Tengo mucha suerte: muchas suertes. Una de ellas es que Juan Álvaro Fernández es mi amigo. Ha escrito dos libros, una novela y este: “Que las pateras no me sean indiferentes”. La autobiografía de un chaval eterno, que se fugó de la España negra de la inmediata postguerra nadando de Fuenterrabía hasta las costas francesas. Una vida apasionante empezando con nada en un mundo que nada le dio. Todo lo que se recauda con la venta del libro va a parar a una misión en Mozambique, un poco de dinero para ayudar a los que tampoco hoy tienen nada y también se lanzan a nado a conquistar el derecho a la vida.Un libro ejemplar, un modelo en el que cualquier escritor aficionado se podrá mirar a sí mismo.Este es un fragmento del primer capítulo, tenso y terrible, hecho de esperanza y muerte. Su vida, nuestro pasado. De la Cuenca Minera asturiana, de las sombras de charol y uniformes verdes a la libertad de vivir.Pido a mis amigos “blogeros” que vinculen este libro en sus páginas, que invirtamos por un día el rumbo de las pateras y que entre todos enviemos a Mozambique este grito de esperanza.Esta es la dirección a la que podéis pedir los libros:
Librería Alfonso Rodriguez- La Caridad
Telf. 985637340
o a través de la siguiente dirección de correo electrónico:
mohices@mohices.com
Y este, el emocionante fragmento que no es posible dejar de leer. Vida y muerte en las aguas negras y en las luces pálidas de la costa de la libertad.
Primera mella: - ¿Esti neñu nun ye Xuanín, uno de los fíos de Quilo Fanjul?
Probín.
-Hay que ver, ya fai dos años que lu mataron. ¡Como pasa el tiempu!
Segunda mella: -Güeluca dónde está mi pa?
-Está en Oviedo, nenín.
-Mentira, a mi pa matáronlu.
Tercera mella:- ¿Güeluca por qué cacheaben los soldaos la casa y los
armarios buscando a mi ma?
-Calla guapín nun preguntes. Nun son coses pa rapacinos.
El crepúsculo se va extendiendo sin que nos demos cuenta. Hoy ha sido
crepúsculo todo el día. Hay que ir preparándose. Nos quitamos las camisas
para envolverlas en el papel celofán que hemos traído, no sé para qué,
puesto que ya están pingando. Envuelvo en el papel la única documentación
que tengo: un carnet del sindicato de hostelería. Ato todo esto y las
sandalias con la petrina haciendo un bucle y me lo pongo debajo de la
barriga. Rafael también hace su gran equipaje. El cielo está oscuro y hace
un viento desagradable. Las olas empiezan a baldear la playa y la marea al
subir deshace los charcos de lluvia que se fueron formando. Los cangrejos
corren hacia las grietas de las rocas como seres humanos sorprendidos por un
bombardeo. De repente me acuerdo de cuando sonaba la sirena en Laviana y
corríamos al refugio. Mi abuela Rita que era ciega se quedaba en casa con mi
tío Juan. Él era minero y supuestamente estaba harto de estar “refugiado”
diez horas todos los días trabajando en la mina.
La luz del faro ya destaca al barrer la bahía. Llegó el momento. Salimos de
entre las rocas y caminamos deprisa hacia las olas que suben. Estamos
rígidos y temblorosos de ansiedad. Extrañamente el agua se siente más
caliente que nuestros cuerpos tras las horas de espera en la lluvia.
Avanzamos andando por el agua hasta perder pie y empezamos a nadar. A braza,
lentamente. Después de unos diez minutos, superado el cabo de costa que
sobresale del escondrijo donde pasamos el día, a nuestra derecha se ven las
luces de Fuenterrabía. Nos alejamos poco a poco. El mar está picado y nos
separa constantemente. Digo en voz alta:
-Rafael, ¿vas bien?
-Sí. Sigue, sigue, responde.
Provisionalmente vamos a tener ubicado aquí un foro acerca de Tuva, con alumnos y profesores del I.E.S de Cifuentes en la provincia de Guadalara. Pronto se ubicará en un punto más discreto de la web (mi elfo particular está trabajando en ello), pero seguirá siendo un foro abierto, para que cualquiera, desde fuera, pueda asistir al mismo, y, si quiere, incluso participar. Seguro que será bienvenido, porque lo más revolucionario que tiene internet es la horizontalidad, la accesibilidad por parte de todos.Cifuentes celebra este año el 5º aniversario de la creación del club de lectura “Leer Juntos”, al que pertenecen gran número de padres de los alumnos del instituto. Este club, fundado por el profesor Toni Martínez, pertenece a la red de Leer Juntos, la renovadora iniciativa de un grupo de madres y profesoras del colegio de Ballobar, Huesca, que se ha extendido por toda España, e incluso ya en Portugal.Tuve el honor de ser el primer invitado de Leer Juntos Cifuentes, el año 2003. Fue una reunión inolvidable, y ha dejado en mí huellas profundas.En este aniversario van a participar muchas otras personas que ya han pasado por el club. Conoceré a otros lectores del club de La Alcarria, y el día 21 habrá un acto central en el que participarán la gran bibliotecaria Blanca Calvo, una madre de Ballobar, MªEugenia, una de las iniciadoras en Cifuentes, Carmen, Ricardo Gómez, Samuel Alonso… y otros visitantes del club, como la ilustradora Elisa Arguilé, el cuenta cuentos “lunático” Félix Albo… En suma, una fiesta de la lectura. Y ahora el foro. Tuva no es otra cosa que mi convicción de que el mundo está aún lleno de preguntas, de que hay que viajar por la mente y los caminos, de que quedarse en los caminos trillados es morir en vida. Lo demás, los misterios de la música y los caballos, la fascinación de la Tierra Virgen… son simplemente mi propio viaje al centro de Asia, mi propia busca. Para vosotros, para todos. Adelante.

Como la primera entrega se va sumiendo poco a poco en la página, devuelvo a primer plano esta herramienta con la que podeos aprovechar la fuerza horizontal de la red. A quien lea esta entrada: deja aquí la última novela recomendable, la última película inolvidable, el disco pirateable…
Una película de bajo presupuesto, buena o más que buena, dura, tierna, fantástica: XXY, de Lucía Puenzo (¡es su opera prima!). Una Inés Efron impagable, un Ricardo Darín como en sus mejores interpretaciones, un reparto contenido y emocionante. Y una historia maravillosa y valiente, casi imprescindible para adolescentes sin censuras.
Una novela: “El librero de Selinunte” (gracias, Blanca), de Roberto Vecchioni (Gádir ediciones )Es una fábula sobre el poder de las palabras y la literatura. Y de los libreros. Si fuera profesor de secundaria, no dudaría en recomendarla. Es de una belleza atronadora, muy italiana, con dos protagonistas llenos de encanto y misterio. La volveré a leer, y la recomiendo a todos.
Y ahora, tú.
Ayer el diario El País ofrecía una pequeña noticia que contenía una gran infamia: nuestro gobierno ha “regalado” a Marruecos unas extrañas máquinas que sirven para dejar caer bombas desde los aviones con suma facilidad. Hace 32 años, los aviones marroquíes dejaron caer bombas sobre población indefensa en Um Draiga, un enclave en el que murieron miles de ancianos, mujeres y niños, en camino hacia el exilio. Bombas de napalm y de fósforo. Algunas mujeres aún conservan en su pecho la terrible cicatriz en forma de cuerpecito humano: se las hicieron tratando de apagar a los niños que ardían bañados en fósforo y fuego.
La siguiente caída de bombas desde aviones marroquíes tuvo lugar en 1991 sobre Tifariti: sobre escuelas y hospitales construídos con enorme esfuerzo para acoger a la población que tenía que acudir allí a votar en el referéndum de autodeterminación de la ONU. Fueron aquellas bombas las que acabaron con el referéndum y con el sueño de recobrar su tierra.
Y ahora mi gobierno “regala” a esos mismos militares sofisticados ingenios para despachar más bombas por minuto.
Siento vergüenza y dolor. Nos preocupa más la caída de la bolsa que la caída de las bombas. Nos preocupa más el despegue de los precios del pan que el despegue de los aviones de guerra.
Nuestro gobierno no “regala”: ofrece los cuerpos de los saharauis en el altar de los sacrificios, para acallar a la bestia: para que no quite los privilegios a las empresas españolas que fabrican en Marruecos pagando sueldos de hambre. Por el dinero, por lo más vil.
Vergüenza, dolor y asco.

Mire, señor espía, tome nota también: quinientos niños de un colegio de Pontevedra (el San Narciso, de Marín) decidieron enviar un bibliobús a los campamentos de refugiados para que los niños saharauis tengan libros de lectura en castellano. El bibliobús se va a llamar Bubisher, y ya está siendo pintado con colores de vida. Para lograrlo, cada niño se priva de un capricho pequeño una vez a la semana y deposita treinta céntimos de euro en una caja. Cada año ingresan entre todos un cheque de 3.000 euros. Para bombardear con libros y cultura las escuelas.
Yo, me apunto a ese bombardeo.
Ayer por la noche murió en Zaragoza mi primo hermano Jaime. Fue como mi hermano en unos años en los que, cuando estaba estudiando en Valencia, vivió en nuestra casa. Jaime era padre de Fernando, uno de los mejores amigos que la vida me ha concedido. Jaime era un hombre bueno y no podrá cumplir su deseo de vivir la jubilación aquí en Figueras, cuando ya lo tenía en las yemas de sus dedos; fue también uno de los primeros mitos de mi infancia, cuando montaba a caballo como un vaquero de carne y hueso en los caballos de mi tío José. Tenía las piernas arqueadas, y caminaba como los cowboys de las películas de Hollywood. Y se ganaba aquellas cabalgadas que yo envidiaba tanto ayudando al tío José sacando patatas de la tierra. En aquellos días lejanos de patatas y caballos, acompañaba a Jaime mi hermano Yago, mi hermano mayor. Este ha sido un año duro, muy duro. En él han muerto Jaime, Yago, y mi tío José. Y otra prima hermana, María, hija de José, de quien de niño estuve enamorado.
Cada uno a su manera pobló mis primeros sueños, y ahora son eso, sueños, memoria. Pero la memoria es la semilla del olvido.
Si Jaime fue mito físico de caballos y verdes prados, Yago fue mito espiritual, porque quería ser escritor primero, y después director de cine. Con él leí mis primeros libros serios, y con él aprendí a ver cine, en aquel impagable Cineclub que emitía la 2. Juntos vimos a Griffith, a Murnau, a Fritz lang, a Einsestein, y luego a Billy Wilder y Raoul Walsh, a John Ford, a Fellini y Passolini, a Truffaut y a Resnais, a Berlanga y a Bardem; a todos los pioneros del cine. De noche escribía a luz de un flexo mientras yo dormía, y muchas veces he sentido que lo que escribo ahora es una prolongación de lo que él hacía. Por la mañana me leía sus cuentos de bosques y duendes, y mi memoria conserva una exaltación rumorosa de misterios y sombras en la que se mezclan mis ensueños y su voz.
La niñez es un mundo, y en aquel mundo que recuerdo con tanta viveza, el rey era mi tío José. Tenía dos castillos, perros temibles como Heinkel y perros vitales como Tojo y perros tranquilos como Pirulo y caballos tan simpáticos que uno se llamaba Taburete. Cultivaba grandes terrenos al borde del mar, y encima de su tractor era John Wayne; hablaba poco y fumaba mucho, liando sus cigarrillos, seña de identidad. Había sido aviador y había estado a punto de morir primero de un balazo y luego fusilado, pero vivía y lo llenaba todo de humanidad distante y próxima, difícil de entender. Cuando estuve en la cárcel el año 71, cruzó España en la peor nevada del siglo, olvidando ideologías, para estar con mis padres y procurar, inútilmente, mi libertad. Le gustaba hacer cosas inútiles, y llenó el patio de armas de uno de sus castillos de “captus” engarzados en objetos de vertedero a los que daba una segunda oportunidad de vida, mucho más inútil, y por eso más útil: la vida del Arte. Él es el Santos de mi novelita “El Movimiento Continuo”, el Sancho Pardo de “Yo, que maté de melancolía al pirata Francis Drake”, y el Patricio Mayo de la novela que nacerá en abril: “La Puerta de Mayo”. Pero es el protagonista de mi mejor obra: “Captus”, hecho al alimón con Pablo Amargo, Alejandro Braña y Tina Blanco, tomando sus obras efímeras como objeto de un libro de fotografías tan potentes que suspenden el aliento. José quiso morir cuando supo que su hija María iba a morir también. Y así fue, en ese orden. María, lo que significó para mí, queda para mis adentros, mis entrañas doloridas.
Yago, el tío José, María, ahora Jaime. Demasiadas y demasiado desordenadas muertes para tan corto tiempo: once meses. Ha querido el azar que esta mañana leyera uno de los últimos capítulos del libro del colombiano Héctor Abad Faciolince sobre el asesinato de su padre, Héctor Abad Gómez: “El olvido que seremos”, de un poema de José Luis Borges que el propio asesinado llevaba en su bolsillo cuando los sicarios del poder llegaron a por él.
“Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán, y que es ahora
todos los hombres, y que no veremos.”
Héctor Abad sabía que los paramilitares lo tenían en una lista negra, en los tiempos en los que Medellín era un campo de muerte abonado por el estado. Lo mataron cuando acudía al velatorio del Presidente del Gremio de Maestros de Medellín, también asesinado. Había escrito, muy poco antes de que le llegara el turno:
“Decía Montaigne que la filosofía era útil, porque enseñaba a morir. Para mí, que en ese proceso de nacimiento-muerte que llamamos vida estoy más cercano a la última etapa que a la primera, el tema de la muerte se va haciendo cada vez más simple, más natural y aún diría que más deseable. Y no es porque esté desengañado de nada ni de nadie. Tal vez todo lo contrario. Porque creo que he vivido plenamente, intensamente, suficientemente.”
Estas ideas, siendo ciertas, no nos dan un mapa para entender la muerte. Estos días he estado escribiendo un cuento en el que se unen muchas cosas de las que ahora hago balance: será parte de un libro colectivo para ayudar a la financiación del Taller de Letras de Medellín, una ciudad que despierta a la vida gracias a los libros. Y es un cuento centrado también en la muerte, entre ellas la de Yago, pero también la de una niña llena de misterio a la que iba a conocer, pero que nunca conocí. O sí. Un cuento sembrado de preguntas: las de la niña, las de un viejo, las mías propias, tratando de comprender lo incomprensible, o lo inasumible: que somos el olvido que seremos.
Todas esas muertes se unen a un rosario cada vez más largo y poblado. Decía el tío José que vives pendiente de una raya, y en un momento te das cuenta de que hay más seres queridos a aquel lado de la raya, el oscuro, que a este, el de la vida con vida. Y añadía que a partir de ese momento empiezas a acariciar la idea de atravesar también el río en la barca de Caronte. Pero los que seguimos aquí, los que aún queremos sentir amor y amistad, sembrar belleza y verdad, ¿cómo podemos entenderlo? Tal vez así: amando y queriendo, pero extendiendo nuestro amor y nuestro cariño a ambos lados de la raya, en las dos orillas del río de la vida y el mar de la muerte. Mirando a esta a los ojos, sin bajar la vista, sin rencor.
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