Biografía

GONZALO MOURE.


Nacido en Valencia en 1951.

Estudió Ciencias Políticas en la Universidad Complutense de Madrid.

Trabajó como periodista entre 1973 y 1989.

Fundamentalmente en radio. Dejó esta siendo director de una emisora de radio.

También en prensa, prensa especializada en música popular, televisión (como guionista) y publicidad (como creativo).

Escribe desde 1989. Primer libro publicado: Geranium, 1991 (Alfaguara). Actualmente disponible en Alianza Editorial, reeditado en 2005.

Imparte charlas en bibliotecas, clubes de lectura, colegios e institutos.

Interviene en diversos congresos de Literatura Infantil y Juvenil en España y fuera de ella.

 Auto Biografía:

16 x 4 (Las fases de mi vida)

No es que me entusiasmen los números, la verdad. Pero a veces son curiosos. Hace poco he tomado una decisión de las que me gustan a mí, un buen salto, un cambio de vida. Y me he dado cuenta de que hay una cifra que ya se ha repetido dos veces en mi existencia: 16. Primero fui hipótesis, claro; hasta los 6 años. Luego fui (llorando) al colegio, y estudié, o eso se suponía, 16 años. Dejé la universidad a los 22 para ser periodista. Y lo fui durante… 16 años. Los pasé en la radio: música, noticias, deportes, atracos a bancos. Fue una época excitante. Pero todo lo que arde llega a apagarse. Entonces decidí que eran muchos años y que era hora de intentar lo que siempre había deseado en mi interior: ser escritor. Y lo he sido, o se supone que lo soy, desde hace 16 años. ¿Y ahora? Otro salto. Ahora quiero hacer cine, y me doy 16 años de carrera. Así llegaré a los 70 años, y calculo que tendré otros 16 años para disfrutar de lo que tú escribas, o de las películas que hagas, o de los cuadros que pintes, o de la música que compongas. Poco más me interesa de esta vida, aparte del amor y la amistad.

Pero vayamos por partes, porque en realidad mi vida, en esos aspectos, ha sido una especie de colección de cajas metidas en cajas. Quiero decir que ya cuando era hipótesis, pongamos a los cuatro o cinco años, soñaba con ser escritor. Mi madre escribía deliciosamente, cuentos de bosques sobre todo;p1010004.JPG mi abuelo había sido poeta, y en mi casa había tantos libros que nos dejaban poco sitio para otras cosas. Respiré un ambiente muy literario, y lo de ser escritor fue como si alguien me hubiera descifrado el destino; uno de los primeros aromas que recuerdo es el de los libros: los abría, y ya me metía en ellos. Así que desde que empecé en el colegio yo soñaba con ser escritor mirando por la ventana algunos ratos, y escribiendo tonterías los demás. Por aquel entonces mataron a Kennedy, que era un presidente en colores, lo cual resultaba muy atractivo para un niño que vivía en un país en blanco y negro (más negro que blanco). La muerte de Kennedy fue una de las primeras cosas que vi en la televisión y por alguna razón me afectó mucho, así que intenté escribir una novela sobre el caso, pero situada en el oeste. Fue uno de mis mejores fracasos. Luego pasé unos meses enfermo, y me entretuve escribiendo mi primera novela. Era de espías, pero yo no sabía muy bien lo que tenían que espiar mis personajes, así que no debía de tener mucho sentido. En fin, no lograba escribir nada que mereciera la pena, salvo una tarde en la que mi madre me sugirió que escribiera algo sobre un bonito atardecer sobre Valencia, desde la terraza de casa. Lo intenté, pero también se veía una alquería, la de Palmereta, y a un rebaño de ovejas, y al perro del pastor, y al pastor merendando debajo de un árbol. Mi madre lo leyó y dijo: Mmm, me has hecho sentir el sabor de la tortilla de patata. Pero yo no había escrito tortilla de patata por ningún lado, así que protesté. Mi madre, que era muy enigmática, dijo: eso es lo bueno, que me has hecho sentir ese sabor sin decir tortilla de patatas. Desde entonces lo tengo claro: lo importante de la literatura es lo que sugiere, no lo que dice.

Mis sueños de escritor se materializaron algo más tarde, a los catorce, cuando gané un concurso de redacción y me dieron de premio: un pick-up, es decir, un tocadiscos portátil; un álbum de discos (de vinilo, por supuesto), y un viaje a Roma. Desde entonces supe que ser escritor no sólo era mi vocación, sino que también podía ser mi forma de vida. La redacción por la que gané se inspiraba en el arranque en un relato muy breve de Azorín sobre la silla, que empezaba así: “La silla, madera y enea, enea y madera.” La mía era sobre la rueda, y empezaba: “La rueda, madera y clavos, clavos y madera”. Luego ya cambiaba, porque una silla suele estar quieta y una rueda no. Pero mis maestros han sido mi madre y Azorín, por ese orden.

El resto de mi producción de escritor durante mis estudios fueron dos obras de teatro, un guión de una película de 16 minutos y algunos relatos, además de innumerables proyectos y borradores de la “Gran Novela”, que nunca lograba llevar más allá de 16 páginas. Luego corrí algunos años delante de los guardias, estuve un par de veces en la cárcel por pedir libertad y un mundo en colores. Empecé a trabajar como periodista con el tiempo justo para poder contar desde la radio cómo llegaba esa libertad de colores que aún disfrutamos, y allí seguí 16 años. Intentaba escribir, pero volvía demasiado cansado a casa, hasta que un día decidí que ya estaba bien: o empezaba a escribir, o se me hacía tarde, porque ya tenía 38 años. Así que colgué el micrófono, y un 1 de agosto, el de 1989, a las nueve de la mañana, después de limpiar las cuadras y cepillar a las yeguas no me lavé las manos: me puse delante del ordenador, y así, con el olorcito a caballo que tanto me gusta, me puse a escribir. Y hasta hoy.

Este oficio, para mí, es algo más que un sueño. Me veo como uno de los vaqueros que tanto me gustaban en mi infancia. Mi caballo es la libertad, mi cuaderno abierto mi tienda de campaña, y mi rotulador mi rifle. Puede más un lápiz que una ametralladora: los poderosos temen más a las palabras que a las balas. Seguramente porque a las balas pueden responder con muchas más balas, y a las palabras no pueden responder con más palabras, porque no saben muchas. A veces me he quejado de no haber empezado a escribir antes, pongamos a los 20 años, pero ahora sé que hice bien: cuando empecé, decidí ser libre, escribir simplemente lo que quiero escribir, y si lo hubiera hecho a los 20 años para ganarme la vida no habría podido, ni sabido, escribir en absoluta libertad, como ahora lo hago. Como decía John Keats, la verdad es belleza, y la belleza es verdad, y nada más necesitas saber. Puede que no sea muy bueno lo que he escrito en estos 16 años, pero al menos es sincero.

¿Y por qué libros para niños y para jóvenes? También yo me lo pregunto. Sabía desde los cinco años que quería escribir, pero no sabía qué quería escribir (buen ejemplo de la necesidad de poner bien las tildes, por cierto). Pero mi primera novela tenía, por necesidades puramente prácticas del argumento, a dos niños como protagonistas. Y me tuve que meter en su mente, y me di cuenta de que me resultaba asombrosamente fácil. Como hubo un poeta que escribió que la infancia es la patria del hombre, supongo que meterme en la mente de un niño me pareció lo mismo que regresar a casa. Y seguí por ese camino, ampliándolo a la adolescencia, a ese maravilloso momento en el que elegimos, por primera vez, nuestro destino. En estos años he ganado varios premios, pero aún hoy no sé si me los dieron porque mi libro era el mejor o el menos malo. O si fue un error del jurado. Mi prueba de fuego fue no cambiar el título de “¡A la mierda la bicleta!”, pese a que no me querían dar el premio al que me había presentado si no lo hacía. No lo cambié, al final me lo dieron igual, y desde entonces sé que es rentable no dejarse sobornar, ser uno mismo, aunque sea con tus errores, como ese título francamente espantoso.

Otros momentos importantes para mí fueron los premios por “Lili, Libertad”, y por “El síndrome de Mozart”. La demostración de que es también mejor escribir con el corazón que con la cartera. Al final, hasta más rentable.

Pero decía que mi vida ha sido una caja metida en una caja metida en una caja. Desde muy joven fui cinéfilo. Me fascinaba, buscaba la manera de ver las mejores películas de la historia del cine. Algunas, hasta veinte veces. Siempre soñé, y aún hoy, con hacer cine. Ahora estoy dispuesto. No dejaré de escribir, claro. Tengo acabados y entregados cinco libros, no sé si seis. Y estoy escribiendo otros seis, no sé si siete. Quiero hacer cine de la misma manera que escribo: sumergiéndome en la historia, creyendo en mis personajes, tratándoles con respeto y, por tanto, dejándoles que vivan, que tomen sus propias decisiones para después describirlas. Para mí, es la mejor forma de escribir. No me gusta hacer un guión previo, saber qué va a pasar: eso acartona a los personajes, los convierte en títeres. Prefiero pensar que un escritor es un buscador, o un descubridor. La vida está llena de historias, y los personajes que creas llenos de vida. Más, a veces, que las personas reales, que yo mismo.

Nací en Valencia, vivo en Asturias, me siento también saharaui, es decir: ciudadano del mundo. Al principio escribía en un ambiente propicio, pero prefiero viajar: ahora escribo, más y mejor, en aviones, trenes, cafeterías y salas de espera. Lo que escribo se llena, entonces, de la vida en ebullición que me rodea.

Radio, libros, cine. Vida. Vida para dar y disfrutar. Para mí, y también para ti.

 

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