¡MÁS GRANDE, MÁS ALTO!

22 de diciembre, 2010 | En Noticias | 5 Comentarios

Esta imagen dice más de lo que soy capaz de decir. Es del Bubisher, sí, y no está retocada con ningún programa. Es el ojo de Clara y Roge, simplemente, como es también el mío y el tuyo: cuestión de punto de vista. Es también la metáfora del balance de un año raro y maravilloso, y el deseo de un año igual de raro y de maravilloso. Es el Bubisher, pero también representa todo lo demás: lo escrito, lo publicado, lo soñado, lo proyectado. En esta foto hay algunas personas reales, pero también están las que quisiera tener también a mi lado siempre: todos los amigos, todos aquellos que creen que la realidad es algo que merece ser cambiado. Todos los niños y jóvenes a quienes he visitado en sus centros, y especialmente los de Yolanda y los de Rosa, por tanto cariño. Pero también los maítos de Leticia, con quienes compartí a ese pedazo de poeta y de persona que es Antonio. Y los de Canadá, y los de Suecia, y los de tantos colegios e institutos. Y, por supuesto, Mahyuba, y Abdulláh, y Fati, y todos y cada uno de los que están ahí, en el techo del Bubi, en persona o en espíritu. Mucho hecho, pero mucho más por hacer. En este año que está a punto de comenzar publicaré un libro con Inés, otro con Alicia, otro con Mónica, y otro con todos los niños de Farsía, y encuentro cada vez más placer en compartir, tanto casi como en buscar nuevas respuestas a mis preguntas más antiguas: ¿qué es escribir? Nada, si no se vive lo que se escribe, nada si tomo al lector como un simple receptor pasivo. El Bubi tiene sitio para muchos, para muchísimos más, y siento lo mismo con lo que escribo: el espacio está aún por descubrir. A todos, gracias por un año raro y maravilloso. A todos, mi deseo de rarezas y maravillas.

SKY POTATO

18 de diciembre, 2010 | En Noticias | 2 Comentarios

Nunca he hecho esto en la web. Colgar un comentario o una crítica positiva de un libro propio me parece patético. Pero lo voy a hacer una vez, porque lo que dice un chico (Héctor F. Sánchez en la página http://eltiramilla.com/el-alimento-de-los-dioses-de-gonzalo-moure/), me ayuda a reivindicar la reedición de uno de mis primeros libros, “El alimento de los dioses”. En efecto, fue descatalogado por Bruño hace ya casi diez años. La edición fue del inolvidable Miguel Ángel Diéguez, un editor como pocos que ya nos dejó, y que supongo que estará comiendo “Sky potato” y disfrutando de la literatura de los ángeles. Así quise titularla, Sky potato, en su día. Pero no fue posible por el anglicismo, mientras que “La patata del cielo” quedaba un poco pedestre. Entre Miguel Ángel y yo, casi a última hora, le pusimos el título con el que fue publicada. Solo un par de meses más tarde supimos que ya H.G. Wells había publicado una novela con el mismo título, y que incluso hay una película que también se llama así.

Publico la opinión de Héctor (gracias) con la esperanza de que algún editor se anime. Es verdad, salió fuera de modas, cuando este género literario estaba en horas (o décadas) bajas. Ahora, hasta podría ser considerado “oportuno”, lo que tampoco me gustaría demasiado. Pero quién sabe lo que sucede cuando se arroja una botella al agua.

La novela surgió de una discusión en la cocina (debía de ser el año 1990) con el músico y biólogo (y polemista) Antonio Resines: ¿qué pasaría en el mundo si apareciera un alimento perfecto? Antonio dibujó un panorama idílico. Yo opté por la opinión contraria. Y de la cocina salió mi promesa de novelar mi visión del mundo. Fue antes de las pateras, antes de que creciera la sensación de que se está armando un mundo occidental encastillado. Mucho antes de que el parlamento europeo debatiera la posibilidad de negar derechos laborales a los inmigrantes, de que el parlamento francés aprobara una ley por la que un ciudadano puede pasar cinco años en la cárcel por acoger en su casa a un inmigrante ilegal. Pero en fin, a “Sky potato” le di un final abierto a la esperanza: volver a empezar.

Esta es la reseña de Héctor. ¿Hay algún editor por ahí?

Libro independiente
Rama: distópica
Ficha de autor
Estado: Descatalogado.
Primera y última edición: Bruño, abril-diciembre 1996
Valoración: 4 sobre 5

Belatrix y Berenice –gemelas in vitro- realizan junto a su padre el mayor descubrimiento del siglo XXI: una patata que posee todos los nutrientes necesarios para la vida y que se puede cultivar prácticamente en cualquier sitio. ¡Genial!, podemos pensar, así se acabará el hambre en el mundo. Pues bien, trescientos años después conocemos a Skiopul, un joven de 14 años que trata de sobrevivir en las ruinas de un lugar llamado Ciudad, donde la escasez es la norma y hordas humanas rapiñan todo lo que pueden. ¿La única ventaja del chaval? Que sabe leer, y gracias a eso descubrirá en unos cuadernos la causa de su desgracia: la ambición de unos pocos que envenenaron el alimento milagroso y sumieron el planeta en el caos total. Acompañado de Saba, una avispada chica de su edad, viajará por medio mundo para conocerse a sí mismo y asistir en primera fila al escenario de las maravillas y atrocidades de las que es capaz el hombre. Motivados por el sueño de la esperanza, los dos son la viva muestra de que, como dice el propio Skiopul “la Historia siempre parece morir, pero, en realidad, siempre está naciendo”.

Esta novela es una de aquellas que se disfruta más tras cada relectura, que llama a tu conciencia para que reflexiones sobre lo que sucede a tu alrededor. Muy a mi pesar, se encuentra descatalogada desde hace más de diez años, que fue más o menos cuando la leí por vez primera. Gonzalo Moure sabe cómo entrelazar diversos momentos en el tiempo sin perder el hilo, dotando así a la trama de una solidez y coherencia muy atractivas. A pesar del desolador panorama al que asiste el lector, que contempla un retroceso mundial, el retrato de las vivencias de los protagonistas es ágil y mucho más optimista de lo que pueda parecer en un principio. Y este es otro aspecto muy efectivo, los personajes; las diferentes experiencias por las que pasan todos ellos reflejan perfectamente sus personalidades, cuyos matices y grises pueden conocerse sin necesidad de demasiados detalles. Pero hay un rasgo todavía más interesante que forma parte del propio mensaje de esta breve novela, y es el conocimiento de que a pesar de estar viviendo en épocas diferentes, los sueños y miedos de Brunn, Balath –dos cazadores de Próximo Oriente-, Skiopul, Saba y el resto de figurantes son muy similares. Además, un verbo ágil y sencillo nos transporta por el mundo de El alimento de los dioses sin centrarse demasiado en lo dramático, aunque posee cierto tono melancólico.

Considero esta obra un excelente ejemplo de narrativa sin ambiciones de estilo que debería rescatarse para el disfrute de todos. Aún más, visto desde el punto de vista comercial, nos encontramos ante una distopía, un género muy atractivo y exitoso en la actualidad: ojalá este factor sirva de aliciente para que la vuelvan a publicar. Tiramillote, si tienes un ejemplar considérate afortunado, pues posees una novela apasionante, aunque sin duda eso ya lo sabrás.

EL SAHARA Y LA FANTASÍA

14 de diciembre, 2010 | En Noticias | 9 Comentarios

Vuelvo de Smara, mi pueblo. En un mes he adelgazado nueve kilos: son los kilos que aún nos sobran, la esencia lípida que separa, como en “El beso “de Limam, la boca hambrienta de África de los labios siliconados de Europa. He adelgazado y he sido feliz. Hemos comenzado a levantar la Biblioteca Pública de Smara, el Nido del Bubisher. Clara y Roge, nuestros arquitectos, siguen allí aplicando la imaginación  a la construcción de un complejo abierto y espacioso: humilde como todos los efímeros edificios de los campamentos, pero atractivo: será biblioteca, aula, cine, salón de lectura, jaima de los panes y los peces de la lectura. Hecho con adobe y entrega.

Pero estos días han sido mucho más. Nos hemos movido a bordo del Bubisher y en los escondidos puertos de los barrios de Smara hemos encontrado un silencioso ejército de niños que sueñan con el camino infinito de la cultura: Abdulláh, que nos sorprendió recitando los últimos versos del “Lobito bueno” de José Agustín Goytisolo, y que luego nos pedía “más poesía” en la fiesta de aniversario del Bubisher. Mahyuba, de once años apenas, con quien mantuve la más maravillosa conversación sobre literatura en la que he participado nunca. Alia, que en la escalera del Bubi entendió como nadie lo que significa leer, más allá de juntar sílabas, y que después lo demostró ante los niños de Farsía leyendo la primera página de Elmer desde el sentimiento más profundo. Zia, que devora libros en su jaima bajo la manta, con la linterna encendida alumbrando su futuro. Cheguali, el niño melancólico de Hausa que guarda como un tesoro las razones de su tristeza. Batah, el chaval del colegio de Abda que dibuja como un alumno de bellas artes sin que nadie le haya enseñado nada y sueña con ilustrar un libro. Kori, el niño que estuvo en verano en Asturias y que ha hecho suyo Palabras de Caramelo. Fatimetsu, la mujer que fue niña e inspiró hace 11 años ese mismo libro, y que ahora quiere ser, a pesar de su sordera, voluntaria del Bubi. Y Karkaza, y Hussein, y Rhim y Menina y el pequeño Hassana (al que podéis ver ahí arriba, pico en mano, bajo la protección de Hamida). Y todos los niños y niñas que han recibido como tesoros las cartas de los alumnos del Julio Caro Baroja de Málaga, y que han contestado inflamados de sueños. Y Tuttu, que marcó el camino para escribir en el aire “El niño de luz de plata”, que será uno de los primeros libros del Bubisher.

“El niño de luz de plata” es un cuento colectivo. A menudo, aquí en España, defendemos los libros y cuentos que hablen de la realidad, que digan a los niños de la meliflua Europa que debajo de la fantasía hay un suelo. “El niño de luz de plata”, que firmaremos todos los asistentes a esa inolvidable “Tarde del Bubisher” en el barrio 1 de Farsía (Memona, Enguía, y casi veinte niños del vecindario) es todo lo contrario: por encima del suelo de polvo y piedras de la Hammada, nos sobrevuela la fantasía. Y la luna, de la que Neshé es confidente nocturno. Y de la que una tarde empezó a bajar una escalera de plata.

Más que nunca, mientras luego contaba el cuento a chicos de otros colegios y barrios y Clara Bailo lo hacía aparecer como por arte de magia en un papel traslúcido instalado en el Kamishibai de Jóse, he comprendido el sentido de lo que unos cuantos locos estamos haciendo allí: enseñar que para soñar hay que elevar los pies del suelo, y que eso requiere un esfuerzo. Viajamos a los campamentos para enseñar, pero sobre todo aprendemos. Y ofrecemos el Bubisher, y ahora su Nido, a todos los que quieran aprender enseñando, a tener dando. Tanto, que debería ser obligatorio pasar allí unos meses (o en Guatemala, o en El Salvador) antes de dedicarse aquí a la enseñanza.

Vengo, he venido, pero aún estoy allí: aquella es mi patria, la de la fantasía, la que me hace libre entre el dolor del exilio y el polvo del siroco. Ese “Niño de luz de plata” será libro bilingüe, para que se pueda soñar desde los dos extremos, ricos y complementarios, para que sea de ellos pero también nuestro, lección viva para las clases de hassanía de Bachir, nuestro profesor. Lo ilustrará Batah y será su sueño de tinta y plata. Lo abriremos con orgullo, ni de izquierda a derecha, ni de derecha a izquierda: como el mundo inclinando su eje hasta ser igual, de todos, para todos.

He perdido nueve mil gramos. Quiero merecer nueve mil amigos.

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