Fue uno de los escritores de mi adolescencia. Si sigue siendo uno de mis escritores, con la misma fuerza con la que lo sentí entonces, ¿sigo siendo adolescente? Sería un sofisma clásico, pero no es más que la demostración contraria: quien sigue escribiendo como un joven, como si estuviera viviendo este instante, es él: Dino Buzzati. Vivió 66 años (pongo mis barbas a remojar) y murió en 1972, pero si tuviera que elegir un cuentista para ilustrar un taller de creación literaria le escogería a él. Acabo de releer sus “Sesenta relatos” (creo que la versión de mi adolescencia se titulaba aquí “Historias del atardecer”), y estoy impresionado. Sobre todo porque lo he alternado con la lectura de veinte relatos que se presentaban a un premio del que soy jurado: Buzzati hubiera ganado con cualquiera de los sesenta. Y lo más curioso es eso: que su poder de sugerencia hace que siga siendo extraordinariamente moderno. Lo que prueba que todo lo que nos rodea no es más que superficie.
Hay entre los sesenta varios que son ecos de “El desierto de los tártaros”, su mejor novela, una obra canónica que no deja de rondar la mente de todos los que leemos, o leemos y escribimos. ¿Alguien cree que existiría “Esperando a los bárbaros”, de Coetzee, sin “El desierto de los tártaros”?
Ciudades que se alejan en el horizonte, campos que se convierten en yermos, ejércitos que se alejan tanto que llegan a conquistar la misma ciudad de la que salieron… “Sesenta relatos” esconde el secreto de los cuentos: buscar en tu propio corazón de lector los ecos de lo que Buzzati cuenta.
Y no puedo olvidar “El secreto del bosque viejo”, la novela, o gran cuento, que inició la “colección de bosques” de mi madre. Cernuda la leyó, sin duda, antes de escribir un cuento maravilloso en el que un caballero y un viento se enamoran, se acarician, se aman, se “desaman”, se odian y se vengan.
Y tampoco que Carlo Frabetti llegó a conocer a Buzzati, por lo que aún me siento mejor cada vez que charlo con él, porque oyó la voz que yo intuyo en el fondo del pozo Buzzati.
Su bibliografía:
Barnabo de las montañas, 1933 (Disponible en Kalandraka)
El secreto del Bosque Viejo, 1935 (Disponible en Acantilado)
El desierto de los Tártaros, 1940 (Disponible en Acantilado)
La famosa invasión de Sicilia por los osos, 1945 (Disponible en Kalandraka)
Sesenta relatos, 1958 (Disponible en Acantilado)
El gran retrato, 1960
Un amor, 1963
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No sólo se hace reflexionar en colegios e institutos con la lectura. Recomiendo esta pequeña joya: http://www.poodwaddle.com/worldclockes.htm
Se trata de un reloj global que proporciona, en tiempo real, el estado del mundo: se puede ver cómo crece la población, nacimiento a nacimiento (pasamos de los 6.600 millones y vamos a toda velocidad hacia los 6.700), y también cómo morimos: cáncer, SIDA, accidentes, guerra…
También es posible ver cómo se extinguen especies enteras, cómo se deforesta el planeta y un terrorífico etcétera.
Llama la atención cómo crece el número de ordenadores, casi al ritmo de los nacimientos, y produce escalofríos el aumento del parque automovilístico, y sobre todo la producción de barriles de petróleo.
Y todo ello se puede ver en los totales acumulados del año, del mes, del día, o desde que haces click.
En suma, una oportunidad estupenda para tomar la temperatura del paciente y reflexionar sobre su (nuestro) futuro.
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En la sala Utopía Parkway, en la calle de la Reina de Madrid (www.galeriautopiaparkway.com), podéis ver la última exposición de Fernando Martón Godoy, uno de los más interesantes pintores urbanos. Blanco y negro seco y austero, luz y sombra. En esta ocasión Fernando alterna los paisajes urbanos, cada vez más escuetos y sobrios, con retratos.
Tengo la suerte de haber compartido con él algunos libros: Los Caballos de mi tío, Palabras de Caramelo, Maíto Panduro, El vencejo que quiso tocar el suelo, El oso que leía niños, Los gigantes de la luna… Son, hasta el momento, los únicos que ha ilustrado: y es una lástima: es uno de los más interesantes ilustradores. Lo seguiría haciendo si la profesión no estuviera tan maltratada y mal pagada.
Pero donde Fernando da su verdadera dimensión es en la pintura. ¿Hacia dónde va? No creo que él mismo lo sepa, pero cada vez domina mejor el volumen y la luz, como demuestra tanto en sus paisajes arquitectónicos como en los retratos de rostros y automóviles. Hay algo tan sutil en su mirada (y en la transcripción de esa mirada) que cuando ves un cuadro suyo te reconoces en lo más íntimo. Esos instantes en los que una calle cualquiera, o un rostro cualquiera del metro, se convierten en tuyos, hasta la médula. O sea, que Fernando de pronto eres tú, su mirada la tuya. Pero él tiene el privilegio de saber llevarlo hasta el lienzo.
Humo, su exposición actual, marca ya un límite con la no figuración. ¿Lo atravesará, volverá atrás? Sus seguidores estamos impacientes por saberlo.
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Vengo del penal del Dueso, donde ya había estado hace unos meses para hablar de libros. Entonces abordamos Maíto Panduro. Panduro estuvo en el Dueso, estaba allí cuando escribí el libro. Maíto Panduro es la historia, real por una parte, imaginada por la otra, de un niño gitano que tiene a su padre en la cárcel. Como Panduro es analfabeto, no le manda cartas escritas desde el Dueso, sino cartas dibujadas. El niño, que lee y escribe, renuncia a esa cultura paya para comunicarse con su padre de la misma forma: dibujando. Panduro le habla a su hijo de sueños de libertad compartida. Maíto de la extraña y tierna maestra paya que no le castiga, ni se empeña en enseñarle una cultura que no es la suya, sino que le acaricia, le baña, caza en su cabeza fieras-piojo.
Cuando llegué al Dueso, Panduro ya no estaba allí, sino en otra cárcel. Hablamos, payos y gitanos, del libro, de la vida. Quedamos en volver a vernos. Un loco que entra en la cárcel por voluntad propia. Estuve preso dos veces en una época mucho peor, en el final de la dictadura: no teníamos cristales, ni calefacción alguna, ni agua corriente: un cubo de agua para cuatro presos (cuatro camaradas, por otra parte, que preferíamos sentarnos en la taza infecta en segundo, tercero o cuarto turno, porque ya no estaba helada).
Es mejor que entonces, mucho mejor, pero es la cárcel. Una metáfora: todos somos presos, lo sepamos (o admitamos) o no. Me contaban esta vez que hay algunos que prefieren la cárcel a la selva de la vida exterior. Monjes del siglo XXI que eligen la regla y el orden, el horario marcado, la comida asegurada, un trabajo manual para comprar tabaco y algún capricho. La mayoría, sin embargo, vive la cárcel con plenitud de dolor y de ausencia: de sí mismo, de la novia, la mujer, las novias: la libertad. Avaros de años, de meses, de días, cuenta atrás.
Hablamos de El Síndrome de Mozart, esta vez. ¿Cómo puede ser una historia tan lejana ser tan cercana, tan ajena y tan propia? Algunos habían hecho trabajos sobre el libro, sobre el síndrome: trabajos sobre la amistad, sobre el amor. Uno de ellos, me reservo el nombre, lo dejo en G, había hecho propio el libro, y había tejido en su mente una interpretación distinta: para quien no ha leído este libro: un neurólogo ambicioso y manipulador quiere demostrar que Mozart padeció el Síndrome de Williams. Para eso maneja a su hija, la obliga a encontrarse con un chico que lo padece: sucede en el campo, donde el chico vive una apacible y bucólica vida de música y vacas, de madre solícita y campanas de aire. Ella vive un romance contradictorio con un chico ucraniano, violista: inteligente, agudo, certero, generoso: demasiado perfecto. Cuando se encuentra con Tomi, todo cambia en su corazón, por fin se abre un camino propio. La tesis de G: los tres padecen el síndrome de Mozart, cada uno a su manera. Y el padre no es un manipulador, sino alguien que sabe que su hija lo padece, que facilita su encuentro con el disgnosticado para que encuentre su camino de música y emociones. Qué lección de humildad: el escritor no pontifica, no hace puentes entre su inteligencia superior y la ignorancia del lector: no: propone. La escritura abierta, tan abierta como la vida, laberinto infinito, cárcel de fuga imposible, pero de millones de caminos y encrucijadas.
Hablamos de muchas cosas, multiplicamos el tiempo. Fuera, los muros tiesos y erizados, dentro el océano. No les puedo llevar una lima ni una azada para que hagan un túnel bajo el muro, pero sí una heramienta para hacer un túnel hacia fuera: la lectura. Y la escritura. Pronto tengo que ir a Colombia, a hablar de eso: leer para buscar, escribir para encontrar. Les propuse un taller de escritura: crea un personaje, lejos de ti: otro lugar, otra época, otra profesión, otro aspecto, otro sexo, otra edad. Pero ahora mírate a ti mismo, ahora tú eres ese personaje: qué fácil es describir al otro, siempre el otro; pero qué difícil describirse a sí mismo. Un abismo de miedo: ¿generoso, egoísta, alegre, melancólico, amistoso, misántropo, místico, materialista, honrado, deshonesto, bueno, malo?
También hablamos del Sí de las manos, contenido en El Síndrome: no es posible decir sí con la manos. Qué orquesta de cámara se encendió en el aula, cada uno con sus manos, con su mirada, con su sonrisa.
Me llevo muchas cosas del Dueso. Tantas. Soy un ladrón, pero la sociedad no me encarcela por eso. Volveré. Sigiloso.
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Ya estamos en otoño, y las bibliotecas empiezan a recuperar su pulso. Pero un virus ominoso se desliza entre mesas y estanterías: es más que una gripe, es un Ébola de la cultura, una peste de la Edad Post-Moderna.
Pero lo cuenta mejor, mucho mejor, uno de los mejores cuentistas que tenemos: Pep Bruno. Los que tenemos la suerte de leer cada semana (más menos que más) su “Alegre Cuento Semanal”, estamos acostumbrados a su ironía y a su capacidad de sorpresa. Este es, tal vez, su cuento más simbólico, directamente comprometido con una causa: la de los libros-libres.
CANON EL BÁRBARO
Son conocidas las aventuras de un tal Conan el Bárbaro, personaje de
cómic bastante popular a finales del siglo XX que incluso llegó a pasar a
la gran pantalla en una cinta protagonizada por un tipo que ahora se
dedica a la política y es gobernador en un Estado Usamericano.
Bastantes políticos europeos que no pudieron protagonizar películas
de ningún tipo (ni Phantomas, ni la saga de Bond, ni Sandokán, ni Harry
Potter) han decidido crear su propio superhéroe para tener así alguna
posibilidad en el caso de que alguna multinacional compre los derechos
para el cine.
El tal héroe se va a llamar Canon el Bárbaro y la historia, al parecer, va
a transcurrir en el mítico país de Byblos. Por lo que sabemos ese país
estará dividido en diez provincias cada una especializada en algún tema
general, por ejemplo en la Provincia Cero habitan los funcionarios de
todas las instituciones, los documentalistas y los bibliotecarios; en la
Primera Provincia es donde viven los psicólogos y los filósofos, en la
Segunda los sacerdotes de todas las Religiones; en la Tercera Provincia es
donde se mueven los políticos, los abogados y los economistas; así hasta
la Novena Provincia en la que se encuentran los geógrafos, los biógrafos y
los historiadores.
La trama de esta primera aventura no parece muy compleja, Canon el
Bárbaro, ayudado por habitantes de la Tercera Provincia (de donde es
oriundo), ha decidido que va a gobernar el país de Byblos y, para ello,
toma por sorpresa al resto de las provincias y las somete. Una vez
claudicadas, las provincias languidecen bajo la opresión de Canon, quien
les obliga a pagar cada vez que un habitante sale de su casa. La cosa
parece de locos pero es así: si alguien sale de casa para ir a la compra o
a la piscina o a ver un amigo o simplemente al bar, entonces tiene que
pagar un dinero a las arcas de la Tercera Provincia, a la sazón, la dueña
del país en este momento de la historia.
Evidentemente la opresión devasta el país y los habitantes se empobrecen:
no hay hijos y el país envejece, ya nadie quiere invertir en el lugar ni
nadie va allí de visita; los habitantes, sin recursos y sometidos a la
dictadura de Canon el Bárbaro, deciden no salir de sus casas por no pagar
la incomprensible tasa impuesta. Este es el momento conocido en la
historia de Byblos como La Edad Oscura.
La situación acaba por resultar inaguantable y un grupo de habitantes de
la Primera Provincia (fundamentalmente bibliotecarios) organizan un
movimiento de rebeldía (No Al Préstamo De Pago, NAPDP a partir de ahora) y
logran movilizar a gran parte de los habitantes de Byblos (empezando por
los de las Provincias Séptima y Octava -artistas y escritores). El NAPDP
se muestra incansable y pasa de la guerra de guerrillas al ataque frontal
luchando contra Canon el Bárbaro y su caterva de políticos, economistas y
abogados, logrando algunas pequeñas victorias y manteniéndose firme ante
las adversidades.
De momento la trama de la historia se encuentra en este punto, en cuanto
tengamos algún dato más no duden de que se lo haremos llegar, aunque no
esperen mucho de la creatividad de nuestros políticos europeos, parece que
el final de la aventura será de lo más vulgar y previsible.
PEP BRUNO.
Raúl Vacas es una de las voces más interesantes de la poesía joven, y un tipo apasionante en el cuerpo a cuerpo, un verdadero creador y potenciador de inquietudes. Su poesía es sorprendente, pero también fascinante, de lo más próximo al corazón nuevo que conozco.
Este mes de octubre ofrece cursos de microrrelato y de haikus, y me parece una buena oportunidad para todos los que tengáis necesidad de sacar las tripas al sol.
LO MÁS MÍNIMO (II Taller de Microrrelato on line) y ZOOM 17mm. (I Taller de Haiku on line).
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Y pego un poema que suele recitar Raúl, de Juan Bonilla, y uno, brevísimo, del propio Raúl.
OFERTA DE EMPLEO
Preciso señorita de ojos negros,
melena negra derramada en cascada por la espalda,
uno setenta y tres de altura,
estudiante de cuarto de Arquitectura,
domiciliada en Vía Layetana, 17, octavo C, Barcelona,
su teléfono ha de ser el 3 45 67 81.
Imprescindible que haya leído tres veces
La Gran Eulalia de Paola Capriolo
y que cumpla años (24 esta primavera)
el 17 de abril.
Se ha de llamar Marta Trullols Aymé.
Se le propone salir a tomar algo
(aunque no sea en serio).
Interesadas llamar al 4 53 17 04.
Absténganse quienes incumplan uno solo
de todos estos requisitos.
Juan Bonilla
Partes de Guerra
CONTACTOS
a Miguel Ruiz Risueño
Joven sano, poeta, tierno y cariñoso, desea conocer mujeres muy viciosas que canten en la cama. Higiene y discreción. Enviar foto y partituras.
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