Pocas veces hemos estado más “rivales” más contentos con un premio ajeno. En el congreso de Edelvives de Baeza fue una delicia ver a un grupo de escritores haciendo cola para darle la enhorabuena personal, sincera y alegremente.
Jordi lleva más de 6.000.000 de libros vendidos y leídos: se puede decir que Jordi es parte de nuestro país, que está en la masa de la sangre de muchas generaciones. Y no es hora de discutir con Jordi de métodos y sistemas, de cantidades y calidades. Es probable que entre más de 300 libros haya algunos prescindibles, pero también lo es que tenga más libros buenos que muchos de sus críticos. Por mi parte, opino que el Nacional debería ser más a la obra completa que a un libro, pero así está montado el tema. Y más aún: el trabajo de Jordi en Medellín es impresionante, está actuando sobre la realidad de una manera decisiva.
Pues eso: enhorabuena. Y quien quiera opinar, que opine.

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Ayer se celebraron elecciones municipales en Colombia. Escribo esta crónica de urgencia con emoción, porque aunque parezca mentira, dada la distancia cada vez mayor entre política y ciudadanos, el resultado de Medellín tiene que ver mucho con el futuro del libro. Y no sólo en Medellín: en Colombia, en Latinoamèrica, y por extensión, en el mundo.
Lo que se jugaba en estas elecciones era la continuidad del proyecto puesto en marcha (¡y vaya marcha!) por Sergio Fajardo. El resultado de su “visión” de una ciudad estructurada en torno a las bibliotecas, se puede adivinar en otra entrada de esta misma web. Pero el sistema electoral colombiano no permite la reelección, lo que comprometía el futuro gravemente.
El candidato de la misma formación era Alonso Salazar, pero los sondeos empezaron muy mal para él, y más teniendo en cuenta que ese mismo sistema prima las “maquinarias”, ya que para votar hay que inscribirse.
En nuestra estancia en Medellín, la fe de los talleristas, bibliotecarios y profesores era enorme. Pero nos fuimos con miedo de que el sueño de esta nueva Medellín se desintegrara.
No ha sido así: han ganado las bibliotecas, ha ganado el presupuesto municipal màs cultural del mundo: el 60% para educación y bibliotecas.
Vivan los libros, viva el futuro.

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SOY UN CABALLO

23 de Octubre, 2007 | En Noticias | 53 Comentarios

Alguien puede pensar que me he vuelto loco, o que Jordi me ha contagiado algo más que Medellín, una especie de furia creativa, o al menos “publicativa”. Pero no es verdad: los libros se concentran caprichosamente, y coinciden este año, después de algunos de relativa sequía, varios de ellos. Han ocupado distintas épocas de mi vida reciente. Pero en los dos últimos, la casualidad es casi mágica: Soy Un Caballo tiene ya tres años y pico. Lo escribí, casi de corrido, al volver de Tuva, conmovido por lo que allí había aprendido, sumado a mis diez años anteriores conviviendo con caballos. Alex, que también vino a Tuva conmigo y en la novela aparece con el nombre de Lomax, me enseñó a “c105-soy-un-caballo_t_w275_h400.jpghablar” en el lenguaje equino, a ser aceptado por el caballo. Y a mi vez enseñé a muchos niños a hablar con ellos, a “ser caballo con el caballo”. Con ese bagaje, me sentí capaz de esta osadía: hablar desde lo que supongo que es la mente del caballo. Algo que se puede suponer, inferir y deducir, pero nunca “saber”. Sé que no lo sé, sé aún mejor lo que no sé, pero me atrevo, acepto el reto. Sobre todo, porque demasiadas veces se ha antropomorfizado al caballo: películas, novelas, cuentos… Pero ¿cómo nos ve el caballo realmente? Como lo que somos: cazadores de caballos. En ese difícil equilibrio, a veces puro síndrome de Estocolmo, se mueve el caballo en su relación con el jinete. Por eso elegí a una niña: tierna, buena, cariñosa. Pero cazadora, predadora: peligrosa para el caballo.
Qué decir del trabajo de Esperanza León: si juzgas por la portada y ya te sientes tocado, espera a ver el interior. Es una delicia, es algo muy fuerte al mismo tiempo.
Y, naturalmente, un libro así necesitaba un editor especial. Y lo encontramos en Kalandraka. Pocas editoriales aman tanto a sus libros, pocos editores y editoras aman tanto a su editorial. Y de tanto amor, tantos, tan preciosos, delicados y apasionados libros. El papel, el cuidado, la maquetación…
Y ahora, Esperanza y yo esperamos el premio: que un niño, un día (o un adulto), nos diga: siento al caballo de un modo distinto. Seremos nosotros quienes le demos las gracias.
El libro aparece en castellano y en gallego, pero también en catalán, en la editorial Hipótesi, en colaboración con Kalandraka. Soy un caballo, Son un cabalo, Sóc un cavall.

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Ayer estuve en León. Fue en el MUSAC, un marco perfecto, con estudiantes de bachillerato, profesores de lengua y filosofía y algún músico. La propuesta partió de Dolores Esteban, del IES Eras de Renueva, hace algunos meses, para charlar con los alumnos acerca de un libro, El Síndrome de Mozart. Sugerí que no leyeran el libro. ¿No se trata, al fin y al cabo, de una “animación a la lectura”? Acostumbramos los autores a ir a colegios e institutos a hablar del libro que han leído, pero lo hacemos bajo ese título equivocado. Si lo han leído, bien podría llamarse “repaso”, “justificaciones y mixtificaciones”, o algo así. No me opongo a esos libro-fórum, pero los encuentro mucho menos interesantes que estos, en los que los posibles lectores no acuden condicionados por nada. Por fortuna, ni siquiera tenemos apenas nombre, y no creo que más de dos o tres chicos, ayer, hubieran leído algo mío con anterioridad. Tal vez, ni siquiera recordaran mi nombre, porque los niños no leen autores: leen libros. Y eso, esa falta de notoriedad, hace que estos encuentros, estas “animaciones a la lectura”, sean aún más interesantes: porque se basan en el interés desnudo del tema que propones.
Ayer comenzó Marta Gómez, una excelente intérprete de piano, tocando una sonata de Mozart. A partir de ahí, palabra y música. Es muy excitante: tengo que proporcionarles todo el proceso mental que me llevó a escribir el libro en su día, y entrar en el terreno más peligroso: ¿les interesará? Bueno, a mí me gustaría leer aquí, en próximos días, opiniones de los propios chicos y de sus profesores, pero si traigo esta reunión a la web, no es por nada que tenga que ver mucho conmigo, sino más bien con ellos. Con los jóvenes, a los que muchos no dan ni siquiera oportunidad de existir críticamente, sólo biológicamente: egoístas, desinformados, descreídos. Etiquetas, tan viejas como el hombre (como el hombre viejo: de corazón, sobre todo). Dice también el lugar común que no tenemos nada de qué hablar, jóvenes y maduros.
Pues bien: ayer, en el MUSAC, rompimos (rompieron) muchas cosas. La primera pregunta, puesto que había hablado en la charla previa de la libertad que doy (o se toman) los personajes de los libros que escribo, fue:
“¿Se rebelan sus personajes en detalles, o al modo de Unamuno?”
Bueno, en ese momento, el MUSAC se había convertido en una especie de cámara inmune al tiempo y al espacio: la misma pregunta, casi idéntica, me la había hecho 11 días antes una chica de 13, tal vez 14 años, de Bogotá, en un colegio popular, en la zona norte de la megaciudad. Pero es que la pregunta la estaba haciendo yo hace 42 años, cuando leí, entre alucinado y excitado, Niebla. Ellos también: León, Bogotá. No importa. Lo mejor: los demás entendían la pregunta. No pretendo que los demás también hubieran leído a Unamuno, pero nininguno de ellos protestó, ni se rió, ni siquiera cambió de postura. Hablamos, remontamos el vuelo, la voz del profesor de filosofía era una voz más, perfectamente engarzada: Unamuno, fuera de programas, fuera de discotecas, fuera de etiquetas.
Y luego, otro muchacho: esta vez, la música. De nuevo todo se rompió, o todo se unificó: las intenciones de Mozart, la capacidad de emoción que causaba en él Beethoven, los dedos de Tomi en el teclado expresando sus amores y sus cabreos, el puente hacia la música pop, hacia las preguntas más trascendentes y difíciles sobre el lugar de la música en la mente del hombre, en su evolución. Y hasta nos fuimos hasta Tuva, de la mano del, chamán que me dijo algo sencillo, pero clave: el caballo es el intermediario entre el hombre y la naturaleza: así, la música no es el mensaje (debatimos), la música es el medio para comunicar lo que las palabras no pueden.
Todo esto pasaba a medio metro de una sociedad que (des)califica a los jóvenes por serlo. O tal vez por ya no serlo (los descalificadores). No hay tiempo, no hay espacio, cantaba Batiatto. De acuerdo, maestro: en el MUSAC, desde luego, no. Ni venta de libros, qué gusto.

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¿FIN DE McCARTHY?

18 de Octubre, 2007 | En Noticias | 6 Comentarios

He acabado esta noche “La carretera”, la última novela de Cormac McCarthy. Me decía Ricardo Menéndez Salmón que estaba seguro de que es su última novela, un testamento apocalíptico y desesperado. No estoy seguro; más bien creo que no. Literariamente es el C.Mc. de siempre, pero depurado. Frases mucho más cortas, pero con un ritmo abrasador (como abrasado está en la novela su querido paisaje norteamericano) y preciso: escrito casi a dentelladas, en ese estado de sinceridad alucinada que, subordinada más o menos, le caracteriza.
¿Para qué ha escrito esta novela? Tiene momentos dignos de Stephen King (y no lo digo positivamente), de terror. Es, decía una buena amiga, una novela de terror. Por lo que describe, el mundo después del gran desastre nuclear, es un aldabonazo: lo hace tan bien, que uno no puede sino pensar que, en efecto, algo así es posible: según los científicos, casi cien veces posible con el arsenal nuclear que existe en el mundo. Bravo por ello. Sin embargo, hace casi 40 años Ingmar Bergman “vomitó” “La vergüenza”. No estoy seguro de si el escenario era el mismo, postguerra nuclear, o simple guerra, pero mis recuerdos se quedaron fijados en la terrible condición humana que todos escondemos: predadores. Gente exquisita antes, convertidos en bestias después. Echo de menos esa sinceridad en McCarthy. Y lo siento: estoy fascinado por C.Mc. desde hace casi diez años, y creo que Suttree, literariamente, está entre lo mejor que he leído nunca, y que Meridiano de Sangre ocupa también un lugar en ese estante. Y otras: La Oscuridad Exterior, Hijo de Dios, alguna de la trilogía de La Frontera. Pero por su calidad literaria, asombrosa y luminosa, y por su ambigüedad moral, zumo de vida. En La Carretera, sin embargo, me revuelve encontrar el mismo maniqueísmo que detesto del espíritu norteamericano: los buenos, los malos. Quería creer que esta insistencia escondía una intención oculta, que Mc estaba dispuesto a asestarnos un golpe en la nuca y nos preparaba con ese recurso: pero no: es textual, y desemboca en un final que no desvelo, pero que me ha dejado en plena madrugada insomne y decepcionado.
No, no creo que sea su última novela: tiene prisa. Es verdad que la media de su obra es de 9 años, toda una lección para los que escribimos con ansia, urgencia y avaricia. Pero se intuye, al menos la intuyo, esa prisa por añadir aún algo más, salvo que la biología se lo impida.
Aunque tal vez el final sea, precisamente, un testamento: seguid, que alguien siga, que alguien “lleve el fuego”, antes de que el fuego se nos lleve a todos.

Ahora sí: que este comentario aún un poco desvelado sea el principio de un buen debate: para eso debe servir esta página.

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TUVA

16 de Octubre, 2007 | En Noticias | 147 Comentarios

Viajé a Tuva, en el centro exacto de Asia, hace tres años y medio. El tiempo que ha tardado en materializarse mi última novela. En la sección “Lo último”, puedes encontrar algunas notas y un pequeño pasaje: algo que realmente sucedió en la taiga, donde vivimos durante un pequeño tiempo. Caballos y música, pastores y chamanes: una investigación, casi científica (la ciencia sin romanticismo es simple técnica), convertida en novela.

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Acabo de saber que voy a cumplir una ilusión, después de cuatro años. Fue entonces cuando escuché a José Miguel López, en Radio 3, entrevistando al cantante de Yat-Khá, de quien yo no tenía ni idea, pero cantaba misterioso y profundo, electrizado y electrizante. Fue entonces cuando dijo las palabras mágicas: que en su país, Tuva, los pastores domaban a sus caballos cantándoles. Cuando vi en internet que nadie hablaba de tal cosa, tan apasionante para mí, decidí iniciar la aventura, y el viaje, con Beatriz Coll y Alex Swainn, domador de caballos, que ha desembocado en esta novela. Ya con el libro en la mano, he escrito a José Miguel, y el lunes 29, a las dos de la tarde, presentaré el libro a los oyentes de Discópolis, y además con música de los grandes maestros del “jomeid”, la “música del pecho”. Es una oportunidad maravillosa para mí, para poder hablar ya no del libro, sino de lo que encontré en Tuva. Y de escuchar una música que resulta sencillamente asombrosa.

Me siento feliz por eso, y porque el nuevo libro de Ricardo Gómez, “7 cuentos crudos”, ya ha visto la luz. Va dar mucho que leer, mucho que mirar y mucho que hablar. Cuando lo tenga en mis manos, hablaremos de él, y confío en que Ricardo también lo haga.

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p1010111-copia.JPGVengo de otro mundo. De una ciudad que sale del infierno y que ha decidido valientemente que el esqueleto de la nueva ciudad sean las bibliotecas y su sangre las letras de los libros, las palabras. Vengo con la piel respingada, con el alma en sístole y diástole, con el aliento contenido para no acabar de expulsar todo lo que he vivido, lo que he aprendido, lo que he crecido.

Hace algunos meses me escribió Jordi Sierra i Fabra, el inefable, para proponerme viajar hasta Medellín. Allí participaría en el Juego Literario, de la mano del Taller de Letras, de la Fundación Jordi Sierra i Fabra. Lo haría junto a buenos amigos: Carlo Frabetti, Ricardo Gómez, Alfredo Gómez Cerdá, Andreu Martín. Antes iría Antonio García Teijeiro, el enorme poeta gallego, tan cercano a mi corazón y a mis afectos. Acepté, claro. Me apasiona la América Latina, siento en ella una vibración cada vez más armónica hacia el futuro. Y por todo lo que me une con los demás compañeros, con el propio Jordi.
Apenas sabía nada de la Fundación, salvo que se ubicaba en Medellín. Y de Medellín, todos los tópicos: los sicarios, los secuestros y asesinatos, Escobar, La Vendedora de Rosas, María llena eres de gracia. Un Taller de Letras en medio de tanto caos me parecía una apuesta valiente, pero un tanto desesperada. ¿Serviría de algo, pueden crecer las flores en el asfalto? Pronto llegó la respuesta: sí, y no pueden: crecen, ya están creciendo.
Imagina una ciudad, tan caótica, en la que una gran parte aún vive en “tugurios”, poco más que chabolas, en la que el aguardiente se compra por gruesas y se bebe sin tino. Una ciudad con aroma de pólvora que aún no se ha posado, que no se ha llevado el río. Pero una ciudad con un alcalde valiente que decidió hace tres años dedicar la mayor parte del presupuesto a la educación y las bibliotecas: nada menos que el 60%. Las nuevas bibliotecas, alguna recién estrenada, son fantásticos edificios, amplios, bellos, modernos. Pero no son pirámides vacías: están repletas de personal cariñoso y solícito, se están convirtiendo en la sala de estar de chicos y grandes. Tengo en el corazón a Christian Colina, Christian Colina y Anderson, tres muchachitos a los que encontré en una sala, y que con una sonrisa inmensa me dijeron que sentían orgullo por la biblioteca, por Medellín, por su apuesta por la educación y la cultura. Más, cuando un profesor, Alejandro, intervino en un encuentro con escolares en el barrio-pueblo de Copacabana para darme las gracias por hablar con naturalidad de la muerte, porque “todos estos chicos, sin apenas excepción, han sufrido un duelo por herida de bala en su familia o su entorno más inmediato”. Los miré, y todos asintieron.
Vivir Medellín, personalmente, me ha cargado de razón para seguir escribiendo. Para entretener, tal vez, pero sobre todo para emocionar: con la vida, con la lucha, con la verdad, el amor y la belleza. Y la libertad, claro. La libertad que están alcanzando. Y lo hacen con sinergia: el ayuntamiento, los fondos estatales, la fundación, las redes de escritores, actores, cuentacuentos, talleristas. Todos unidos en torno a una misma idea: crecer en la cultura, abrir boquetes para que entre el oxígeno en la ciudad quemada y vuelva a nacer: ya ha nacido. Por eso es aún más importante compartir con ellos, apretar los codos en la fila. La labor de la fundación de Jordi es inmensa, e inmensamente bella. Todos nosotros, sin excepción, hemos quedado conmovidos y comprometidos: seguiremos escribiendo, volveremos. En nuestro corazón, los más cercanos: Juan Pablo, Tatiana, Mayté, Carlos, Viviana, Marcela, Jimena, Mauricio, Vanesa, Marcela Mosquera… Y muchos, muchos más: todos. Y en nuestra mente los nuevos: los que ahora nos leen, y dentro de unos años escribirán: libros, vidas.
Y Bogotá, la “capital de la cultura”. De la mano de una delegación nueva, la de SM, que quiere llevar el libro a todos los rincones. Con una editora como la copa de un pino, Jael Gómez, librera de libros infantiles para más señas y complicidades. Visitamos todo lo visitable, nos encontramos con escolares de colegios buenos y colegios del pueblo, charlamos con gente cercana y deseosa de aprender, y aprendimos, nos entusiasmamos en Fundalectura en una apasionante clase de literatura viva y una catarata de ideas llevadas a la práctica.
Colombia está en efervescencia, y sentía, al volver, que volvía a lo viejo. América emerge, Europa sedimenta. Pero Medellín me ha enseñado que se puede crecer en la peor de las situaciones, incluso en la comodidad y el cansancio.
Se me agolpan las ideas. Nos dijeron: sed embajadores del nuevo Medellín. El viejo está muriendo: sepultado en palabras claras y limpias, en libros, en nuevos libros que apenas se empiezan a escribir. Gracias por tanto recibido. Esto no ha hecho sino empezar.

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RELATOS PARA ENCONTRARSE

12 de Octubre, 2007 | En Noticias | 4 Comentarios

Vengo de Medellín, donde he vivido tanto que aún no me recupero. Pero antes, horas antes de partir, viví otras horas hermosas gracias a Covi y a Jóse Jarne, los rectores de la Asociación de Escritores Noveles, donde caben todos los escritores de raza y corazón. Fue en Gijón. Allí nos reunimos Mayte Guerrero, editora de Letra Clara, Ricardo Méndez Salmón, y yo mismo: jurado del primer premio de la AEN. Se recibieron cientos de originales de todo el mundo, se seleccionaron veinte, entre los que teníamos que decidir. Y fue difícil: al menos cinco eran merecedores del premio, y fue duro, como siempre, descartar cuatro. Y elegimos. Literatura en estado purísimo. Un relato no fácil, pleno de riesgo y sinceridad.
Su autor reside en Italia, donde enseña español. Se llama Carlos Frübeck, y es de Burgos. Había publicado algún libro de poemas y un ensayo. Pero será novelista. Su relato, Dibujos Animados, podría ser semilla de una gran novela.
Animo a los lectores de esta página a escribir para encontrar, para encontrarse. Escribamos, inundemos el mundo de belleza y verdad.
Os ofrezco el relato, y la mano: me arrogo injustamente la invitación a que naveguéis en la red y os acerquéis a la AEN de Covi y Jóse: os merecerá la pena.

DIBUJOS ANIMADOS.

No sé por qué he dejado la autopista del Camino de Santiago por la salida que lleva a Las Retamas, he dado un rodeo de sesenta kilómetros por una carretera de montaña y he llegado aquí. Castrillo lleva ya muchos años deshabitado y nadie quiere volver, ni siquiera los lobos. Bajo del coche, y subo por la cuesta de los Pastores hacia la casa de mis padres. Es Abril y el silencio está lleno de manojos de retamas. Veo los tejados hundidos, las vigas de madera podridas por el suelo y los muros que solo se sostienen para que sobrevivan las plantas trepadoras. Parece que la ausencia haya bombardeado mi infancia y me haya llenado por dentro de escombros. Sólo silencio. Es húmedo y huele a bosque.

Ahora me gustaría escuchar como los tacones que llevaba Érika cuando nos conocimos resuenan contra el pavimento y pisan los tallos de hierba que han crecido entre las piedras. Me gustaría que me agarrara del brazo y me dijera que nos fuéramos, que esta tarde tengo que estar en Santiago para un Congreso de Historia Contemporánea con mi ponencia sobre el juicio de Romasanta, el único caso de licantropía documentado en España; que no sabe por qué he vuelto aquí. Tambièn puede ser que me pase la mano por la cintura, se abrace a mí y me pregunte que cómo me siento, que cuántos recuerdos. O es posible que me diga que nací en un cruce de caminos entre las montañas y que ahora es mejor que cada uno siga el suyo. Con ella he aprendido que estas ruinas han vivido siempre bajo las mareas de los recuerdos.

Érika está ahora en Copenhagen, sentada delante de una mesa de dibujante, y piensa en mi y me dibuja con un rotulador sobre una lámina de acetato. Y pone otra lámina encima y toma un rotulador de color rojo para que mi pierna quede en el aire. Y tarda una hora en hacer que la pierna sea un abanico de colores de veinte láminas y yo dé un paso que coincida con la banda sonora de la película. Después escanea sus dibujos en el ordenador y me sitúa sobre el fondo inmóvil y ruinoso de Castrillo. Me da miedo que Érika se dedique a hacer dibujos animados y que para que yo me mueva tenga que haber escuchado en una grabación lo que estoy diciendo ahora y dé textura y movimiento a las palabras de un fantasma.

Llego hasta la iglesia de San Antonio. Las caras inexpresivas de los apóstoles del pórtico románico tienen encima una mortaja de musgo. Quizá Érika ahora esté escuchando la voz morena de D. Manuel mientras da una homilía y proclama con aires de profeta bíblico nacido en Almería que los lobos no son humanos, que debemos exterminar la plaga que hay en nuestras montañas antes de que devoren todo nuestro ganado y maten a más personas durante el invierno, cuando Castrillo se queda aislado.

En los dibujos animados el alma de los personajes también se dibuja. Así los niños no pueden confundir los buenos con los malos. Quizá, para Érika, D. Manuel sea un palillo andaluz con sotana, cara ovalada, nariz enorme y ojos saltones. Alguien así sólo puede publicar un estudio científico en una revista de Teología para refutar las teorías de Goethe para justificar la existencia del hueso intermaxilar tanto en los animales como en las personas.

El palillo llega a la conclusión de que el hombre no forma parte de la naturaleza: Dios se la ha entregado para que la domine. Compara el cráneo de un lobo con una calavera humana y dice que el hecho de que perdamos este hueso mientras estamos en el vientre de la madre es la prueba científica necesaria para demostrar que no somos animales, que tenemos alma, y que Dios ha dejado en nosotros la huella de los instintos de la bestia para probarnos, para que luchemos contra ella. Nuestro enemigo es una cicatriz vertical en la mandíbula.

En el pueblo nadie sabe quién coño es Goethe y el médico rural, la única que persona que sabe lo que es un hueso intermaxilar, vive en Montelobos, a 20 kilómetros. El Obispo ha leído el estudio, se ha preocupado y ha pedido explicaciones a D. Manuel. Quizá en la grabación se puede oir como la voz de mi abuela se mezcla con las ruinas de la iglesia y susurra a mi madre que el nuevo cura ha venido para buscarnos la ruina a todos.

Entro en la Iglesia. Techos bajos y claustrofobia románica. Parte de la bóveda se ha hundido y sobre el suelo el sol corta por la mitad una pilastra volcada. Una vez aquí hubo una talla de S. Antonio, el patrón de los ganaderos. Seguramente ahora esté en manos de un anticuario. Érika debe subirse a un andamio y cerrar con su lapicero el agujero en el tejado. Debe poner la pilastra en su sitio y hacer que se ponga el Sol. Sólo así este paisaje podrá acoger unas pisadas lentas sobre las losas. Después, este sonido tendrá la forma de dos ojos animales que reflejan la luz de una linterna. En la grabación, después hay un grito humano desesperado que pertenece a un sacerdote que acaba de llegar al pueblo esa tarde desde un seminario del sur y que ahora tiene toda su erudición acorralada contra el retablo. Hay también una voz de mujer. Érika se ha ofrecido para grabarla. Sin embargo, la oscuridad es tan densa que su dueña no tiene forma.

Dejo atrás la iglesia y entro en la plaza. Para animar nuestra historia, Érika tendría que haber dibujado antes el storyboard, hacer una serie de cuadros que resuman en un solo dibujo el contenido que después tendrán las diferentes secuencias. Pero es tan difícil resumir algo en pocos dibujos. Quizá dibujaría una jovencita danesa de huesos fuertes y pelo rubio cortado a lo militar que limpia en albornoz la casa de un hombre que ha conocido esa misma noche. A las mujeres les encanta redimir apartamentos de soltero. Pero no puede dibujar que alguien convenció a esta chica cuando era niña de que con los hombres sólo se puede hablar de amor con el cuerpo y que hay que hablar siempre, a grito pelado, aunque después te sientas perdida en un vertedero. Tampoco puede dibujar a un profesor universitario que piensa que acaba de hacer el amor con la juventud que nunca tuvo.

Pero esa imagen sólo está a mitad de la película. Antes hay que hacer un esquema de aristas cortantes y líneas onduladas que representen casas cubiertas por la nieve. Se puede dibujar como Bienvenido Codón y el padre del profesor, Matías Merino, con las escopetas al hombro, sacan de una camioneta dos lobos muertos y los dejan tirados en el centro de la plaza, a la vista de todo el mundo. Érika los representa solo con dos manchas vagamente animales. Mi padre y su amigo eran pequeños y oscuros, pero ella ha dibujado dos gigantes rubios, capaces de abrir la caja de los truenos con el dedo meñique. El cura está en segundo plano, una línea fina y afilada que mira con orgullo los dos cuerpos muertos. Sin embargo, de nuevo tiene el mismo problema. No puede dibujar la curiosidad del hijo de Matías cuando vio las dos bestias que había matado su papá, ni cómo acarició su pellejo, suave y helado. El niño estropearía el dibujo, acabaría con las manos llenas de polvo de grafito y de mayor no podría acariciar a Érika sin ensuciarla.

Cuando se termina el storyboard, hay que colgar todas las imágenes en una pared para que las vea el director y su equipo. Es entonces cuando toda la vida se resume en uno de esos enormes murales que acompañaban a los ciegos que cantaban romances. Hay que seleccionar las mejores escenas, las que se animarán, cambiar el orden si es necesario, como si se pudieran cancelar o cambiar de sitio los recuerdos para satisfacer el gusto del espectador.

Mientras dejo atrás la plaza y me acerco más a mi casa, el director dice que la escena en que aparezco paseando con Érika junto al Gran Canal en verano es demasiado sentimental y rompe el ritmo de la película. Los tejados de cobre se derrumban sobre el Langebro, el puente que une el centro de la ciudad con el barrio de Islandsbrygge, mientras Érika me dice que está perdiendo el tiempo conmigo, que todos los hombres le damos asco. Yo veo la piscina improvisada que el ayuntamiento ha hecho en el canal con cuatro boyas y las chicas que toman el sol en bikini sobre el césped de un jardín público y pienso que Copenhagen es una ciudad sumergida, que aquí sólo viven los fantasmas de los náufragos del Titanic.

Sin embargo, el director salva la escena en que mi abuela me acuesta y me cuenta una historia. Érika la ha dibujado con los ojos grandes y la nariz muy pequeña, para transmitir dulzura. Quizá al director le gusta que una nevada haya aislado nuestro pueblo y que los trazos de Érika huelan al estiércol de los animales que viven con nosotros.

Cuando proyecten las imágenes detenidas del storyboard mezcladas con la progresiòn voces de los personajes, se escuchará como mi abuela saca de la cama dos botellas de barro llenas de agua caliente de entre las mantas, las coge por el cuello y las abre dando un golpe seco contra la pared. La anciana que posa inmóvil delante de mi infancia me dirá que debo estar en silencio y no moverme de la cama pase lo que pase porque esta noche bajará del monte el pastor de los lobos con su rebaño para apacentarlo por las calles de Castrillo. Nada cambiará en el dibujo cuando se escuchen los ladridos, los gruñidos del rebaño. En la siguiente imagen aparecerá una de las vacas de Bienvenido Codón degollada sobre la nieve. La sangre se ha mezclado con el hielo y le da el aspecto de una piel joven y saludable. Todavía no había llegado D. Manuel al pueblo y los vecinos veían aquello como un sacrificio necesario para poder pasar un invierno tranquilo.

Se me había olvidado, pero yo ya no tengo edad para subir estas cuestas. Mi casa ya está muy cerca. Soy viejo y ya no quedan lobos en Castrillo. Las batidas que mi padre y los otros vecinos organizaron acabaron con los últimos. Sin embargo, me parece que oigo sus pisadas sobre la nieve aunque sea primavera.

Escucho las pisadas de los lobos y me dicen que cuando Érika se vino a vivir conmigo, me dejó de importar que en invierno anocheciera cuando el reloj de Radhusplads daba las tres de la tarde y que la gente pensara un buen suicidio mientras volvía a casa en su civilizada bicicleta. Aquel invierno no nevó y sólo existía Érika.

Ella coleccionaba reproducciones de las pinturas que hizo Monet de las rocas de Port Coton, cuando vivía en Bretaña. Eran tres grandes escollos que en el pueblo llamaban las pirámides y que pintó treinta y nueve veces. Aquella pared parecía la biografía de un día que agoniza entre atrapado entre escollos y colores que no le pertenecen. Así, las rocas vestían un cansancio rojizo al atardecer; en otras, cuando amanecía, parecían carne viva y palpitante; la noche les daba el aspecto de los restos de las murallas de una ciudad deshabitada que, sin embargo, sufre un largo asedio. Érika llenó con ellas una de las paredes de nuestro dormitorio. Y yo me sentí como si volviera a tener veinte años, como si fuera una de aquellas rocas y sobre mí amaneciera por segunda vez. No sabía que Érika las amaba porque esas rocas sólo servían para ocultar el fondo del mar, siempre inmóvil, en el que clavaban las raíces.

¿Me dibujará Érika con el pelo negro, delgado, sin lobos en el alma y con toda la vida por delante? No. Estoy seguro de que al director no le interesa que nos despertemos delante de las pinturas de Monet y le diga que esta noche no he soñado con ellos, con los lobos, y no sepa que ella sí que ha soñado las manos de su padre. Que paseemos de la mano por el Ströget y que yo haya pasado por ella de los jerseys negros de cuello alto a las camisas vaqueras, de los zapatos de sacerdote a las playeras blancas. Que ella me vea ridículo. Que me guste que siempre quiera estar perfecta, que nuestra casa tenga que estar perfecta, que el aire tenga velas encendidas en el alfeizar de la ventana. Que nuestra vida tenga que ser perfecta, como en los dibujos animados, donde Mu Lan salva a China con una tormenta de fuegos artificiales. Que deje siempre los platos llenos de comida y su piel se erice como la de un animal cada vez que empiezo a tocarla. Que por las tardes se siente sonre la cama una hora entera y mira las rocas de Monet y yo no le pregunte qué es lo que piensa. Que yo me sienta de nuevo fuerte y joven, porque tengo que proteger a Érika, sin ser capaz de escucharla. Que la vida me parezca como el metro que lleva a Nörrebro, que llega siempre entero a su destino a través de túneles subterráneos y estaciones de metal sin necesidad de tener un conductor.

Al director lo que le interesa es que Érika pinte el fondo marino que las rocas de Monet ocultaban tal y como es: oscuro, monocromo. Allí no se pueden inventar castillos con pinceladas de color que se mezclan en la distancia. Lo que le interesa es que el mar esté lleno de lobos. Si los personajes viven en el fondo del mar, se pueden animar los recuerdos sobre cualquier escenario. No se puede escapar de ellos.

Después de la secuencia con mi abuela, se pasará directamente a otra con Èrika sentada sobre nuestra cama deshecha, con una falda corta plisada. Se agacha para subirse la cremallera de unas botas negras que se ha puesto encima de las medias. Desde que está conmigo, se ha dejado crecer el pelo y ahora le llega casi hasta los hombros. Tengo unas ganas enormes de hacerle el amor cada vez que la veo vestirse. Nadie podría dibujarte así, habría que filmarte y, con la técnica de la rotoscopia, dibujar encima de los fotogramas todo el deseo que siento ahora. No me atrevo a acercarme. Una vez me dijo que le gustaría quedarse a solas para siempre con el mar en una de las rocas del dormitorio.

En el siguiente dibujo, aparecerá sentada con las piernas cruzadas en una terraza de esas que ofrecen mantas a cuadros a los clientes que se sientan al aire libre en el canal de Nyhavn. Un grupo de gaviotas abre grietas en el frío mientras pasa por encima de la cúpula de la Ópera y se dirige hacia los caserones encalados de Christiansavn por la acera del canal. Quieren extraviarse dentro de la ciudad y huyen del mar. Mientras pasa una barcaza de madera llena de turistas chinos que hablan a gritos, ella besa a otro hombre mucho mayor que ella, como yo. Yo los veo y dejo de tener veinte años. Vuelvo a cumplir cincuenta. Feliz cumpleaños. Aunque ella ya no sienta nada, me gustaría ser un lobo y arrancarle las medias a dentelladas. Ahora me doy cuenta de que la única versión de los cuadros de Port Coton que hay entre las palmeras tropicales del invernadero de la Glypthotek es un anochecer de rocas negras.

Las ventanas de la casa y la puerta están cegadas con cemento. Los establos se han derrumbado. Ya no se puede entrar en la casa de mis padres porque afuera es primavera y dentro sé que ha caído una nevada tan grande como para poder enterrar a un hombre. Los últimos lobos están dentro y están hambrientos y caminan en círculos dentro del salón mientras buscan su presa. Mi hermano quiso que así fuera. Sabía que no íbamos a volver nunca más a Castrillo cuando todo el pueblo se paseó delante de los lobos muertos, cuando desapareció en el bosque el hijo pequeño de Bienvenido Codón y nuestros padres decidieron mandarnos a estudiar al seminario de Las Retamas. No había que dejar que ningún vagabundo pudiera entrar dentro del escenario de nuestra fuga.

Es muy fácil animar la escena y Érika tendrá una tarde de trabajo tranquila. Sólo hay que dibujar una bola de luz que se mueve en la oscuridad al ritmo de la voz de un hombre que llama a Miguel una y otra vez. En la escena no se ve, pero cada vez que lo llama alguien se marcha del pueblo. Se escucharán sus pisadas sobre las hojas podridas y la respiración agitada de una mujer que se ha escondido dentro del fundido en negro.

Pero las cosas no son tan sencillas: para poder hacer bien el resto del trabajo, Érika necesita la guía de otros artistas para empezar a darnos vida. Debe conocer cuáles serán los gestos más comunes de los personajes, cómo se mueven, cómo respiran. Un grupo de dibujantes hará un esquema de los gestos aseados y dulzones que aprendí en el seminario. Allí mi hermano y yo llegamos como miembros de la tribu de salvajes que pastoreaba vestido de chamán el padre Manuel Zambrano, el loco cazador de brujas que acabó en una casa de reposo en Madrid.

El claustro del seminario de Las Retamas tendrá el aire de una leprosería que se dedica a incubar vocaciones de malabaristas del melodrama. Muchos acabarán emigrando con dieciocho años a Dinamarca. Sin embargo, yo no vine a Copenhagen para ensayar libertades entre los muros de la comuna hippy de Christania. Vine huyendo de un pastor al que mi padre había matado su rebaño.

Y es posible que hagan una pequeña estatua de arcilla para que Érika tenga el modelo de si misma. Será la de una mujer que se hubiera dedicado a torturarse con menciones de honor en concursos de belleza si no hubiera tenido talento para el dibujo y para mirar las rocas de Monet. En la estatua deberá quedar reflejado que ella quiere perderse en ellas porque hace mucho tiempo su padre la tocaba en una ciudad en la que siempre anochece demasiado pronto.

No sé por qué he regresado a Castrillo y no me atrevo a acercarme más a mi casa. Quizá porque pensaba que Érika era frágil, que naufragaba dentro de los hombres a los que se ofrecía y necesitaba que yo la protegiera. Pensé que conmigo cambiaría. No sabía que tenía la fragilidad de las plantas trepadoras que echan finas raíces en los huecos de los muros de las casas abandonadas hasta hacerlas caer. Ahora debería estar en Santiago repasando una ponencia. No sé por qué Érika se ha puesto escuchar ahora la cinta que contiene las pisadas de los lobos sobre la nieve, si este no es el escenario, si en Castrillo ya no quedan ni hombres ni lobos, si es primavera y el silencio está lleno de manojos de retamas.
Escucho un gruñido a mi espalda y sé que Érika ha empezado a animar la última escena. Quiere terminar cuanto antes y dibuja a velocidad de vértigo sobre las láminas de acetato. Hay tres lobos que se me acercan lentamente girando a mi alrededor en círculos cada vez más pequeños y me enseñan los colmillos.
Con ellos está Érika. No es la pastora de lobos que aparecerá en la película: depilada, sexy, con una piel de lobo sobre los hombros y ropa interior de cota de malla. La portada perfecta de una revista de cómic para adultos. Está desnuda y cubierta de barro, tiene los pechos caídos y el cuerpo cubierto de cicatrices. Érika es un náufrago que ha vivido toda su vida sobre un escollo y que se ha cansado de gritar a los barcos que pasan que la salven. Camina encorvada porque está acostumbrada a correr a cuatro patas y también ella se prepara para saltar sobre mí. También ella me enseña los dientes. Le dan asco los hombres a los que se ofrece.
No sé por qué he querido regresar a Castrillo, ni lo sabré nunca. Sólo sé que Érika ha nacido para vivir sola en una de sus rocas tormentosas, para encontrar amor entre los lobos.

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