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Una vez más, El Roto nos invita a pensar. No hace falta escribir mucho, es verdad. Basta con su viñeta. Pero no me resisto a dejar que mi mente se meta en ella y pasee. Una buena amiga me decía hace un par de días que hay que buscar un trocito de tierra cerca de un río limpio, plantar patatas y leer. Es hora de ir desempolvando las bibliotecas particulares, sí. Tal vez dentro de poco nos veamos así, leyendo al sol o junto al fuego, con la ayuda de una vela. Vivimos pendientes de un hilo. De 220. Y ese hilo sale de las cavernas del poder económico, donde no se sabe qué nos están cocinando: tal vez a nosotros mismos. Pero esa es solo una parte de la reflexión a la que nos lleva El Roto. La otra es tal vez más importante, y es que nos dejamos llevar. Por eso que tengo bajo mis dedos, por esta pantalla que, cuando se apaga la luz, está vacía. Se habla y no se para del libro electrónico. Los colegios privados ya invitan a sus alumnos a prescindir del libro impreso, (salvo en los de pago, claro, que algo queda siempre en sus bolsillos), les educan en la nada electrónica. Y hay escuelas públicas que siguen a ese flautista hacia el abismo. La inmediatez, la impermanencia, la ingravidez. ¿Y dónde está esa información, esa tantas veces bautizada como Moderna Biblioteca de Alejandría? Es verdad, aquella ardió, pero esta no existe, nos hacen creer que existe. Y hacia allí van todos los libros, una hilera de libros que sin sentirlo apenas se van convirtiendo en fantasmas de sí mismos, representaciones momentáneas de toda la sabiduría. Bradbury soñó (o “pesadilló”) un mundo de libros prohibidos, en el que la llama de la esperanza estaba en el bosque de los “Hombres Libro”, que aprendían de memoria a Cortázar, a Beckett, a Shakespeare. Ahora tal vez Bradbury volvería a escribir Farenheit, y en su bosque, en el corazón del bosque, habría una biblioteca. Porque el día en el que todo esté en los servidores (qué ironía, los servidores somos en realidad nosotros), bastará con un gesto para hurtar al hombre todo su conocimiento. Ahora que aprieta la industria para que nos conectemos, es tiempo de apostar por la biblioteca. La del olor a libro, la del roce de las páginas, la de la intimidad, la del amor por las palabras y el pensamiento, por la memoria y la especulación. Los bits no arden: los bits se extinguen. Los ratones de siempre roen los libros trabajosamente. Los modernos ratones nos pueden dejar aislados de toda la sabiduría con un click. No abandonéis las bibliotecas nunca. Si eso es lo que quieren, no se lo pongamos fácil. Hagamos de cada biblioteca un fuerte de palabras.

La editorial SM ha tenido a bien rescatar del semiolvido la novela, que fue Premio Jaén hace ¡trece años!. Acaba de salir en Gran Angular, en la colección propia que tengo ahí, un auténtico hogar para libros que quieren seguir viviendo, que se resisten a la tentación del sueño.
Para esta edición tuve que repasarlo, palabra por palabra, párrafo a párrafo. No sé si está bien o está mal. Creo que ahora un poco mejor. Me permití (y me lo permitió Berta Márquez, su maravillosa editora) ampliar algunas cosas. En ocasiones soy demasiado pudoroso cuando escribo. Dejar espacio al lector es una de mis obsesiones; pero a veces me paso, y es un espacio tan amplio el que dejo, que el lector se pierde. Esta vez he querido ser más explícito.
Para mí, no es un libro cualquiera. Nació en el mismo Camino de Santiago, paso a paso también. Pero el agua que lleva es agua que sale de dentro, muy de dentro. Hay tanto dolor en lo que mueve la intención del libro, que creo que no lo podré confesar públicamente nunca. Pero sí que nace de un error, de un enorme y penoso error. Todos los cometemos. Y eso es lo que contiene El Bostezo del Puma. Hubo un puma hace mucho, mucho tiempo. No supe si bostezaba o rugía hasta que fue tarde. Es todo lo que puedo desvelar. Lo demás, los personajes, los paisajes, son los que viví. Hay una divertida crítica en internet desde que se publicó en 1999: lo echa por tierra, de cabo a rabo. Pretende el crítico que el libro es oportunista, y escrito sin conocer el Camino. No lo sé, tal vez sea oportunista. Desde luego, no era mi intención, y sí que conocía el Camino. De hecho, lo escribí con el corazón, pero con los pies también, en compañía de gente maravillosa, y también en la cercanía de un tipo inquietante, un americano que me hacía pensar, y hasta lo parecía, en Holden, el de el Guardián entre el centeno. En una de sus etapas nació algo mucho menor, “El vencejo que quiso tocar el suelo”. Pero está bien, una crítica así te estimula, te hace querer escribir mejor, que la verdad se transparente aún más.
¿Sigue vigente? No lo sé. Supongo que lo sabré pronto, sobre todo cuando algún antiguo lector quiera releer esta nueva versión, porque casi lo es. ¿Lo volvería a escribir así?
Sí, seguro. Toda novela escrita con el corazón es un ajuste de cuentas. El Bostezo del Puma liberó buena parte del peso que llevaba dentro.
Y este es un fragmento del primer capítulo:

“No tengáis miedo de los colmillos del puma; solo está bostezando.”

Abram recordaba constantemente esa frase y ni siquiera sabía muy bien a quién pertenecía. O sí: al Camino. Para Abram era el resumen del Camino, la destilación de una conversación en el refugio de peregrinos de Azofra, una botella de vino blanco recién sacada de la nevera. ¿Quiénes estaban allí aquella noche? Los recordaba: sus voces, sus nombres, sus rostros, sus pares de botas polvorientas, colocadas en fila y con los cordones colgando, en una pequeña repisa de piedra del pasillo.
La frase acerca del puma era un eslogan, o tal vez el pie de la foto de un puma encontrada en una enciclopedia, o en una revista. Alguien se había acordado de la frase al ver el cuaderno de Abram, un cuaderno cuadrado y vulgar, en cuya portada se podía ver un puma con las fauces abiertas, en actitud amenazante. El cuaderno había sido de Lisa y conservaba algunas notas de ella, pocas. El resto eran anotaciones hechas por el propio Abram y una especie de diario sin días, páginas de escritura automática tratando de llegar al fondo del pozo en el que se había convertido su memoria.
No podía recordar quién había pronunciado la frase, ni tampoco importaba mucho. La frase del puma les pertenecía a todos ellos, no tenía más dueño que el Camino. Pensaba en el Camino de Santiago y las imágenes que acudían a su mente eran: las botas colocadas en la repisa del pasillo del albergue de Azofra, el puma de su cuaderno y aquellas palabras: «No temas; solo bosteza».
Abram tuvo que destrozarse los pies en el camino para descubrir todo lo contrario. Era una idea de ida y vuelta, de doble filo: «No confíes en el bostezo del puma; en realidad, no es un bostezo. Disimula para atacarte».
Abram lo escribió en la soledad de un pueblo dormido, en una página de su cuaderno pocos días antes de quemarlo:
«Los colmillos del puma me han destrozado. No sé si bostezaba o rugía, pero mi carne es ya su alimento, puedo escuchar los sonidos glotones, el rasgar de tejidos, el crujir de mis huesos, el borboteo de mi sangre, derramándose hacia la nada.»
Cerró el cuaderno y miró la imagen del puma, se adentró en su boca, hasta que se quedó dormido.”

Yo también estoy en Madrid, en Nueva York, en Lisboa, en Atenas y en Valencia. En las más de mil ciudades en las que hoy se manifiesta la indignación de una generación de generaciones. No creo que hoy haya otra esperanza. Durante muchos años me había ofuscado, esperando que hoy volviera a ser ayer. Y no, hoy es hoy y, en todo caso, mañana. Echaba de menos un filósofo, una corriente de pensamiento nuevo formulada por un pensador, por un líder que marcara un camino nuevo. Me parecía terrible aquella ausencia de pensamiento, aquella rendición ante la dictadura de los objetos y la tecnología, aquella falta de respuesta ante la entrega de la historia a la voluntad perversa, oscura y difusa de los bancos. Sin embargo, en cualquier lugar en el que apagaras la televisión y hablaras con otros, surgía un hilo de plata que revelaba que había una corriente de pensamiento que unía a unos con otros en la distancia sideral que habían creado, paradójica y sibilinamente, con la comunicación instantánea de móviles y redes sociales.
Nació en el Sáhara ocupado. Todos los movimientos de este último año, desde Túnez hasta la Puerta del Sol, nacieron con la acampada que unos pocos jóvenes saharauis iniciaron cerca de la ciudad de El Aaiun. Gdem Izik, Campamento Dignidad, tan cerca de Acampada de la Indignación. Solos, sin el amparo de nadie, sin más dirección que la de ellos mismos, y sin otra idea que el hastío. Cuando Rabat ordenó arrasar a sangre y fuego el mar de jaimas de El Aaiun, era ya tarde. A aquel campamento se habían unido ya todos los que pensaban lo mismo: se acabó. Jóvenes, adultos, ancianos y hasta niños.
Ahora ya no hay quien lo pare. Tampoco en el Sáhara, donde antes o después nacerán otros campamentos de la indignación. Y en todo el mundo. Por encima, o al margen de los políticos integrados en el sistema que les resulta tan cómodo, que les da tantos privilegios. Los que aún desconfían del movimiento indignado pueden mirar a su alrededor. La enseñanza pública se desmorona en todas partes, asediada por la banca. Cada sueldo de cada maestro que se deja de pagar o se recorta, va a parar a la banca que creó esta crisis para acabar con los avances sociales de dos siglos. Y no es demagogia, es la exacta descripción de la realidad. Lo que hoy se debate en la calle es si mandan los banqueros o si el poder reside en la gente, en la calle. Y lo hermoso del movimiento es que no hay un líder, que cada uno es, somos líderes. Que no hacía falta un pensador, sino millones. Que la filosofía no es cuestión de cátedra, sino de corazón. Nos equivocábamos esperando un salvador, cuando la salvación estaba en nosotros mismos.
Es imposible prever el futuro. Pero en estos momentos no se vislumbra otro. Crece, en una imagen que me asalta una y otra vez: llueve al revés, nieva hacia el cielo. Surgen gotas de cada centímetro, manan copos que ascienden lentos en el aire.
Pon tu gota en la nube, sopla tu copo hacia arriba. O resignado, o gritando también tu indignación. Por el Sáhara, por el maestro despedido, por la pensión congelada, por tus manos atadas, por el cinismo de quienes no, no nos representan.
¿Cómo? Lo diremos cada día, inventaremos caminos. Lloveremos hacia arriba.

“El cielo era un lamento de cuchillos:
así el desierto” (Javier Rerverte, “Poemas africanos”.

Eran las dos, y cada poco nos preguntábamos unos a otros. ¿Cuánto? 45. 45,5. 46,3. 49,8. Ahí se detuvo, pero el oxígeno se esfumaba. Recordábamos cuando alguien nos contaba que hace algunos veranos, pasando de 55 grados, acercándose a los 60 peligrosamente, los niños comenzaron a desmayarse. Después los ancianos. Algunas mujeres y hombres. No se caían, porque a nadie se le ocurría estar levantado. Sencillamente, se esfumaba la conciencia al mismo ritmo que el oxígeno. Porque esto es hammada.
Los viajeros del Bubisher ya no bajamos al mohayam solamente en los meses más frescos. Empezar y acabar el curso nos obliga a bordear el verano, y ahora empezamos a sospechar en qué consiste el infierno. Una décima más, es una tortura. Y es peor si se levanta el viento, que se convierte en un soplete, en un inmenso secador de pelo, de piel, de alma. Un soplete cargado de un polvo que traspasa los cuerpos sólidos, que se mete en todas partes. Porque esto es hammada.
Y los años del exilio. 35. 36. 36,1, 36,2. La paciencia es un pozo tan inagotable como del de Rabuni, pero hasta este tiene un final. Cunde el desánimo, la desorientación. La enseñanza va a menos, ya no aparecen maestros. Sus sueldos hacen que allí vuelva a regir nuestro viejo dicho: “más hambre que un maestro de escuela”. Los niños acuden cada mañana a la escuela, pero muchas veces, cada vez más, no hay maestro. Salen, vagan. Batas blancas entre las cabras.
En ese desolador paisaje se mueve, sin embargo, un pájaro de la esperanza. El Bubisher aletea contra corriente. Está acabando de construir su nido. “Ess Bubisher”. Palito a palito, adobe a adobe, colegio a colegio, céntimo a céntimo, sin apenas ayuda de ninguna institución de este estado malamadre del que, sin embargo, formamos parte. La biblioteca ya está lista. Amplias ventanas verticales que la llenan de la luz dulce de poniente. La curva que se puebla de niños a la caída del sol para escribir poesía y hablar de cuentos. El patio que pronto recibirá las acacias espinosas que cuidarán los niños de cada club, de cada escuela. Espacios silenciosos que pronto verán llegar las estanterías blancas, y después la lluvia de libros. Dos mil, dos mil quinientos. Llegarán a bordo del Bubisher II, donación del ayuntamiento de Málaga, que corre con todos los gastos del traslado. Caravana de más de diez días, rito de paso. Media docena de bibliotecarias han gastado el verano fichando y “tejuelando”. El ordenador llegará con la cartuchera llena. Cartuchos de esperanza para derrotar al calor, para aplacar la rabia. Y allí estarán ellas mismas, para recibirlos, para acunarlos, para darles un lugar en el que esperar la mano que los escojan, los ojos que los lean. Luego, allá por enero, el Bubi II partirá hacia Ausserd, y volverá a ser el principio. Pero llegaremos más sabios, más pacientes, más furiosos también. Somos más, cada vez más. Aquí, y allá. Esta pasada semana los estudiantes saharauis ya licenciados cogieron las brochas, encalaron, pintaron. Ya es vuestra también, les dijimos. Es nuestra, dijeron. Dejarán detrás de la cal sus tesis sobre el Sáhara, un albergue para peregrinos de la curiosidad y la investigación.
Y en el equipo saharaui, Memona, Kabara, Fanna, Hamida, Larossi, Bachir, Alghailani. Las mañanas en las escuelas, las tardes en los clubes de lectura de todas las dairas. La biblioteca regida por Fanna y Bachir, un horario fijo y seguro, todos los libros, todas las materias, una atención especial y llena de cariño a todos los libros sobre el Sáhara. Sección de árabe. Periódicos y revistas. Clubes de jóvenes, cursos, recitales. El Nido estará siempre en ebullición.
Ahora más que nunca. No nos equivocamos. Los saharauis necesitan el fusil de la cultura, la munición del castellano para ser alguien en el mundo, para gritar su presencia y su constancia. Ganará esta larga guerra de desgaste quien más culto sea. Y el Bubisher es una luz de esperanza. Y el Nido su nido. Los campamentos necesitan maestros y libros, más que nunca. En tiempos de crisis pedimos más y más voluntarios, inundar las escuelas de esperanza. Más y más socios para este proyecto descabellado que se va peinando paso a paso, día a día. Luchar contra el calor y la inmovilidad al calor de la rabia.


Hace unos días un chico me decía (fonéticamente): “¿Sabes que estoy leyendo?”. Contesté que no, que qué. Él replicó que no, que no decía qué, sino que. Cuestión de acentos. Lo que me quería anunciar es que ¡por fin! ¡milagro! estaba leyendo.
Hace más, unos meses ya, en la efervescente Comarca de la Sidra, en Nava, todo un colegio, padres y maestros incluidos, tuvo a bien vestir una camiseta con el título de una charla que di, no sé ya dónde: “Si no lees, no pasa nada”. La solución estaba en la espalda: “Pero si lees pasan muchas cosas”. He vestido la camiseta este verano, y muchos que han leído la leyenda del pecho se han sorprendido. ¿De qué? La respuesta estaba en la espalda, sí, pero no hacía falta: es así de simple: si no lees no pasa nada. Punto. En tiempos de crisis, tan profunda y tal vez histórica, más que nunca, la única respuesta está en la cultura. Ahora que las esperancitas (y los esperancitos) escalan la pirámide del poder (más aún), se recorta por dónde les interesa, por todo lo contrario: por la cultura, por la enseñanza. Se despide, se cierra, se cerca. Se busca.
La gente mayor que acudía a Sol en la ola del 15-M, se sorprendía, sobre todo, del nivel cultural de quienes allí tomaban la palabra: confundían las rastas con la ignorancia y la vagancia, y se encontraban con que habían leído mucho más que ellos, que creían que pertenecían a una generación culta y lectora. Pues no. Allí pasaban cosas precisamente porque la gente leía.
El colegio de Nava es el ejemplo, como lo son muchos otros que he tenido la suerte de sentir como cómplices en este curso pasado. Gente que educa en todo lo que pasa si lees, en las muchas cosas que suceden, empezando por el sujeto lector, y así en círculos concéntricos, en ese alrededor que llamamos sociedad.
Empieza un año nuevo, y por ejemplo quince centros de O Ferrol se han sumado al Bubisher y van a emprender una campaña de intercambio de investigación con los niños del Sáhara que sueñan con que pasen cosas, muchas cosas, a través de la lectura. En otro colegio (que sin embargo callaré), no quieren lecturas complicadas (y menos de pobreza y “esas cosas”) ni visitas de escritores que puedan escribir en la espalda de sus niños cosas tan peligrosas y perturbadoras. Ni leer, ni siquiera hablar.
Pedía Carlos Taibo en una asamblea indignada que estemos atentos al otoño del 15-M, en el que en vez de caer las hojas brotarán. Si seguimos leyendo, invitando a leer. Gracias, Nava.

Estuve esta primavera en Quito. Aprendí más que enseñé. Invitado a participar en un congreso de escritores de habla hispana, se trataba de que cada uno diéramos nuestra visión de le literatura. Fue, como dije allí, presentando al alma del congreso, Leonor Bravo, un congreso de almas y no de nombres. Nos emocionamos unos a otros, entendimos que escribir es volver a vivir. Aprendimos que es bueno decir que cuando mentimos decimos la verdad, y no al revés.
He recibido no hace mucho los cuentos australes que Lelia Martínez leía en la radio, en las noches patagónicas. Ya escribí sobre su muerte, cuando esta llegó, tan de puntillas. Quiero, hoy, decir aquí lo que dije allí. E ir haciendo balance de un año en el que pasaron tantas cosas hermosas como espantosas. Apostemos por la belleza, por la verdad, por la libertad.

EL NIÑO QUE FUI, LA MUJER QUE SERÁ

Soy el niño que fui. Y también soy el hombre que fui, y el joven, y el adolescente. En mí están los recuerdos buenos, las incertidumbres. Las sonrisas, las risas y los llantos. Lo que hice bien cuando lo hice, y lo que hice menos bien. Cuando fui un verdadero amigo y cuando no lo fui. Cuando leí un cuento y me emocioné, cuando fue mi madre quien lo escribió y me lo leyó en la cama. Todo eso soy yo, el peso de mi tiempo, la espuma de mis días.
Y del mismo modo, cada niño es también el hombre, la mujer que será. Y el adolescente, y el joven, y hasta el hombre que un día se despedirá de la vida. En el niño que ahora deletrea en una escuela está el profesor que será, el poeta que atrapará a la mariposa en su vuelo fugaz para convertirlo en eterno entre las páginas de un libro.
No hay acto sin consecuencias. Si ahora cierro la tapa de este cuaderno, el futuro no será el mismo. Dicen los modernos sabios de la física cuántica que a cada instante se abren cientos, miles de futuros posibles, y que cada vez que elegimos tomar el vaso y beber o dejarlo y aguantar un poco más, transitamos uno de esos futuros posibles: solo uno. Y la vida es pues el tejido de tu futuro posible y el mío. Me lees o me escuchas, los dos dependemos del otro, y así hasta una combinación infinita.
Por todo eso, quiero hablar aquí, en Ecuador, de nuestros actos y sus consecuencias. De nuestras decisiones personales, que afectan a los que viven y a los que vivirán. Aquí, en este mismo foro, estuvo no hace mucho una buena amiga, Lelia Martínez. Ya no puede estar. Un triste día, sus hijos me escribieron para decirme que por desgracia, Lelia ya no podría seguir escribiéndome. Que esté hoy aquí, ha sido una consecuencia más de la vida y los actos de Lelia. Y esa es una buena paradoja: estoy aquí porque ella estuvo aquí, y estoy aquí porque ella ya no está. Entregó su vida a la literatura, convencida de que los niños de la Patagonia necesitaban a los libros, de que seguirán necesitándolos. De que son los niños que son, pero son también el hombre, la mujer que serán. Y por tanto, un libro más en sus vidas es una puerta abierta a un futuro que no es el mismo que con un libro menos. Como dijo Federico García Lorca en 1932 en la inauguración de la biblioteca pública de Fuentevaqueros, su pueblo, si un niño te pide pan, dale medio pan y un libro entero. La voz de Lelia se extendía desde San Carlos a Nauquén a través de la radio. Leía cuentos en las noches patagónicas, y esos cuentos enteros (y esa voz entera) cambiaban el futuro, el destino de los niños que escuchaban. Trabajaba en las escuelas de los barrios más humildes, llevaba la palabra hasta sus niños, y con ella les proporcionaba una linterna para alumbrar el camino más oscuro. No hay acto sin consecuencias, y si la vida de Lelia fue espléndida es porque sus actos generaron más hombres y mujeres liberados del yugo de la ignorancia, de la miseria intelectual, la peor de todas las pobrezas.
Y Lelia habría añadido en esta tribuna una simple, luminosa verdad, que digo yo en su nombre: cada niño que se incorpora a la cultura cambia su futuro personal, pero también cambia un poco el curso del río de la historia, altera el futuro. Es solo aparente la casualidad de que aquí, en Ecuador, quiera hablar de un nuevo ecuador. La raíz de la palabra me susurra su historia: el que hace iguales. A Lelia le gustaba esta idea, y así lo hablamos en nuestros correos: Tracemos un nuevo ecuador, démosle la vuelta al mundo, dibujemos una línea que no divida al mundo en Norte y Sur, sino que recorra todos los países por igual, sin arriba y abajo.
Cuando acaben estas jornadas, los bibliobuses, los burros con hombre y mochila cargada de libros volverán a salir a los caminos, a dotar a las escuelas rurales de cuentos para soñar el futuro de cada niño. Otras Lelia lo harán, seguirán sembrando. Si el bibliobús no logra salir al camino, un niño, diez, cien, no iniciarán su propio camino. Lelia ya no puede seguir sembrando, pero nosotros sí. Muchos de los presentes aquí cerrarán sus carpetas pronto y volverán a sus trincheras, donde las únicas armas que se pueden y se deben usar son las de la emoción, la ternura, el cariño.
En una de esas trincheras, la del Sáhara, donde estaba hace menos de un mes, encontré en el suelo de una tienda del mercado, un papel doblado, tan escaso allí. Lo recogí por si aún se podía usar, y al desdoblarlo leí unas letras infantiles que decían: “Ayer, Mariam y yo jugamos con las estrellas”. Todo acto, hasta el más nimio, tiene consecuencias. Si la niña no hubiera perdido su papel yo no lo habría encontrado. Y si vamos un poco más allá, como es obvio, si no lo hubiera escrito no lo habría podido perder. Pero es aún más allá donde quiero llevarles: al acto inicial, al que propició ese brevísimo pero bellísimo texto. Sin duda, antes de que la niña lo escribiera, hubo una Lelia, que se llamaría tal vez Enguía, o Kabara, o Daryalha, o Meimuna, o Adala. Alguien que trabajó con esa niña y con su amiga Mariam las emociones, la belleza de las cosas sencillas, como las estrellas, en medio de aquella vida durísima. Un poeta saharaui, Luali Lehsan, que escribe en castellano y pertenece a la Generación de la Amistad, dirigió allí un pequeño taller de poesía con niños de dos clubes de lectura. Y les dijo algo tan sencillo y tan fértil que merece la pena traerlo hasta aquí:
“Poesía –le dijo mirando a sus ojos- no es decir lo que ves ahí fuera. Poesía es contar lo que siente tu corazón cuando ves lo que hay ahí fuera”. Si no fuera por lecciones como esa, si no fuera por la ternura y la emoción, aquella niña no habría escrito que ella y Mariam, anoche, jugaron con las estrellas. Y yo no estaría, como lo estoy desde entonces, tan convencido de que merece la pena el esfuerzo de escribir para ellos con esa misma intención: decirles lo que siento cuando veo lo que hay ahí fuera, tenderles la mano para ayudarles a comprender los infinitos caminos que abre la palabra escrita hacia el futuro. Porque en esas dos niñas que jugaron con las estrellas están las mujeres que serán. Ojalá que plenas, libres y felices. Yo, apostaría por ello.
¿Y qué nos hace libres y felices, qué hace libres y felices a nuestros lectores? Hablo ya desde el complejo entramado que formamos escritores, ilustradores, editores y mediadores. No sé cómo nos recordarán a todos nosotros, en conjunto, dentro de treinta años. Sé muy bien cómo recordamos nosotros la década de los 80, en la que comenzó a existir este movimiento. Porque antes había solo el silencio, apenas roto por voces aisladas, auténticos precursores. Veníamos de un desierto, y al abrirse la puerta a mediados o finales de los 70, explotó la creatividad. No hablaré de nombres, porque siempre es injusto, pero en los 80 se vivieron dos fenómenos paralelos que se apoyaron el uno al otro: la libertad de escritura con busca de nuevos mundos para explorar, de nuevas verdades que gritar, tanto en texto como en ilustración, y la aparición de editoriales dispuestas a tomar un mercado naciente y potente. Y de esa conjunción nació una década prodigiosa, la más potente y fértil del último medio siglo.
Sin embargo, en los 90, poco a poco, sin ningún acontecimiento puntual, sin hacer ruido apenas, todo empezó a cambiar, sutilmente primero, y luego en forma torrencial. Y el resultado de ese torrente es una oferta cada vez más edulcorada, con menos mordiente, despojada casi del todo de cualquier carga subversiva: nada que pueda hacer pensar en un movimiento renovador, sino al contrario: tan conservador que incluso se revisan los clásicos limando sus aristas. Como me dijo un maestro que había montado con sus alumnos “El soldadito de plomo” de Andersen: “naturalmente”, había cambiado su final, evitando que el soldadito y la bailarina se fundieran en el fuego, algo demasiado crudo para sus pobres alumnos, a los que quería proteger, sin duda, de toda idea de sufrimiento y muerte como parte consustancial del gozo y de la vida. Pensé entonces, y por desgracia puede que tuviera razón, que Andersen no ganaría hoy el premio Andersen. Demasiado crudo, demasiado complejo, intranquilizador, raro y peligroso. O loco.
¿Qué pasó, qué ha pasado, qué nos está pasando? ¿Por qué, si hace poco más de veinte años se arriesgaba y se buscaba, de pronto se teme al riesgo y a la busca?
Es fácil aventurar razones en desorden, como si fueran un conjunto desarticulado: la corrección política, la busca de mercados seguros, la influencia de mediadores medrosos, la inercia de los autores, la decadencia de su potencia creadora y la falta de relevo, el oportunismo generalizado, el ambiente general de desánimo de la sociedad, la transversalidad de los temas, la avalancha de best-sellers infantiles y juveniles, pocos de ellos sinceros, la mayoría de ellos precocinados; y las modas, la carencia de un auténtica vanguardia en la literatura y el arte mundial, los mensajes tópicos y falsamente progresistas, la repetición, el hastío.
Sí, enumerar causas así es fácil, pero ¿qué fue antes, y que fue después? ¿En qué orden ponemos todo eso?
Me gustaría estar seguro de que no fuimos nosotros, los escritores, los que nos fuimos acomodando, los que dejamos de buscar y por tanto de arriesgar, los que encontramos lo lucrativo que era seguir y potenciar las modas, y que después las editoriales encontraron en ese cansancio y en ese oportunismo la excusa perfecta para pensar que ya no valía la pena apostar por cosas nuevas y dejaron de buscar entonces entre los jóvenes nuevas formas de escribir, nuevos mundos que explorar. Pero no estoy seguro de que ese no fuera el proceso. Y tampoco querría estar seguro de lo contrario, de que los culpables fueron los editores, de que empezaron a preferir los libros poco arriesgados, conformados al gusto ya existente, y no exploradores de nuevos caminos y alternativas. Y no querría porque tal vez decir eso fuera injusto. Y si dijera que fue el mercado el que a través de gustos edulcorados impuso reglas a los editores y estos a los escritores e ilustradores, y que estos dos obedecieron, puede que también lo fuera. Y aún podemos tratar de echarles la culpa a los mediadores, dispuestos a extraer el tema y el mensaje de cada libro, que tal vez exigieron a las editoriales que solo editaran libros clasificables y que “gustaran a todos”, esa imposibilidad tan extendida, y que fueron ellos quienes a su vez empezaron a exigir a los escritores que primero pensaran en el mensaje, después en el gusto general, luego en que no hubiera demasiado sufrimiento ni dolor, y solo después, en la historia.
No lo sé, y no creo que nadie pueda decir quién fue el primer culpable. Porque tal vez no lo hay, porque la especie humana vive en ciclos y se mueve en dualidades, y a una época de vanguardia siempre sucede otra de conservadurismo. Si fuera así, bastaría con sentarse a esperar a que el ciclo vuelva a cambiar.
Pero no basta. La historia no elige por sí misma su camino. Su avance o su retroceso depende de las fuerzas que se oponen. Dos fuerzas iguales, según me enseñaron en el bachillerato, producen la inmovilidad si se oponen en línea recta, o provocan un movimiento en círculos, si tiene direcciones distintas. Cada foro como este es una oportunidad para desequilibrar, para intentar cambiar la historia. Si en ocasiones así nos limitamos a mirarnos el ombligo con autocomplacencia, a decirnos lo guapos que éramos y lo lindos que son nuestros últimos libros, dejaremos el campo libre para los que quieren una literatura domesticada e inane. O aún peor: seremos parte de ellos. Movamos el árbol al menos. Nunca se sabe dónde se produce el pequeño suceso que puede llegar a provocar un gran cambio. Lelia lucharía por ello, y por eso hoy lo he querido decir con tanta crudeza.
Estos años de trabajo en el Sáhara he hecho descubrimientos personales que pueden parecer demasiado sutiles o aislados, pero que tal vez no lo sean. Creo que el mundo ya se ha comprimido casi del todo, y que nada de lo que sucede en un rincón del mundo es ajeno a lo que sucede aquí. Cuando decidimos llevar hasta el Sáhara Occidental una red de bibliobuses que den a los niños de los campos de refugiados libros para acceder a la cultura, pensamos que puesto que ellos viven una durísima realidad, llena de escasez y necesidades, los libros que teníamos que llevarles tenían que ser de fantasía, de evasión. Y nada hay más fácil hoy que buscar libros de fantasía sin compromiso con la realidad en los catálogos de las grandes editoriales. Aún así, en el cargamento de libros que llevábamos, se nuestras bibliotecarias embarcaron algunos que no tratan al niño como a un ser frágil al que hay que proteger del sufrimiento. Libros empapados de vida, de placer y gozo, pero en la misma humana medida también empapados de dolor. Flores raras tal vez, pero todavía no extinguidas. Pues bien, la sorpresa fue que aquellos niños que viven la vida dura, y que disfrutan de las lecturas más ligeras y fantásticas, también leen, e incluso prefieren, los libros duros que describen la dureza de otra vida dura, a veces lejana, y otras veces ni siquiera: su propia vida. Sin saberlo, sin poder saberlo siquiera, esos niños forman parte de una vanguardia silenciosa y casi invisible.
Lelia conocía a esos niños, y no había estado nunca en el Sáhara Occidental. Tantas veces me habló de ellos, sin embargo. Y es que en realidad son los mismos niños con los que ella trabajaba en La Patagonia, con los que se trabaja en los pueblos más alejados de Ecuador, de Bolivia, de Perú, de cualquier rincón del mundo donde alguien lucha por la palabra, para que no muera, para que muramos nosotros así como morimos, dejando huecos llenos de memoria y cariño, pero que no muera nunca aquello por lo que luchamos, aquello en lo que creemos. Casi voy a acabar con una cita de un escritor al que admiro, pero con el que en esta ocasión no estoy de acuerdo: dice en “De qué hablo cuando hablo de correr”: “Así es la escuela: lo más importante que aprendemos en ella es que las cosas más importantes no se pueden aprender allí”. Maestras como Leli,a como Yolanda, como, seguro, muchas de ustedes, lo desmienten: la escuela puede ser la de la emoción, la de la busca, la del amor.
Y ahora sí. Si les he convencido de que no hay acto sin consecuencias, si creen que son los adultos que son pero que también son los niños que fueron, si aceptan con la misma lógica que los niños son también los adultos que serán, si comparten conmigo la paradoja de que Lelia Martínez no esté aquí pero al mismo tiempo esté en tantos de ustedes que luchan para que la palabra los convierta en adultos libres, este tiempo que les he hecho gastar no habrá sido en vano. Muchas gracias.
Gonzalo Moure

 

Cama e conto

Ayer disfruté como un niño más, viendo la segunda representación de “Cama e Conto”, en la versión de Larraitz y Minari, las integrantes del grupo de títeres Babaluva. El espectáculo, dirigido por Santi Prego, es una delicia. La luz, la textura, el ritmo: todo conduce hacia el interior del alma humana, tanto de la niña como de su madre, en el que los cuentos son la llave de los sueños, sí, pero también de la ternura, de la comunicación más íntima.
El trabajo de transformación funciona como debe de funcionar nuestro corazón, sístole y diástole de los objetos cotidianos transformados en parte de la vida, y desplegando al mismo tiempo camas que se convierten en escenarios, sombras que salen de los recovecos de la habitación para convertirse en cuentos.
De momento, se ha estrenado en Xinzo de Limia, Xove y Foz, y el día 24 estará en el festival de teatro de Lalín. Y después le queda un amplio recorrido por lops colegios, de Galicia o de donde se les llame.
Larraitz y Minari, que ya pasearon Palabra de Caramelo por toda España cuando integraban Buratini, “habitan” también en Babaluva.com, donde se puede contactar con el grupo para hacer de las manos, los gestos, las regaderas y los ovillos, gente. Gente que busca la raíz de la vida en los cuentos, gente que sabe que los lazos que se tejen cada noche al lado y dentro de una cama, con un libro en las manos o una historia mil veces repetida, son para siempre.

La Fundación Ría del Eo me invitó a pronunciar una conferencia en Castropol el pasado sábado, para dar a conocer a Sancho Pardo de Donlebún, Almirante de la Mar Océana, que “mató de melancolía al piirata Francis Drake” en aguas de Puerto Rico hace más de cuatro siglos. Una figura casi ignorada, a pesar de la importancia de aquella batalla, que queda injustamente difuminada en la historia. Pero más sorprendente es que en su propia tierra pequeña, Donlebún, no tenga no ya un monumento como los muchos que tiene Drake en Inglaterra, sino al menos una calle, una placa, un roble con su nombre…
Sobre Pardo de Donlebún y Drake escribí hace diez años la novela, “Yo que maté de melancolía al pirata Francis Drake”, y ahora hice esta reflexión, desde la fascinación, la curiosidad, y también la melancolía… del olvido.
Fue una tarde intensa y emocionada, y también tensa, porque el linaje ha muerto por cuatro euros, enterrado, malbaratado, y los responsables estaban presentes en la Casa de Cultura de Castropol. Sentí ser duro, me dolió, pero la verdad, por amarga que pueda resultar, es inocultable, es simplemente la verdad. Nadie entre los descendientes de Sancho Pardo puede echar en cara la venta a quien legalmente podía hacerla, pero sí no haber tenido la oportunidad de optar a la compra de todo el legado arquitectónico y familiar, o a parte. O al menos a recuperar cartas familiares, fotografías de la infancia, algún pequeño recuerdo.
Pero nada de eso importa ya a nadie, salvo a los interesados, y no es más que una pequeña nota, casi a pie de página, del verdadero sentido de la reflexión: la asombrosa aventura de un almirante que supo hacer caer en la trampa al más brillante pirata que ha dado la historia. Podéis leer el documento completo en este PDF.

.SANCHO PARDO DE DONLEBÚN Y LA MELANCOLÍA DEL OLVIDO

Ayer acabó la batalla de Antonio Pomares, mantenida duramente contra el cáncer en los dos últimos años. Duele, duele mucho. En la larga lucha de la sociedad española por el derecho del pueblo saharaui, Antonio ha sido uno de los mejores. Y no solo desde el derecho político, sino sobre todo desde la cultura. Él y su gente entendían esta lucha del mismo modo que el Bubisher: solo serán libres, al margen ya de su destino político, si son cultos. Su proyecto, “Sáhara habla español”, se dirige a los maestros, a los que reciclan en cursos en el 9 de Junio todos los años. El nuestro, a los niños y a los jóvenes: dos manos de un solo cuerpo. Y así le conocimos, cuando el Bubisher, alegre, optimista sin solución, desembarcó en el campamento del 27 sin más referencia que la que nos había dado Antonio: su jaima, un plato y unos vasos de té. Y él nos presentó a Yuri, a la ministra, y junto a él conocimos a Cristina, a Joaquín, a Enrique, a Gloria. Con dos de sus maestros, Cristina y Enrique, entramos por primera vez en una escuela, la del 27, momento que recoge el documental de Irene, “El pájaro de la buena suerte”. Y de su proyecto surgió Daryalha, una de las mejores en aquel curso, y ahora nuestra compañera. Nunca podremos saber lo que habría sido del Bubi sin Antonio. Y entre todas las posibilidades, hay una que nos evitó: quedar varado en la arena, como tantos proyectos llenos de buenas intenciones.Antonio Pomares (algunos siempre te llamaremos “Berikalla”, en nuestro corazón) era uno de los españoles que más sabían de los hombres del libro saharauis. Incluso acariciamos juntos el proyecto de traducir y editar “Al kitab el badía”, el libro de la badía de Chej El Maami, y él tenía la única gramática de hassanía, también de El Maami. Antonio conocía a sus descendientes, y acariciaba un millar de hermosas ideas para que el mundo conociera la riqueza de una cultura que quiso enriquecer dándole dimensión mundial a través del castellano.
Nos ha dejado muchas cosas, y el Bubi rueda con aquel primer impulso. Seguiremos, codo con codo con su proyecto, y en cada tropiezo invocaremos su fuerza y su bondad. No dejes de echarnos una mano, y luego nos fumaremos juntos un pitillo.

Llegamos tarde, Miguel. Hubiéramos querido que todos los que pasamos por Fuelabrada, donde conocimos muchos a Juan, le hubiéramos dado un homenaje. Lo hablamos hace pocas semanas: pues en la próxima edición. Pues no, porque Juan Farias no estará. Al menos en cuerpo y orejas.

He intentado que aquel periódico que creíamos un poco nuestro, El País, publicara al menos una nota por su muerte. O una triste carta triste al director. Pues no. Pues tampoco. Se acordarán como cada año de la LIJ en agosto, por las ventas. Y por navidad. Nos da igual, en el fondo. Sabemos, desde que otro gallego maravilloso y genial, Agustín Fernández Paz, lo dijera, que la LIJ es invisible. Para ellos. No para los miles de lectores, sobre todo para los que han formado su sensibilidad, su gusto por la lectura leyendo a Juan.

Le seguirán, le seguiremos leyendo. Y cada vez que un niño abra un libro de Juan Farias, su corazón volverá a latir, porque será el mismo instante en el que él escribía esas páginas. Que eran valientes, que eran limpias. Que no buscaban lectores, ni nada. Que salían del alma.

Visitad en facebook todas las entradas de muchos de los que quieren a Juan, más allá de la vida y la muerte: “Juan Farias, siempre”.

Hoy me ha mandado Ana Lavatelli una preciosa poesía para los que quisimos, le queremos y le querremos:

Cuando un hombre muere
muere con él su primera nieve

y su primer beso y su primera batalla
todo esto él  lo lleva consigo

Quedan  los libros, los puentes
los aparatos, los lienzos de los pintores

Es cierto, mucho va a quedar
pero siempre algo desaparece.

Es la ley de un juego cruel
no son hombres, los que mueren. Mas bien mundos.”

 

Hace unos meses colaboré en el homenaje que le dio la OEPLI, con este texto. Va por ti, Juan. Va por ti, Miguel, que tanto le quieres.

Si fuera un niño le pediría a Juan que me cogiera de la mano

 

y me llevara a ver el mar. Y ya en la playa, o en el acantilado, le pediría que me contara un cuento. Que lo sacara de las nubes, de la espuma y las gaviotas. De la memoria.

Pero me basta con abrir cualquiera de sus libros para que ese milagro suceda, para sentir mi mano en la suya, porque cuando escribe es como si te llevara a ver el mar, o a bucear en sus recuerdos. Pocos lo logran: escribir tan recto como para que las palabras no sean más que notas musicales que te conducen a lugares o tiempos remotos, al corazón de otro que no fuiste pero que, de pronto, eres.

Hace unos años propuse a un grupo de amigos que pidiéramos a la Real Academia un sillón para Farias -nos bastaba con la f minúscula- como representante de la literatura infantil en castellano. Entendida como él la entendía: no literatura para niños, sino literatura sobre niños. Que ni es lo mismo ni tampoco es igual. Para que la defendiera del desprecio o de lo que otro gallego maravilloso, Agustín Fernández Paz, definió como “invisibilidad”. Como si lo que leen los niños no fuera decisivo, como si esa no fuera la literatura seminal que marca su futuro, que arraiga en su corazón, trepa por su mesilla de noche y florece en la biblioteca particular de cada uno.

Aquello no fue posible entonces: por lo obvio, por las pequeñas miserias, las que nos nublan a todos las vista. Y tal vez no sea ya ni siquiera oportuno. Y por eso lo hago, para seguir caminando un poco más de su mano, porque él nunca se pliega a lo oportuno ni a lo correcto, porque escribe con las entrañas, porque para él el compromiso es simple y diáfano: consigo mismo, con su memoria, con su mirada. Incapaz de fingir, de tratar de ser quien no es.

Por todo eso es por lo que, si fuera un niño y me llevara a ver el mar, le daría las gracias. Y como no lo soy, es también por todo eso por lo que abro las páginas de uno de sus libros, y las siento como dedos, nudosos y tibios, y le digo lo mismo: gracias.