Creo que la frase la pronunciaba Burt Lancaster (o el personaje) en la última película de Sam Peckinpah, la fallida “Clave Omega”. Pero corría el año 1984, una cifra llena de significados cabalísticos desde que Orwell escribiera su famosa (y nada fallida) antiutopía, “1984″, y quién sabe si no se puede establecer una conexión entre ambas. Es posible que la película que vimos no sea la película que Peckinpah dirigió. Y que esa frase, tan rotunda y aparentemente nihilista, no fuera sino el canto de esperanza de un director de cine que sabía que se moría.

Por ahí, por esas mentiras sin descubrir aún, va el prólogo y la intención de Fernando Marías al encargarnos a un puñado de escritores (la verdad, un grupo poco salvaje) 21 relatos centrados en el mundo de la educación.

21relatos1El recuerdo del que arranca Fernando es semejante: acababa de ver una película de indios (nada menos que en 1968), y el profesor mantenía que “son” es la tercera persona del plural, mientras que el escolar sabía que “son” era en realidad un sonido rítmico que asociaba a rituales mágicos. Eso le llevó a cuestionarse todo, la razón que debe estar siempre en la base de cualquier escritor.

Dice Palma Aparicio que es una frase demasiado rotunda, que tal vez fuera mejor “La verdad es un error que aún no ha sido descubierto”. Sí, o no. Error es equivocación sin intención, mentira es mucho más. Suelo usar la frase en encuentros con estudiantes de cualquier edad. Hay que ver las caras de algunos maestros cuando sigo diciendo que todo lo que les enseñamos en la escuela o en la universidad será descubierto algún día como eso: un error, o una mentira. Y pongo el ejemplo más simple: cuando en la escuela se enseñaba que la Tierra era plana, o cuando más adelante, aceptada la primera mentira, se aseguraba que el sol giraba en torno a la Tierra, centro del universo. Y reto a los chicos: quién de vosotros será capaz de descubrir una mentira, por pequeña que sea.

No he podido leerlos todos aún, pero me encanta la compañía en la que me encuentro dentro del libro, sucesor de aquel “21 relatos sobre el acoso escolar” que ya dirigió Fernando y que ya va por la segunda edición (hay una entrada en esta web). Entre los que están Carlo Frabetti, Ricardo Gómez, Ricardo Menéndez Salmón, Blanca Gopegui, Ángeles González-Sinde, Agustín Fernández Paz, Care Santos, Ana Alcolea, Antonio Ventura, Joan Manuel Gisbert o Vicente Muñoz Puelles. Y en todos los relatos ya leídos laten a partes iguales la verdad y la mentira, pese a lo heterogéneo de la suma, que incluye a ilustradores como Federico Delicado, Tàssies o Claudia Ranucci.

Una vez más, mi mente se fue al Sáhara, donde estamos intentando reinventar la enseñanza de la lengua a través de un bibliobús, el Bubisher, dando más importancia al son de Fernando que al son de su profesor, don Teófilo. Es decir: no enseñar primero la lengua y la gramática para poder llegar a la lectura, sino dándoles la lectura para que los niños quieran acceder a la lengua, al aprendizaje. Qué es más importante, la cuchara o la sopa. La sopa, sin duda. A darles pues la sopa para que quieran aprender a usar la cuchara.

Y allí, en el Sáhara, mi corazón se situó junto al de Memona, la bibliotecaria del Bubisher. He inventado una situación para poder contar su historia, una historia terrible y maravillosa, a partes iguales.

“Creía que España era lo que yo había vivido, que todos los niños teníamos que pedir limosna por la calle. Por fin un hombre se compadeció; me recogió, me levantó, me preguntó. Pero yo sólo lloraba, aullaba.”

De ese engaño, de esos aullidos, surgió ella, que se levantó del suelo, física y metafóricamente.

La verdad, la mentira, quién lo sabe. La buena suerte, la mala suerte, quién lo sabe. La educación, el engaño, quién lo sabe.

Solo quien ha vivido arrastrándose sabe de verdad lo que es ponerse de pie. Un rato en un agujero, no sirve.” (Tobillo de jilguero).

Gracias a Fernando, por tanto. Una ocasión más para dudar de todo lo que parece cierto.

Se lo acabo de decir: es un libro para confrutar, que es mejor palabra que disfrutar. Y os lo digo: es un libro para no aprender, porque la ESO no es esto, ni, por suerte, esto es la ESO.esto-y-eso

Es el nuevo libro de Raúl Vacas.

Lo leí cuando era proyecto, cuando aún crecía. Y hasta lo acaricié como proyecto editorial. Pero no fue. Y ahora es. En Alandar, número 117. Enhorabuena a quienes han apostado por él. “Confrutarán” a Raúl como tallerista de poesía como, por cierto, los chicos del Sáhara le van a disfrutar muy pronto. A él y a Isabel Castaño.

Tendréis suerte, porque en el Sáhara se puede salir a ver las estrellas sin pisar más bosta que la de cabra, que es pequeña y poco pastosa.

Pero volviendo al libro:

Pasa, lector, y ocupa aquí tu asiento,
abre este libro, hojea sus materias,
siente del corazón las cosas serias,
prueba el remedio del conocimiento.

Será la geografía tu alimento,
sangre la nueva historia en tus arterias,
secundarias las fiestas y las ferias,
la biología tu mejor sustento.

Lee cada poema con paciencia,
estudia los idiomas de los besos,
las matemáticas de tu existencia,

y así, cuando conozcas tus excesos
y aprendas a vivir con otra ciencia,
podrás recomendarlo a estos y esos.

Pues… eso. Qué gusto.

Cuando tratas de galopar sin haber aprendido a trotar con un absoluto dominio del caballo, te caes. Irremediable. Algunos de los jinetes primerizos no son capaces de volver a montar: el miedo se lo impide. Otros vuelven a subir, empiezan de cero: esos son los auténticos caballistas.

Me escribe hoy un joven ya viejo amigo, desde un país remoto, en el que le conocí hace un par de años. Quiere ser escritor, y su voluntad es más fuerte que él mismo.

Durante este tiempo he querido que fueras más despacio. Pero seguramente no he sido capaz de dedicarte el tiempo necesario, y me siento culpable. Me dices que lo que has escrito le ha parecido torpe a alguien. Puede que tenga razón, pero también puede que no. Escribir y leer no son actos simétricos. Es posible, sí, que en lo que has escrito haya un galope, y que quien lo ha leído esperara un trote. No lo sé. Pero da igual.

Trotar bien no es llevar la espalda recta y hacer las flexiones correctas con las piernas. Ni llevar las riendas en el espacio exacto que hay entre el pomo de la silla y tu ombligo. Ni los pies en perfecto plano paralelo al suelo. Trotar bien es sentirte uno con el caballo, no tener que escindirse para tomar decisiones, no pensar en que vas a girar hacia la derecha, como tampoco lo piensas cuando caminas por la calle: giras, sin dar órdenes a tus pies, ni a tu cuerpo. Es más: para trotar bien es preciso haber tenido esa sensación antes, cuando cabalgas al paso. Sentirte uno con el caballo, aceptar su fuerza y conseguir que el caballo acepte tu voluntad.

Es decir: para escribir una novela es imprescindible ser capaz de dominar un relato breve. No importan las páginas, importa el valor de cada palabra, como en un conjuro cuenta cada una de sus partes: si la receta dice que hay que añadir patas de saltamontes, no se pueden sustituir por patas de escarabajo: entonces no convertirás a la niña en princesa, sino en rana.

La mejor poesía que conozco (lo he contado muchas veces) la escribió Miguel, un chaval de 10 años:

“Una campana que no suena,

Toca el silencio.”

Dos versos tan solo, pero en los que no se puede añadir nada, ni un artículo, ni un verbo, ni un adjetivo: ni siquiera una coma o un acento. Y que, precisamente por eso, por su precisión y su concisión, dice muchísimo, como pedía Gloria Fuertes: “Decir poco para que nos diga mucho”.

Hace poco le pedí a una amiga muy joven también (pero tremendamente enamoradiza) que escribiera una página en la que se sintiera el amor, pero sin usar la misma palabra Amor, ni Beso, ni ninguna de las que comúnmente se asocian a él. Y lo hizo. Y cómo lo hizo. Y qué inolvidable relato en el que tampoco faltaba ni sobraba nada, pero que hablaba de amor.

Escribir un libro no es acumular páginas. Es muy frecuente que alguien de diez o doce años me diga: estoy escribiendo, ya llevo… Tantas páginas. Y yo le replico: no eres capaz. A escribir un libro no me puedes ganar, pero sí que me puedes ganar escribiendo algo de quince, veinte palabras como máximo. Porque así tendrás que escoger cada una, y redondearás la frase, y nada sobrará, y nada faltará. A eso sí que me puedes ganar. Ya conté (creo) el relato que escribió una niña canadiense de once años, sólo con ocho palabras. Ocho.

“Reina quería a matar a Rico, pero le amaba”.

Ni la alianza de los últimos diez premios Nobel de Literatura podría superar a la niña canadiense. Igualarla, tal vez, seguramente. Pero superarla, imposible. Porque su relato de ocho palabras no puede tener menos, pero tampoco necesita tener más. En él hay misterio, amor, peligro, tensión. Y deja en quien lo lee sensaciones difíciles de explicar. Hablo de esto a menudo en los colegios a los que voy a dar charlas. Pero seguramente después el maestro les pide a los niños que hagan una redacción de dos páginas: galopar, antes de saber trotar.

He recibido estos días dos cartas de dos amigas a un personaje de uno de mis libros, Kori. Pensé incluso en colgarlas aquí, porque son cartas de nueve líneas. Pero nueve líneas certeras, directas al corazón de Kori y también al mío: cartas de cariño, de amistad. Bellamente escritas. Claudia y Cristina, amigas de Kori. Ya llegará para ellas el tiempo de galopar: de momento han probado ya la delicia de un trote sencillo, y han dicho tanto en sus nueve líneas como yo en las 100 del libro. Me han ganado, también.

Por eso, amigo remoto. Vuelve a subirte al caballo. Y empieza otra vez. No lo fuerces. Hazle sentir con el lenguaje imperceptible de tu cuerpo que quieres ir a la derecha, y él irá. Y cuando quieras frenar no le hagas daño con el bocado en la boca: detente tú, y se detendrá él. Seréis uno. Y una mañana sin viento, cuando todo invite a ello, ponte a galopar: con él, no a costa de él.

gota

Preciosa foto de Andoni Canela, aportada por Alex: lo grande en lo pequeño, el todo en lo más humilde…

La primera, en Ausserd, recién anochecido. Es el rebaño de hermosos camellos de Abdesalam. La mañana anterior habíamos hecho la primera entrada del Bubisher en la madrasa del 27, y estábamos todos en una nube. Llegamos a Ausserd llenos de emoción, y nos encontramos un centenar de jaimas tradicionales: era el festival de la Cultura. Cuando el sol cayó, el cielo se tiñó primero de púrpura, y después de azul. Disparé y disparé. Y sin saberlo, sorprendí a esos dos saharauis, caminando quién sabe hacia qué destino…siluetas-con-camello

Y esta otra, tan distinta, pero teñida del mismo azul. Es una imagen tan deslumbrante de Nadira que en la entrada anterior me resistí a colgarla, porque parecía contradictoria con lo que contaba en ella. Pero ahora sé que no. Las cosas suceden así, y hay un nuevo cruce de caminos, y ahora sé que Nadhira está más cerca de Aminetu que de la Nadira de la novela. Un día volará también sobre las alas del Bubisher, en Smara o cuando lleguemos a Dajla. Y entonces se habrá cerrado un círculo mágico. Viva la vida.

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