Archivo de octubre de 2011

La editorial SM ha tenido a bien rescatar del semiolvido la novela, que fue Premio Jaén hace ¡trece años!. Acaba de salir en Gran Angular, en la colección propia que tengo ahí, un auténtico hogar para libros que quieren seguir viviendo, que se resisten a la tentación del sueño.
Para esta edición tuve que repasarlo, palabra por palabra, párrafo a párrafo. No sé si está bien o está mal. Creo que ahora un poco mejor. Me permití (y me lo permitió Berta Márquez, su maravillosa editora) ampliar algunas cosas. En ocasiones soy demasiado pudoroso cuando escribo. Dejar espacio al lector es una de mis obsesiones; pero a veces me paso, y es un espacio tan amplio el que dejo, que el lector se pierde. Esta vez he querido ser más explícito.
Para mí, no es un libro cualquiera. Nació en el mismo Camino de Santiago, paso a paso también. Pero el agua que lleva es agua que sale de dentro, muy de dentro. Hay tanto dolor en lo que mueve la intención del libro, que creo que no lo podré confesar públicamente nunca. Pero sí que nace de un error, de un enorme y penoso error. Todos los cometemos. Y eso es lo que contiene El Bostezo del Puma. Hubo un puma hace mucho, mucho tiempo. No supe si bostezaba o rugía hasta que fue tarde. Es todo lo que puedo desvelar. Lo demás, los personajes, los paisajes, son los que viví. Hay una divertida crítica en internet desde que se publicó en 1999: lo echa por tierra, de cabo a rabo. Pretende el crítico que el libro es oportunista, y escrito sin conocer el Camino. No lo sé, tal vez sea oportunista. Desde luego, no era mi intención, y sí que conocía el Camino. De hecho, lo escribí con el corazón, pero con los pies también, en compañía de gente maravillosa, y también en la cercanía de un tipo inquietante, un americano que me hacía pensar, y hasta lo parecía, en Holden, el de el Guardián entre el centeno. En una de sus etapas nació algo mucho menor, “El vencejo que quiso tocar el suelo”. Pero está bien, una crítica así te estimula, te hace querer escribir mejor, que la verdad se transparente aún más.
¿Sigue vigente? No lo sé. Supongo que lo sabré pronto, sobre todo cuando algún antiguo lector quiera releer esta nueva versión, porque casi lo es. ¿Lo volvería a escribir así?
Sí, seguro. Toda novela escrita con el corazón es un ajuste de cuentas. El Bostezo del Puma liberó buena parte del peso que llevaba dentro.
Y este es un fragmento del primer capítulo:

“No tengáis miedo de los colmillos del puma; solo está bostezando.”

Abram recordaba constantemente esa frase y ni siquiera sabía muy bien a quién pertenecía. O sí: al Camino. Para Abram era el resumen del Camino, la destilación de una conversación en el refugio de peregrinos de Azofra, una botella de vino blanco recién sacada de la nevera. ¿Quiénes estaban allí aquella noche? Los recordaba: sus voces, sus nombres, sus rostros, sus pares de botas polvorientas, colocadas en fila y con los cordones colgando, en una pequeña repisa de piedra del pasillo.
La frase acerca del puma era un eslogan, o tal vez el pie de la foto de un puma encontrada en una enciclopedia, o en una revista. Alguien se había acordado de la frase al ver el cuaderno de Abram, un cuaderno cuadrado y vulgar, en cuya portada se podía ver un puma con las fauces abiertas, en actitud amenazante. El cuaderno había sido de Lisa y conservaba algunas notas de ella, pocas. El resto eran anotaciones hechas por el propio Abram y una especie de diario sin días, páginas de escritura automática tratando de llegar al fondo del pozo en el que se había convertido su memoria.
No podía recordar quién había pronunciado la frase, ni tampoco importaba mucho. La frase del puma les pertenecía a todos ellos, no tenía más dueño que el Camino. Pensaba en el Camino de Santiago y las imágenes que acudían a su mente eran: las botas colocadas en la repisa del pasillo del albergue de Azofra, el puma de su cuaderno y aquellas palabras: «No temas; solo bosteza».
Abram tuvo que destrozarse los pies en el camino para descubrir todo lo contrario. Era una idea de ida y vuelta, de doble filo: «No confíes en el bostezo del puma; en realidad, no es un bostezo. Disimula para atacarte».
Abram lo escribió en la soledad de un pueblo dormido, en una página de su cuaderno pocos días antes de quemarlo:
«Los colmillos del puma me han destrozado. No sé si bostezaba o rugía, pero mi carne es ya su alimento, puedo escuchar los sonidos glotones, el rasgar de tejidos, el crujir de mis huesos, el borboteo de mi sangre, derramándose hacia la nada.»
Cerró el cuaderno y miró la imagen del puma, se adentró en su boca, hasta que se quedó dormido.”

Yo también estoy en Madrid, en Nueva York, en Lisboa, en Atenas y en Valencia. En las más de mil ciudades en las que hoy se manifiesta la indignación de una generación de generaciones. No creo que hoy haya otra esperanza. Durante muchos años me había ofuscado, esperando que hoy volviera a ser ayer. Y no, hoy es hoy y, en todo caso, mañana. Echaba de menos un filósofo, una corriente de pensamiento nuevo formulada por un pensador, por un líder que marcara un camino nuevo. Me parecía terrible aquella ausencia de pensamiento, aquella rendición ante la dictadura de los objetos y la tecnología, aquella falta de respuesta ante la entrega de la historia a la voluntad perversa, oscura y difusa de los bancos. Sin embargo, en cualquier lugar en el que apagaras la televisión y hablaras con otros, surgía un hilo de plata que revelaba que había una corriente de pensamiento que unía a unos con otros en la distancia sideral que habían creado, paradójica y sibilinamente, con la comunicación instantánea de móviles y redes sociales.
Nació en el Sáhara ocupado. Todos los movimientos de este último año, desde Túnez hasta la Puerta del Sol, nacieron con la acampada que unos pocos jóvenes saharauis iniciaron cerca de la ciudad de El Aaiun. Gdem Izik, Campamento Dignidad, tan cerca de Acampada de la Indignación. Solos, sin el amparo de nadie, sin más dirección que la de ellos mismos, y sin otra idea que el hastío. Cuando Rabat ordenó arrasar a sangre y fuego el mar de jaimas de El Aaiun, era ya tarde. A aquel campamento se habían unido ya todos los que pensaban lo mismo: se acabó. Jóvenes, adultos, ancianos y hasta niños.
Ahora ya no hay quien lo pare. Tampoco en el Sáhara, donde antes o después nacerán otros campamentos de la indignación. Y en todo el mundo. Por encima, o al margen de los políticos integrados en el sistema que les resulta tan cómodo, que les da tantos privilegios. Los que aún desconfían del movimiento indignado pueden mirar a su alrededor. La enseñanza pública se desmorona en todas partes, asediada por la banca. Cada sueldo de cada maestro que se deja de pagar o se recorta, va a parar a la banca que creó esta crisis para acabar con los avances sociales de dos siglos. Y no es demagogia, es la exacta descripción de la realidad. Lo que hoy se debate en la calle es si mandan los banqueros o si el poder reside en la gente, en la calle. Y lo hermoso del movimiento es que no hay un líder, que cada uno es, somos líderes. Que no hacía falta un pensador, sino millones. Que la filosofía no es cuestión de cátedra, sino de corazón. Nos equivocábamos esperando un salvador, cuando la salvación estaba en nosotros mismos.
Es imposible prever el futuro. Pero en estos momentos no se vislumbra otro. Crece, en una imagen que me asalta una y otra vez: llueve al revés, nieva hacia el cielo. Surgen gotas de cada centímetro, manan copos que ascienden lentos en el aire.
Pon tu gota en la nube, sopla tu copo hacia arriba. O resignado, o gritando también tu indignación. Por el Sáhara, por el maestro despedido, por la pensión congelada, por tus manos atadas, por el cinismo de quienes no, no nos representan.
¿Cómo? Lo diremos cada día, inventaremos caminos. Lloveremos hacia arriba.

“El cielo era un lamento de cuchillos:
así el desierto” (Javier Rerverte, “Poemas africanos”.

Eran las dos, y cada poco nos preguntábamos unos a otros. ¿Cuánto? 45. 45,5. 46,3. 49,8. Ahí se detuvo, pero el oxígeno se esfumaba. Recordábamos cuando alguien nos contaba que hace algunos veranos, pasando de 55 grados, acercándose a los 60 peligrosamente, los niños comenzaron a desmayarse. Después los ancianos. Algunas mujeres y hombres. No se caían, porque a nadie se le ocurría estar levantado. Sencillamente, se esfumaba la conciencia al mismo ritmo que el oxígeno. Porque esto es hammada.
Los viajeros del Bubisher ya no bajamos al mohayam solamente en los meses más frescos. Empezar y acabar el curso nos obliga a bordear el verano, y ahora empezamos a sospechar en qué consiste el infierno. Una décima más, es una tortura. Y es peor si se levanta el viento, que se convierte en un soplete, en un inmenso secador de pelo, de piel, de alma. Un soplete cargado de un polvo que traspasa los cuerpos sólidos, que se mete en todas partes. Porque esto es hammada.
Y los años del exilio. 35. 36. 36,1, 36,2. La paciencia es un pozo tan inagotable como del de Rabuni, pero hasta este tiene un final. Cunde el desánimo, la desorientación. La enseñanza va a menos, ya no aparecen maestros. Sus sueldos hacen que allí vuelva a regir nuestro viejo dicho: “más hambre que un maestro de escuela”. Los niños acuden cada mañana a la escuela, pero muchas veces, cada vez más, no hay maestro. Salen, vagan. Batas blancas entre las cabras.
En ese desolador paisaje se mueve, sin embargo, un pájaro de la esperanza. El Bubisher aletea contra corriente. Está acabando de construir su nido. “Ess Bubisher”. Palito a palito, adobe a adobe, colegio a colegio, céntimo a céntimo, sin apenas ayuda de ninguna institución de este estado malamadre del que, sin embargo, formamos parte. La biblioteca ya está lista. Amplias ventanas verticales que la llenan de la luz dulce de poniente. La curva que se puebla de niños a la caída del sol para escribir poesía y hablar de cuentos. El patio que pronto recibirá las acacias espinosas que cuidarán los niños de cada club, de cada escuela. Espacios silenciosos que pronto verán llegar las estanterías blancas, y después la lluvia de libros. Dos mil, dos mil quinientos. Llegarán a bordo del Bubisher II, donación del ayuntamiento de Málaga, que corre con todos los gastos del traslado. Caravana de más de diez días, rito de paso. Media docena de bibliotecarias han gastado el verano fichando y “tejuelando”. El ordenador llegará con la cartuchera llena. Cartuchos de esperanza para derrotar al calor, para aplacar la rabia. Y allí estarán ellas mismas, para recibirlos, para acunarlos, para darles un lugar en el que esperar la mano que los escojan, los ojos que los lean. Luego, allá por enero, el Bubi II partirá hacia Ausserd, y volverá a ser el principio. Pero llegaremos más sabios, más pacientes, más furiosos también. Somos más, cada vez más. Aquí, y allá. Esta pasada semana los estudiantes saharauis ya licenciados cogieron las brochas, encalaron, pintaron. Ya es vuestra también, les dijimos. Es nuestra, dijeron. Dejarán detrás de la cal sus tesis sobre el Sáhara, un albergue para peregrinos de la curiosidad y la investigación.
Y en el equipo saharaui, Memona, Kabara, Fanna, Hamida, Larossi, Bachir, Alghailani. Las mañanas en las escuelas, las tardes en los clubes de lectura de todas las dairas. La biblioteca regida por Fanna y Bachir, un horario fijo y seguro, todos los libros, todas las materias, una atención especial y llena de cariño a todos los libros sobre el Sáhara. Sección de árabe. Periódicos y revistas. Clubes de jóvenes, cursos, recitales. El Nido estará siempre en ebullición.
Ahora más que nunca. No nos equivocamos. Los saharauis necesitan el fusil de la cultura, la munición del castellano para ser alguien en el mundo, para gritar su presencia y su constancia. Ganará esta larga guerra de desgaste quien más culto sea. Y el Bubisher es una luz de esperanza. Y el Nido su nido. Los campamentos necesitan maestros y libros, más que nunca. En tiempos de crisis pedimos más y más voluntarios, inundar las escuelas de esperanza. Más y más socios para este proyecto descabellado que se va peinando paso a paso, día a día. Luchar contra el calor y la inmovilidad al calor de la rabia.