1164359604buratini_palabras.jpgEl pasado sábado Buratini actuó en la Playa de Poniente, en Gijón. El marco, la III Feria de Asociaciones. Buratini representó a las 6 “El Palacio de Papel”, y a las 8 de la tarde, “Palabras de Caramelo”. He asistido a más de cuatro representaciones de Palabras de Caramelo por parte de Buratini, y siempre me he emocionado, sin poder evitar ser uno más de los niños que lloran durante algunos de los momentos duros de la obra. Buratini es un grupo lleno de sensibilidad, y el montaje es una preciosidad, a pesar de la dureza de la historia. Con ellos tengo pendiente la filmación de su montaje, para unirlo con las imágenes que rodamos en la wilaya de El Aiun hace más de un año Irene Bailo, María Gutiérrez, Jamida y yo, con el pequeño Bah en el papel de Kori. Nuestra ilusión es dar a todas las asociaciones una herramienta más para explicar la situación de los saharauis, llegando al corazón de pequeños y grandes.
Y, por cierto, también la compañía de María Parrato está preparando un montaje sobre el mismo libro. María estuvo hace poco en El Aiun, documentándose sobre todo lo necesario para crear los títeres y entender los sustratos más profundos de la vida saharaui en el exilio.
Si alguien desea contactar con Buratini, esta es su dirección electrónica: teatro.buratini@gmail.com

Captus es la visión de Pablo Amargo y mía, con fotografías de Alejandro Braña y Jaime F. Pola, de la obra de José Trenor, que murió en Figueras el 2 de marzo de este año. 26 de las 90 fotografías han sido expuestas ya en el Museo Evaristo Valle de Gijón, uno de los más prestigiosos de España, y en la casa de Cultura de Figueras, Asturias. Esperamos que la exposición siga viajando por España, e incluso por el mundo, y el catálogo, realmente espléndido, es el libro que siempre soñé. En él queda la memoria gráfica de la obra de Trenor, Arte con mayúscula, Arte de vanguardia, inclasificable, de una rabiosa originalidad. Y, sobre todo, humilde, porque Trenor nunca trabajó con deseo de trascendencia, y es un misterio si fue consciente de la dimensión de lo que hizo.
Todos los que hemos colaborado para que Captus sea lo que es nos sentimos muy orgullosos.
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Prólogo de José Trenor para el catálogo.

Muchas colecciones de plantas son verdaderas joyas. Allí las ves, encima de unas mesas, en sus macetitas negras con su cartelito diciendo quienes son, cómo se llaman…
Bueno, a mí me recuerdan mucho a un regimiento; mil hombres, todos juntos forman una gran masa y se sabe que en el fondo hay mil almas, pero parece que están esperando, allí agazapados, a que alguien les dirija la palabra, que les dé un saludo, un cariño.

Mis plantas son diferentes. Mis plantas son plantas de aldea, donde todos nos conocemos y más o menos nos tratamos, donde nos vemos a diario y nos hacemos favores.
Es la combinación de la naturaleza y de mis manos pecadoras, que metidas en la tierra han ayudado a que la naturaleza hiciese sus efectos y que mis plantas creciesen.
Muchas veces, con la vanidad que todos llevamos dentro, pienso que estas plantas las he creado yo, sin darme cuenta de que yo no he hecho más que poner juntos, unos a otros, los factores que hacen que ellos vivan.

Yo sé que las plantas estas un día desaparecerán como desapareceré yo, y de ellas no quedará nada más que estas fotografías en un almacén de libros viejos.

José Trenor

CATÁLOGO Y EXPOSICIÓN

Interesados en el catálogo o en la exposición, pueden establecer contacto conmigo a través del correo electrónico.

Crónica aparecida en La Nueva España de Oviedo, escrita por Jorge Jardón:

Cactus para la eternidad

Figueras acoge una exposición fotográfica de 24 piezas singulares entre las 10.000 plantas reunidas a lo largo de su vida por José Trenor

Sabiendo que, a su muerte, su colección de cactus se perdería en el olvido, sus familiares quisieron inmortalizar su obra de toda la vida. Lástima que la ilusión de José Trenor se hubiese visto interrumpida por su muerte, porque estaba viviendo con intensidad los pasos que se iban dando y la elaboración del catálogo. Y la obra no era otra que su colección de cactus. Pero él intuyó el final de sus cactus, al escribir en el prólogo del libro: «ya sé que estas plantas un día desaparecerán como desapareceré yo, y de ellas no quedará nada más que estas fotografías en un almacén de libros viejos».
Así fue cómo su familia se valió de la dirección de Pablo Amargo y de la técnica fotográfica de Alejandro Braña para ela-borar una exposición y un catálogo que recogiese lo más singular de sus cactus. El trabajo resultó laborioso y complicado porque había que sacar una selección difícil de elegir. Pero más complicado debió de resultar devolver los cactus a su anterior emplazamiento, puesto que Trenor, a base de dedicarles tantas horas, tantos cuidados y tanta ternura, sabía exactamente donde se encontraba cada uno de sus diez mil cactus.
Gran éxito en Gijón
Los trabajos prosiguieron aún después de su muerte y el resultado a la vista está. Una espléndida colección fotográfica de cactus que ya se ha mostrado en el Evaristo Valle de Gijón y donde, después de dos meses, hubo de ser prorrogada.
Desde hace pocos días, la exposición se muestra en la casa del Reloj, de Figueras, constituida por 24 piezas que ponen en evidencia la particular personalidad de Trenor y su afición a la botánica.
Por eso resulta sorprendente y en la fotografías, impecablemente hechas, se aprecia, tal mejor que al natural, la fantasía desbordante de Trenor para cultivar un cactus en el soporte más impensado. Así es como hasta una tarjeta de crédito, una bombilla rota, la rueda de una bicicleta o la funda de un puro han servido de sostén a sus cactus. En estos artilugios han nacido, se han desarrollado y tal vez un día se mueran, ya que no tienen con ellos la mano que hizo posible el milagro.
Porque no hay que olvidar que Trenor pasaba ocho horas diarias desde hacía muchos años en el patio de armas de las torres de Donlebún, entre cuyas paredes y enredaderas cultivaba su afición, creando un espacio cargado de magia y de misterio, un verdadero museo de plantas, formas, y espinas que le dan un aire inquietante, hasta el extremo de que uno tenía la inquietante sensación de sentirse atrapado por ellas.

Jorge Jardón, La Nueva España (10 de julio de 2007).

LADRONES DE VAINAS

Los Captus de Trenor están suspendidos en el aire. Ninguno toca el suelo. Debajo de un armazón de hierro y plástico penden de pequeños alambres retorcidos. Recuerdo que cuando preparábamos las fotos tuvimos que desenganchar una a una todas las piezas, desplazarlas hasta el estudio que habíamos preparado , colocarlas delante de una pantalla blanca, buscando el mejor ángulo de la pieza, fotografiarlas una y diez veces hasta conseguir una imagen pura, desengancharlas y devolverlas al jardín.

 El primer estudio se encontraba a tan sólo cuatro metros del jardín. Consistía en un pequeño cobertizo lleno de humedad y telarañas en el que situábamos el equipo fotográfico. El segundo estudio estaba más lejos, a varios kilómetros de distancia. En ambos casos, el proceso de trabajo fue similar. Nos guiábamos con plano que yo había dibujado el primer día. Me llevó varias horas hacerlo, tracé todas las variedades de cactus y también donde se encontraban exactamente bajo los hierros. Durante unas horas el jardín de Trenor quedaba incompleto. Nos llevábamos cinco o seis piezas de cada vez. Empezábamos por las familias de bombillas y a ellas le siguieron las botellas, las cucharas, los fluorescentes, las ruedas…

Durante todo ese tiempo Trenor seguía trabajando en sus piezas. Le veía restaurar algunas, añadiendo más tierra o iniciando otras nuevas. Nosotros entrábamos y salíamos del laberinto, como insectos, buscando nuevas piezas que llevarnos. Desde el principio nos propusimos nada de aquel orden debería ser modificado devolviendo lo robado a su lugar exacto como si fuésemos unos ladrones que se habían arrepentido a medio camino de su fechoría. Trenor conocía cada uno de los cactus y su exacta posición mejor que nosotros. Queríamos resultar a sus ojos invisibles incluso después de haber sacado todo aquello del jardín, por primera vez en treinta años, y luego volver a colocarlo en su sitio.

 Al regresar de cada una de las sesiones fotográficas con el grupo de cactus necesitábamos devolverlos a su lugar exacto y en aquel laberinto abigarrado, la tarea no era sencilla. Nos servíamos de dos herramientas; por un lado el plano realizado a lápiz al que nos confiábamos ciegamente y por otro, las pinzas de colores. Así, al descolgar cada una de las obras de la estructura de hierro dejábamos una pinza de color en su lugar, al tiempo que trazábamos una cruz en el cuaderno. Podíamos así localizar a la vuelta el lugar con precisión. Echábamos un vistazo y buscábamos, entre todo aquel extraño paisaje las pinzas de colores vivos que destacaban como luciérnagas en un pantano.

A veces Trenor se levantaba de su silla y se daba una vuelta mirando aquí y allá. Observaba con curiosidad y yo me preguntaba, como si los dueños de la casa violentada hubieran vuelto de improviso, cuando cometeríamos el error de restituir una de las piezas en un lugar equivocado. En una ocasión, ya al atardecer, Trenor deambulaba por los caminos bajo la pérgola. Se quedó mirando una pieza pequeña, que había sido fotografiada el día anterior. Mi cuaderno decía que ese era el lugar exacto, no había equivocación posible. Estaba tapada por cacharros y pasaba muy desapercibida. Entonces Trenor se acercó, levantó el gancho retorcido, le dio una vuelta de 180º, y la volvió a dejar en su lugar.

 En el jardín de Trenor, cada alambre, cada púa, cada trozo de madera o de plástico, llevaba su nombre.

Pablo Amargo

CAPTUS

José Trenor (Valencia 1920-Figueras 2007) pasó casi la mitad de su vida creando sus Captus: la captura de objetos de desecho por cactus vivos. El objeto de su actividad fue, y ahora ya lo es definitivamente, un misterio, salvo por su escueta afirmación, arrancada casi a la fuerza: “Lo que hago es dar vida a objetos muertos”.
Casi todos los Captus de José Trenor nacieron en el Patio de Armas de las Torres de Donlebún, edificio del siglo XV de su propiedad, y que por aquellas fechas, los años 70, también había dejado de tener su propósito original. El conjunto de los Captus y el mismo Trenor tienen la misma relación con el edificio que cada cactus y su mano con el objeto elegido. De modo que se podía ver cada pieza por separado, y también se podía ver su Patio–Taller en conjunto, como el elemento vivo que daba un nuevo sentido a Las Torres.
El mismo abigarramiento de su obra en el taller, con miles de Captus apiñados debajo de una pérgola de plástico translúcido, hacía que el espectador se sintiera confundido con respecto a lo que veía: ¿jardinería, botánica? No: objetivamente, y hasta puede que al margen de su propia voluntad, arte. Arte que se puede enmarcar en las tendencias más vanguardistas, con una relación entre la naturaleza viva y el objeto tan original y poderosa que hay que buscar paralelismos en auténticos genios como Calder o Barceló. Arte de una radical y asombrosa originalidad, pero no en el vacío: su reflexión sobre la naturaleza y la vida y utilidad de los objetos se convertía en trascendente. Con un añadido casi único: el movimiento continuo, porque cada obra se modificaba bajo su dirección y el capricho de la vida, de modo que el suyo era un arte efímero, casi inaprensible. Algo que su reciente muerte ha acabado de subrayar: ninguno de sus Captus existe ya, una vez que no es su mano la que riega, abona: dirige. Tratar de conservar alguna pieza viva no tiene más sentido que guardar la entrada de un concierto o una exposición: es recuerdo, sugerencia, pero ha perdido ya toda su esencia.

Sólo la mirada nueva de Pablo Amargo ha logrado rescatar de los territorios de la curiosidad o la botánica a los Captus. Hace cinco años, cuando visitó por primera vez Las Torres para tomar apuntes para la ilustración de un libro, se sintió tan fascinado como muchos otros, pero tuvo la lucidez suficiente para sugerir una solución que liberara del caos a los Captus que nadie había visto: aislar cada pieza, elegir uno o varios de cada serie para fotografiarla casi en el vacío, en blanco y negro, sin contexto, con contención absoluta, y sin añadir nada a lo dicho por Trenor con sus manos. En las fotografías, realizadas impecablemente por Alejandro Braña en un estudio neutro, se puede observar cada textura, cada huella de Trenor, casi como pinceladas, pero no hay ni siquiera punto de vista; si acaso, el de la inevitable elección.
Por desgracia, una de las intenciones de esta exposición se ha vuelto imposible: que el espectador pudiera acudir a las Torres de Donlebún para entrar en el Taller con la imagen nítida y desnuda de cada Captus en su memoria y, tal vez, con este catálogo entre las manos. Hubiera contemplado las larguísimas series, las piezas aún conservadas de su primera época, en objetos “adecuados” como recipientes, apenas originales macetas, hasta sus últimos experimentos con objetos convexos como tubos fluorescentes o planos y casi imposibles como las tarjetas de crédito. Hubiera encontrado montañas de libros casi “captusizados”, rastros de su humor e ironía como un letrero en alemán sobre la inutilidad de dar perlas a los cerdos, o el delirante sobre de una carta de Hacienda a un tal “Desconocido Trenor José”, con domicilio en la Calle Trenor, Don José. Huellas de vida, pistas acerca de su pensamiento. Allí pasó miles y miles de horas, con la compañía franciscana de los pájaros y el sonido del canto gregoriano, y muchas veces sonriendo interiormente ante la infinita estupefacción –e incomprensión– de muchos de los visitantes que acertaban a pasar por allí.
Puedo asegurar que la visita a Las Torres era una experiencia única, un viaje por la mente de José Trenor, un artista humilde y secreto, y por eso aún más grande.
Sirvan esta exposición y este catálogo como captura para la memoria de su obra.

Gonzalo Moure

Sáhara

4 de julio, 2007 | En Noticias | 2 Comentarios

Sáhara libre. Me siento saharaui, que es lo mismo que sentirse ciudadano del mundo. Porque el Sáhara es para nosotros la parte por el todo. Aquí podéis dejar vuestros mensajes para los saharauis, tanto los refugiados en Tinduf, como los invadidos y sojuzgados en el Sáhara ocupado, como los exiliados por la necesidad y la vida.
Hoy inauguramos esta pequeña ventana con un poema de uno de los poetas de la Generación de la Amistad, que escriben en castellano, su segunda/primera lengua: Limam Boicha. El primero por Aminetu, la “Gandhi del Sáhara”, la mujer que viajó hasta El Aaiun para ser detenida y compartir el destino de torturas y cárcel con los jóvenes presos en la Cárcel Negra.
El segundo, Galb, es muy emocionante para mí, porque Limam lo escribió en la jaima de los Ebhoya, en Tiris, cuando compartíamos viaje, y respondiendo a mi pregunta: Limam, dime qué es un galb, pero dímelo como tú sabes…

Aminetu

En Ti araron un surco
y desgajaron tus ramas,

tus tallos,

tus pétalos.

Te negaron

sorbos de agua,

rayos de luz,y hasta un trozo de Melhfa.

Pero en Ti existe

una exuberante vegetación de memoria,

una brisa del océano,

y esa próxima

y anhelada lluvia nuestra.

versos-madera.jpg

GALB
A mis amigos Isabel y Gonzalo

Me pregunta un viajero
qué significa un galb.

Digo yo, por ejemplo,
que Miyek es un lunar
en el vientre de esta tierra.

que Ziza, por ejemplo,
es pecho en lengua bereber,
y que el ala de una duna
puede tocar el mar del cielo.

Digo yo, por ejemplo,
que en los altos picos
de prismáticos amaneceres
- frotando su piel-
hay mucha vida dormida.

Que en la piedra pasajera
hay platillos estacionados,
islas que emergen
desde el océano de la nada.

Un galb puede ser, por ejemplo,
el nombre de una muchacha esculpida
entre las pestañas de una cueva.

Como Tiris es el ombligo del Sahara,
galb es un corazón,
corazón de piedra.

Limam Boicha

Y una canción/poema del cantautor aragonés Ángel Petisme, siempre con el Sáhara en el corazón:

NO QUEDAN ESPEJISMOS EN EL SÁHARA

España,
vente a la cárcel negra de El Aaiún,
llevo treinta años pronunciando tu nombre,
España, tu nombre en vano.
Lo grito cuando me torturan los charcuteros,
los vejadores del simún,
lo escupo cuando aspiro al milagro de vivir
y me acaricio para sobrevivir.
Observa mis heridas del color de las rejas
de esta execrable cárcel de dioses abandonados.
Somos doscientos saharauis
hacinados como lápidas, como bestias sin voz,
y unos 200.000 en medio de la nada
de la hamada hostil.

La nada son 5 bajo cero de noche
y 45 grados bajo el sol del olvido
del campo de refugiados.

Vente a la cárcel negra donde Aminetu escribe:
Estoy tan segura de vosotros como lo estoy del mar
que me espera a 25 kilómetros, tan segura de que esos niños
volverán a su tierra liberada…

Lo gritan nuestros niños cuando se lanzan al sol
y caen en tus piscinas de Madrid, Euskadi…

Esos delfines buscan respuestas en tu secreto hipócrita
y regresan a casa con tu nombre en los labios.

España no te laves las manos otra vez,
no te daré mi melfa para secarte.
No me abandones a mi suerte de fósforo y napalm.

Tienes una herida sobre el Trópico de Cáncer,
supura por el norte, con el río Draá,
supura por el este en las montañas del Zemmur,
por el valle del Tiris los dátiles, los oasis supuran,
supura el manantial de las dunas del Azefal
y llega por el oeste la hemorragia al Atlántico.

España, no pidas calma
a los hombres azules con el tiempo en las manos
y el corazón de arena. No pidas silencio
a los presos políticos, los desaparecidos,
ni paciencia a este pueblo ocupado, expoliado
que lleva un siglo soñando contra el sol
sometido a banderas y demonios ajenos.

No quedan espejismos en el Sáhara,
también aquí volaron el arco iris
con hermosas palabras y bombas de racimo.

Angel Petisme

Hoy, 2 de julio, he subido a los Oscos para comenzar a escribir la novela que seguramente se titulará “En tan oscura tierra”. Los Oscos es una región que fue remota. Esta historia se sitúa hace 20 años, cuando aún lo era. En el sur del occidente de Asturias, desde allí se divisa el mar como una promesa, a un lado, y los altísimos Ancares como una condena, al otro. Si tuviera otra vida escribiría un largo poema sobre los hombres que viven solos en aldeas abandonadas en las que aún aletea una vida apagada: lo titularía “Archipiélago de los Oscos, los hombres isla.” La novela tiene algo de eso, pero también un Ulises que viaja por ese piélago de tojos, brezos y uces. El protagonista, un niño alemán, existió de verdad, aún existe, pero el personaje se fijó en mi memoria en algo que ya no sé si es cierto: cuidaba con delicada ternura las pequeñas tumbas gemelas de dos niños muertos en un incendio. Será la historia de la soledad, de todas las soledades.
Hoy he tomado las primeras notas, sentado en el cementerio de San Cristóbal, la aldea en la que encontró asilo y caldo caliente el pequeño alemán. Fuera se oían las risas y los juegos de los niños de modernos comuneros, como fueron modernos en su día los tristes padres de aquel niño. Vuelvo ensordado por el silencio, borracho de fresnos, tilos, carballos y acebos. Demasiada belleza en la desolación. Mañana volveré a caminar por dónde él caminó, frío y calor.

Hablemos de uno de los dos mejores (para mí) escritores actuales: Cormac McCarthy. El otro es J.M. Coetzee (según una amiga mía muy culta en Sudáfrica lo pronuncian “Cuchía”).
No puedo decir mucho más de lo que ya dice Kaplan en su blogspot, sobre McCarthy y sobre una de sus mejores, demoledoras, terribles novelas, Meridiano de Sangre:
literaturaenlostalones.blogspot.com
meridianosangre.jpg
Y vamos con el primer capítulo de la nueva novela de McCarthy, The Road, que saldrá en España, en Mondadori, en septiembre (pena de verano).
La traducción no es muy buena, porque no es la que saldrá en España cuando se edite, pero vale para hacerse una idea. Literatura en estado puro: atención a la descripción del depósito de gasolina…
Primero un fragmento en inglés, para los que tengáis el privilegio de poder leerlo en su versión original.

When he woke in the woods in the dark and the cold of the night he’d reach out to touch the child sleeping beside him. Nights dark beyond darkness and the days more gray each one than what had gone before. Like the onset of some cold glaucoma dimming away the world. His hand rose and fell softly with each precious breath. He pushed away the plastic tarpaulin and raised himself in the stinking robes and blankets and looked toward the east for any light but there was none. In the dream from which he’d wakened he had wandered in a cave where the child led him by the hand. Their light playing over the wet flowstone walls. Like pilgrims in a fable swallowed up and lost among the inward parts of some granitic beast. Deep stone flues where the water dripped and sang. Tolling in the silence the minutes of the earth and the hours and the days of it and the years without cease. Until they stood in a great stone room where lay a black and ancient lake. And on the far shore a creature that raised its dripping mouth from the rimstone pool and stared into the light with eyes dead white and sightless as the eggs of spiders. It swung its head low over the water as if to take the scent of what it could not see. Crouching there pale and naked and translucent, its alabaster bones cast up in shadow on the rocks behind it. Its bowels, its beating heart. The brain that pulsed in a dull glass bell. It swung its head from side to side and then gave out a low moan and turned and lurched away and loped soundlessly into the dark.
With the first gray light he rose and left the boy sleeping and walked out to the road and squatted and studied the country to the south. Barren, silent, godless. He thought the month was October but he wasnt sure. He hadnt kept a calendar for years. They were moving south. There’d be no surviving another winter here.
When it was light enough to use the binoculars he glassed the valley below. Everything paling away into the murk. The soft ash blowing in loose swirls over the blacktop. He studied what he could see. The segments of road down there among the dead trees. Looking for anything of color. Any movement. Any trace of standing smoke. He lowered the glasses and pulled down the cotton mask from his face and wiped his nose on the back of his wrist and then glassed the country again. Then he just sat there holding the binoculars and watching the ashen daylight congeal over the land. He knew only that the child was his warrant. He said: If he is not the word of God God never spoke.
Continuar Leyendo… La Carretera, de Cormac McCarthy. Un anticipo….

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