Archivo de Diciembre de 2007

En estos últimos días de 2007 he asistido al nacimiento de tres blogs personales. Carlo Frabetti habla en su propio blog, nacido de su columna en el periódico Público, del Liberespacio. Se refiere sobre todo a la existencia en la red de los libros en soporte digital, pero creo que implícitamente recoge también la de los blogs, la voz de aquellos a los que el sistema les negaba hasta hora la voz. Los suyos no son ya gritos silenciosos encerrados en un cuaderno o un cajón: están al mismo click de distancia que los blogs o webs del último premio Premio: ahora esos nombres famosos están tan al alcance de nuestros dedos como los de Felicitas, Pablo o Elmirth. Y sus blogs tejen en el ciberespacio no sólo una red de pensamientos, una red neuronal nueva y fecunda, sino también una red de libros en el soporte que Asimov definía como definitivo y ultramoderno: el de siempre. Cada blog que nace conduce a decenas de libros, y en los mensajes que se cruzan a través de la Red se esconden libros recomendados, rompiendo el sistema. En el Liberespacio cuentan tanto Elmirth, Pablo o Felicitas como la Rowling o Follet. Es la llegada de la democracia real a la República de las Letras.
Hoy se unen a tantos otros. Os los brindo.

http://www.librodearena.com/felicitas.r.delazaro/blog
http://www.sandeces.net
http://maestroclaudio.blogspot.com/

Ya está, ya es: Un río de lágrimas. Por el pueblo saharaui, por Mohammed, por Tarba, por todos los niños que nacieron lejos del mar, por los miles de ancianos que no volvieron a ver su mar o que rumian su angustia porque son conscientes de que no volverán. Un río de lágrimas tenía que ser un cómic, es decir: un cómico. Me salió un dolorós, un doloroso. Pero como siempre, con esperanza, con una confianza en el sentido positivo de la vida, eso que irrita tanto a algunos críticos que no soportan a los escritores que creemos en el hombre, en la pasión de la diferencia, en la lucha: en el Hombre.
Nos lo encargó a Félix Flórez Casillas la Asociación de Amistad con el Pueblo saharaui de Asturias, lo han editado con la financiación de la Agencia para la Cooperación del Principado, y está a disposición de que quien lo quiera, para sí o para su colegio, en esta dirección: ASOCIACION ASTURIANA DE AMIGOS DEL PUEBLO SAHARAUI
asturhamada@gmail.comportadacomic.jpg
Félix ha hecho un precioso trabajo, y puesto que el texto está escrito desde la primera persona de una niña saharaui, los dibujos reflejan a la perfección esa mirada infantil y tierna, tiernísima.
Que sea esta pequeña historia de dolor y esperanza nuestra felicitación de Navidad para todos, para Todos, sin distinciones: incluso para quienes apoyan a los verdugos de todo un pueblo por sus intereses más mezquinos: para que sepan que el daño tiene cura, que la justicia es posible, que no hay más que hacer las cosas con el corazón, y no con la cartera.

En la página sobre “Los caminos de Piedelagua” ya ha habido quien ha ido dejando pistas sobre un último libro o una película, pero me gustaría que este canal siempre estuviera abierto a todos. Para poder recomendar una lectura, una “vista” o una “escuchada”, sí, pero también para dejar para todos un pensamiento, un grito o un susurro.
Por mi parte (pero no reparte) voy a dejar mi primer “regalo” con una recomendación para gourmets: Diario de un Mal Año, de J.M. Coetzee.

Me escribe una amiga, a la que conocí recientemente en un congreso. Dice en su carta:
“Me quedé aterrada cuando en mi consulta, escuché a una madre ecuatoriana, contarnos con lágrimas en los ojos, que su hija de 6 años no quería ir al colegio porque los niños le decían: “vete a tu país, puta emigrante de mierda”
Créeme: sentí vergüenza. Esos niños hablan por lo que oyen en sus casas a sus adultos. ¿Qué está ocurriendo? ¿Nos estamos volviendo locos?, o ¿es que, el hombre, en lugar de avanzar está retrocediendo?”
Vengo estos días del País Vasco, donde he estado “haciendo encuentros” con pequeños y jóvenes lectores y sus maestros. En uno de ellos había una niña saharaui, Galia, que apenas llevaba estos tres meses lectivos en nuestro (su) país. Hablábamos de “Los gigantes de la Luna”, que casualmente se desarrolla en su wilaya, Smara, e incluso en su daira, Farsía. Sus compañeros preguntaban sobre el libro, sus personajes, y sobre el Sáhara, pero Galia, cada vez que levantaba la mano era para hablar, en su lengua castellana aún no consolidada del todo, cosas de su gente, de su vida allí: “En el campamento no hay eso (señalando a los tubos fluorescentes) en la calle, pero hay luna (el gamar). La luz de la luna es buena. Allí miramos las estrellas (el nuyum), y algunas caen. Entonces los hombres salen a buscar la estrella caída, porque vale mucho.” Cosas así. Cada dos preguntas le daba la palabra, y nos seguía llevando a todos a su pequeño mundo en la hammada.
Al acabar, el maestro me dijo que hasta entonces nunca había contado nada de allí: era la primera vez que “hablaba”. Y lo hacía con orgullo, con acento poético.
Al día siguiente hablaba de Medellín a otro público infantil, esta vez en Pamplona. Dije lo que ya he escrito en esta página. Y, de pronto, una niña morena levantó la mano: “Soy de Medellín, del barrio de Santo Domingo”. No fue capaz de decir mucho más, pero mientras escuchaba arrobada lo que yo decía de su barrio, en el que hace dos años no se podía entrar (léase Angosta, de Héctor Abad Faciolince) sin arriesgar la vida, sus compañeras navarras la miraban como si la descubrieran, e incluso como si la admiraran. También era la primera vez que la pequeña “existía” para sus compañeros.
En otro centro, este de Bilbao, fueron los propios niños de un colegio en el que había una sola niña vasca (los demás eran gitanos o procedentes de todos los rincones del mundo), que ella tenía la suerte de poder aprender cómo es el mundo, gracias a ellos.
Pequeñas lecciones. Es verdad lo que dice mi amiga, pero a esa verdad se le puede dar la vuelta con un buen trabajo en la escuela. Opino lo mismo que los niños-ONU de Bilbao: Itxasun está aprendiendo a vivir en el mundo que le espera, un mundo mestizo y plural. Pero sólo lo aprenderá bien si sus maestros y profesores trabajan bien.
Dice en su carta mi amiga: “A los hombres nos asusta crecer, porque no hay crecimiento sin dolor; nos asusta lo que desconocemos; por eso lo rechazamos y lo ponemos etiquetas. Incluso nos asusta el mismo acto de conocer, y nos quedamos inmóviles, protegidos en nuestros pequeños y raquíticos mundos, sin saber que somos parte de un todo, una ínfima parte del universo y que ahí reside nuestra única grandeza.”
Cuánta razón. Los niños leen libros sobre el otro, y hacerlo les gusta, decía más o menos Palma Aparicio, pero cuando el otro se acerca y huele a pobreza se asustan y lo rechazan.
Que huela a estrellas, a luz de luna, a su riqueza que ya no es la nuestra: al cariño, al respeto, al amor. Ese es nuestro papel alumbrando, como luz de luna, el camino del nuevo mundo.
Dice un crítico que quiere ser implacable que abomina de los que llama irónicamente “escritores comprometidos”, que escriben de “chavales que viven en situaciones de riesgo (drogas, anorexia, racismo, violencia de todo tipo) o por minorías discriminadas (inmigrantes, refugiados, minusválidos y oprimidos varios). Yo le invitaría a visitar las mismas escuelas que he visitado esta semana, a conocer a la niña de Medellín, a Galia, a los “maítos” de la margen izquierda de Bilbao. Qué fácil es hablar y criticar desde el confort y la ignorancia.
Bienvenida, Galia: sigue hablándonos del gamar, del nuyum.

img_4084.JPGUna sombra femenina recorre el escenario casi oscuro, en el que dos árboles desnudos son todo el decorado. Se mueve casi por el aire, envuelta en una mehlfa negra. Susurra: hay una historia, hay una historia… Luego se inclina sobre el suelo, y parece brotar de la tierra, o más bien de la arena, un taco de madera. Ella vuelve a hablar: un niño, un niño… Y el taco de madera, animado por sus manos, se transforma en niño, tan desnudo como al nacer.
Lo escribo, y no puedo evitar volver a sentir el arroyo cálido de la historia que María descubría ayer para los cien asistentes al estreno, en la sala Gurdulú de Leganés.
Me conmuevee que María Parrato haya sabido encontrar la verdadera clave de Palabras de Caramelo: hay una historia. Sí, las historias están en el suelo, en el aire, en la vida, en las personas, en la historia, en la alegría y en el sufrimiento. Escribí un día, en Smara, Palabras de Caramelo: pero sentí lo mismo: hay una historia, hay una historia… Un niño, un niño sordo… No nos pertenecen, son de todos.
El montaje de María Parrato de Palabras de Caramelo es un alarde estético, de una precisión líquida, dotado de alma y música, de arena y viento, de imaginación y descubrimiento.
Sé que no soy el más adecuado para hablar de ello, como se me ve la emoción cuando hablo del otro precioso montaje de Buratini. Un día María me llamó para pedirme permiso, le dije que Buratini ya lo representaba, y no dudó un segundo: quería compartirlo. La historia ya no es mía, ni de Buratini, ni de María Parrato: está ahí, es de todos. Pero lo hago desde la enajenación, o desde la requisa, porque lo que ayer vi fue la devolución al desierto de lo que un día tomé en los corrales de Samara y en la mirada fascinada de la niña sorda, Fatimetsu, a los labios en movimiento continuo del camellito.

Después del espectáculo, conmovido hasta la médula, hablaba con ella de ese milagro, y María decía que no somos más que intermediarios, que hay que meter la mano en la tierra y sentir la raíz que nos hace vivir a todos, y que en los millones de extremos de esa raíz están las historias, la música, la poesía, la pintura. Eso hace ella con esta historia, y nunca he sentido tanta felicidad por haber decidido un día ser un buscador de historias. están ahí, están ahí: un niño, un niño…img_4071.JPG

Palabras de Caramelo de María Parrato es un alarde. Poesías escritas en el aire sin palabras, con luces borrosas y sombras, tazas que son ancianas, teteras que son hombres serios, fluido constante y siseante de arena: té, agua, leche, sangre.
Y sus manos. Escribiré un libro basado en las manos de María Parrato, porque ayer también había una historia en esas manos: una, cien, mil.

Sin olvidar a Mauricio, director y regidor, ni a Kim, autor de la música. Kim y María viajaron a los campamentos para entender el alma saharaui, y la trajeron en un saquito, con latas laminadas por las ruedas de los camiones, palitos cincelados por el siroco y el tiempo: y telas, y suspiros, y risas. María, en escena, es toda la femineidad saharaui, toda la música de la memoria y la ternura. Gracias, en nombre de todos.