Archivo de marzo de 2010
Le debo mucho a Ballobar, patria de los cuentos.
En Ballobar, por primera vez, descubrí que había alguna continuidad en lo que había escrito hasta entonces. Desde aquella noche mágica (Carmen y Merche saben mejor que yo en qué año fue) empecé a tomarme este trabajo (y a mí mismo) un poco más en serio.
Ballobar fue la cuna de los clubes de lectura Leer Juntos, y sólo por eso ya debería figurar en todas las guías culturales de este país. Y cada dos años se celebra allí uno de los congresos sobre Literatura Infantil y Juvenil con más sentido.
Y en Ballobar nació este librito, una mañana en la escuela, con Olga sentada en mis rodillas y otros muchos niños a nuestro alrededor. El pequeño drama de Olga era que su madre últimamente no le contaba cuentos. Allí mismo se me ocurrió una idea, una pequeña gamberrada que transformé en cuento. Le di vueltas durante meses, lo aparqué, lo saqué del garaje, hice alguna versión, lo volví a encerrar. No sé en qué otro colegio, una niña me dio la clave que le faltaba. Hablábamos de “En un bosque de hoja caduca”, y ella me decía cosas de parte de su madre, que también lo había leído. Y allí estaba, claro: este cuento fallaba hasta entonces porque sólo lo veía desde el prisma de la niña, pero ¿y la madre?
Y aquí está. Una vez más, no Literatura Infantil (o eso intento), sino literatura sobre la infancia, sobre la etapa de la infancia, tan pequeña en años, pero con tanto peso en nuestras vidas. En lo bueno y en lo malo.
Ni siquiera sé en qué momento hablan las dos, madre e hija, de cuando Malva aprendió a leer y se acabaron las noches de Cama y Cuento. Lo intuyo, pero como no lo he escrito, lo dejo al lector. Que él lo intuya, que lo sepa, o que no.
Y Lucía Serrano, claro. Me enternece cómo ha entendido lo que había en el texto. Lo ha ilustrado deliciosamente, no hay otra palabra. Es un gusto, Lucía, va por ti, por Malva, nuestra “hija”.
Y dos agradecimientos más: Palma, mi motor en estas cosas del escrivivir, ya que vivir a secas se me da bastante peor. Me empujó, me ayudó, me corrigió, me sugirió. Y Rocío, editora de verdad: no de “sí” o “no”, sino de venga, de las de “nos arremangamos, y a ello”.
Sólo falta algo: ¿cuándo acabamos con esa herida en los lomos del libro, ese “a partir de… años”? Me duele, cada vez: es como un clavo mal puesto en la herradura de un caballo: entra en la carne.
Y, en fin, ya estoy deseando que alguien lo lea, y podamos empezar a entenderlo: no es hasta que voy a un colegio para hablar de un libro que empiezo a comprender el sentido de lo que escribo. ¿Cuál será el de Cama y Cuento, más allá de las apariencias?
PARA VER Y DESCARGAR EL PRIMER CAPÍTULO:
http://www.anayainfantilyjuvenil.com/catalogos/capitulos_promocion/IJ00269301_9999991337.pdf
Peonza acaba de publicar un especial dedicado al Mundo Rural y el Universo Urbano.
Me pidieron un artículo sobre el tema. Que me interesa, o más bien me obsesiona. Comparto el este nº91 de Peonza con José Luis Polanco, Jesús Marchamalo, Julio Mateos, Aurelio González Ovies, Mercè Lloret, Mariano Coronas, Juan Martínez-Conde, Ainara Bezanilla, Carmen Segovia. Y es un honor, tanto como un placer.
Aquí os dejo mi obsesión, más bien pesimista. Me gustaría conocer vuestra opinión.
Seré radical. Naturaleza (me) obliga.
Vivo en el campo. En el entorno en el que disfruté la parte más importante (y más hermosa) de mi infancia. Queda apenas un rincón, sin embargo, en el que puedo sentirme como entonces. Una esquina del espacio, y también del tiempo. El resto es desolación, ausencia, pérdida. Y ficción, una bonita y ya artificial ficción. Nunca podría pretender que aquel campo amoroso y dadivoso –tal vez nada más que un sueño infantil- sea lo mismo para un niño de hoy que para el niño que fui(mos). Para mí, niño de ciudad al fin y al cabo, fue así: romántico, aromático. “Et in Arcadia, ego”. Para los niños del propio campo era libre, salvaje, misterioso, un territorio ajeno al desorden y la destrucción del progreso. Ninguna de esas dos visiones es posible ya para la vida, y si la literatura es la reflexión de la vida, los niños, reales y ficticios, se han quedado huérfanos de campo. Sólo es posible ya la nostalgia. Pero la nostalgia no es presente.
Dicen algunos personajes de “El síndrome de Mozart” cosas tan duras del campo que casi me ofenden. En el corazón. Pero las entiendo con la mente más fría, siento que las comparto: Irene, adolescente en tránsito: “Hay algo en el campo que me atrae con morbosidad. Es algo relacionado con la putrefacción, con la muerte.” Y luego Tesa, ángel negro de corazón pétreo: “En la ciudad el hombre se siente a salvo. Sus edificios son horribles porque él lo es. Sus humos, sus olores, no son más que la máscara de la fealdad. Y por eso le resulta hermosa. Me gusta la ciudad. Odio el campo, con su falsa armonía, con sus hierbecitas y sus bosques olorosos. Porque en el campo sé lo espantosa que soy, lo espantosos que somos todos. El campo es hipócrita. Me da asco, sólo de oler la hierba.” Y de nuevo Irene: “Pero aquella muerte lenta de Cansares, del campo, de sus viudas, era el prólogo de la muerte del hombre.”
Yo, no sé si lo odio. Más bien lo compadezco. Porque sí, está herido de muerte. Es el escenario de una comedia en la que el hombre, que lo va destruyendo cada segundo desde el coche y las tiendas, comprando sus despojos y pagando por sus contaminantes, aún lo canta en sus poesías, y da once meses de trabajo por vivir uno en su ficción: el turismo rural, durmiendo en el mismo espacio en el que dormían las vacas, paseando por los caminos de bueyes convertidos en pistas de ruidosos quads o voraces (y disparatados) todoterreno. Por todo eso, nunca sería hipócrita. Otro de mis protagonistas, el Silvestre de “A la mierda la bicicleta”, se queda aislado del mundo en su postura de coherencia y defensa sin condiciones de un campo agonizante, pero que aún cree posible, habitable. Vive en su carne todo el drama de esta sociedad hipócrita: retratar la naturaleza con el patrocinio de una empresa cuya consecuencia es la destrucción de la propia naturaleza. Es el progreso, sí, pero para Silvestre permitirlo es traicionar todo lo que ama. Es un pequeño héroe, sí, un radical, pero el precio que paga es dejar de ser parte de la especia humana, la renuncia. Y por tanto no resulta ni siquiera creíble, salvo si aún creemos que la individualidad es todavía posible. Años más tarde Lucía, en “En un bosque de hoja caduca”, se queda sentada en su refugio, “con el culo pegado al asiento”, incapaz de levantarse y dar un paso compasivo para evitar lo que sabe que, por más que natural, es un crimen: traiciona lo que sabe que es su pertenencia a la naturaleza, porque ella no es una heroína como Silvestre, se convierte más bien en su antítesis, y durante el resto de su vida arrastra la culpa de ese instante, en el que “se hizo mayor”, en el que en realidad se hizo parte del mundo hipócrita de los adultos, los que consideran que no forman parte de la naturaleza, sino que están por encima de ella.
No, aunque creí hace veinte años en Silvestre, ya no es posible, como antes dejaron de serlo Heidi, ni el chaval fascinado de “El gran Meaulnes”, ni ninguno de los niños que vivieron el campo infinito en las páginas de libros escritos por hombres y mujeres que aún no sospechaban el exterminio, la solución final para el campo: arrasarlo y regarlo con lágrimas de cocodrilo. Con falsas lágrimas de diseño. Cuando una niña decide ir a pasear por el campo con sus padres lo hace por un territorio falsificado y ya vacío de significado real. Viajé a lo más profundo del Sáhara, aparentemente idéntico al de siglos atrás, para constatar que hasta ese campo remoto, de cuevas prehistóricas y dromedarios estólidos, es ya una mentira: el Land Rover ha acabado con su esencia y se va “a la badía”, al campo, para reponerse y poder seguir viviendo después en la ciudad: buscan el eco de lo que fue esencial, han convertido lo esencial en folklore.
Y el niño de lo que aún llamamos “el campo” vive sin vivir ni en él ni en el campo, envidiando la ciudad, evadiéndose de la desolación a través del móvil e Internet, perplejo y trasplantado, convirtiendo los caminos de antaño en pistas de carreras o simplemente en nada.
Soy terco, y sigo queriendo mirar al campo, llevarlo hasta el dormitorio de los jóvenes y los niños, pero me cuesta cada vez más, porque ellos no lo quieren: como a Tesa, les parece algo tan ajeno como el programa escolar, empeños de los adultos en mantener una ficción vacía de significado dentro su mundo, que es el real. Y así ando enredado desde hace años en una novela que seguramente nunca acabaré, y de la que sólo siento como auténtico el título: “En tan oscura tierra”. Es la historia de un muchacho real que, siendo niño, se convirtió durante unos años en el último habitante del campo. Hasta que descubrió lo cerca que está ya, siempre, la otra vida, la de la ciudad. La única. En este muchacho lucharían Silvestre y Lucía para imponer cada uno su verdad, pero me duele pensar en escribir la derrota de la autenticidad, o más bien pensar en qué es en realidad “lo auténtico”. Como el Billy derrotado de “En la frontera”, de Cormac McCarthy, llevando a caballo hasta la carretera asfaltada el cuerpo sin vida de Boyd. Ya sin vida. “Se quitó el sombrero, lo dejó delante de él sobre el asfalto, inclinó la cabeza, se llevó las manos a la cara y lloró”. Todas las derrotas del mundo.
Tal vez sea verdad que todo son ciclos. Tal vez acabe el tiempo de la reglamentación y la prohibición. Tal vez vuelva el campo a cobrar sentido, algún sentido. Será de otra forma, pero en ese tal vez está el embrión de un niño que vuelva a sentir algo parecido a lo que sintieron otros niños que ya son polvo, o memoria. Y entonces, sí, tendrá sentido de nuevo escribir sobre ese idilio entre el cachorro y su cueva. Pero, hoy, 2009, fin del verano, sólo cabe decir que no hay agonía ninguna. Que ya no la hay. No, no está herido de muerte. Ese titular nunca se escribió, y ya es tarde: ahora, el campo no existe. Billy llora sobre el asfalto.
Ayer, empezando la noche, saltó la buena noticia: “Mujer mirando al mar”, de Ricardo Gómez, premio Gran Angular 2010.
He tenido la suerte de leer el borrador, casi definitivo, del libro. Y es una novela preciosa, nada complaciente, más bien dura, contra el olvido. La Guerra Civil, la no menos terrible postguerra. El amor, por encima del tiempo. La curiosidad intelectual, la busca de la verdad, que nada ha tenido ni tiene que ver con la venganza. Me alegro por Ricardo, amigo de los de verdad, de los no complacientes, en el origen, mano a mano, del Bubisher. Y escritor, por encima de todo. Grande, cada vez más maduro y más dueño de su estilo.
Hace algunos años, Ricardo podía haber titulado una novela de manera parecida: “Anciano mirando el cielo”. Lo tituló de manera aún más hermosa, casi paradigmática: “El cazador de estrellas”. Se basaba en este hombre que vemos en la foto, Jamida. Un hombre de palabra, fe y magia. Un hombre del desierto. Un luchador del Sáhara como pocos. Honrado, fiel a su pueblo y a la amistad, sabio. Y no anciano, por cierto. Daba igual, porque el hombre por dentro no tiene edad, y el Jamida que conocimos juntos bajo unas taljas, hace ya unos cuantos años, encerró desde la cuna la sabiduría de la ancianidad, es decir: la humanidad. Me alegro tanto por Ricardo como (y tal vez más) porque el premio Gran Angular haya sido concedido a una novela muy alejada de los falsos conceptos de la novela juvenil, de argumento facilón concebido más para “enganchar” (terrible palabra) que para hacer avanzar.
También el premio Barco de Vapor es una buena noticia: Jordi Sierra i Fabra lo ha ganado con una novela que transcurre en el Siglo XVIII, una historia de amor posible a través de las palabras. Y Jordi dona el premio a su propia Fundación, que trabaja en Medellín, a donde nos llevó un día a Ricardo, a Alfredo, a un grupo nutrido de escritores. De aquella visita a una ciudad paradójica en la que maravillosas bibliotecas instaladas en los barrios más pobres han dicho basta a la violencia y la incultura nacieron algunas ideas sobre el Bubisher que precisamente estos días debatimos. Gracias también, Jordi.
Y ha querido la fortuna que el mismo día, la foto de Luisa Sánchez, coordinadora de voluntarios del Bubisher , fuera proclamada como Mejor Fotografía del Concurso de Fotografía Artística del Círculo Mercantil e Industrial de Vigo.
Hay días que acaban así de bien, y así de crípticos. Ricardo, Luisa, Jamida, el Bubisher, la literatura, la fotografía, la memoria, el desolvido, la paciencia, la solidaridad, la belleza y la verdad. Todo eso unido por el destino y la valoración de dos jurados distintos que premiaban, en el fondo, la misma mirada. Una, a través de la pluma, otra a través del objetivo.
Días que acaban así llaman a otros que empiecen con fuerza, sin desesperanza.
Acabo ahora mismo. Cansado, pero feliz. Un encuentro a través de la cámara con los chicos y chicas del IES Miguel Durán, en Azuaga, Badajoz.
El dolor físico (da igual cuál, un dolor) me tiene inmovilizado en casa, y he tenido que renunciar a ir la semana que viene a Zaragoza y Huesca, mi otra casa, un rosario de centros y clubes de lectura en los que respiro la vida. Y posiblemente todo lo que resta de curso, ya.
Pero, por suerte, la tecnología ha llegado justo a tiempo. He hecho muchos ya, pero el videoencuentro es no solo una solución: es un hallazgo. Los chicos de Azuaga y yo hemos disfrutado, nos hemos reído. Les he enseñado una foto de mi madre cuando era joven, me he puesto un sombrero caló para hablar de Maíto. Les he enseñado mis libros y la playa de Tapia desde mi ventana: mi vida, que no es importante, aunque para ellos, esta mañana, sí.
Las preguntas han fluido, las respuestas creo que también. María José y Carmen se han emocionado, Roberto ha sufrido controlando la imagen y el sonido, pero también ha disfrutado. Todos han estrechado sus brazos en torno a ellos mismos para prometerme que sí, que hoy abrazarán a sus padres como Maíto abraza al suyo, Panduro, en el último capítulo del libro: un abrazo por sorpresa, sin más razón que porque sí: Porque Sí. Recolectemos abrazos, no nos dejemos ni uno, para que cuando llegue el invierno del querer, que es la muerte, los tengamos en la despensa de nuestra memoria. Como el Frederick de Leo Lionni recolectaba colores, rayitos de sol tibio y palabras-poesía.
De dónde el libro, cómo la inspiración: las preguntas. Y las respuestas, que nacían con facilidad desde mi corazón.
Y el Bubisher, claro. Inevitable. Como este era un encuentro fuera de programa y editoriales, les pedí que pagaran al Bubisher, directamente: nada menos que un mes de funcionamiento, por una hora de gozo compartido, por la vida.
Y los chicos me han prometido que van a hacer un rastrillo solidario de libros ya leídos y videojuegos ya aburridos, para comprar libros de los que hacen falta en el Bubisher. Los firmarán, los llenarán de cariño y de ganas de compartir, no de dar limosna. Qué bien.
Y les he propuesto la lectura de un libro “conmigo”: El Lobo, de Jospeh Smith. A ver qué nos parece.
Quiero más. Ahora que no puedo viajar, los videoencuentros. La semana que viene, alguno en Aragón. Inchaláh.
Gracias a María José, a Carmen, a Roberto, a Laura, a Carmen, Mari Carmen, Fernando, todos los chavales y chicas que me habéis hecho pasar un rato más de vida, de la que merece la pena.


