¿Para qué escribo? Ahora que el año se esfuma, puedo decir que para mí lo mejor ha sido descubrirlo por fin: nunca antes he sentido, como en Smara, cuál es el sentido de la literatura. Y lo he sentido siendo parte del torrente, leyendo para los niños saharauis los cuentos que no son de nadie. La literatura es la “libre” de García Calvo: libre te quiero, ni de mí, ni de Dios, ni de nadie, buena te quiero, como pan que no sabe su masa buena.
Y además lo he sentido en compañía de tantos que no podría nombrar a todos: pero sí a Memona y Daryalha, Larossi y Kabara, los bubisheros auténticos, los de todos los días, incluso el viernes, porque también son panes que no saben su masa buena.
La literatura es eso, caminar solo sin estarlo, ser zapato para cubrir el pie del otro, ser pie para ser protegido. No he escrito mucho, ya lo sé, y agradezco a quienes me riñen, especialmente a Palma y Ricardo, pero he estado cargando la mochila, porque no hay nada peor que escribir por oficio, por obligación y currículum: escribir con el corazón, escribir por, y nunca para. Y ahora siento que sí, que ya va siendo hora de volver a detenerme bajo una talha a ver lo que hay en la mochila, y compartirlo: sólo tengo que volver a encontrar el ritmo.
Y ha sido también el año de Aminetu, el triunfo de la vida sobre la muerte, de la esperanza sobre el desánimo: y no ya por el Sáhara, mi patria pobre, que siento mucho más en mi corazón que mi patria rica y reseca; no, Aminetu es universal, y nos ha demostrado a todos que el pensamiento puede más que el estómago, que desprendiéndose de la vida se da sentido a la vida, que tampoco la vida de Aminetu es de Aminetu, ni de mí, ni de Dios, ni de nadie: la vida es de todos.
¿Y el 2010? Le pido que nos sintamos orgullosos: de lo que hagamos cada día, de lo que escribamos cada día, de lo que llevemos a los ojos de otros, de lo que demos. Más bubisheros, desde aquí o desde allí. Aún resuena lo que me decía desde Smara hace un par de días Beatriz Navarro: “se nos queda pequeño, Gonzalo, cada día son más y más los niños que quieren entrar, leer…” El Bubisher, como metáfora de la vida.
A todos lo que alguna vez leéis esta página del mar de internet, gracias por compartir pequeños tramos de mi vida. Ya sé que hice una promesa: reflexionar cada noche, al menos un poco. Y que no he acabado de cumplirla. Lo iré haciendo, poco a poco, hasta convertirlo en una rutina más del día, tan lleno de pequeñas cosas.
Que un instituto de enseñanza media dedique el curso a hablar de caballos, libres en el monte, de libros sobre caballos, de la relación del hombre con los caballos, es poco convencional. Tan poco convencional como sorprendente y estimulante. Galicia tiene una relación telúrica con sus caballos, que en número próximo a 50.000, aún pueblan (y desbrozan, y cuidan, casi miman) buena parte de sus brañas. Allí puedes caminar entre caballos salvajes, vestigio y resistencia de una naturaleza que agoniza. Puedes observar los comportamientos sociales de la manada, sus relaciones de poder, sus lazos de sangre. En un lugar muy distante, pero no muy distinto, Tuva, asistí una noche a un suceso emocionante: había nacido un potrillo, y aunque para no dejar a los caballos al alcance de los lobos se los mete en un cercado de noche, allí se ofició una ceremonia misteriosa y reveladora: el potrillo iba a pasar la noche acostado y, por tanto, objetivo fácil para cualquier depredador. La lógica maternal nos indicaba que la madre velaría su sueño, y así fue. Pero al situarse a su lado, con la cabeza casi encima de su aún débil hijo, reclamó algo con un relincho largo, dirigido a la manada. Y a su llamada respondieron cinco o seis yeguas, que se colocaron también con la cabeza sobre el potro, formando con sus cuerpos una compacta estrella de siete puntas. O de siete grupas, con un pie apenas apoyado en el suelo, listo para repeler de una coz a cualquier invasor hambriento. Pero más sorprendente aún fue que Ular Ool (Hombre Pájaro), el guardián de la manada, nos dijera que las seis yeguas que habían respondido a la llamada de la madre tenían lazos directos de sangre con ella: hermanas o hijas, todas. Le pregunté si alguna vez venía otra que no fuera familiar de la madre. Negó con la cabeza, con una sonrisa orgullosa: nunca.
Que un instituto dedicara el año a los caballos, a los “ceibes no monte”, es algo insólito, salvo que la mayoría de sus alumnos vengan precisamente de esas brañas en las que la complicidad entre hombre y caballo tiene miles de años. Y allí estuve esta semana, en compañía de Eva Moreda, una joven escritora astur-gallega, autora de un precioso libro: O país das bestas. En él, a través de la memoria y un oscuro presente, Eva habla de esa relación tan antigua como el fuego.
El Instituto es el “Terra de Turonio”. Y no sólo ha hecho posibles lecturas y encuentros, sino que se ha esforzado para montar una exposición en el Museo do Pobo Galego de Gondomar (qué hermoso nombre) titulada así: Ceibes no monte.
Ni que decir tiene que los encuentros con los chicos de Turonio (es el nombre clásico de la comarca cuya capital es Gondomar, al sur de la provincia de Pontevedra), fueron apasionantes, porque sabían mucho más que yo de caballos. Habían leído mis contribuciones a la “literatura de caballos”, y, como es lógico, desconfiaban (algunos) un poco de mi visión romántica del caballo. El intermediario entre el hombre y la naturaleza, como me dijo aquel chamán en Tuva.
Ya por la tarde, en una sala ocupada por hombres curtidos por el viento de las brañas y el roce cotidiano con los caballos, Eva y yo compartimos mesa con Santi Veloso, el profesor entusiasta que siempre hace falta para hacer algo extraordinario e inolvidable, y nada menos que Xosé Luis Méndez Ferrín. Un hombre a caballo. Y un hombre de cuerpo entero, comprometido y valiente: irredento galleguista, preso político, poeta, narrador, pensador. Propuesto alguna vez para el Nobel de Literatura, director de A Trabe de Ouro. Pocos como él conocen la geografía de Turonio, y no sólo su geografía física, sino también su geografía humana y equina. Fue una charla inolvidable, trufada de reivindicaciones de los besteiros que llenaban la sala, y fruncían el ceño ante el retroceso inequívoco de sus tradiciones caballares. De equinofobia habló Ferrín. Y de olvido: del que han practicado los intelectuales gallegos, puesto que la novela de Eva Moreda es la primera en su historia que ha tocado el tema tan de frente.
Qué privilegio, compartir mesa con todos ellos. Y qué aroma a monte, a estiércol, a vida, llegaba hasta aquella sala. No había caballos: había caballistas. Viva la vida.
Una mujer. Una manifestación, hace ya muchos años. Los golpes, las vejaciones. Y una promesa: no me robaréis la dignidad. Golpearon a una mujer que tanteaba en la penumbra de una causa perdida, y esos golpes forjaron a una luchadora incansable.
Hoy no hace falta foto alguna, porque Aminetu no es una imagen: es una idea. La causa saharaui es mi causa también, pero esta noche no pienso en eso, porque Aminetu no ha luchado sólo por su pueblo. Cuando ella insistía en que había dejado su juventud y casi su vida por la dignidad de su pueblo, pero ahora luchaba por la suya propia, estaba dando un mensaje universal. “La sal de la tierra” es una película que dirigió en plena Caza de Brujas norteamericana Herbert Biberman, para contar cómo las mujeres de unos mineros en huelga formaron los piquetes que lograron el triunfo final. La huelga fue en 1951. Nadie recuerda qué mina era, ni dónde estaba, ni mucho menos el nombre del explotador, del tirano: lo importante fue el coraje de las mujeres. Y su victoria, frente a todo y frente a todos.
Ahora, Aminetu ha logrado, con sus manos vacías y el corazón lleno de fe, lo que nadie había logrado antes: un agujero en un muro de 2.600 kilómetros, erizado de fusiles y radares, poblado por miles de soldados. Y lo ha logrado poniendo de su parte a los mismos países que ayudaron a la construcción del muro: Estados Unidos de América y Francia. Ha derrotado a sus carceleros, a sus torturadores, a miles de policías secretos y de uniforme. A esta hora avanza seguramente bajo la mirada helada de esos mismos sicarios para abrazar a sus hijos, que van a vivir con Madre y con Dignidad, pero que habrían vivido sin madre, pero con dignidad.
Si Aminetu se hubiera rendido, habría muerto la esperanza. Si Aminetu hubiera muerto, la esperanza se habría rendido. Esta noche he escuchado a través del teléfono los ezgarit de las mujeres de los campamentos, las cubas convertidas en miles de tambores: es su primera victoria en la paz. No será la última. Todos los muros acaban por caer. Sólo hace falta que una mano arranque el primer adobe. Ahora quedan seis hombres y una mujer en una cárcel tenebrosa. Y tampoco necesitan imagen para ver la luz: sólo una idea. Aminetu. La sal de la tierra.
Hoy me ha escrito una amiga. Una compañera. De vida, de aliento, de mañana, de hoy, de ayer. Me ha dicho, con cariño, pero con firmeza,que tengo muy abandonada esta página. Tiene razón. La urgencia me llama a otras páginas: a la del Bubisher, donde hay que seguir. A los innumerables foros en los que gente de buena voluntad lucha por la vida de Aminetu Haidar. A los innumerables foros en los que desalmados insultan y vejan a Aminetu, se burlan de los que la apoyan. De los humildes, de los humanos.
Qué lejos queda la literatura en esta larga veintena de días. La literatura se nutre de la vida, no tiene ningún otro sentido. Y la vida pasa estos días por la lucha de una mujer sin más armas que la suya. dispuesta a ofrecerla por su dignidad, pero también por la mía, por la tuya.
Te lo prometo, amiga: reflexionaré cada noche en esta página sobre literatura y vida, o al revés: sobre vida y literatura.
Y pego ahora tus preciosas palabras, tu lucha de palabras contra la muerte y el olvido. Sé que querrías que no lo firmara, que no pusiera tu nombre. Lo respeto. Y, además, es así: la literatura no tiene dueño, es de todos.
Hoy, lleno de rabia, prometo seguir escribiendo, porque es lo que mejor sé hacer para luchar por la vida que nos une, por la raíz común que me obliga a ser hermano del que se burla de la lucha de Aminetu, de sus carceleros españoles y marroquíes, de sus torturadores también.
Ahora mismo entra en mi bandeja de entrada la firma de otro escritor, de un grande verdad, para una carta al Rey, desesperada, casi desesperanzada. Eso es también la vida.
Y estas, las palabras de mi amiga. No pases de largo, ayúdanos a seguir reflexionando.
MUROS
De la vergüenza, del olvido, de la sinrazón. Muros de piedra y de espinos, muros de minas antipersonas, de alambradas, muros de fuego. Fronteras que destruyen, que separan, que matan.
El cielo y el mar, espacios abiertos, símbolos de la libertad, son hoy muros de aire infranqueables que separan Lanzarote del Aaiún. Barrera de media hora de distancia, de 21 días de angustia, de inexplicables actuaciones políticas y diplomáticas.
Y en esa cárcel de muros invisibles, aeropuerto, lugar de idas y venidas, de despedidas y encuentros, un ser humano se está muriendo por defender su dignidad, por pedir, qué gran crimen, que la dejen regresar a su hogar, con sus hijos, con su madre.
Muros de silencio, de ojos cerrados, de palabras que hieren, de mentiras que deforman la realidad.
Y frente a tantos muros, las voces que se alzan pidiendo que no muera la esperanza, que no se apague la luz de la razón. Porque la vida no vale nada si el miedo la amputa, si el individualismo la ciega, si la dignidad deja de ser digna.
Por Aminetu Haidar, y por todos los que hoy luchan por un mundo más digno, hoy te nombro LIBERTAD.
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