Un buen librero (y por tanto un buen amigo) me lo acaba de contar en Cercedilla. 

Un padre llegó a la librería para buscar un libro para una niña de diez años que monta a caballo, que ama a los caballos. El librero le recomendó “Soy un caballo”. Se lo llevó.

caballo

 

 

 

 

 

Al cabo de un par de días llegó una señora. La abuela de la niña. Con el libro. Indignada.

Lo que dijo:

“¿Cómo se puede recomendar a una niña un libro para adultos?”

Por la mente del librero debieron de pasar ráfagas de pánico. ¿Habría algo que?

“No es para adultos, ni tampoco para niños, creo que es para unos u otros, sin distinción, pero no tiene nada que…”

“¿Pero cómo se le puede decir a una niña que el caballo sufre?”

No lo admitía. La niña no tenía por qué saber que el caballo sufre. Es verdad, qué crueldad para la niña. Saber que el caballo sufre estropea su mundo. Lo desmorona. 

Lo devolvió. 

Acabo de comprar “El niño de los caballos” en la misma librería. El caso real de un padre que viajó con su hijo autista a Mongolia porque el niño había comenzado a relacionarse con el mundo a través de un caballo. Como en Ecugaia. 

Menos mal que nadie le prohibió al caballo que supiera que el niño autista sufría. Sólo así pudo ayudarle.

DÉJAME ENTRAR

21 de mayo, 2009 | En Noticias | 11 Comentarios

Estoy conmovido. He visto dos veces en las últimas semanas una película distinta, basada en una novela distinta, con un punto de vista distinto. Conmovido y conturbado. Déjame Entrar es una historia de vampiros, pero no es una historia más de vampiros. Es una historia de niños, o sobre niños, pero no es literatura ni cine infantil. Ni siquiera es recomendable, así en plural general, para niños. Pero está al alcance de cualquier chico o chica de doce años bien armado por lecturas anteriores, acostumbrado a pensar y a tomar opciones.

Déjame Entrar es probablemente la mejor historia de amor (y de amistad desnuda) adolescente que he visto en mucho tiempo, tal vez nunca. Poco o nada tiene de importante que sea una nueva visita al mundo de los vampiros, y hasta molesta un poco para que sea más diáfana que trate un tema tan de moda. En realidad es el amor de dos inadaptados. Uno muy común, hijo de un matrimonio separado en una sociedad gélida (la sueca, en ambos sentidos), y otra extraordinaria, puesto que es vampira y  tiene doce años desde hace muchos más, detenida eternamente en esa edad, con mucho vivido pero con el sentimiento adolescente intacto, pese a su horrible necesidad de sangre humana. Me pregunto cómo sería la historia sin el recurso al vampirismo, pero sospecho que sería igual de tierna y conmovedora, de terrible e inquietante, de “removedora”.

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La película se basa en la novela, ya traducida, del mismo título, del sueco John Ajvide Lindqvist. La ha dirigido muy muy bien Tomas Alfredson, y cuenta con la extraordinaria interpretación de Lina Leanderson en el papel de Eli, la pequeña vampira. Con todo, me asombra la capacidad de introspección del director, ayudado por la interpretación de los dos niños (Kare Hedebrant, como Oskar, tampoco está nada mal). El punto de vista narrativo es el de Oskar hasta mediada la película. Pero en una escena particularmente impresionante, la niña se apodera de la narración, y comienza a desgranarnos sus pensamientos sobre la culpa (la que siente, como un peso), el horror por su condición, y la necesidad de seguir viviendo a costa de la vida de los demás. Un salto en el punto de vista pocas veces realizado con tanta suavidad y maestría en la historia del cine.

No quiero desvelar nada, porque quiero que quien pueda acuda a verla, o que lea la novela (cosa que aún no he hecho, pero en la red se encuentra el primer capítulo gratis, y me parece que es tan buen libro como película), pero quiero dar una clave de ternura: hay una última palabra, la que sustituye a FIN. Está en morse, pero lo aclara todo: BESO. Sólo que no lo aclara, hay que armarse para captarla. Da igual, es algo implícito. Y terrible, porque abre de nuevo un círculo que, para nuestra desgracia, hemos visto hasta su terrible final un poco antes.  

Dos cosas: ¿es una novela, y una película, “infantil”? No lo sé, y me gustaría conocer opiniones desde nuestro punto de vista, de gente preocupada por la LIJ. Creo personalmente que si un adolescente bien formado accede a ella, en novela o en película, estará dando un salto hacia arriba, porque no hay una respuesta, porque no es literatura ni cine de buenos y malos, porque entra de lleno en la más compleja profundidad de la vida. La he recomendado en una charla de terceros de la ESO, y creo que con esa edad, en la que se coquetea con una visión insensible de la violencia y el sexo, es indudable que sí. Puede suscitar un debate muy enriquecedior. Pero, ¿antes? Mi madre decía: puedes leer lo que puedas. ¿Hubiera podido con doce años? Me habría perturbado más que ahora, claro. Pero creo que me hubiera conducido hacia la verdadera literatura por atajos y trochas. La segunda “cosa”: id a verla, antes de que Hollywood decida que ya que no la ha visto casi nadie, haga su propia versión y, como siempre, la destroce.

El martes 5 de mayo, a las 7,30 de la tarde, inauguramos la exposición Captus en Valladolid, en la sala de exposiciones de Caja España, en la plaza de Madrid.

Una ocasión única para contemplar en directo las fotos que realizó Alejandro Braña de las extraordinarias e inclasificables esculturas de José Trenor, con la mirada de Pablo Amargo. 

Ya hay abundantes referencias a la obra de Trenor en esta página como para volver a insistir, aunque estoy seguro de que todavía quedan muchas cosas que descubrir. Eso es lo que tiene que hacer el espectador, o el contemplador: reflexionar ante ellas sobre el sentido del arte, de la vida, de la combinación de la vida con los objetos inanimados. Porque esa fue la obra de Trenor, el sentido de “captura”, de segunda oportunidad para los objetos ya desechados.

La exposición estará abierta hasta el 22 de mayo, en el citado local. Y ha sido posible gracias a Felcitas Rebaque, a cuya sensibilidad no podía escapar la potencia visual de las fotografías de las esculturas imposiblemente posibles de Trenor. Y, también, al interés y cariño de los rtesponsables de la sala de exposiciones de Caja España.

A quienes podáis, os esperamos.

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