Ha muerto en Madrid, nació en Montevideo, vivió en el mundo y para el mundo. Fue un amigo de todos quienes le conocieron. Practicó aquello que cantaba su también amiga, Elisa Serna: una tierna violencia. La radicalidad del corazón grande.
Conocí a Quintín a mediados de los setenta, disfruté de su voz, de sus ñoquis, de sus chicas, Loles y Lucía, nunca dejaré de escucharle, de sentirlo, de saborearlo.
No es justo que se haya ido tan pronto, sin cumplir los 65 años, pero más injusto sería olvidar a Quintín. Recordarle es un compromiso con la vida, con un mundo para todos.
El día 27 habrá un concierto homenaje en Madrid, aunque aún no sé dónde. Quienes le conocimos, iremos si podemos. Quienes no hayáis tenido esa suerte, acudid si os es posible, porque su espíritu es tan fuerte (y tan tierno) que le conoceréis en las voces de los demás.

El Bubisher ya es una realidad entusiasmante. Estos días pasados he podido compartir en Huesca y la Puebla de Alfindén las dos fuerzas vitales del proyecto: la pasión con la que preparan su próximo viaje seis voluntarios de Huesca (y muchos otros que ya están afinando calendario), y el brillo tan especial que había en Bea, una de las primeras voluntarias, que pasó allí Navidad y Año Nuevo, y que vino a la Puebla para contar al club de lectura de la biblioteca lo que ha supuesto para ella la experiencia.
No la conocía en persona, pero fue maravilloso abrazar en ella a tantos niños saharauis, a todos los maestros y maestras de los campamentos, a todos los voluntarios a los que tampoco conozco todavía.
Y una palabra: esclarecidos. Así vuelven de allí los voluntarios, con la mochila mucho más llena ahora que cuando se fueron. Veinte kilos de material pesan mucho menos que el recuerdo y los dones de los cientos de niños a los que Bea abrió la mente a los sueños y a los cuentos. Esclarecidas también las crónicas de Chus Juste, la bibliotecaria de Zuera, en el blog del Bubisher. Chus regresa hoy, se acabó su tiempo, pero allí queda Tirsa, “esclareciéndose”.
También nosotros. Creímos ingenuamente que no sería difícil que alguna institución española oficial, ligada a los libros, a los que pagamos con nuestros impuestos para que lleven la lengua castellana al mundo, nos ayudara con dinero. Pero no ha sido así. Sin reproches: ese es el sitio por hambre cultural al que están sometidos los saharauis, adultos y niños. Pero esa(s) negativa(s) nos ha servido también para aprender a hacer de la necesidad virtud.
Si las instituciones no nos dan dinero para que el Bubi pueda hacer su labor (con la excepción del ayuntamiento de Fraga, Huesca), volvamos la vista hacia el origen de este proyecto: fueron los niños del colegio San Narciso los que lo idearon: privarse de 30 céntimos a la semana para aprender el camino de la solidaridad.
No pedimos tanto. Al revés, pedimos mucho menos, muchísimo menos en cuanto a cantidad, pero el mismo principio. Basta con una vez al año: si cada niño aporta un poco de lo suyo, 20, 30 o 50 céntimos a lo sumo, si completan la cantidad simbólica de 100 euros al año, el Bubisher llevará sus sueños a las escuelas saharauis durante una semana. Nada más y nada menos, por nada menos y nada más: la solidaridad.
Las condiciones son dos: que no sea algo que imponga la dirección de ningún colegio, instituto o biblioteca, sino algo que salga de los propios chavales, decidido en reuniones por cursos, libremente aceptado, y sin estigmatización alguna del que no quiera o no pueda. Y la segunda, que no sea algo que se le pide a papá y mamá, sino algo que salga de su propio dinero de bolsillo. Un paso muy pequeño, sí, un sacrificio mínimo, de acuerdo, pero el primer paso de la verdadera solidaridad: no dar limosna, sino compartir.
Ya hay varios colegios cuyos chicos están debatiendo esta propuesta. No serán muchos, sin duda, los que completen el proceso, porque no queremos que sea fácil: queremos responsabilidad, pasos en la dirección de sus corazones, que tanto principio hueco y tanta palabra vacía se hagan carne, o más bien gasoil, y libros. Que el Bubisher sea de los niños para los niños, compartiendo.
Cuando completemos la cifra, 120 amigos del Bubisher, colegios, bibliotecas o particulares, ya no necesitaremos que nadie lo subvencione.
Quien quiera más información, que nos la pida a través del blog del Bubisher, tan fácil de encontrar en un buscador, a un click de distancia de cualquiera. Y que lo piense: un poco de caos, una semana de barullo y apasionamiento, a cambio de una semana de funcionamiento del Bubi. 120 amigos de la vida y de los sueños.
Como el de los chavales de Torres de Berrellén, que ya han hecho su propia maqueta del Bubisher, y que se saben de memoria su eslogan: Bubisher, bubisher, que nos traes tan buenas noticias.
Ayer por la tarde el jurado del Festival Internacional de Teatro para niños, FETÉN, que se celebra cada año en Gijón, decidió darle el premio al mejor espectáculo del año al trabajo de “Títeres de María Parrato”. El premio es compartido con la compañía andaluza “Le Rous” y su espectáculo “La casa del abuelo”, en la que también han intervenido María Frías (María Parrato) en la dirección de objetos, y su compañero, Mauricio, en la dirección.

Comparto la emoción y la alegría con María, Mauricio y Atoín, una familia que respira teatro y que se alimenta de sensibilidad.
El montaje ha crecido, ha evolucionado, ha limado los problemas que planteaba su hermosa y arriesgada complejidad, y seduce y emociona tanto a los niños como a los adultos.
Si quieres saber más, e incluso ver un pequeño adelanto en video, del montaje de Palabras de Caramelo de María parrato, visita este link:
http://www.mariaparrato.com/caramelo/index.htm
Con motivo de su estreno, en Leganés, escribí este texto, que ahora cobra su verdadero sentido:
Una sombra femenina recorre el escenario casi oscuro, en el que dos árboles desnudos son todo el decorado. Se mueve casi por el aire, envuelta en una mehlfa negra. Susurra: hay una historia, hay una historia… Luego se inclina sobre el suelo, y parece brotar de la tierra, o más bien de la arena, un taco de madera. Ella vuelve a hablar: un niño, un niño… Y el taco de madera, animado por sus manos, se transforma en niño, tan desnudo como al nacer. Lo escribo, y no puedo evitar volver a sentir el arroyo cálido de la historia que María descubría ayer para los cien asistentes al estreno, en la sala Gurdulú de Leganés. Me conmuevee que María Parrato haya sabido encontrar la verdadera clave de Palabras de Caramelo: hay una historia. Sí, las historias están en el suelo, en el aire, en la vida, en las personas, en la historia, en la alegría y en el sufrimiento. Escribí un día, en Smara, Palabras de Caramelo: pero sentí lo mismo: hay una historia, hay una historia… Un niño, un niño sordo… No nos pertenecen, son de todos. El montaje de María Parrato de Palabras de Caramelo es un alarde estético, de una precisión líquida, dotado de alma y música, de arena y viento, de imaginación y descubrimiento. Sé que no soy el más adecuado para hablar de ello, como se me ve la emoción cuando hablo del otro precioso montaje de Buratini. Un día María me llamó para pedirme permiso, le dije que Buratini ya lo representaba, y no dudó un segundo: quería compartirlo. La historia ya no es mía, ni de Buratini, ni de María Parrato: está ahí, es de todos. Pero lo hago desde la enajenación, o desde la requisa, porque lo que ayer vi fue la devolución al desierto de lo que un día tomé en los corrales de Samara y en la mirada fascinada de la niña sorda, Fatimetsu, a los labios en movimiento continuo del camellito.
Después del espectáculo, conmovido hasta la médula, hablaba con ella de ese milagro, y María decía que no somos más que intermediarios, que hay que meter la mano en la tierra y sentir la raíz que nos hace vivir a todos, y que en los millones de extremos de esa raíz están las historias, la música, la poesía, la pintura. Eso hace ella con esta historia, y nunca he sentido tanta felicidad por haber decidido un día ser un buscador de historias. están ahí, están ahí: un niño, un niño…
Palabras de Caramelo de María Parrato es un alarde. Poesías escritas en el aire sin palabras, con luces borrosas y sombras, tazas que son ancianas, teteras que son hombres serios, fluido constante y siseante de arena: té, agua, leche, sangre. Y sus manos. Escribiré un libro basado en las manos de María Parrato, porque ayer también había una historia en esas manos: una, cien, mil.
Sin olvidar a Mauricio, director y regidor, ni a Kim, autor de la música. Kim y María viajaron a los campamentos para entender el alma saharaui, y la trajeron en un saquito, con latas laminadas por las ruedas de los camiones, palitos cincelados por el siroco y el tiempo: y telas, y suspiros, y risas. María, en escena, es toda la femineidad saharaui, toda la música de la memoria y la ternura. Gracias, en nombre de todos.
Georgina me manda este relato. Georgina es una de las componentes de “Ecugaia”, que está en Grañén, Zaragoza.
En Ecugaia los caballos no sirven para pasar el rato, sino para mejorar la vida de los que la tienen más difícil.
Su relato me demuestra, una vez más, lo hermosa que es la vida. Una visión, un día: una mujer sobre un caballo. Un instante de belleza, apenas nada, que sin embargo se convirtió en el inicio de un camino. Hoy domingo, seguro, alguien está siendo feliz cabalgando en Ecugaia, siendo uno con el caballo, encontrando en él el equilibrio. Poco puede imaginar que está abriendo las puertas de su propia felicidad porque un día una mujer atrapó en sus retinas una imagen efímera de la belleza en equilibrio.
Este es el relato:
“Mi inicio con los caballos, comenzó un día que estaba visitando un Centro Ecuestre y en el círculo de doma, había una chica de unos 30 años, muy delgada, haciendo el pino en un cinchuelo, al galope.
Mi sensación al verla, fue impactante, ya que de pronto me pareció advertir que el caballo, estaba pendiente de su amazona y que la sincronía era perfecta, que ella estaba entregada y que ambos confiaban el uno en el otro.
Afortunadamente, esto lo he visto muchas veces posteriormente y cuando ocurre es cuando se producen los “milagros”.
Lo primero que pensé fue que debía ser una amazona de campeonato y que estaría en lo más alto.
Mi afición e interés por los caballos, no se había manifestado en mi.
No era un animal que me sugiriera algo especial, ni me atraía la idea de cabalgar, ni me llamaba nada que tuviera que ver con él.
Yo estaba con un amigo, grande como un mallo, que como yo, observó como una chica que no pesaría más de 50 kilos, se sentaba después del ejercicio, en perfecto equilibrio, paraba un caballo de 500 kilos con toda la suavidad imaginable y lo acariciaba con enorme complicidad.
La mirada del caballo reflejaba satisfacción (o al menos eso me pareció a mí).
De pronto, entra en la pista una mujer con dos muletas, se las alcanza, la amazona baja con algo de ayuda del caballo, coge las muletas y se pone a andar de una forma más bien descoordinada.
Isabel, de 32 años, había tenido su primer brote de esclerosis múltiple a los 22 años, desde ese momento el deterioro iba en aumento, hasta que tuvo que desplazarse en silla de ruedas, entre otras cosas, porque su equilibrio le impedía hacerlo por su propio pie.
Llevaba 2 años montando a caballo y había conseguido, por un lado, parar los brotes y por otro salir de la silla de ruedas.
Su cara reflejaba alegría, orgullo y satisfacción, prácticamente indescriptibles.
He tenido la suerte de ver resultados como los de Isabel en algunas ocasiones y éste semblante cientos de veces después.
Mi amigo se puso a llorar como un niño, preso de la emoción ante esta muestra de coraje, representado por la, aparentemente, endeble mujer que había decidido no dejarse llevar por los pronósticos.
Naturalmente yo también lloré.
Todo lo que había sentido me impacto de tal modo, que yo, una buscadora de todo aquello que pudiera ayudar el ser humano en su calidad de vida, decidí en ese instante que iba a aprender de qué se trataba esta experiencia.
No me echó para atrás el hecho de no saber nada de caballos, ni la edad, ni el riesgo.
A los 3 días yo ya estaba empapándome de caballos, cuando con mi Maestro Ecuestre, nos tropezamos con una potra perdida en la carretera.
Parecía asustada y huidiza.
Mi Maestro sacó una cuerda y me dijo que intentara ponérsela alrededor del cuello con mucha suavidad y después de tranquilizarla, que no hiciera ningún gesto brusco.
Con el tiempo he sabido que éste hombre, viendo los gestos y el comportamiento de la potrilla cuando nos acercábamos, más o menos ya sabía como respondería.
Y también me lo ha enseñado a mí.
De una forma totalmente espontánea, me comporté como si fuera una experta.
Inicié el acercamiento yéndome en paralelo a donde estaba ella y me quedé quieta, esperándola.
Ella se fue acercando a mi, me olió, se alejó, volvió, sin mirarla empecé a levantar la mano para que la oliera y después de acariciarla y sentir que confiaba en mí, algo que duró un tiempo largo, le di a oler la cuerda, la acaricié con ella y cuando la pasé por su cuello, ya se vio que no era algo ajeno.
En el instante en que pasé la cuerda por el cuello de la potra, sentí que era responsable de ella y que me seguiría al fin del mundo.
Iniciamos la marcha por la carretera, con el coche de mi Maestro detrás.
Por supuesto, cuando llegamos cerca de la granja donde vivía, perdí todo el control y la potra se me escapó a galope hacía su querencía (el pago de la novata).
Nunca más me ha vuelto a pasar, pero para eso he tenido que estar 24 horas sobre 24 dedicada a los caballos y cuanto más sé, más soy consciente de mi ignorancia.
Cada día me enseñan algo nuevo, ellos y las personas que con sus problemas, sus necesidades y su fuerza de voluntad me demuestran que hay muy pocas cosas imposibles.
Me pareció una confirmación de que estaba en el camino correcto.
Desde ese momento, no han dejado de pasarme cosas sorprendentes.Georgina. Ecugaia.
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