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Hace algunos meses me llamó María José, de Gijón, para “pedirme permiso” para bautizar una librería en Candás con el nombre de Palabras de Caramelo. Pedirme permiso! Como si no fuera un precioso regalo, una maravillosa noticia para mí, para Kori, para Caramelo, para Fatimetsu, para todos los que queremos a este relato (que ya no es mío).
Hoy he ido a visitarla. Está muy cerca del Museo Antón, en una calle tranquila e incitadora, la Valdés Pumarino, y huele a nuevo, a recién pintado, a reciente ilusión. Es preciosa, tiene rincón de té y lectura, zona infantil, y libros que apetece leer, hojear, tener.
Abrió ayer mismo, y ya vende libros. No es buena época esta para vender nada, pero los libros infantiles resisten, e incluso hacen que el sector editorial no acabe de hundirse.
Y se inaugurará el sábado 18. Ahí estaremos, buscando palabras que nos hagan más dulce la vida.Gracias, María José, Víctor, Aida, más Víctor.
Al sur del centro
(un congreso de almas)
Sé muy bien lo que son los congresos de escritores. O lo que suelen ser. Por eso no hablo mucho de ellos, porque lo sé. Porque no acostumbran a ser sino una acumulación de conferencias sesudas y (muchas veces, no siempre) aburridas, a mayor gloria de uno mismo, y unas sesiones llenas de talleres en los que se suele uno arrepentir de no haber ido al otro, cosa que también les pasa muchas veces a los del otro. Y no son así por voluntad de sus organizadores, sino porque cuando se trata de escritores, el Yo vence casi siempre al Nosotros, porque la presencia de gente silenciosa que nos escucha reverentemente inflama las glándulas vanidosas y las secreciones de “egotina” en ingentes cantidades. Pobre público.
Y por eso es más extraño que necesite tanto hablar del congreso del que vengo, en Quito, Ecuador. Ha sido organizado por Girándula, sección ecuatoriana del IBBY y la Academia Ecuatoriana de LIJ, bajo la coordinación de Leonor Bravo, y contó con la participación de ocho escritores locales y veintidós internacionales, la mayoría latinoamericanos, y unos pocos de Italia, Polonia y España. Y con gran asistencia (crítica y activa) de docentes, tanto indígenas campesinos como de urbanos.
Y necesito hablar de él porque no ha sido un congreso al uso. Se nos había pedido a los veintidós que trazáramos un mapa de nuestra escritura, pretextos. No había talleres, nos teníamos que escuchar todos a todos, nos teníamos que presentar unos a otros. Aún no sé si fue un “diabólico” plan de Leonor Bravo, o si los dioses quisieron que así fuera. Pero fue. Y fue un pequeño milagro, porque como alguno de nosotros dijo en la presentación de la exposición de la propia Leonor, fascinados ya con lo que estábamos escuchando, con lo que estábamos viendo en el interior de cada colega, con lo que nos estaba sirviendo para vernos a nosotros mismos, aquel era un congreso de almas, y no de nombres, una reunión de Nosotros, no una reunión de Yoes.
Una de las participantes, la polaca “lorquiana” Zofia Beszczyńska escribía en uno de sus poemas:
“El pez se esconde en el agua corriente/ la hormiga en la arena caliente/ el castaño bajo la piel espinosa/ el pajarito entre las hojas/ la manzana en el manzanal acaso/ o en la manzanilla./ Dónde puedo yo esconderme/ ¡No lo sé todavía!”
Seguramente lo descubrió en las largas sesiones de desnudos literarios: en el sur de Nosotros, en cada una de nuestras conciencias individuales, unidas por lazos invisibles desde antes de encontrarnos por primera vez en Quito. Lazos que ahora son más fuertes, porque nos conocemos, porque nos sabemos, porque nos hemos visto sin el insoportable disfraz de la fatuidad, del que tan difícil nos suele ser (al menos me es) despojarnos.
En Quito, en el primer sur del ecuador, hemos sido, durante unos días al menos, felices y un poco inconscientes, porque sin saberlo previamente, nos conocimos en los otros, nos reconocimos a nosotros mismos. Qué caminos tan parecidos, la abuela de Care Santos, nuestras madres, nuestros abuelos que pacientemente sembraban en nuestros corazones los cuentos que luego se volvieron frutos propios.
Y por eso, en el colofón del congreso, todos nos fuimos al maravilloso centro cultural de Itchimbía a compartir lo que habíamos aprendido con los niños de Quito. El maratón del cuento, en el que cada uno de nosotros contó cuentos ante un auditorio repleto y entregado al milagro de las historias que, lo sabíamos, ahora lo sabemos mucho mejor, no son de nadie y son de todos. Los creemos crear, pero en realidad los recogemos en las pupilas de los niños, en los caminos, en los nevados y en los desiertos. Nunca había estado tan preparado, creo que nunca habíamos estado tan preparados para entenderlo. Escuchaba a Ana Lavatelli, nada menos que premio Andersen, en el interior del Book Bus, contando su cuento del Cañón que no quería la guerra, miraba a los rostros de los niños ecuatorianos, y sabía que su cuento era también el de cada uno de los corazones que escuchaban. Y el mío.
Hubo más, claro, mucho más. Charlas, un desmayo en el Centro del Mundo que se convirtió en un momento de ternura infinita, fotos inolvidables, estupefacción al saber que en Estados Unidos están poco menos que prohibidos los cuentos con beso, eso ya lo sabíamos, pero también ¡Los cuentos de casas con piscina! Y de uno de nosotros, el venezolano Fanuel Henán, estudioso de la LIJ que nos reunía, ha nacido la divertida e indignada idea de escribir entre todos una antología de cuentos… De casas con piscina.
Y la idea de rememorar en Latinoamérica aquel ya lejano “Manifiesto contra la invisibilidad de la LIJ”, al constatar que lo que para docentes y niños ha sido un acontecimiento precioso y fértil, es casi indiferente para a la sociedad, o al menos para sus medios informativos, siempre pendientes de los nombres famosos tanto como ausentes de la cocina de los futuros lectores.
Muchos de los conmilitones, por si fuera poco, estamos implicados en proyectos para llevar la lectura allí donde no hay libros: en Bolivia, en Perú, en Argentina, en Cuba, en el Sahara, en Ecuador, en la Patagonia (con un recuerdo muy emocionado por Lelia Martínez), en toda la América del sur, sufriente y pujante. Y como tales, pensamos también en lograr un congreso de biblioteca móviles de habla española, para intercambiar experiencias y estrategias, para no dejar de soñar que un mundo que lea será un mundo mejor, más justo, más libre, más cerca de la belleza y la verdad.
Gracias, Leonor bravo, gracias, Ana Carlota González de Soria por tu cariño, gracias Gaby Vallejo, Juanita Neira, Francisco Delgado, Liset Lantigua, Edgar Allan García, Soledad Córdova, Alicia Barberis, Liliana Bodoc, Marina Colsanti, Estela Socías, ¡Alga Marina Elizagaray!, Irene Vasco, Francisco Hinojosa, Care Santos, Enrique Pérez Díaz, Mónica Brozon, Ana Lavatelli, Javier Arévalo, Zofia Beszczyńska, Fanuel Henán, Laura Antillano, Magdalena Helguera, Edna Iturralde, gracias también a Valeria, a Mary, a Camila por sus fotos, a Camiluna por tus abrazos, a Nata-Libertad por tu corazón, a Lelia por su memoria, a todos por vuestra emoción tan limpia, por dejarme aprender donde está el ecuador que nos hace iguales, el sur que nos convierte en nosotros.
Ya he vuelto. Han sido casi dos meses y otros cuatro kilos menos. En la tripa, porque en el corazón son muchos kilos más. El Sáhara es duro, y en dos meses se vive de todo: calor extremo (45 grados a la sombra, y sin sombra), frío, lluvia (y un arcoiris, “hatanet”, inolvidable), siroco y hasta una “tormenta roja”, la temible “guetma hamra”. Más duro aún cuando se está construyendo un edificio por la mañana. El Nido ya está casi listo. Más caro de lo que preveíamos, pero con la energía constante de ver por las rendijas que aquí, en España, se seguía trabajando en todos los frentes para que no falte dinero para acabarlo. Convivir con Clara y Roge, Hamida, Hassanna, Abdelahi, Bader, Skeirit, Mohammed, Zleima y Sidi ha sido una lección de vida. Vida muy temprano, cuando Clara y Roge se levantaban al amanecer, antes que nadie, para estar al pie del cañón, al pie de la carretilla, al pie del “volcán” en el que se templaba el cemento; trabajando como albañiles las más de las veces, vigilando cada línea recta siempre, inventando, innovando, mezclando sus conocimientos con la fuerza de la tradición, que no siempre es lo mejor.
Duro, sí, pero tierno también: así es el Sáhara. Con el calor del termómetro convive otro calor: el de los corazones. Los campamentos siguen en pie, y se lucha cada día por la dignidad, por la vida. Pero también es verdad que la educación (cada vez más niños y menos maestros) está en crisis. Por eso es aún más necesario el Bubisher, para contener la hemorragia, para que los niños que quieran leer y formar una verdadera cultura puedan hacerlo. Y cuando dejen la infancia atrás, tendrán el Nido, la red de bibliotecas que más pronto que tarde habrá en todos los campamentos. Las mañanas en las escuelas son una explosión de interés por lo libros, de deseo de saber. Y por las tardes, los clubes de lectura florecen llenos de fuerza. Lo hemos comprobado en este tiempo, casi incapaces de contener tanto deseo. Muchas tardes el Bubi tiene que cerrar las puertas, limitar el espacio a los mejores y sentarse a llorar por los que aún no pueden seguir el ritmo. Hacen falta más clubes, más monitoras, más voluntarios. Cuatro al mismo tiempo han sido muchos hasta ahora para que la convivencia sea fluida. Pero en las dos últimas semanas éramos ocho, y pese a todo se vivía, y sobre todo se luchaba por el futuro de cada niño.
Qué experiencias tan valiosas. No sé si estaba escribiendo, seguramente no, pero estaba “escriviviendo”. En la pasión de Zia por escribir una novela, de Tuttu susurrando sus soluciones para “El niño de luz de plata”, el cuento que editaremos este año con su firma y la de los demás niños del club de Farsía Barrio 1, entre los que me incluyo, socio, “seibani” de honor entre los niños de Enguíya. En la sed de poesía de los de Mahbés, Abdulláh al frente. En los cuentos en hassanía narrados con abrumadora profesionalidad por Niha, apenas una niña, pero con memoria digna de una anciana sabia. No hemos perdido el tiempo, no. Hemos sacado de la arena poesías, hemos afinado las gargantas para recomponer nuestro pequeño himno, el “Mano con mano (leid fi leid)”, hemos dado otra vuelta al “Lobito bueno” de José Agustín Goytisolo… Hemos visto las estrellas en una noche mágica con el telescopio de Juan Aldazoterena, hemos disfrutado de las poesías y los talleres de Luali, Chejdan, Mohamidi y Saleh.
La eterna duda, las dos maneras de ver la vida: dos meses menos, o dos meses más. Más, sin duda. Vividos entre dos calores, el del termómetro y el del corazón. Volveré. Qué digo: volveremos. No hay loco de ida sin loco de vuelta.
Me voy, casi dos meses, a Smara. A ayudar a Hamida, Hassana, Abdelahi, Clara, Roge, a los albañiles, electricistas, carpinteros (y hasta a los curiosos) acabar de construir la Biblioteca Pública de Smara, el Nido del Bubisher. Y a Daryalha, Memona, Larossi, Adala, Enguía, Hadjietu, Bachir, a todos quienes de un modo u otro trabajan en las escuelas y en los clubes de lectura, en el Bubi, a seguir con su trabajo, a hacerlo más sólido, más completo, más fértil. Y mucho más, esa porción mágica del azar que hace que cada viaje al Sáhara sea mejor que el anterior
Esta vez trataré de estar conectado, porque no vuelvo hasta finales de abril, pero a quien quiera saber algo, le pido paciencia, y también indulgencia: allí, las conexiones no son siempre seguras. Incluso sueño con hacer alguna videoconferencia desde Smara con algún colegio e instituto de la península, un auténtico sueño para mí. Podré ver el blog, y facebook, si no con la obsesión de aquí, sí con alguna asiduidad.
Y, si puedo, colgaré fotos de cómo va la obra, de los clubes, de las estrellas, de mi gente, de todos los voluntarios que voy a ver pasar en este tiempo, hasta finales de abril.
Esperadme por aquí.
Alguien lo ha rescatado, y aparece en el blog “cuentosdebrujasyotraszarandajas.blogspot.com“.
Es un delicioso (y sustancioso) discurso de Federico García Lorca en 1931, en la inauguración de la biblioteca de su pueblo, Fuentevaqueros.
¿O fue en febrero de 2011? Vosotros diréis.
“Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. ‘Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre’, piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión.
Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada.
No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.
Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?
¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: ‘amor, amor’, y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: ‘¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!’. Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.
Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: ‘Cultura’. Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz.”
No conozco a Javier Sampedro. Pero le siento como un amigo, alguien con quien hablo sin hablar, con quien dialogo en silencio. Siempre me gusta lo que escribe. A veces me sorprende, a veces siento que dice lo que estoy pensando. Otras veces no le entiendo, pero intuyo que tiene razón. Siempre me admira.
Hoy también. Su columna en El País, O3b, puede no decir nada que no hayamos pensado todos, pero es una limpia cuchillada entre las costillas de lo viejo, un fogonazo de lo nuevo. Y como si fuera un diálogo imposible, me reservo un segundo turno, como consecuencia de lo que, ahora, dice Sampedro:
Más allá de tu estrategia represiva y de tu manipulación zafia, zafio césar, muy por encima de tus ejércitos de lujo y de tus guardias pretorianas compradas por el miedo y cuatro monedas sucias, fuera del alcance de tu violencia ciega consagrada por los siglos absolutos de dominación estéril, pobre autócrata, allí donde no llega tu mano de hierro ni tu imaginación de insecto, mucho más allá del alcance de tu mirada turbia va a propagarse una fuerza contra la que no sabes luchar y sobre la que no sabes nada ni lo sabrás nunca, pobre idiota elegido por la historia para ser el último de tu especie, qué pena das.
Una fuerza que ha costado 10 milenios generar desde la ignorancia y 4.000 millones de años construir desde la nada química, pero que solo va a costar una décima de segundo derramar como pez hirviente sobre tu cara rugiente, una fuerza que caerá desde 8.000 kilómetros de altura y penetrará sin resistencia en la cabeza sedienta de cada uno de tus súbditos, impermeable a tu tosca censura y a tu desinformación grosera. Es la fuerza del conocimiento, estúpido, y ya no vas a poder detenerla. Nunca más, ¿entiendes?
Así de ingenua y poderosa es la intención de un proyecto llamado O3b (‘other 3 billion’), tradúzcase por “otros 3.000 millones”, que es tanto como la mitad de este mundo de más de 6.000 millones de habitantes. La media humanidad a la que hoy no llega Internet, ni la línea de teléfono en muchos casos. Un enjambre de 20 satélites de bajos vuelos, que viajarán muy por debajo de la saturada órbita geoestacionaria preferida por las telecomunicaciones actuales. No es una utopía, ya no. Los primeros ocho satélites tienen ya fecha de lanzamiento a lo largo de 2013.
Producto de la iniciativa de la Sociedad Europea de Satélites –que muestra con ello, por cierto, mucha más agudeza política que nuestros representantes en Bruselas— y empresas como Google, Liberty Global y el banco SHBC, O3b puede convertirse en una trascendental herramienta de liberación. Cuando Internet –es decir, el conocimiento— alcance por satélite a las zonas de sombra del planeta, nadie va a poder convencer a la mitad oprimida del mundo de la conveniencia de permanecer sumisa, ni de las ventajas que ofrece la ignorancia. Un saber caído del cielo electrónico les hará libres. Así sea.
Amén. Sí, me reservo un turno: me gustaría cerrar diciendo que sí, que puede que de este tsunami democrático que recorre el norte de África, al que no es ajena ninguna tiranía, se salven algunos. Unos aplicando la fuerza bruta, otros la manipulación, la subvención de la pobreza, la inoculación de la ignorancia, con el cinismo y la hipocresía. Sobrevivirán, pero la fuerza imparable de la comunicación, aún sin O3b, les dejará aislados. Quienes se libren de esta quedarán como excepciones, y antes que después, les llegará el turno. Se transmutarán, o serán barridos. Aceptarán la nueva dirección del viento, o se irán al exilio. Cada barra de pan, cada litro de gasolina que compra alguien en Marruecos, es pagado a medias por el estado. POr el estado, no por quienes lo tiranizan. El día que M6 tenga que sacar dinero de Suiza para pagar el pan de Mohammed Cualquiera, le dirá: con tu 03b te lo comas. Y adiós, adiós. Así sea.
Desde hace un par de años, me gusta ir a los institutos en los que se va a leer “Tuva” antes de que esto suceda. Invito a los lectores a ser también escritores, con el sencillo procedimiento de saber cuáles son los ingredientes (reales, vitales, culturales, emocionales) que me sirvieron para escribir (“escrivivir”, más que nunca) este libro. Que podía haber sido un libro de viajes, pero que preferí volver a vivir desde el corazón de Marcos, un chico de 18 años capaz de ver y sentir lo extraordinario.
La experiencia siempre ha sido magnífica y, en efecto, los lectores han vivido el libro luego de otra manera.
Ahora lo he volcado en un video de poco más de 30 minutos que, dividido en tres partes, pongo a disposición de quien quiera, individual o colectivamente. No puedo ya seguir haciendo giras sin fin por todos los institutos, llega la hora de la jubilación de este viajante, aunque no de este viajero. Seguiré haciendo encuentros de vez en cuando, pero con herramientas como la que cuelgo aquí espero suplir mi ausencia en algunos institutos. Y con videocharlas como las que ya estoy realizando, por supuesto. Ayer mismo con un instituto de Sant Boi, en una experiencia más de cómo se convierte un medio frío en un camino caliente.
El video, por cierto, es obra de Jaime F. Pola, y estoy muy agradecido por lo que ha hecho.
Si lo queréis, aquí lo tenéis:
Rábago, El Roto, analiza como nadie. Invita a la reflexión. Sacude la pereza. Hoy nos dice en su implacable viñeta diaria que la quietud no es paz social, ni siquiera conformismo. Es, palabra de El Roto, pánico al futuro.
Hay quien dice que la crisis ha sido inventada por los más poderosos (que se siguen haciendo más y más ricos en medio de ella) para poder recortar así sueldos y derechos dura y largamente conquistados. Inventada o no, la crisis ha paralizado en nuestro país (y en todo occidente) la capacidad de protesta, la natural rebeldía de los jóvenes y los trabajadores. Y no es para menos, porque los que antes del tsunami de la crisis se quejaban por mileuristas ahora suspiran por el quinientoseurismo, por el cualquiereurismo. Sálvese quién pueda. Dónde está ya la solidaridad, la respuesta de los compañeros ante el despido o el maltrato laboral. Y en la Universidad se vive la incertidumbre más absoluta con respecto al futuro. Y en las entrevistas de trabajo se ocultan los títulos y masters que antes se exhibían, porque a mejor cualificación menos posibilidades de encontrar un contrato-basura.
Todos miramos ahora hacia Túnez. Estuve allí hace algunos meses. En sus calles se vivía otro miedo, se palpaba otro silencio: no por los efectos de la crisis (la renta es allí mejor que en Argelia, mucho mejor que en Marruecos), ni especialmente por la incultura, porque sus índices de alfabetización duplican los de Marruecos. No, el miedo allí era fruto de la censura y la represión, expresiones básicas de toda dictadura. Quise enviar allí algunos libros infantiles, pero no pasaron la censura de la frontera. Y, de pronto, en Túnez el miedo saltó por los aires. Ahora, los dictadores se palpan la ropa, saben que son vulnerables, intuyen su propia caída y sacan sus millones sucios a través de las manos dóciles de sus servidores. Nadie pudo prever dos semanas antes que Túnez fuera hoy lo que es. Como nadie pudo prever en su día la caída del Muro de Berlín. Como nadie parece prever hoy el fin de la ocupación marroquí en el Sáhara Occidental. Así caen las dictaduras crueles.
¿Y la nuestra, el fruto viscoso de la crisis? Lo advierte El Roto, sí: es pánico al futuro. Así que cuando el presente alcance al futuro, cuando se haga carne esa terrible hipótesis, se cruzará la Línea del Miedo. En el antiguo Sáhara solo cruzaban esa línea (Jat el Jauf) las tribus guerreras, los Ulad Delim. Tal vez haya que esperar a esa vanguardia que hoy duerme impotente en nuestras ciudades, mascullando sus quejas (como yo mismo) aquí, en la red. Pero, ¿y después? ¿Cuántos y con qué intensidad les seguirán, les seguiremos? El futuro no habla. Pero podemos soñarlo.
Todos venimos hablando de lo mismo. ¿Sirve, realmente, internet? Ayer mismo un buen amigo decía que internet es una herramienta de manipulación, que es una válvula de escape para que los que antes se agrupaban en asociaciones de todo tipo, ahora se pierdan en la red, indignados, rebeldes, pero estériles. Y cada uno en su casa, en realidad aislado, conectado con los demás solo de una manera virtual, a veces falsa.
Es difícil, por no decir imposible, hacerse una idea. ¿Cuánto de bueno, cuánto de malo o estéril? No lo sé, pero la iniciativa de Pablo y Javier para apoyar al Bubisher con la campaña “Letras en el Sáhara”, para recoger libros y fondos para poder ponerlos en las manos de los niños y los jóvenes saharauis, suena a positivo, es el camino. Conectarnos poco a poco, todos los que no nos limitamos a decir lo mal que están las cosas, los que queremos cambiarlas.
Letras por el Sáhara es la puesta a prueba de la solidaridad. Cientos de personas han contestado ya positivamente, eligiendo un libro o mandando dinero a la cuenta del Bubi para su compra y traslado hasta Smara. Es inbcreíble, más de 500 comentarios, todos positivos, todos entusiasmados. Así, el Bubisher es más de todos y de nadie que nunca. Lo mismo me decñia Gabriel, de Cantabria por el Sáhara: los cántabros están haciendo suyo el proyecto. Si lo conseguimos así, cayendo las fichas del dominó de la generosidad, el Bubisher volará libre. Javier y Pablo lo habrán conseguido, y nosotros no será una palabra vacía. Y con esa palabra, internet tendrá un poco más de sentido. De internet han salido algunas de las personas más valiosas del proyecto, una cadena que empieza en Vigo y acaba en Farsía, en Tifariti, en Hauza, en las dairas de Smara, en los clubes de lectura. Es delicioso pensar que un día Mahyuba o Abduláh sostendrán un libro que salió de un rincón cualquiera, anónimo, de nuestra geografía. Hacer no es tan difícil, hacer es el verbo: como construir, como crecer, como unir. Los verbos de la solidaridad.
Visitad el blog de Javier, historiasdelahistoria.com. Sumaros a la ola de la red de la solidaridad.![]()



