Archivo de septiembre de 2010

Ya ha empezado el curso en Smara. Con muchas, muchas novedades. El Bubisher crece, se hace cada vez más grande, y esconde cada vez más proyectos entre sus plumas. Han estado allí Ana, Raquel, Susana, Clara, Roge, Ricardo. Han hecho una fiesta en medio del calor, han disfrutado del cielo protector. Y han puesto la primera piedra de la que será la biblioteca fija, “El nido del Bubisher”. Y allí están aún Clara y Roge, arquitectos bubisheros, diseñadores del proyecto, rediseñándolo sobre la arena con la ayuda de Jamida, que dirigirá el fondo y las actividades del Nido. Y hoy ha llegado Aintzane, la primera voluntaria de turno, la primera de la larga lista de visitas de este año.

Todos vuelven felices, con entusiasmo nuevo. Son ya tres años de trabajo, de sueños que podían parecer irreales al principio, transformados en una realidad que, ahora, es más osada que cualquier sueño. El Bubisher ha ido más allá, y el horizonte es infinito. Hemos hecho mucho, paso a paso, equivocándonos, cayendo a veces, levantándose siempre. El Bubi es Memona, Daryalha, Larossi, Jamida, pero es ya muchos saharauis más, porque el curso de bibliotecas y promoción de la lectura que han dado Ana, Raquel y Susana, ha contado con más de 20 jóvenes que ya son amigos del Bubisher. Los necesarios, los imprescindibles: los propios saharauis.

Y ahora queremos un beso. El tuyo. No seremos nada si dependemos de subvenciones y premios (aunque no los rechazamos, y nos sirven para hacer atajos). No seremos nada si no contamos contigo. Queremos que seas amigo, socio del Bubisher. Que te comprometas con nosotros a la cantidad fija anual que desees, de 20 a 100 euros, lo que quieras, para saber con cuántos amigos y con cuánto dinero contamos cada curso nuevo. Con ese dinero tenemos que pagar los modestos sueldos del personal saharaui, edificar la biblioteca, comprar material, libros.

Nos está ayudando mucha gente: colegios, institutos. Y sobre todo, Librerías con Huella, que va a hacer posible este año la construcción de la primera fase de la biblioteca fija. El ayuntamiento de Fraga, que cada año nos da una importante subvención sin la que no podríamos haber empezado siquiera. El gobierno vasco que nos donó el primer camión y que ya estudia la donación de otros vehículos ligeros. Pero aún queremos más tu contribución, tu compromiso, que seas uno más en esta pequeña era que está devolviendo el mar al Sáhara: el de los libros, el de los sueños, el de la cultura, que es la única llave del futuro personal y colectivo.

DAME UN BESO. Dame tu mano. Y si no te puedes comprometer con una cantidad fija anual, este es el número de cuenta de la Asociación, en la que siempre puedes hacer un pequeño ingreso: 2100 3897 84 0200088962. Pero si lo que quieres es ser socio, escríbeme a mouregonzalo@telefonica.net y te diré cómo hacerlo. Y si lo que quieres es ir allá, de voluntario, dímelo también. O escribe a Luisa, <lsanchezmen@uoc.edu> La lista está ya espesa, pero Luisa encontrará el hueco.

Y recuerda esos bellos versos de Limam: Un beso, solamente un beso, separa los labios de África de la boca de Europa…

Y por si es la primera vez que te encuentras con la palabra Bubisher (aunque me extrañaría), significa pájaro de la buena suerte. El que traía la lluvia, la visita de su ser querido. Y ahora significa libros en las escuelas para que los niños de los campos de refugiados del Sáhara, nietos de españoles con carnet pero condenados al casi olvido puedan leer y querer aprender. En español, en árabe también. Y significa también biblioteca rodante, y dentro de poco biblioteca fija. Todo eso nos traes, bubisher, bubisher, ajbar eljer.

Vengo de Suecia. Torturado por las compañías aéreas, pero feliz por lo encontrado y lo vivido. Paradójicamente viajé no hace mucho a Túnez y no encontré nada allí, porque la dictadura consentida (y bendecida) por Europa no deja que entre siquiera un libro por la frontera/censura. Pero aquel viaje me llevó a este, y aquí sí, en la primera penumbra del otoño escandinavo, he visto luz, mucha luz. Y eso que las elecciones no auguran un futuro inmediato demasiado halagüeño para la solidaridad. Pero será algo pasajero, porque Suecia es inmensamente rica en cultura, en generosidad, en calor humano. Leía en el avión la magnífica historia de Mónica Zak, “La hija del puma”, en la que se cuenta la contribución de suecos casi anónimos a la redención de Guatemala en los años 80, cuando aldeas enteras eran aniquiladas por los soldados por el simple hecho de aprender a leer. Una ayuda en la que Mónica siguió colaborando hasta hoy. Un gran personaje, a pesar de su apariencia frágil: de aquí para allá, hoy en Göteborg, dentro de poco en Kurdistán, siempre en Centroamérica, la primavera que viene en Smara, con el Bubisher. Periodista, escritora de “escrivivencias”, autora de “Hadara, el niño avestruz”, que leeremos en castellano la próxima primavera en Anaya. Hemos compartido estos días muchas cosas: en Estocolmo, la preciosa actuación de Silvia y Mónica en el Cervantes. Y en Göteborg una feria del libro que me ha emocionado. Una feria dedicada a África: “África tiene la palabra”. Y un formato participativo, comunicativo, casi frenético. Los expositores van a vender sus libros, cómo no, pero cada pequeño espacio está ocupado por un pequeño foro en el que ininterrumpidamente unos y otros hablan de libros, de experiencias, de bibliobuses, de países que buscan en la cultura la semilla de la libertad. En uno de esos foros, Rabab Amidane. Encarcelada en su patria, el Sáhara, torturada, con su hermano El Uali encarcelado. Ahora vive en Suecia gracias a la solidaridad, y emociona escuchar de sus labios la historia de su pueblo, tanto como llena de esperanza su fe en su gente, su fe en el futuro. El Bubisher estuvo en Göteborg, y hablé para la gente, ayudado por Mónica y por Lena, la directora de la revista Västsahara, de lo que soñamos y de lo que hacemos, de lo que seguimos soñando y de lo que haremos. Juntos, además, porque el futuro es siempre la consecuencia de un paso bien dado.

Conocí también a Eva Alander, traductora de Palabras de Caramelo, “Karamellens ord”, editado por Topal, Es la primera vez que hablo con alguien que ha traducido uno de mis textos, y es algo inolvidable. Dos corazones que han latido juntos, y que se estremecen pensando que los niños de los renos, los de Laponia, leen estos días la historia de la amistad de un niño con un camello.

Me olvido de muchas cosas, porque a veces cinco días son un año de vida. Pero ni me olvido ni me olvidaré de Suecia, donde la gente no usa cortinas ni contraventanas, donde cruzarse con cualquiera en la calle es una mirada franca a los ojos y una sonrisa, donde el frío del aire es derrotado cada día por el calor de los corazones. No sé si volveré, pero estaré siempre.

Ya tengo en mis manos, gracias a la generosidad de Javier Sobrino, un ejemplar de “El hombre que entraba por la ventana”. Y estoy emocionado por la valentía de su editor, Felipe Samper, y de la editorial, SM, y maravillado con el trabajo, ya visto en papel, de su ilustrador, Gabriel Pachecho. A él le cuadraría mejor la palabra con la que alguna vez sugerí designar a su profesión: Imaginador.

Gabriel ha hecho posible que un enorme barco navegue por las calles de Lisboa, una transustanciación del tranvía “marelo” que muchos conocéis. No estaba muy seguro de que la protagonista de la historia, María Luces, debiera aparecer en las “imaginaciones”, pero Gabriel lo ha hecho de tal modo que ahora sí, estoy seguro. De verdad, id a una biblioteca, y mirad cada una de las imágenes como si estuviérais en El Prado. Y después, si os apetece, leed la historia. Porque otra de las apuestas de la editorial ha sido atreverse con un álbum que tiene texto. Mucho, y muy denso. Y nada complaciente, desde luego.

Nació este libro hace ya algunos años en Alicante, escuchando a un buen amigo a corazón abierto. Y de tanto dolor, nació esta historia. Que se sustanció por fin una mañana, en un barrio de Lisboa, en casa de Paco Faraldo. Paco no canta fados: o sí: los canta con un saxo en sus labios, en tabernas lisboetas en las que se oficia la misa triste del “Fado Vadío”. La gente de la calle, los obreros y comerciantes, y mucho más, sacando fados del alma. Entonces comprendí que aquella historia que esbocé para José  Luis sobre una servilleta, era en realidad un fado.

Y aquí está, por fin. Para ti, para mí, para todos.

Lo más pequeño, lo más inútil.

Cuando el tiempo erosiona la pradera solo quedan los corazones sólidos como mojones de la carrera del tiempo. Así los Captus, la síntesis de las palabras cactus y captura que durante más de treinta años llevó a cabo, con paciencia contemplativa, José Trenor en Las Torres de Donlebún . Él mismo fue un cactus, espinas alrededor de la ternura. Y él mismo se convirtió en Captus, a medida que fue capturando con su obra y su aura el antiguo patio de armas, indiferente –y hasta divertido- ante el hundimiento de sus muros.

Nadie sabrá ya nunca si en su silencioso quehacer era consciente de la trascendencia artística de su obra. Para él, seguramente, no era más que humilde reflexión sobre la paradoja de los objetos, que en sus manos cobraban su verdadero sentido, lejos de la vulgar utilidad para la que fueron construidos. El triunfo de la naturaleza, que todo lo devuelve a su seno, antes o después. Había grabado en una piedra, a cien metros de Las Torres, esta frase: “La tierra es una madre que nunca muere”. Y que vuelve, antes o después, a por lo que fue suyo. Ahora que el moho ha ahogado la última raíz de su familia bajo los cimientos de la casa de sus antepasados, es una hermosa paradoja que de tantos almirantes y señores no quede más que el reflejo, captado por un objetivo, de estos asombrosos Captus.

Nos lo temimos, hace diez o doce años, y por suerte Pablo Amargo llegó a tiempo para dar forma a nuestro deseo de salvar al menos este testimonio. Los Captus reales, tras la muerte de José Trenor, agonizaron, murieron por falta de riego y cariño. Nada, salvo esta colección de fotografías, queda ya de ellos.

Captus es una mirada, sí, la de Pablo Amargo y la nuestra, a través del objetivo de Alejandro Braña. Una mirada desnuda y austera, sin referentes, sin búsqueda de lo bonito ni de lo circense.  Captus es la demostración de que muchas veces lo más pequeño, lo más inútil, es lo único que merece la pena, lo único que vence al tiempo.

Tina Blanco y Gonzalo Moure

Si queréis visitar la exposición, estará el 11 y el 12 en el recinto ferial de Vegadeo, y del 14 al 28 de septiembre, en la sala de exposiciones de la Casa de Cultura de Vegadeo.

El domingo, a las 12,30, habrá una charla sobre Captus en la Sala Polivalente del Parque Ferial. Nos encantaría encontrarnos con vosotros.

No me gusta la palabra perro. La hemos destrozado, como hacemos tantas veces con aquello a lo que más deberíamos querer. ¿Por qué tiene una connotación negativa la palabra que designa a alguien tan sincero, tan limpio en sus afectos, tan entregado? La primera vez que leí La Odisea me quedé una noche destrozado porque se había acabado, y porque en el último capítulo aparecía Argos, echado en un montón de estiércol, con nada menos que veinte años y todos los achaques de la vejez, pero recociendo a su amo, Ulises, como si no hubiera pasado un día desde su partida. El único que le reconocía, y el único que no se ponía a calcular lo que supondría su regreso. Después, cumplido su sueño de volver a oler a Ulises, moría.

Por aquel entonces mi Argos era Fango, el primero de mis perros. Lo habíamos sacado Antonio y yo de la madriguera que la madre había excavado en el inmenso estercolero municipal de Valencia, entre el parque de los Viveros y las Alquería de Palmereta. Antonio me enseñó todo lo que sé de perros. Él se llevó a Barro, y yo a Fango. Eran feos como demonios, pero Fango fue el mejor perro que he conocido. Algún día contaré sus historias, la de Fango y la de Antonio. He dicho que fue el mejor de los perros que he conocido, y lo mantengo. Y lo mantendría si hablara de los otros siete con los que he convivido: Tom, Kazan, Trompo, Woody, Buller, Granny… Y, por supuesto, también de Trancos. Al que dejamos descansar hace dos días, evitándole el dolor y la perplejidad de no poder moverse, él, que fue un auténtico atleta.

Vi nacer a Trancos. Junto a Pulga, Tristán, Osa, Oso, Crazy y otra de la que no recuerdo el nombre. Hijos de Granny, que quedó embarazada por poderes (veterinarios) de Truc, el espléndido gos d’atura de nuestro amigo Feliciano.

Le bautizamos con el nombre del montaraz, no el del rey secreto de Tolkien. Era como imaginábamos a Trancos: oscuro, misterioso, fuerte y rápido, sigiloso y amable. Por aquel entonces Tina y yo escribíamos La Puerta de Mayo, y su nacimiento quedó reflejado en un capítulo de extraña angustia e intranquilidad por la responsabilidad del alumbramiento. Ese capítulo era el envés de la hoja de la vida, porque no hubo en la suya, salvo cuando hace tres años murió su madre, una gota de angustia.

Fue un cachorro delicioso, y vivió siempre junto a su madre, y dormían enroscados de tal modo que no sabías donde empezaba uno y donde la otra. Ella le enseñó los misterios de la vida en los prados de Figueras: Arnela y su playa de piedras, el prao de Romanón, el camino del Covo, Las Torres, el camino de la Viuda…  Ese, y nuestra casa, fue su mundo. Granny, como él descendiente de pastores de ovejas, necesitaba un trabajo. Me ayudaba con las yeguas cuando las sacaba al pasto, pese a las frecuentes malas pulgas de estas. Y buscaba las bolas que le lanzaba tan lejos como podía con un palo de golf a las zarzas y los artos. Lo hacía con dedicación minuciosa, profesional, y gozosa. A ella le había enseñado Trompo, así que ella hizo lo mismo con Trancos. Y cuando este aprendió a encontrarla y traerla, ella dejó de intervenir, salvo cuando Trancos no lo lograba. Era prodigioso cómo le mostraba lo que había que hacer: sé sistemático, le decía, no des carreras en vano. Calcula la dirección y la distancia de la bola por la postura de Gonzalo. Ve eliminando, delimitando, déjate guiar por el olor, y cuando la tengas localizada sin lugar a error, horada la sebe, poco a poco, hasta llegar a la bola.

Todavía hace quince días, Trancos lo hacía así. Con 16 años, con cataratas en ambos ojos, casi sordo del todo, pero con las lecciones de su madre bien aprendidas y un olfato que muchas veces me ha hecho pensar en el prodigioso sentido que es para ellos, tan distinto del nuestro. Trazan las bolas, o los pies, o lo que sea, auténticos senderos en el aire.

En los buenos tiempos jamás se perdieron tampoco, ni Trancos ni su madre, un rato con las yeguas. Nos acompañaban a Tina y a mí, por lejos que fuéramos, a veces jornadas de varias leguas cruzando riachuelos y carreteras. Siempre entre las patas de las yeguas, sin molestar ni ser molestadas. Cada paso, cada tranco, un prodigio de cálculo y efectividad.

Otra de las satisfacciones profundas de Trancos era acompañarme por las mañanas mientras escribía. Esperaba gozoso y sonriente el final de las rutinas, al pie de la escalera. Subía conmigo con jadeos de felicidad, y cuando ya estaba sentado ante el ordenador se enroscaba entre mis pies. Mucho de lo que he escrito ha sido con su ayuda y su consejo. Cómo me miraba, cuando yo dudaba. Y, de verdad, muchas veces, el modo tan sencillo que tenía de comprender la vida, era una pista, o directamente la solución a mi problema: en línea recta, diciendo lo que se siente, como él hacía lo que sentía.

Estos últimos diez años Trancos ha sido el mejor amigo y compañero de Tina. En sus paseos, escribiendo con ella, leyendo, viendo una película en la tele. Amando, con la misma felicidad que Argos sintió cuando bajo los harapos olió, sin lugar a dudas, a su añorado Ulises, pero renovada la felicidad mañana tras mañana, tarde tras tarde, velada tras velada.

Ha llegado a su final y descansa ya en la huerta, su territorio sagrado, al lado de donde yace su madre, justo donde solía caer la bola que le lanzaba con el palo por encima del tejo y los sanjuanines. Junto al lugar también en el que hace tres semanas escuchaba, como nosotros, a Limam leyendo los poemas de su nuevo libro, cerca de una hoguera hecha con ramas de enebro. Tina va a plantar a su vera una mata de lavanda. Nos regalará su aroma, desde la tierra.

Estoy escribiendo un libro que comenzó a crecer este invierno, cuando los primeros achaques de Trancos llegaron, hice cálculos, y supe que apenas le quedaban unos meses de vida, como así ha sido. Estará dedicado a él, que sabía lo que no había que saber, y por eso era tan sabio: ni futuro, ni pasado, ni preocupación alguna: sólo ahora. Sólo sol en su piel, caricia en su cuello, cerca de los pies de aquellos a los que quiso. Yo lloraba porque intuía su muerte, pero él se limitaba a gozar de los primeros calorcillos del sol de primavera. En ese momento quise ser como él. Incluso ahora también. Quien no sabe lo que es la vejez ni la muerte, no muere, ni siquiera envejece: es.

Hace dos días, en los pocos minutos que tardaron sus músculos en aceptar la quietud, había reflejos en sus pezuñas y en sus patas de lo que sin duda era su último sueño: buscaba la bola, la encontraba, la devolvía y esperaba el ciclo, tan pequeño, tan inmenso: eterno.

Gracias Trancos, por tanto, por siempre, por cada segundo de tu vida sin principio ni final. Por tu lección de vida.

Una de las últimas fotos, tomada por Limam.