedaban unos meses de vida, como así ha sido. Estará dedicado a él, que sabía lo que no había que saber, y por eso era tan sabio: ni futuro, ni pasado, ni preocupación alguna: sólo ahora. Sólo sol en su piel, caricia en su cuello, cerca de los pies de aquellos a los que quiso. Yo lloraba porque intuía su muerte, pero él se limitaba a gozar de los primeros calorcillos del sol de primavera. En ese momento quise ser como él. Incluso ahora también. Quien no sabe lo que es la vejez ni la muerte, no muere, ni siquiera envejece: es.

Hace dos días, en los pocos minutos que tardaron sus músculos en aceptar la quietud, había reflejos en sus pezuñas y en sus patas de lo que sin duda era su último sueño: buscaba la bola, la encontraba, la devolvía y esperaba el ciclo, tan pequeño, tan inmenso: eterno.

Gracias Trancos, por tanto, por siempre, por cada segundo de tu vida sin principio ni final. Por tu lección de vida.

Una de las últimas fotos, tomada por Limam.