Luchaba Aminetu en Lanzarote y luchábamos todos en todo el mundo. Palmo a palmo se peleó por la vida de la luchadora. Decenas de llamadas y mails se entrecruzaban cada hora. Y, de pronto, una voz del pasado. Hola, te llamo desde el aeropuerto, estoy cerca de Aminetu, ¿sabes quién soy? Era Nadira. La conocí cuando era una niña, en casa de Nicandro. Hace cerca de 15 años. Se parecía al Mowgli de El Libro de la Selva. Y ya era encantadora. Algún día diré por qué nos cayó tan simpática, pero pronto estaba en casa, montando a caballo y andando en bici. Se estrelló con una farola, en uno de esos paseos, de noche. Mientras le estaban cosiendo la barbilla en el hospital nos confesó que de noche no veía nada, por una dolencia de los ojos. Pero una tontería así no bastaba para que aceptara perderse un solo sorbo de vida.
Cuando se fue, dejó en la comarca un vacío extraño. Que llené con un sueño. Me levanté en plena noche con el recuerdo reciente y huidizo de algo como un cuento en el que Nadira era la protagonista. Empecé a escribir una novela con aquella historia, en la que suponía que una niña saharaui desearía con todas sus fuerzas cambiarse por cualquier niña española. Ni sospechaba lo equivocado que estaba, pero fue esa cadena de casualidades la que me llevó a los campamentos de Tinduf, para escribir aquella novela sabiendo de lo que hablaba. Fui acompañando a Nicandro, pero iba al Sáhara ciego y sordo. El sol de la hammada me abrió los ojos y, más paradojas, el siroco los oídos. Y la gente, claro. No encontré a Nadira en aquel primer viaje, pero estuve en su jaima haciendo fotos a sus amigos y otros niños vecinos. Y a Kori, a Naísma, a Fatimetsu, a Fatma. Fueron los niños los que me hicieron saharaui. Me enseñaron a decir sí chasqueando con la boca y a mirar “el nuyum”, a decir “leila sahída” y cumplirlo, alrededor de un té. A dar sin esperar nada a cambio. No recuerdo unos días más intensos en la carretera de la vida. No olvido un solo instante. Allí acabé “El beso del Sáhara”, y allí empecé a sentirme saharaui.
En otro viaje encontré a Nadira, con su madre, Fatimetu, su padre, el combatiente Lucháa, con su hermana Embarka, a la que le daba miedo la novela. De entonces es esta foto, Nadira con su cabrita. Y muchas otras, que guardo en el álbum y en el corazón.
Qué extraña es la vida. Esa sucesión de cruces de caminos no hubiera existido sin Nadira. Por eso, cuando hace un par de días recibí un correo suyo, sentí que el tiempo no existe, sólo el reloj biológico. Lo demás sucede simultáneamente: pasado, presente y futuro. Esa misma tarde me escribía Aurora, una chica de Barcelona que pronto sentirá el crujido del timón bajo la barca de la vida, cuando vaya con el Bubisher. Le decía: hay allí un niño que ni siquiera sospecha el cambio que supondrá que un día tú le leas un cuento. Y eso pasará también porque Nadira salía a la ventana de la casa de Nicandro a gritar, desinhibida y libre: ¡Tinaaaaaa! Pero eso… eso sólo lo puede entender un saharaui. Yo, por ejemplo.

Y esta es la Nadira de hoy. Al lado de Aminetu, al lado de su pueblo. Viva la vida.
Qué extraño es todo. Aquel libro que desencadenó Nadira era un auténtico despropósito. La Nadira de la novela no existía entonces. Pero ahora sí, por desgracia. Claro que hay chicas, y familias enteras, que se rinden, que se venden. Para eso, entre otras cosas, empujamos al Bubisher, para dar cultura y por tanto capacidad para decidir, y por tanto libertad. Para ser como Nadira, pero como esta de aquí al lado, la que lucha, la que no olvida, la que no se rinde ni prefiere un plato de lentejas a sus raíces y a su sangre, a la derramada y a la que está por crear. Imaginé en aquellas páginas un Rachid que cruzaba el mundo para besar los labios de una chica española buscando en el fondo de su boca el alma de Nadira. Y le decía: todo ha sido un sueño. Algún día será una doble verdad: un sueño, y también una pesadilla.
La literatura y la vida son un tejido, inacabable, misterioso, y en las páginas de un libro que habla en pasado muchas veces se adivina el futuro perfecto.
Ha muerto Rohmer. A los 89 años. Con 36 películas en nuestras retinas y en nuestra memoria. Comencé a ver su cine a finales de los años 60, en el cine Xerea de Valencia, que sólo daba películas en versión original. Ma nuit chez Maud, La genou de Claire… Lo más notable de Rohmer era la naturalidad. Parecía que no hubiera ni cámara ni dirección, ni guión, ni planificación. Los diálogos fluían como los nuestros, como los de la gente. No había más drama que la vida, en su compleja e inabarcable riqueza. Muchas de sus películas las vi sin respirar, como se bebe la vida. El rayo verde, sus Seis Cuentos Morales.

Cuando hace cuatro años decidí que quería hacer cine (estoy en ello, no desespero), soñaba con seguir la huella de Rohmer. Sin actores profesionales o al menos muy conocidos, en escenarios naturales, sin artificio alguno. Y sabiendo que quienes trataron de imitarle fracasaron, porque lo más sencillo suele ser lo más difícil. Y es que Rohmer abrió una puerta luminosa a otra clase de cine.
Ha muerto durmiendo. Es decir, soñando. Es decir: como si hiciera una más de sus películas. Eternas.
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