Archivo de noviembre de 2011

CINE DEL OCEJÓN. CONTRA LA CRISIS TOTAL, ACCIÓN LOCAL

Es fácil levantar una ceja, retirarse, esconderse, no hacer nada “puesto que nada se puede hacer”. Contra esa parálisis se ha levantado la indignación: llover hacia arriba, nevar copos blancos contra el gris y el negro pesimismo. Este fin de semana he estado en Majaelrayo, Campillo de Ranas, el Ocejón: los pueblos negros de Guadalajara, tan en el centro y tan lejos. Allí llegaron hace siete años María José y Álvaro. Compraron la casa de Paquito, el centenario que cocía pan, cuando el anciano ya hacía las maletas. Y la habitaron en relevo perfecto, la llenaron de retazos de vida abigarrada y sutil. Pero vieron que la comarca languidecía. Pusieron en marcha una biblioteca sin un euro pero con mucho cariño. Y se dijeron: puesto que lo nuestro es viaje, porque estamos aquí por azar y viaje, ¿qué tal un certamen de cine viajero? Por suerte, había otros “locos”. No sé si muchos, pero suficientes para poner en marcha todo un festival. De nuevo sin un euro, sin una subvención (tan fáciles son las subvenciones como duros sus nudos). Han pasado ya en las dos anteriores ediciones Arsuaga, Sebastián Álvaro, muchos otros nombres importantes. Y muchos otros nombres emergentes.

Como no podía ser de otro modo, el Bubisher llegó a Majaelrayo por los cruces de caminos. En los que coincidió Félix Albo. Y poco después allí estábamos, cargados de libros, con la maqueta del Bubi de Taquete, y con mucha ilusión. Estrenábamos el corto “Así ven los niÑos saharauis el Bubisher”. Estreno universal del proyecto más local, en un festival universal en el marco más local. Se puede, claro que se puede. Rendirse es morir. Hacer es vivir.

El Bubisher se ha sentido en casa, tan lejos de Smara, este fin de semana. La sociedad civil hace lo que la oficial ni hace ni le importa.

El festival del Ocejón es una delicia. Desde un corto hecho por los niños de la escuela del valle, hasta películas complejas y duras, pasando por cortos de animación, memorias de los viajes insólitos, ecos de la inquisición, y Sáhara, mucho Sáhara. Circoa presentaba también su documental sobre las mujeres saharauis, y cuánta emoción, qué largo escalofrío por las espaldas de los espectadores, algunos de los cuales ya sabían, pero en minoría frente a los que no, no sabían. Todavía, porque para eso está el cine, y las sillas colocadas en la “Casa del maestreo”, y los problemas técnicos resueltos, y tanto, tanto pequeño esfuerzo. Nuestro pequeño documental no podía tener mejor cuna. Al final, en el bar, todos cantaban “Mano con mano, buscando al Bubisher”.

Nos fuimos, pero nos quedamos. Nos despidieron, pero nos dijeron hola. Nos reconocimos los unos en los otros. No hacer nada es bendecir la nada. Hacer es derrotar a la derrota. María José, Álvaro: qué lección. Félix, gracias por viajar tanto.

Debía de andar últimamente pesimista, porque escribí uno de esos relatos de menos de veinte palabras que tanto me gustan, y me salió uno que decía “Antes de apagar la luz que se había dejado encendida, el ángel miró al mundo y dijo: qué pena.” Era la segunda versión, y la primera sonaba aún más terrible, aunque dijera lo mismo (misterios de la química de las palabras): “El ángel se acordó de que se había dejado una luz encendida. Volvió, y antes de apagarla miró al mundo y susurró: qué pena”. Veintitrés palabras para expresar el desánimo. Que me absorbió.
Y, de pronto, sonó el teléfono, y en unos segundos todo cambió: ha nacido Maga. Me lo dijo Limam, que un día cogió su cartera y vino a Rabuni a decirme que sería el encargado de llevarme a recorrer el Tiris y cambió mi vida. Tiempo después apareció Zahra en la suya, y también para cambiar. Nadie que no les conozca puede imaginar la suma que forman Zahra y Limam. Cuando allá por el mes de febrero anunciaron que iban a ser padres todos nos alegramos, claro. Como ahora me alegro tanto del segundo embarazo de Ana Moure, una hermana o un hermano para Carmen. Pero ahora es distinto, porque ya está aquí. Ayer todos los teléfonos y correos del Bubisher ardían. Maga, nada menos. Maga Boisha Abdalahi, a la española, y Maga Limam Boisha a la saharaui, aunque me gustaría más Maga mint Limam u Zahra: Maga, hija de Limam y Zahra. Un enjambre de nombres para, al fin y al cabo, uno solo: Maga. Como su tía, que estará muy orgullosa también. Maga verá el siglo XXII. ¿Verdad que da vértigo? Verá también el fin del exilio de su pueblo. Porque aunque crezca en España, será saharaui siempre, no hay quien lo dude. Maga nos ha hecho a todos los que queremos a sus padres, y sobre todo a los bubisheros, un poco abuelos, un poco tíos, un poco más compañeros. Maga y mi nueva sobrina jugarán juntas en la playa de Santa Gadea. Y el ángel, que sí, ya casi se estaba yendo, cambiará de idea. No pagará la luz. Encenderá dos velas. Por la vida, por la esperanza. El primer pase mágico de una niña que ha nacido con estrella. Bienvenida, y ojalá que nos bendigas y nos digas: bien hallados.

Una vez más, El Roto nos invita a pensar. No hace falta escribir mucho, es verdad. Basta con su viñeta. Pero no me resisto a dejar que mi mente se meta en ella y pasee. Una buena amiga me decía hace un par de días que hay que buscar un trocito de tierra cerca de un río limpio, plantar patatas y leer. Es hora de ir desempolvando las bibliotecas particulares, sí. Tal vez dentro de poco nos veamos así, leyendo al sol o junto al fuego, con la ayuda de una vela. Vivimos pendientes de un hilo. De 220. Y ese hilo sale de las cavernas del poder económico, donde no se sabe qué nos están cocinando: tal vez a nosotros mismos. Pero esa es solo una parte de la reflexión a la que nos lleva El Roto. La otra es tal vez más importante, y es que nos dejamos llevar. Por eso que tengo bajo mis dedos, por esta pantalla que, cuando se apaga la luz, está vacía. Se habla y no se para del libro electrónico. Los colegios privados ya invitan a sus alumnos a prescindir del libro impreso, (salvo en los de pago, claro, que algo queda siempre en sus bolsillos), les educan en la nada electrónica. Y hay escuelas públicas que siguen a ese flautista hacia el abismo. La inmediatez, la impermanencia, la ingravidez. ¿Y dónde está esa información, esa tantas veces bautizada como Moderna Biblioteca de Alejandría? Es verdad, aquella ardió, pero esta no existe, nos hacen creer que existe. Y hacia allí van todos los libros, una hilera de libros que sin sentirlo apenas se van convirtiendo en fantasmas de sí mismos, representaciones momentáneas de toda la sabiduría. Bradbury soñó (o “pesadilló”) un mundo de libros prohibidos, en el que la llama de la esperanza estaba en el bosque de los “Hombres Libro”, que aprendían de memoria a Cortázar, a Beckett, a Shakespeare. Ahora tal vez Bradbury volvería a escribir Farenheit, y en su bosque, en el corazón del bosque, habría una biblioteca. Porque el día en el que todo esté en los servidores (qué ironía, los servidores somos en realidad nosotros), bastará con un gesto para hurtar al hombre todo su conocimiento. Ahora que aprieta la industria para que nos conectemos, es tiempo de apostar por la biblioteca. La del olor a libro, la del roce de las páginas, la de la intimidad, la del amor por las palabras y el pensamiento, por la memoria y la especulación. Los bits no arden: los bits se extinguen. Los ratones de siempre roen los libros trabajosamente. Los modernos ratones nos pueden dejar aislados de toda la sabiduría con un click. No abandonéis las bibliotecas nunca. Si eso es lo que quieren, no se lo pongamos fácil. Hagamos de cada biblioteca un fuerte de palabras.